•Prólogo•

Su cuerpo temblaba mientras veía todo lo que conocía quemarse ante sus ojos. No debería tener tanto frío, no cuando todo estaba ardiendo a su alrededor, pero su cuerpo solo podía reaccionar de esa manera ante el fuerte pavor que estaba sintiendo.
La gente corría de un lado a otro, intentando ocultarse, intentando escapar, pero ya era demasiado tarde, ya todo estaba perdido. O al menos eso fue lo que pensó, mientras intentaba con todas sus fuerzas tranquilizarse y transmitirles calma a esas pobres criaturas aferradas a él, quienes esperaban su protección.
—Está bien —dijo, intentando convencerse también a sí mismo. Abrazó con más fuerza a sus hermanos, quienes no paraban de llorar—. Estaremos bien. No se preocupen. Solo no se separen de mí, ¿de acuerdo?
—¡Hermano, tengo mucho miedo! —gritó la pequeña Mica, con su voz rota apenas escuchándose entre los gritos de terror de los demás ciudadanos del pueblo—. ¡No nos dejes, por favor!
Escuchar la desesperación en su voz hizo que sus ojos se humedecieran. ¿Por qué no podía protegerlos? ¿Por qué no podía aliviar su dolor?
—No me iré a ninguna parte —respondió. No le gustaba hacer promesas vacías, ni siquiera sabía si saldrían vivos de esta situación, pero era lo único que se le ocurrió decir para tranquilizar a su hermana en esos momentos.
Un grito desgarrador lo sacó de sus pensamientos.
—¡Por favor, no! —se escuchó a lo lejos. Dirigió su mirada hacia la fuente del sonido, mirando por todos lados antes de encontrarlo—. ¡Mi hijo! ¡Por favor, no te lo lleves!
Una señora se aferraba con todas sus fuerzas a su hijo, quien estaba siendo jaloneado bruscamente por un guardia. Los soldados llevaban armaduras plateadas con el emblema de un águila dorada, un símbolo que recordaba haber visto antes pero no sabía donde.
Sin piedad alguna, el guardia le dio una patada directa en la cabeza a la pobre mujer, quien cayó inconsciente. Tal vez era lo mejor, de esa manera no tendría que presenciar cómo su hijo pateaba y lloraba desconsoladamente mientras era llevado a la fuerza hacia un carruaje, rogando por su madre.
El pavor que sintió al presenciar esa escena fue tal que intentó ponerse en pie junto a sus hermanos y huir del lugar. Pero apenas pudo levantarse cuando sintió un fuerte golpe en la espalda que lo obligó a volver a caer de rodillas.
—¿A dónde vas? ¡Quédate donde estás! —gritó el guardia quien había estado cerca vigilando todo el tiempo.
—Por favor, solo quiero irme a casa —respondió, sus labios empezando a temblar. Necesitaba ser fuerte, pero ya no podía más. Solo quería huir de ahí, irse lo más lejos posible, proteger a sus hermanos y...
Sus pensamientos se detuvieron de forma abrupta cuando lo recordó. Empezó a sudar en frío y su corazón se aceleró tanto que tuvo miedo de sufrir un infarto.
¿Dónde está? Estaba conmigo hace un momento, ¿verdad?
Se lo llevaron. Se lo llevaron y no te diste cuenta.
Miró hacia todos lados: la plaza en la que se encontraba, llena de gente agonizando, pero ninguna de ellas era él. Miró hacia el pequeño edificio de madera a su lado izquierdo. "Orfanato de Liberty" decía, o al menos eso se suponía, porque en realidad las letras talladas en madera habían sido consumidas por el fuego, dejando atrás figuras irreconocibles.
Un momento de extraña calma se apoderó de él mientras observaba las cenizas flotando en el aire como nieve gris. Hacía apenas unas horas, había estado riendo con sus hermanos en el patio del orfanato, sin saber que sería la última vez que verían su hogar en pie.
Pero la calma se desvaneció tan rápido como había llegado.
¿Dónde estás?
Lo mataron. Está muerto.
Sintió como su respiración se entrecortaba mientras veía todas las casas a su alrededor, intentando visualizar la figura de su amigo en ellas. Pero todas las casas estaban ardiendo en llamas.
No está ahí, ¿verdad? No pudo haberse escondido ahí.
Se quemó. Se escondió en una casa y ahora está ardiendo.
Sintió cómo las lágrimas empezaban a salir de sus ojos y un enorme dolor empezó a formarse en su pecho.
Dios, no.
Entonces, entre el humo y el caos, lo vio.
A lo lejos, un niño pelirrojo pateaba furiosamente a todo aquel que se le acercara. Aunque era un intento inútil de protegerse, pues su fuerza no se comparaba con la de un guardia real.
¿Por qué se lo llevaban? ¿Qué querían de él? ¿Qué querían de todos ellos?
