1.- El secreto de Ophelia.
El cuarto de Clara olía a aloe y a libros viejos, un aroma que siempre había asociado con la cordura de su hermana gemela. Ophelia, por el contrario, vivía en un nido de incienso y ropa sucia, un reflejo perfecto del caos que reinaba en su mente. Eran dos mitades de la misma moneda, de piel blanca y pelo rojo llameante, idénticas en incluso en cada peca, pero opuestas en su alma.
—Clara, necesito contarte algo. Algo malo.
Clara levantó la vista de su novela, sus ojos verdes, idénticos a los de Ophelia, se llenaron de preocupación. Siempre había sido la protectora, la ancla.
—¿Qué pasa, Pheli? ¿Otra vez con ese chico de tu clase?
—No. Es peor. Es… depravado.
Ophelia se sentó al borde de la cama, temblando. El secreto la había consumido durante meses, una fantasía que había empezado como una chispa morbosamente curiosa y que ahora era un incendio forestal devorando su cordura.
—Es sobre papá.
Clara frunció el ceño.
—¿Papá? ¿Te hizo algo? Porque si te hizo algo Pheli, yo lo mato.
—¡No! ¡Dios, no! —Ophelia rio, una risa histérica y cortada—. Es al revés, soy yo, no debería pero pienso en él todo el tiempo.
El silencio en el cuarto se hizo espeso. Clara dejó el libro boca abajo sobre su regazo.
—¿Qué quieres decir con que piensas en él?
—Quiero decir que lo imagino. Que entro a su estudio por la noche y él está trabajando y yo me le siento en el regazo y lo beso. Quiero decir que me masturbo pensando en cómo sería sentirlo dentro de mí. Quiero decir que cuando me abraza, tengo que ir al baño y frotarme hasta que me sangra para no lanzarme sobre él ahí mismo.
Las palabras salieron de Ophelia en un torrente febril, una confesión que la liberaba y la aterrorizaba a la vez. Clara la miraba, pasando del shock a una comprensión lenta y escalofriante.
—Pheli… eso no es normal. Es…
—¡Ya lo sé que no es normal! —gritó Ophelia, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. Por eso vengo a ti, porque tú eres la normal, porque tú siempre lo arreglas todo. Y este pensamiento me está matando, Clara. No puedo vivir así. O lo hago realidad o me vuelvo loca.
Clara se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. La idea era repulsiva, un tabú tan fundamental que le helaba la sangre. Pero miró a su hermana, a su gemela, la otra mitad de su alma, y vio el tormento real en su rostro. No era un capricho. Era una enfermedad.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Clara, su voz apenas un susurro—. ¿Decírselo? ¿Que te internen?
—No. Quiero que me ayudes. Quiero que… que lo consigamos. Las dos.
Clara se detuvo en seco.
—¿Las dos? ¿Estás loca? ¡Yo jamás!
—¡Por favor, Clara! —Ophelia se arrodilló frente a ella, agarrándole las manos—. Piénsalo. Somos idénticas. Él nunca podría resistirse a las dos, podríamos confundirlo, jugar con él. Podríamos ser su sueño hecho realidad. Sería nuestro secreto, el secreto de las gemelas. Nadie lo sabría nunca, sería algo solo nuestro.
La lógica retorcida de Ophelia era venenosa, pero tenía un punto. Un punto terriblemente tentador. La idea de ese poder, de ese secreto compartido que las uniría para siempre, empezó a germinar en la mente de Clara, la mente sensata. La imagen de su padre, un hombre bueno y atractivo, perdido en la fantasía que ellas crearían era el pecado más dulce que podía imaginar.
—Es una locura —dijo Clara, pero su voz ya no tenía la convicción de antes.
—Es la única cura —susurró Ophelia.
El plan se gestó en susurros esa misma noche. Su padre, un viudo devoto de su trabajo y de sus hijas, tenía una rutina predecible. Los viernes por la noche se tomaba un par de whiskies en su estudio mientras revisaba unos papeles antes de irse a la cama, ese sería el escenario.
