Capítulo 1 — Nadie lo menciona
Samuel no era una persona de mañanas. No porque le gustara dormir, sino porque despertar significaba volver a lo mismo: la universidad, el trabajo, los números que no cuadraban, las pastillas de su abuela, y ese tipo de cansancio que no se quita ni, aunque duermas ocho o diez horas.
Esa madrugada, como tantas otras, salió de casa sin hacer ruido. Se colgó la mochila al hombro, metió las manos en los bolsillos de la sudadera y encendió la música en sus audífonos. Siempre era la misma canción. No sabía si le gustaba o si simplemente era lo único que podía escuchar sin pensar demasiado.
El cielo todavía era azul oscuro, con apenas una franja naranja asomándose entre los edificios. Las calles estaban húmedas por el rocío, y el aire olía a pan recién horneado mezclado con gasolina. Caminaba por la banqueta como quien flota: sin apuro, pero con peso.
A su alrededor, el mundo comenzaba a prenderse poco a poco. Autos veloces pasaban dejando estelas de sonido, luces intermitentes y reflejos. Las tiendas aún tenían las cortinas abajo. El sol, tímido, comenzaba a tocar las aceras.
Un par de chicos corrió por la calle contraria, riendo por algo que no escuchó. Uno de ellos lo rozó con el hombro al pasar, apenas un golpe, pero suficiente para hacerlo tropezar y caer contra el concreto.
Samuel soltó un gruñido bajo. Nada grave. Lo que más le molestó fue que uno de sus audífonos salió volando hasta la orilla de la banqueta, justo encima de una colilla de cigarro aplastada.
—Perfecto —murmuró, agachándose.
Mientras sacudía el audífono con el pulgar, alzó la vista.
Fue un instante. Medio segundo, quizá.
Un auto negro pasaba lentamente por la calle. Era elegante, moderno, con vidrios polarizados. Pero la ventanilla trasera estaba baja. Y allí, en el asiento del fondo, una chica lo observaba.
Cabello color cobre, como si el amanecer se le hubiese enredado en la cabeza. Lentes oscuros. Auriculares inalámbricos. Mirada serena. No sonreía, pero tampoco lo juzgaba. Solo lo miraba.
Samuel parpadeó, sin saber muy bien qué hacer con esa mirada. Cuando se incorporó por completo, el auto ya había doblado la esquina.
Suspiró, volvió a colocarse los audífonos y siguió caminando. No le dio mucha importancia. O eso intentó.
Dentro del vehículo, el aire era frío y silencioso. La música que sonaba en los auriculares de la chica era suave, instrumental, apenas audible desde fuera.
—Señorita Angelica. —La voz vino del asiento delantero, formal y contenida.
Angelica se quitó uno de los auriculares sin apuro.
—¿Dime?
—Solo quería avisarle que ya estamos cerca. ¿Está segura de que puede con esto?
Ella giró la cabeza hacia la ventanilla. Por unos segundos no respondió. Luego dijo, sin cambiar el tono:
—Sí, David. No te preocupes. Estaré bien.
El auto siguió su camino por la avenida. Las luces del amanecer lo envolvían todo con un tono dorado y triste, como si el día pidiera perdón por empezar tan pronto.
La universidad a esa hora parecía una ciudad abandonada. El cielo ya era más claro, y las luces del pasillo aún estaban encendidas cuando Samuel empujó la pesada puerta principal. El eco de sus pasos lo acompañó hasta el vestíbulo.
—¡Buenos días, joven Samuel! —saludó el intendente desde el fondo, mientras pasaba el trapeador con ritmo de rutina. El hombre estaba ahí cada mañana, siempre a las 6:10 en punto, como si hubiera nacido para abrir esa escuela.
—Buenos días, don Leo —respondió Samuel con un movimiento de cabeza.
Se encaminó hacia el kiosco central, donde ya colgaban las listas de grupos para el nuevo semestre. Las hojas estaban recién pegadas con cinta transparente, aún un poco torcidas. El tablón olía a plumón indeleble y a humedad.
Samuel recorrió los nombres con el dedo, sin apuro. Ahí estaba.
“Samuel V. — Grupo 6B” Suspiró. No porque fuera un mal grupo, sino porque eso significaba que todo seguía igual.
Miró el aula asignada, se lo memorizó, y justo cuando iba a colocarse de nuevo los audífonos…
—¡¡¡SAMMMM!!!
El grito rompió el aire como un disparo de confeti.
Samuel cerró los ojos, soltó otro suspiro (de otro tipo), y se giró despacio.
