Prefacio
El Nocturne No. 20 de Chopin resonaba débilmente, como un susurro que se deslizaba desde algún rincón lejano. Cerré los ojos y un recuerdo me envolvió: las mañanas en casa de mis padres, cuando aún vivía con ellos. Cada mañana papá hacía girar su viejo tocadiscos. "Es una forma dulce de empezar el día", solía decir, aunque nunca confesó en voz alta su sueño roto de ser pianista, ni su posterior anhelo de estudiar arquitectura.
Justo cuando estaba a punto de ingresar a la RAM, la muerte repentina del abuelo lo obligó a renunciar a todo. Como hijo mayor, heredó el título de conde de Castle Combe y la responsabilidad de sostener a su madre y hermanos. Pero los problemas no terminaron ahí. Para preservar Rotten House, la mansión familiar y los bienes del mayorazgo, papá debía casarse de inmediato. No por amor, sino por conveniencia; el abuelo había dejado a la familia al borde de la ruina.
En aquel entonces, la única hija del marqués de Traveler, mi madre, estaba perdidamente enamorada de él. Sin tiempo para un cortejo tradicional, papá le propuso matrimonio y ella aceptó al instante. Siempre quise saber la otra cara de la historia, la de mamá, pero nunca me atreví a preguntar.
Papá me lo contó todo —o casi todo— una noche, cuando yo temblaba de fiebre. No sé por qué eligió ese momento para confiarme su secreto, pero lo guardé como un tesoro. Mamá sabía que él no la amaba entonces y aun así aceptó. ¿Por qué? Con el tiempo, su paciencia conquistó el corazón de papá y creo que, al final, ella tuvo su final feliz.
Papá era un hombre fascinante, guapo, culto, educado. Pero su mayor encanto era su voz, pausada y serena, como una melodía clásica que nunca se alteraba, ni siquiera cuando me reprendía. Mamá decía que yo había heredado su forma de hablar, aunque lo dudaba. Cuando me enojaba, mi voz subía un poco, aunque, según Edmund, mi hermano mayor, mis gritos parecían "el chillido de una cría de ratón". Desde entonces, evitaba alzar la voz, al menos en público.
El recuerdo se desvaneció cuando sentí un paño húmedo y tibio deslizándose por mis piernas, de arriba abajo. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados, pesados como plomo, se negaban a obedecer. Quise mover un brazo, una mano, cualquier cosa, pero mi cuerpo no respondía. El pánico me envolvió. ¿Estaba muerta? ¿O a punto de estarlo? Me esforcé por reconstruir qué hacía antes de llegar aquí.
Mi mente estaba en blanco, pero entonces, como un relámpago, recordé, la boda de Edmund. Estaba allí, rodeada de risas y música. Pero, ¿qué pasó después?Luché con todas mis fuerzas para que mi cuerpo reaccionara, temiendo estar en una morgue o, peor aún, a punto de ser enterrada.
No sé cuánto tiempo pasé en esa batalla silenciosa, pero de pronto mi brazo cayó, inerte, fuera de donde estuviera acostada. Segundos después, unas manos cálidas lo tomaron con suavidad y lo devolvieron a su lugar. Quise gritar, pedir ayuda, pero mi voz estaba atrapada, como si mi garganta se hubiera sellado.
No era de lágrima fácil; de hecho, casi nunca lloraba. Pero en ese momento, si aún existía, necesitaba derramar todo lo que nunca había llorado. Pensé en las cosas que me habría gustado hacer, ejercer como maestra, adoptar un perro, casarme, tener tres hijos, envejecer en la casa de campo que heredé de mi abuelo materno y que nunca visité.
Pero, sobre todo, anhelaba amar y ser amada, no por mi fortuna ni mi apellido, sino por ser simplemente Marta. Quería que alguien me amara como si mi existencia fuera un regalo creado solo para él, como si nuestras vidas se hubieran cruzado con ese único propósito.
No sé cuándo comencé a sollozar, ni si lloraba por lo que deseaba o por no haberlo tenido. Me aferré a mis lágrimas, esperando que hablaran por mí, que gritaran que aún estaba aquí. Y entonces lo sentí, mi rostro empapado, el calor de las lágrimas corriendo hasta mi cuello. Por debajo de la melodía de Chopin, que seguía sonando solemne, escuché mis propios sollozos.
Y lo comprendí.
Estaba viva.