El viernes siguiente, el ambiente en la casa era eléctrico. Se vieron iguales, dos espectros pelirrojos con el mismo propósito oculto. Ophelia vestía un camisón de seda negra, casi transparente. Clara había elegido uno rojo, el color de la pasión y la advertencia. A las once, caminaron descalzas por el pasillo, como dos fantasmas y se detuvieron ante la puerta cerrada del estudio.
—¿Lista? —preguntó Ophelia, con los ojos brillantes de fiebre.
Clara asintió, con el corazón martilleándole en el pecho.
Ophelia abrió la puerta sin llamar. Su padre levantó la vista, sorprendido, con una copa en la mano. La luz tenue de su lámpara de escritorio lo hacía parecer vulnerable.
—Chicas, ¿qué pasa? ¿Hay algún problema?
—No, papá. Ningún problema —dijo Ophelia, entrando en la habitación con una gracia felina. Clara la siguió, como una sombra.
Se acercaron a su escritorio, una a cada lado. Él las miró, confundido, su mirada moviéndose de una a la otra, como si no pudiera creer lo que veía.
—Hemos estado pensando, papá… —empezó Ophelia, pasando sus dedos por el hombro de él—, en que te pasas demasiado tiempo solo.
—Y en que nosotras también estamos solas —terminó Clara, haciendo lo mismo por el otro lado.
Sus manos se encontraron en el pecho de él, una sobre la otra. Él se quedó inmóvil, paralizado por la incredulidad y el inicio de una excitación que traicionaba su razón.
—Chicas, no, esto está mal —protestó, pero su voz era débil, sin fuerza.
—¿Qué tiene de malo que nos queramos, papá? —susurró Ophelia, inclinándose para besarle la mejilla—. ¿Que te cuidemos?
Clara le besó la otra mejilla. Sus labios eran suaves, calientes. Él cerró los ojos en un ruego silencioso. Ophelia aprovechó el momento para llevar su mano a la entrepierna de él, palpando la erección que ya luchaba por salir de sus pantalones.
—Mientes, papá. Tu cuerpo no lo cree malo.
Con un movimiento rápido, desabrocharon su cinturón y bajaron la cremallera. Su miembro saltó fuera, duro y grueso, un monumento a su debilidad. Las gemelas se arrodillaron a cada lado de su silla, como dos acólitas en un ritual profano.
Sus rostros idénticos se acercaron a su erección.
—Primero yo —dijo Ophelia que ya no podía soportarlo más y tomó la cabeza de su miembro en su boca, chupándola con una hambre voraz.
Luego fue el turno de Clara, imitando a su hermana, su lengua explorando la longitud de él, saboreando el sabor de su propia carne y de su padre. Él gemía, con la cabeza echada hacia atrás, perdido en una pesadilla de placer. Se turnaban, besándose sus labios alrededor de su carne, una danza húmeda y depravada que lo llevaba al borde del abismo.
—No… no puedo… —gimió mientras trataba de resistirse.
—Ven con nosotras, papá —dijo Clara, levantándose y tomándole de la mano.
Lo llevaron a la alfombra frente al fuego, que crepitaba como un testigo cómplice. Allí lo despojaron de su ropa. Las gemelas se quitaron sus camisones, revelando dos cuerpos idénticos, dos pares de pechos perfectos, dos sexos depilados ya húmedos de anticipación.
Ophelia se montó sobre él primero, bajándose lentamente sobre su miembro, gritando de placer al sentirlo llenarla. Se movió con una ferocidad salvaje, mirándolo a los ojos, reclamándolo.
Clara, mientras tanto, se arrodilló sobre su rostro, bajando su sexo directamente a su boca. Él no tuvo otra opción que lamerla, su lengua explorando la carne idéntica a la de la hija que lo montaba, un ciclo de incesto perfecto y simétrico. El sabor de Clara era dulce y salado, el sabor de su propia creación, y él la devoró con un deseo que no le pertenecía, sino que ellas le habían inyectado.