¿De dónde habían salido estos soldados? ¿De dónde eran? ¿Por qué hacían esto?
Hace un día todo había sido normal. Habían hecho una pijamada, habían comido un montón de dulces, se habían quedado despiertos hasta tarde. Habían estado juntos, ajenos a que su mundo estaba a punto de cambiar para siempre.
Se obligó a apartar esos pensamientos de su mente, pues su amigo ahora lo necesitaba.
—¡Suéltenme, suéltenme! —gritaba el pequeño pelirrojo, mientras una fuerza invisible lo llevaba a rastras hacia el carruaje más cercano.
El niño era arrastrado en el suelo por un poder que no podía ver, pero que claramente controlaba uno de los soldados. Buscó con la mirada entre los guardias cercanos, tratando de identificar cuál de ellos era el responsable.
Miró a sus hermanos, quienes ya se habían calmado un poco. El calor del fuego empezaba a notarse en sus pequeños cuerpecitos. Miró al guardia a su costado, quien estaba distraído vigilando a una mujer embarazada.
Era ahora o nunca.
Rápidamente, agarró las manitas de sus hermanos, quienes lo miraron confundidos por el repentino movimiento, y sin pensarlo, corrió.
—¡Atrápenlo! —gritó el guardia tan pronto se dio cuenta de su escape.
Sintió a muchas personas mirándolo, pero su atención solo estaba en una de ellas. Corrió tan rápido como pudo en dirección a su amigo, arrastrando consigo a sus hermanos quienes tropezaban cada tanto al no poder seguirle el ritmo.
Sus miradas se cruzaron.
Los ojos color miel del pelirrojo, hinchados por el llanto, se iluminaron tan pronto lo vio. Un brillo de esperanza tan intenso que temió que se desvaneciera.
—¡Ayúdame! —gritó el pelirrojo, desesperado por escapar de la fuerza invisible que lo arrastraba.
Sin pensarlo, pateó con toda su fuerza al guardia que caminaba cerca de su amigo, pensando que él era quien controlaba el poder. Sabía que estas personas existían, pero nunca antes había presenciado a uno.
—¡Suéltalo, no hizo nada malo! —gritó, sin dejar de golpear—. ¿Por qué nos hacen esto?
El guardia no respondió inmediatamente. Simplemente se detuvo y volteó su cabeza para mirarlo. Su cara estaba tapada por el casco de su armadura, pero podía ver sus ojos a través de las pequeñas rendijas.
Se quedó viéndolo más tiempo de lo necesario, como si estuviera evaluando algo. La intensidad de esa mirada lo hizo sentir incómodo, como si el soldado pudiera ver algo en él que él mismo desconocía.
—¡Hermano! —gritó Nico, el pequeño aferrado a su mano, apuntando en dirección al niño pelirrojo, quien había pasado de largo y seguía siendo arrastrado por la fuerza invisible.
Observó como el cuerpo de su amigo era elevado en el aire antes de intentar meterlo en el carruaje. El niño se aferró con todas sus fuerzas al marco de la puerta mientras lloraba y gritaba.
—¡No! ¡Basta! —suplicó el pelirrojo entre lágrimas. En sus ojos se podía ver el terror que estaba sintiendo, mirando hacia todos lados buscando a quien lo salvara—. ¡Por favor, déjenme ir!
Soltó a sus hermanos y se dispuso a correr hacia él, pero antes de que pudiera alcanzarlo, el guardia reaccionó, atrapándolo por el cuello de su camisa antes de que sus manos se encontraran.
—Suficiente —declaró el guardia, su voz sonaba grave y no dejaba lugar a negaciones.
Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero al oír su voz. Intentó desesperadamente soltarse de su agarre, pero fue inútil.
En un último intento desesperado, estiró sus brazos hacia su amigo quien imitó su movimiento. Se agarraron de las manos y se aferraron el uno al otro como si su vida dependiera de ello.
Tal vez así era.
No duraron mucho tiempo. En cuestión de segundos, fueron separados. Vio como finalmente su amigo era sometido y metido en el carruaje que se puso en marcha tan pronto la puerta se cerró de golpe.
—¡No! —gritó. Desesperado, empezó a patalear por todos lados. No sabía a quién ni a dónde, ya no podía pensar con claridad.
Se lo llevaron. Se lo llevaron y todo es tu culpa.
Apenas tuvo tiempo de procesar lo que había pasado antes de que el guardia lo llevara hacia otro carruaje. Sintió un fuerte dolor en la cadera cuando cayó en mala posición tras ser lanzado dentro.
Escuchó gritos y varios golpes de pequeños puños contra el metal antes de que la puerta volviera a abrirse y sus hermanos fueran arrojados dentro también.
Crac
El sonido del hueso al romperse resonó en el pequeño espacio.
—¡Nico! —gritó mientras se incorporaba. Rodeó el cuerpo tembloroso de su hermano con los brazos. La caída había provocado una fractura en su pequeño brazo derecho, la sensible piel tornándose rápidamente en diferentes tonos de verde y morado.
