ғʀᴜᴛᴏs ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏs

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Summary

Entre las paredes de una casa, bajo la mesa del comedor, en el cuarto de invitados durante una reunión familiar... existen deseos que no deberían nombrarse. Secretos que se susurran de noche, miradas que duran un segundo más de lo debido, encuentros que nunca debieron ocurrir. Este libro reúne 𝘥𝘪𝘦𝘻 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘱𝘳𝘰𝘩𝘪𝘣𝘪𝘥𝘰𝘴, cada uno explorando los límites más oscuros del deseo en el seno de la familia. Un padre y una hija que cruzan la línea durante un viaje en coche, dos hermanos que reviven un juego infantil con consecuencias adultas, un hijo que enseña lesiones privadas a su madre, un primo que visita en verano y desata lo inesperado... 𝘏𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘴𝘪𝘰́𝘯, 𝘤𝘶𝘭𝘱𝘢 𝘺 𝘰𝘣𝘴𝘦𝘴𝘪𝘰́𝘯, donde el amor se confunde con la posesión, la confianza se rompe y el placer se convierte en pecado. ¿Hasta dónde llegarías si nadie te viera? 𝘜𝘯𝘢 𝘤𝘰𝘭𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘦𝘳𝘰́𝘵𝘪𝘤𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘢𝘧𝘪́𝘢𝘯 𝘭𝘰𝘴 𝘭𝘪́𝘮𝘪𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘰 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘥𝘰.

Genre
Erotica
Author
Kashi_E
Status
Complete
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

ᴛʜᴇ ɢᴏᴏᴅ sᴏɴ

𝖣𝖠𝖬𝖨𝖠́𝖭

Esa tarde, todo comenzó como un juego.

Mamá estaba en el sofá, tejiendo como siempre, con esos lentes de lectura que se le resbalaban hasta la punta de la nariz. Esos pequeños detalles la hacían ver hermosa, incluso después de tantos años. A sus treinta y seis, conservaba una belleza discreta, pero yo sabía que detrás de esa apariencia serena se escondía una mujer que jamás había sido explorada por completo. Los últimos años habían sido duros para ella—soltera, dedicada únicamente a su trabajo de contadora y a cuidarme, como si su propia vida se hubiera detenido en el tiempo. Como si jamás hubiera experimentado algo más allá de la rutina y la responsabilidad.

Me acerqué con la laptop bajo el brazo, fingiendo normalidad.

Mamá, ¿me ayudas con algo? —dije, haciéndome el despreocupado mientras me sentaba a su lado, lo suficientemente cerca para que nuestras piernas casi se rozaran.

Ella levantó la vista, esos ojos azules como el mar clavándose en mí con curiosidad.

¿Otra vez problemas con tu tarea? —preguntó, dejando las agujas a un lado con gesto paciente.

Algo así… Es un video educativo. No sé si lo estoy entendiendo bien.

Sonrió, confiada. Siempre tan dispuesta a ayudarme.

Abrí la laptop y, con unos clics calculados, puse el video.

No era educativo.

Al menos, no en el sentido que ella esperaba.

En la pantalla, una mujer gemía mientras un hombre la dominaba contra una pared. Mamá se quedó paralizada, sus ojos dilatándose por segundos antes de reaccionar.

¡Damián! —exclamó, pero no apartó la vista de inmediato.

Ay, perdón —dije, sin apresurarme a cerrarlo—. Me equivoqué de pestaña.

Mentira. Sabía exactamente lo que hacía. Llevaba meses planeando este momento.

Ella intentó levantarse, pero mi mano se cerró suavemente alrededor de su muñeca.

Espera… —susurré, acercando mis labios a su oído—. ¿Nunca has visto algo así?

Sus mejillas ardían, teñidas de un rubor que se extendía hasta su cuello. Tragó saliva con dificultad.

¡Damián, eso no es apropiado! —protestó, pero su voz tembló, delatando una curiosidad que no podía ocultar.

¿Por qué? —me incliné aún más, dejando que mi aliento rozara su piel—. Todos los adultos lo hacen. ¿O acaso tú… nunca…?

Ella no respondió. Pero tampoco retiró su mano.

El video seguía reproduciéndose, los gemidos de los actores llenando el silencio entre nosotros. Mamá respiraba agitada, sus pechos subiendo y bajando bajo el ajustado suéter que llevaba.