—Hola, Vale…
Valeria Moreno venía corriendo como si hubiera visto a un viejo amor perdido. Lo abrazó con un golpe seco en el pecho, mientras los cascabeles de su pulsera tintineaban como si festejaran su llegada.
—¡¿Cómo estás, mi Sami precioso?! —canturreó con ese tono entre broma, cariño y tortura psicológica—. ¡Dos meses de vacaciones! ¡DOS! Me sorprende que sigas con vida, sinceramente.
—A mí también me sorprende —respondió Samuel sin emoción.
Valeria frunció el ceño. Lo soltó, pero no se alejó.
—Ay, no digas esas cosas. Suena feo. —Ya viste en qué grupo te tocó? —continuó con entusiasmo—. Espero que nos toque juntos otra vez. Si no, voy a falsificar una constancia, lo juro.
Samuel asintió lentamente. En su cabeza, se lamentaba. No por ella, en realidad. La quería. De verdad. Pero la energía de Valeria a esa hora era como tomar café hirviendo directo al cerebro.
De pronto, el murmullo general de fondo cambió.
Las puertas principales se abrieron, y alguien entró.
Desde donde estaba, Samuel la reconoció sin pensarlo. El cabello color cobre. Las gafas oscuras. La misma serenidad que vio desde la banqueta, ahora bajando del mismo auto negro.
Caminaba como si nada pudiera tocarla. Directa hacia la tabla de anuncios. Inmune al ruido, al bullicio, a los ojos curiosos.
Los susurros comenzaron. —¿Quién es ella? —¿Es nueva? —¿Ya viste ese coche? —¿Será modelo? —¿Por qué trae lentes a esta hora?
Samuel no dijo nada. Solo la siguió con la mirada. Algo en ella... no encajaba con el resto, pero no de forma negativa. Más bien, como si fuera de otra historia. Una que todavía no se le había cruzado del todo.
—Oye —interrumpió Valeria, dándole un leve codazo en el estómago—. ¡Te estoy hablando! No me ignores cuando hablo, que me rompes el corazón.
Samuel parpadeó. Volvió a verla. —Perdón, me distraje.
Valeria lo miró con suspicacia. Siguió su mirada y localizó a Abril, aún frente al tablón de anuncios. Frunció el ceño y dijo:
—¿Gafas oscuras a las siete de la mañana? Qué mal gusto por la moda. Parece que viene de grabar un videoclip. O una película de vampiros.
Samuel sonrió apenas. No le respondió. No porque no tuviera algo que decir. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa por entenderlo todo.
—¡RÁPIDO, SAMMM! —gritó Valeria, jalándolo del brazo—. ¡Si no llegamos primero, me va a tocar junto a Mariana y no quiero oírla hablar de su ex todo el semestre!
Samuel apenas si pudo reaccionar cuando Valeria lo arrastró por el pasillo, zigzagueando entre otros alumnos que recién llegaban. Atravesaron una fila de bancas torcidas, pasaron frente al laboratorio de química (con el mismo cartel roto del año pasado) y llegaron a su aula.
—¡MARIANA! ¡SOFI! —gritó Valeria al ver a sus amigas dentro. Corrió hacia ellas como si no las hubiera visto en años, aunque Samuel sabía perfectamente que salieron juntas tres días antes.
Él, sin apuro, caminó hasta el fondo del aula. Junto a la ventana. Siempre junto a la ventana. Dejó su mochila caer al lado de la silla, se sentó… y apoyó la frente contra la mesa con un golpe seco.
Suspiró. Y empezó a contar en voz baja. —Uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis...
La voz del profesor entrando interrumpió sus números mentales.
—Buenos días a todos. Guarden silencio, por favor. Vamos a iniciar el curso.
El salón se acomodó al instante. Sillas arrastradas, risas apagadas, mochilas cerradas a la fuerza. Samuel no se movió. Solo levantó un poco la cabeza para mirar al frente sin que pareciera grosero.
Valeria hablando bajito con sus amigas. El profesor escribiendo su nombre en el pizarrón. Y Samuel, con la frente aún pegada a la mesa, susurrando:
—...nueve... diez... once...
La clase pasó. Como siempre: palabras que entraban y salían sin hacer ruido en su cabeza. Solo quedó una frase del profesor: “La asistencia es obligatoria desde hoy”. Todo lo demás, ruido.
Al sonar el timbre, Valeria volvió a jalarlo.
—¡Vamos! Tengo hambre como para comerme una impresora.
—Ve tú —respondió Samuel, sin moverse.
—No. Tú vienes conmigo. Vas a desayunar algo decente o te desmayas a mitad de la segunda hora. No pienso cargar con tu cadáver.
Samuel se dejó arrastrar, otra vez.