—¡Me duele! —sollozó Nico, moviendo su cuerpecito de un lado a otro, agarrándose el brazo lastimado como si eso fuera a hacer que el dolor desapareciera.
Lo lastimaron. Haz algo, inútil.
Pero él no podía hacer nada más que observar como su hermanito se ahogaba con su propio llanto. Su carita empapada y su cuerpo sufriendo de pequeños espasmos al no poder respirar correctamente.
Él lo habría dado todo. Él lo habría hecho todo por ser el que sufriera esa agonía. Cargaría todo el peso del mundo sobre sus hombros, recibiría mil veces el dolor que su hermanito sentía si eso significaba verlo feliz de nuevo.
Habría hecho eso por las personas que amaba.
Mira lo que has hecho. Eres su hermano mayor, debiste protegerlos a ellos primero. Ahora están atrapados aquí contigo, ya no puedes corregir tu error.
Una sensación extraña comenzó a manifestarse en su interior. El dolor en su pecho se desvanecía lentamente, dando paso a una ola de calor que se propagaba por todo su cuerpo.
Un cosquilleo incómodo invadió sus extremidades, provocando movimientos temblorosos en sus pequeñas manos que intentó controlar apretándolas en puños. Pero la sensación no se detuvo ahí.
La luz del creciente fuego le dio paso a la oscuridad cuando se escuchó el fuerte golpe de la puerta cerrándose. Solo un pequeño rayo de luz se colaba por la rendija ubicada en la parte superior de la puerta.
Sin pensarlo, se abalanzó hacia la puerta cayendo de rodillas. Alzó su puño, encontrándose brevemente con el techo del carruaje antes de golpearlo con todas sus fuerzas contra la madera frente a él.
—¡Déjanos salir! —reclamó, su habitual voz aguda sonando más grave de lo normal. Siguió chocando sus puños una y otra vez contra la madera que lo separaba de su libertad. Sus nudillos sangraron, pero no le importó.
Mientras el carruaje se ponía en marcha, vio a través de la rendija cómo todo lo que conocía se alejaba de sus manos. El orfanato donde había vivido ahora solo era un montón de escombros y fuego que consumía todo a su paso.
La plaza donde un día antes había jugado con sus amigos ahora dejaba un rastro de cuerpos sin vida. La carne quemada de los que habían muerto luchando olía incluso desde dentro del carruaje.
Pensó en todo lo que alguna vez había sido su hogar.
Pensó en todas las personas que había conocido y ahora estaban muertas.
Pensó en sus hermanos, en el futuro incierto que los esperaba cuando este carruaje llegara a su destino.
Pensó en su mejor amigo, en su pelirrojo pelo alborotado, en sus ojos color miel, en su sonrisa tímida.
Pensó en cómo tal vez nunca volvería a verlo.
El insoportable y repentino apretón en su pecho hizo que sus pupilas se dilataran. Se obligó a detenerse para poder apretar las manos contra su pecho, arrugando su camisa. Las lágrimas caían por su rostro mientras intentaba controlar su respiración.
Al ver que su dolor no cesaba, apoyó sus manos en el suelo. Los momentos, los recuerdos. Todo se acumulaba en su mente y no lo dejaba respirar.
Frunció las cejas y apretó sus ojos con fuerza antes de liberar todo su dolor. Su cuerpo tembló incontrolablemente mientras un torrente de lágrimas se deslizaba por sus mejillas y caían al suelo, algunas mojando sus manos.
Los fuertes gritos y sollozos que soltaba asustaron a sus hermanos, quienes no podían hacer más que mirar entre lágrimas la escena frente a ellos.
Y entonces, algo cambió.
Sintió un peso en su cabeza junto con la sensación de su cuerpo debilitándose. Una sensación de ardor y pesadez invadió sus ojos, tan repentino que apenas tuvo tiempo de darse cuenta de que estaba a punto de desmayarse.
Con la vista nublada, se incorporó y alzó nuevamente sus manos en puños. Con las pocas fuerzas que le quedaban, golpeó con fuerza lo que creyó era la puerta y gritó:
—¡Déjenos vivir, malditos!
La madera del carruaje crujió bajo el impacto, más fuerte de lo que habría esperado de sus pequeños puños.
La inconsciencia lo llamó después de eso, pero no antes de que una última pregunta cruzara por su mente:
¿Por qué nosotros?

Muchas gracias a todos los que se tomaron el tiempo de leer este prólogo y un especial agradecimiento a los que han decidido quedarse. Esto es solo el comienzo de una larga saga que estoy ansiosa por escribir.
Es la primera vez que publico una de mis escritos, así que espero haberlo hecho bien y que les haya gustado.
Les agradecería mucho si interactuaran sobre la historia en los comentarios. Eso me haría muy feliz.