Damián, cierra eso —ordenó, pero sin convicción.

¿Por qué? Te gusta—Deslicé un dedo lentamente por su palma, sintiendo cómo su pulso se aceleraba—. Porque déjame decirte que puedo ver cómo te afecta.

Ella retiró la mano, pero no se levantó. Sus ojos bajaron, avergonzados, hacia su propio cuerpo, hacia la tensión que ya no podía disimular.

No deberías… hablarme así —murmuró, pero sus palabras carecían de fuerza.

¿Por qué no? —Mi voz era apenas un susurro tentador mientras me acercaba más, mi boca rozando su cuello—. Si nadie más lo ha hecho. Si nadie más te ha hecho sentir esto… yo podría.

Ella tembló.

Y entonces, casi sin pensarlo, mi mano se posó en su muslo, deslizándose con lentitud hacia arriba.

Déjame enseñarte, mamá —susurré, sintiendo cómo su calor traspasaba la tela de su falda—. Déjame mostrarte lo que es el placer de verdad.

Ella cerró los ojos, como si luchara contra sí misma, contra años de represión y normas sociales que ahora parecían desmoronarse.

Esto está mal… —murmuró, pero su cuerpo no la escuchaba.

¿Porque la sociedad lo dice? —Mi mano subió unos centímetros más, acariciando la parte interna de su muslo—. Pero tu cuerpo no piensa igual.

Un gemido escapó de sus labios cuando mis dedos presionaron suavemente entre sus piernas. Aún sobre la ropa, pero suficiente para que sintiera el calor húmedo que empezaba a formarse.

Damián… —jadeó, sus uñas clavándose levemente en el sofá.

Shh… —sonreí, disfrutando de cada pequeña reacción—. Solo relájate.

Pero entonces, como si de pronto recuperara la cordura, se apartó bruscamente y se levantó.

¡No, detente! —exclamó, alejándose unos pasos con el rostro enrojecido—. ¡Estás loco! ¡Soy tu madre!

Me quedé quieto, observándola. Su pecho subía y bajaba con rapidez, sus labios entreabiertos. Sabía que estaba confundida, pero también que algo dentro de ella había respondido a mi toque.

Lo siento —dije, cerrando la laptop con calma—. No quería asustarte.

Ella no respondió. Solo se ajustó la falda con manos temblorosas y se pasó los dedos por el cabello, como intentando recomponerse.

Esto… esto no puede volver a pasar —declaró, pero su voz sonaba más frágil que firme.

Asentí, aunque sabía que ninguna de las dos cosas era cierta.

Esto solo acaba de empezar.

Pasaron tres días desde aquel primer intento de seducción.

Tres días de miradas furtivas, de mamá esquivándome por los pasillos con excusas débiles, de silencios cargados de algo mucho más intenso que simple vergüenza.

Pero yo sabía.

Lo sabía por cómo su respiración se entrecortaba cuando mis dedos rozaban los suyos al pasarle la sal en la mesa. Por cómo se mordía inconscientemente el labio inferior al verme sin camisa, las gotas de sudor resbalando por mi torso después del gimnasio.

Ella quería.

Solo necesitaba un empujón para admitirlo.

Esa tarde la encontré en la cocina, cortando verduras para la cena con movimientos mecánicos. El delantal de flores le ceñía la cintura, acentuando esas curvas que últimamente ocupaban mis pensamientos día y noche. Mamá no era simplemente atractiva; era hermosa. Su cabello rubio cenizo recogido en un desordenado moño, esas piernas esbeltas que asomaban bajo las faldas conservadoras que mi abuela insistía en regalarle, ese trasero perfectamente redondo que se marcaba cuando se estiraba para alcanzar los platos del estante superior. Y esos pechos generosos que siempre intentaba esconder bajo suéteres holgados, como si tuviera algo de qué avergonzarse.

¿Necesitas ayuda? —pregunté, acercándome hasta quedar pegado a su espalda, lo suficientemente cerca para que el calor de nuestros cuerpos se mezclara.

Ella se tensó inmediatamente, los hombros levantándose en señal de alarma.

No, yo... yo puedo sola —murmuró, pero su voz sonó extrañamente ronca.

Sonreí, disfrutando de su nerviosismo. Mi aliento le acarició la nuca cuando me incliné sobre ella, fingiendo alcanzar el salero que estaba justo frente a sus manos.