—Veintiún mil doscientos sesenta y seis... —murmuró sin darse cuenta.
Valeria lo miró raro.
—¿Tú... estás contando?
Él no respondió. Solo se encogió de hombros.
—Te juro que cada semestre estás más raro.
Cuando salieron al pasillo, la gente se había multiplicado. Grupos por todos lados, risas, quejas, el clásico “no estudié nada” repetido por al menos diez personas distintas. Y entonces la vio.
Allí estaba. Caminando al lado contrario, como flotando entre la multitud.
La chica del cabello cobrizo. Lentes oscuros. Auriculares blancos. Y un pequeño folleto doblado en la mano.
Iba sola. Caminaba rápido. Samuel se detuvo en seco.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria, notando cómo soltaba su brazo. —Voy al baño. Ahorita te alcanzo. —¿Desde cuándo te importa llegar al baño?
Pero él ya había girado.
La siguió a unos pasos de distancia, sin pensar demasiado. Solo quería... entender. Saber quién era. Qué hacía ahí. Ella dobló por un pasillo menos transitado, cruzó una pequeña galería de ventanas cerradas, y se detuvo frente a una puerta que casi nadie usaba.
Samuel se escondió detrás de una columna. Observó cómo ella abría la puerta con naturalidad y desaparecía dentro. Ni un segundo después, su celular vibró en su bolsillo.
No desconocido (Emergencia)
Contuvo el aliento. Contestó.
—¿Sí?
—¿Señor Samuel? Hablo de urgencias... —La voz al otro lado era, apagada—.
Es tu abuela. Volvió a recaer. Está aquí otra vez.
Él cerró los ojos. El pasillo le pareció de pronto mucho más frío.
Miró de nuevo hacia la puerta donde había entrado la chica. Ya no estaba.
La tarde ya se había rendido. La luz era más tenue, color ámbar gastado, cuando Samuel y su abuela salieron del hospital por cuarta vez en el mes. Caminaban despacio por la acera del estacionamiento, ella con el suéter viejo de siempre y él con los hombros caídos, como si cargara más cosas que solo una mochila.
—Abuela —dijo Samuel en voz baja, cansada pero suave—. ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas esfuerzos de más?
Ella no contestó al instante. Solo lo miró con ternura mientras se apoyaba un poco en su brazo.
—Este mes hemos venido cuatro veces… —añadió él, suspirando—. Y la verdad… ya casi no me alcanza el dinero.
La abuela soltó una risita entre dientes, breve, sin burlarse. Era de esas risas que tienen resignación y cariño mezclados.
—Ya lo sé, hijo… pero no puedo quedarme en casa sin hacer nada. Si tú te preocupas por mí, entonces yo debo ocuparme de ti. En algo. Aunque sea en lo poquito.
Samuel le dio un beso en la frente, sin decir nada más. Caminaron en silencio por un rato, mientras la ciudad comenzaba a encender sus luces.
Más tarde, salieron de un minisúper. Samuel sostenía dos botellas baratas de bebida de avena y un pan envuelto en plástico. Le extendió una a su abuela mientras caminaban.
—Toma. Vamos, come algo —le dijo, intentando sonar firme, pero sonó más como un ruego cansado—. No queremos regresar a ese hospital, ¿verdad?
Ella asintió, dándole un sorbo con calma. Samuel metió las manos en los bolsillos y bajó un poco la cabeza mientras caminaban. Ya no hablaban. No hacía falta. El mundo se veía más quieto en ese barrio al anochecer. Ni una queja, ni una prisa.
La calle estaba vacía cuando llegaron a casa. Pequeña. De esas con rejas bajas y pintura descarapelada en las esquinas. Humilde, sí. Pero suya.
La abuela le dio las gracias al entrar. Se quitó los zapatos sin mucho esfuerzo, y caminó directo hacia su cuarto. No cerró la puerta, como siempre.
Samuel se dejó caer sobre el viejo sillón de la sala. No prendió la tele. No encendió la luz. Solo se quedó ahí, mirando al vacío como si esperara que algo pasara sin tener que moverse.
El celular vibró. 27 notificaciones.
Todas de Valeria.
¿Dónde estás?¿Te fuiste sin decir nada? Samuel, respóndeme. ¿Todo bien? Me estás preocupando, ¿okey?
Samuel bajó el brillo del celular, lo bloqueó y lo dejó boca abajo sobre la mesita. No tenía fuerzas ni para contestar. Tampoco quería.
Se recostó del todo en el sillón, con el brazo cubriéndose los ojos. Y ahí, en medio del silencio, pensó:
—No sé cuánto tiempo más estaré así… pero desearía no estarlo.