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EL SILENCIO DE LOS MIRASOLES

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Summary

🌌 ¿Te atreves a cruzar el umbral de la creatividad? En "El Silencio de los Mirasoles", un artista lucha por encontrar su voz en un mundo alienígena donde el arte y la realidad se entrelazan. ¡Sumérgete en esta historia cautivadora y descubre el poder de la inspiración! 🎨✨

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En la Estación Horizonte, un asentamiento suspendido en la atmósfera media del planeta Inualé, en aquel lugar, los artistas eran una clase rara, pero útil. La arquitectura misma del lugar—cúpulas flotantes, puentes de cristal orgánico, jardines aerófilos—era una sinfonía visual en perpetua transformación que combinaba estética y funcionalidad. Aun así, Nerei pasaba sus días frente al marco vacío de su holo-lienzo, esperando que la visión descendiera como un viento recio. Pero la inspiración no acudía.

Una notificación llegó con un zumbido agudo. Una línea simple y directa proyectada en la niebla azul de su interfaz personal: “Te espero en veinte, habitación 43, torre Este. No tardes. -N.”

Nerei suspiró. Sabía que no tenía opción. Naira no era solo su mecenas. Era también su única vía para seguir trabajando en la Estación. Sin su patrocinio, Nerei habría sido deportado hace ciclos, arrojado al mar de gases venenosos que cubría la superficie de Inualé o algo peor aún. Dejó el marco, se lavó con vapor tibio, envolvió sus extremidades en telas suaves impregnadas de silioflor y se detuvo al notar la piel de su cuello: marcas circulares, aún rojizas, aún frescas. Naira nunca se saciaba. La cápsula gravitacional lo recogió en silencio. Mientras flotaban hacia la torre Este, Nerei repasaba el comienzo de su exilio voluntario: huyendo de un mundo-colonia donde su padre vendía su habilidad cognitiva para absorber datos complejos a cambio de favores en el mercado negro. Su mente, hiperplástica, rara, podía comprender lenguajes alienígenas con solo escucharlos una vez, recordar paisajes enteros sin esfuerzo. Era un don que lo convirtió en esclavo. Huyó con solo un cuaderno de croquis y una capa desgastada. Sin una identidad registrada, no encontró trabajo salvo como asistente de obra en las plataformas externas de las colonias orbitales. Los constructores eran brutales, pero uno, Thamil, le ofreció un camino más oscuro. Robar. A veces planos, otras veces artefactos culturales de casas cuyos códigos de seguridad lo que ellos mismos instalaban.

La moral de Nerei tambaleó. Pero el hambre tenía su voz.

El último encargo fue diferente. Se les pidió construir una cámara sin tecnología, completamente analógica, circular y vacía salvo por un pedestal. El cliente: una mujer reclusa recién llegada a Inualé. Solo se comunicaba mediante notas firmadas con una sola letra: “N”.

Cuando terminaron la obra, fueron recompensados con cantidades absurdas de créditos. Suficiente para disuadir a Nerei de robar... hasta que Thamil insistió. —“Había más por tomar”—, dijo mucho más.

Esa noche entraron por una escotilla mal cerrada. La vivienda flotante parecía dormir. Se movieron entre objetos antiguos y exóticos, instrumentos de mundos perdidos, relicarios, cristales vivos.

Entonces escucharon una voz. Fría, serena. “¿Qué hacen en mi hogar?”

Thamil, en pánico, se lanzó sobre ella. Nerei quiso detenerlo. Pero algo cambió. Naira no era humana. Su forma osciló. La piel se tornó líquida, los ojos se alargaron en óvalos prismáticos. Una lengua de luz surgió de su boca y tocó a Thamil. Él convulsionó, se desintegró en un halo de esporas.

Nerei intentó huir. Pero ella apareció frente a él como si el espacio no la limitara.

“No tú“, dijo. “Tu mente... es distinta”.

No lo mató. Lo marcó.

Desde entonces, Naira lo llamaba. Cada encuentro dejaba nuevas marcas en su piel, nuevas visiones en su cabeza. A cambio, le ofrecía todo: reconocimiento, hogar, recursos. Pero cada vez Nerei se sentía más vacío.

Hoy, al entrar en la habitación 43, la encontró como siempre: suspendida en una crisálida de energía, su forma humana apenas delineada.

“¿Has traído algo para mí?“, preguntó con una voz que sonaba en la mente.

“Solo esto”. Le mostró un pequeño objeto: una espiral de luz atrapada en una esfera de vidrio. Una de sus obras.

Ella lo observó, no con ojos sino con una conciencia que lo abarcaba todo.

“Hermoso. Pero no tanto como tú“.

La lengua de energía volvió a surgir, esta vez más suave, más cálida. Rozó su piel, su cuello. Nerei cerró los ojos y cayó en una visión. Un mundo sin estrellas. Una nave orgánica. Miles de voces hablando a la vez. Un jardín sin plantas. Una historia sin tiempo. En cada fragmento, Naira estaba allí, viéndolo, absorbiéndolo. Cuando despertó, yacía sobre una superficie suave, envuelto en seda vegetal. Su cuerpo temblaba.

“¿Qué soy para ti?“, preguntó.

“Un espejo. Una copa. Una semilla”.

“¿Y tú?”

“Soy lo que bebes, lo que siembras, lo que aún no puedes ver.”

Nerei no sabía si era un prisionero. Solo sabía que la inspiración había regresado. Pinto. Creó. Y cada obra era una ventana al alma de Naira, y a la suya propia. Las galerías de la estación lo adoraban. Su nombre flotaba en las redes. Pero dentro, una pregunta se ramificaba como raíces en suelo: ¿y si Naira no era única? ¿Y si él era solo otro espécimen en su colección? Una noche, entró a la cámara circular que una vez construyó. Naira lo esperaba en el centro. Esta vez, era totalmente alienígena: una forma hecha de redes, ojos y luz.

“Quiero irme”, dijo Nerei.

“No puedes. Ya no eres solo tú“.

“¿Qué me has hecho?“.

“Te convertí en verbo. En canción”.

Nerei cayó de rodillas. Su piel comenzó a cambiar. Sentía voces en su cabeza, recuerdos que no eran suyos, deseos que no comprendía.

“Tu arte era la llave. Ahora eres mi heredero. El próximo de mi especie.”

En la Estación Horizonte, las pinturas de Nerei comenzaron a cambiar. Ahora vibraban. Cantaban. Observaban al espectador. Algunos decían que quienes las miraban demasiado tiempo despertaban gritando en idiomas que nadie conocía.

Naira ya no estaba. Pero en la torre Este, habitación 43, la puerta permanecía abierta. Esperando al siguiente artista que buscara inspiración.

¿Y el lienzo? Bueno, el lienzo nunca más estuvo vacío.

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