Pero es más divertido juntos —susurré, dejando que mi pecho rozara deliberadamente su espalda.

Sus manos detuvieron el cuchillo en medio del aire. Noté cómo sus dedos temblaban levemente alrededor del mango.

Damián... —su voz era apenas un hilo de sonido—. Detente, no deberíamos...

¿No deberíamos qué? —Deslicé mis manos por sus brazos con lentitud calculada, sintiendo la piel de gallina que se formaba bajo mis dedos—. Solo estoy ayudando con la cena, mami.

Ella dejó escapar un gemido ahogado cuando presioné mi erección, evidente incluso a través del denim de mis jeans, firmemente contra sus nalgas.

Anoche soñé contigo —murmuré contra su oreja, notando cómo se estremecía al sentir mis labios en su piel—. Soñé que te tenía así, contra la mesa, mientras te hacía gritar mi nombre una y otra vez.

El cuchillo cayó con un clang metálico sobre la tabla de madera, haciendo rebotar trozos de zanahoria por el mesón.

¡Eso es pecado! —protestó, pero su cuerpo traicionó sus palabras al arquearse levemente hacia atrás, buscando inconscientemente más contacto con mi dureza—. ¡No podemos!

Mientes —sonreí, hundiendo mis dientes con suavidad en la carne de su hombro—. Lo deseas tanto como yo. Lo siento.

Fue entonces cuando giró bruscamente, empujándome lo justo para crear espacio entre nosotros. Sus ojos, oscurecidos por una mezcla de lujuria y culpa, me desafiaron.

¿Y si sí? —jadeó, el rubor extendiéndose desde sus mejillas hasta el escote—. ¿Qué harías entonces, Damián? Soy tu madre.

Mi sonrisa creció mientras observaba cómo sus pupilas se dilataban, cómo su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas.

Finalmente, mi buena madre estaba aprendiendo a ser honesta consigo misma.

Lo que me pidas, mami —respondí, arrastrando un dedo desde su clavícula hasta el borde de su escote—. Pero primero...

Antes de que pudiera reaccionar, la levanté con facilidad y la senté sobre la mesa de la cocina, haciendo rodar tomates y cebollas por el suelo. Un jitomate reventó contra los azulejos, manchando el blanco con rojo intenso, como un presagio de lo que estaba por venir.

...necesito oír que lo admites —continué, colocando mis manos a cada lado de sus caderas y acercando mi rostro al suyo hasta que nuestros labios casi se tocaran—. Dime que lo quieres. Dime que has pensado en esto tanto como yo.

Ella cerró los ojos, las pestañas rubias temblando contra sus mejillas.

Esto... esto está mal —susurró, pero sus piernas se abrieron un poco más, permitiéndome colocarme entre ellas.

No respondiste mi pregunta, mami —persistí, deslizando una mano bajo su falda hasta encontrar la piel tibia de sus muslos.

Sus uñas se clavaron en mis brazos cuando mis dedos encontraron el borde de sus bragas, ya húmedas a pesar de sus protestas.

Damián, por favor... —su súplica sonó más a invitación que a rechazo.

Por favor ¿qué? —presioné mis dedos contra la tela empapada, dibujando círculos lentos—. ¿Que pare? ¿O que continúe?

Un gemido escapó de sus labios cuando encontré el pequeño nudo sensible a través de la tela. Sus caderas se elevaron instintivamente, buscando más presión.

No puedo... no debo...

Pero quieres —afirmé, hundiendo repentinamente dos dedos bajo la tela y dentro de su calor—. Y eso es lo único que importa ahora.

Su cabeza cayó hacia atrás con un golpe seco contra el armario superior, pero no pareció notarlo. Sus manos se aferraron a mis hombros mientras su cuerpo se sacudía con cada movimiento de mis dedos.

¡Dios! —gritó, olvidando por completo que las ventanas estaban abiertas.

Shh, mami —sonreí, acelerando el ritmo—. No quieres que los vecinos escuchen, ¿verdad? Imagina lo que dirían si supieran lo mojada que estás por tu propio hijo.

Ella intentó negar con la cabeza, pero su cuerpo la traicionó al estrecharse alrededor de mis dedos en un espasmo de placer.

Vas a venirte —afirmé, no pregunté—. Y cuando lo hagas, quiero escucharte decir mi nombre.

Sus uñas me arañaron la piel a través de la camisa cuando la llevé al borde y la empujé sin piedad hacia el abismo.

¡Damián! —gritó, convulsionando bajo mi mano mientras el orgasmo la recorría como una descarga eléctrica.

La sostuve mientras temblaba, disfrutando de cada espasmo, de cada jadeo, de cada lágrima que rodaba por sus mejillas.

Cuando finalmente abrió los ojos, me encontró sonriendo.

Primera lección completada, mami —murmuré, llevando mis dedos brillantes a mi boca y chupándolos con deliberada lentitud—. ¿Lista para la segunda?

El aire en la cocina espesó con cada segundo que pasaba, cargado del aroma de las hierbas frescas mezclado con algo más primitivo, más animal. Mamá seguía temblando sobre la mesa, sus muslos pegajosos apretados contra mis costados, sus ojos azules vidriosos por el placer recién descubierto.

No debería... haber dejado que... —murmuró entre jadeos, pero sus pupilas dilatadas decían otra cosa.

Pero lo hiciste —respondí, deslizando mis manos por sus pantorrillas hasta enredar mis dedos en las tiras elásticas de sus medias—. Y ahora quieres más.

Ella negó débilmente con la cabeza, pero su cuerpo no mentía. Cuando mis dedos regresaron a su entrepierna, encontraron nueva humedad brotando entre sus pliegues.

Mira lo hambrienta que estás, mami —susurré, pintando sus labios con sus propios fluidos—. ¿Cuánto tiempo llevas esperando esto?

Un sollozo escapó de su garganta cuando probó su esencia en mis dedos. Sus ojos se cerraron, largas pestañas rubias temblando contra sus mejillas sonrosadas.

Demasiado... —confesó en un suspiro que llevaba años reprimido.

Esa admisión fue todo el permiso que necesité.

Con un movimiento fluido, desabroché mi jeans y liberé mi erección, que palpitaba con necesidad. Mamá abrió los ojos al sentir el contacto contra su muslo interno, su respiración se cortó al ver el tamaño.

—D-Damián, espera, no sé si...

Shh —acallé sus dudas con un beso en la muñeca, donde su pulso acelerado bailaba bajo la piel fina—. Solo relájate. Voy a hacerte sentir tan bien...

Me posicioné entre sus piernas, usando mis dedos para abrirla suavemente. El espectáculo ante mí era obscenamente hermoso: sus labios hinchados y brillantes, temblando con cada exhalación.

Hermosa —murmuré antes de inclinarme y trazar un camino de besos desde su rodilla interna hacia el centro de su calor.

¡Oh Dios! —gritó cuando mi lengua encontró su clítoris, sus manos aferrándose a mi cabello con fuerza desesperada.

Saboreé cada gemido, cada contracción de sus músculos mientras exploraba su cuerpo con devoción. Sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de mi lengua, buscando más fricción, más placer.

Así... justo ahí... —jadeó, perdida en la sensación.

Cuando sentí que se acercaba al borde otra vez, me detuve abruptamente, disfrutando su frustrada queja.

No tan rápido, mami —sonreí contra su piel sensible—. Quiero probarte toda.

Mis manos levantaron sus caderas mientras mi boca descendía más bajo, mi lengua penetrando su entrada con movimientos largos y lentos. El sabor salado y dulce a la vez me embriagó, haciéndome gemir contra ella.

¡Damián, por favor! —suplicó, sus dedos tirando de mis raíces capilares—. Necesito...

¿Necesitas qué? —levanté la vista para encontrarme con sus ojos llenos de lágrimas—. Dilo.

¡Necesito que me... que me...!

¿Que te folle? —terminé por ella, disfrutando cómo se ruborizaba hasta las orejas—. Como una mujer de verdad.

Su respuesta fue un movimiento brusco de caderas, buscando contacto. Con un gruñido, me levanté y aliné mi miembro con su entrada, rozando su sensibilidad sin penetrar aún.

Mírame —ordené, sosteniendo su mentón—. Quiero ver tus ojos cuando por fin seas mía.

Cuando empujé dentro de ella, el mundo se detuvo.

Era calor, era opresión, era un hogar al que nunca supe que pertenecía. Mamá gritó, sus uñas clavándose en mis brazos, sus piernas envolviendo mi cintura como si temiera que me fuera.

D...duele... —susurró, pero sus ojos brillaban con algo más que dolor.

Solo al principio, mami —murmuré, deteniéndome para dejar que se adaptara—. Luego... el paraíso.

Comencé a moverme con lentitud, cada empujón más profundo que el anterior. Pronto sus gemidos cambiaron de tono, su cuerpo comenzó a responder, a buscar el mío con urgencia.

Más... —suplicó contra mi boca cuando la besé—. Más fuerte...

Obedeciendo, la levanté de la mesa, sus piernas alrededor de mi cintura, su espalda contra la pared. El cambio de ángulo hizo que gritara, sus músculos internos apretándose alrededor de mí como un guante de seda.

Así... así es como debe ser —jadeé, perdiendo el ritmo mientras el placer crecía—. Madre e hijo... unidos.

Cuando el orgasmo la golpeó, su cuerpo se arqueó como un arco, su cabeza cayendo hacia atrás contra la pared. Su interior palpitó alrededor de mi miembro, extrayendo mi propia liberación.

¡Mamá! —grité mientras me derrumbaba sobre ella, semillas calientes llenando su interior.

Nos quedamos así, pegados, jadeando, sabiendo que nada volvería a ser igual.

Cuando finalmente me separé, un hilo de nuestros fluidos mezclados nos unió brevemente antes de romperse.

Mamá se deslizó por la pared hasta el suelo, sus piernas demasiado débiles para sostenerla. Sus ojos, todavía vidriosos, me miraron con una mezcla de asombro y terror.

¿Qué... qué hemos hecho? —susurró.

Me arrodillé frente a ella, limpiando una lágrima con mi pulgar antes de besarla suavemente.

Hemos nacido de nuevo, mami —respondí—. Y esto es solo el principio.


Los días siguientes fueron una danza de miradas ardientes y encuentros furtivos. La cocina, el baño, el lavadero... cada rincón de la casa se convirtió en nuestro patio de juegos privado. Mamá ya no me esquivaba; ahora eran sus manos las que buscaban las mías en la penumbra del corredor, sus labios los que susurraban mi nombre cuando creía que no podía oírla.

Esa noche, la encontré sentada en el borde de mi cama, vestida sólo con una camisita de seda que apenas le cubría los muslos. La luz de la luna dibujaba sombras tentadoras sobre sus curvas.

¿No puedes dormir, mami? —pregunté, cerrando la puerta con un clic audible.

Ella mordió su labio inferior, esos ojos azules mirándome con una mezcla de inocencia y lujuria que me volvía loco.

Pensé que... quizás podrías enseñarme más —susurró, sus dedos jugueteando con el dobladillo de la tela.

Me acerqué lentamente, disfrutando cómo su respiración se aceleraba con cada paso.

¿Y qué quiere aprender mi buena alumna hoy? —pregunté, deteniéndome justo frente a ella.

Sus manos temblorosas se deslizaron por mi torso, aprendiendo cada músculo como si fuera la primera vez.

Todo —respondió con una voz que no reconocí—. Quiero que me enseñes todo.

Esa noche, mi habitación se convirtió en nuestro salón de clases. Le mostré cómo usar su lengua para dibujar círculos prohibidos alrededor de mi erección. Cómo controlar su respiración cuando mis dedos exploraban su interior mientras mi boca sellaba sus gemidos. Cómo mover sus caderas arriba mío, sus pechos balanceándose como péndulos hipnóticos mientras aprendía el ritmo perfecto.

Damián, ¡voy a...! —gritó, sus uñas clavándose en mi pecho.

No todavía —ordené, volteándola sobre su estómago con un movimiento brusco—. Todavía no has aprendido tu lección final.

Lo que siguió fue un concierto de jadeos ahogados y piel contra piel. Cuando finalmente la dejé caer sobre la cama, exhausta y temblorosa, sus ojos brillaban con una nueva comprensión.

¿Ahora entiendes, mami? —pregunté, acariciando su espalda sudorosa—. Esto es lo que siempre fuimos destinados a ser.

Ella no respondió con palabras. Sólo se giró hacia mí y selló mi boca con un beso que sabía jodidamente delicioso.

𝖥𝗂𝗇.

✎﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏

Nota de la autora: Este relato es una obra de ficción para adultos. Todos los personajes son mayores de edad y las situaciones son completamente consensuadas. Diseñado para lectores maduros que disfrutan de explorar fantasías eróticas en un contexto literario seguro.