Ophelia, viendo a su hermana recibir ese placer, se arqueó y apretó sus piernas alrededor de la cintura de su padre, moviéndose más rápido, más profundo. Cada embestida era una afirmación de su victoria, una conquista del tabú.
—Mío —siseó, mirando a Clara por encima del hombro de su padre—. Es nuestro.
Clara se levantó, dejando la boca de su padre libre, pude ver el desastre que había creado, su barbilla y mejillas brillando con sus jugos. Se deslizó detrás de él y lo empujó suavemente, haciéndolo rodar sobre Ophelia sin que se desconectaran. Ahora él estaba encima, con el control, pero sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un trance de lujuria.
Clara se agachó y le susurró al oído:
—Fóllala papá, fóllala como si fuera tu esposa. Fóllala como nos has deseado a nosotras en secreto, un padre que nunca le ha pasado tomar a sus hijas por la cabeza hubiera cedido tan rápido.
Las palabras fueron el detonante. Él comenzó a moverse con una fuerza animal, una energía que había estado reprimida durante años. Cada golpe hacía gritar a Ophelia, un grito de dolor y placer que era la banda sonora de su perdición. Clara no estaba inactiva. Sus manos recorrían la espalda de su padre, sus uñas arañando su piel. Se inclinaba y le mordisqueaba el cuello, luego bajaba y le chupaba los pezones, dándole órdenes en voz baja.
—Más fuerte. Hazla tuya. Quiero oírla gritar.
El estudio se convirtió en una cámara de ecos de gemidos y palabras sucias. Ophelia, debajo de él se retorcía y gritaba, una marioneta en las manos de su padre y su hermana.
—Sí, papá, sí, lléname, lléname de tu leche, quiero sentirla dentro de mí, por favor, papá, dame tu semen.
Con un rugido gutural, él se vació dentro de ella, una explosión caliente y violenta que la hizo alcanzar su propio clímax, un espasmo que sacudió todo su cuerpo. Se quedó encima de ella, sin aliento, derrotado.
Pero Clara no había terminado.
—No, papá, siempre nos has dado todo en la misma medida, no me puedes dejar sin mi parte.
Lo hizo apartarse y empujó a Ophelia, exhausta y temblando sobre la alfombra. Se acostó boca arriba junto a ella y abrió sus piernas.
—Ahora a mí, quiero lo mismo que ella, quiero que me llenes.
Él la miró, su miembro todavía goteando del semen de su otra hija. Estaba flácido, agotado.
—No puedo chicas, por favor…
—Tú puedes —dijo Ophelia, recuperándose y arrastrándose hacia él—. Te ayudaremos.
Las gemelas se arrodillaron frente a él. Sus cabezas pelirrojas se juntaron y sus lenguas, idénticas, empezaron a lamer su miembro, limpiando la mezcla de su semen y los fluidos de Ophelia. Le masajearon los testículos, le lamieron el perineo, le introdujeron los dedos en el ano, una estimulación total, depravada y experta. Él se endureció de nuevo en contra de su voluntad y contra toda lógica, un soldado resucitado por la brujería de sus hijas.
Esta vez, Clara se montó a horcajadas sobre él, dándole la espalda, para que pudiera ver su trasero perfecto mientras se movía. Ophelia se arrodilló frente a ellos y besó a su hermana profundamente, mientras una de sus manos bajaba para masajear el clítoris de Clara y la otra jugaba con los pezones de su padre. Era una orgía de tres, no por la cantidad de personas, sino porque no se notaba donde empezaba uno y terminaba el otro.
—¿Te gusta, papá? ¿Te gusta vernos jugar? —preguntó Clara, moviendo sus caderas en círculos lentos—. ¿Te gusta saber que nosotras también lo disfrutamos? ¿Somos tus pequeñas zorras depravadas?
—Sí… —logró decir él, su voz rota—. Sí, mis zorras. Mis putas…
La palabra, saliendo de boca de su padre, las encendió a ambas. Ophelia se acostó debajo de su hermana, en el 69 y comenzó a lamer el lugar donde se unían su padre y Clara, su lengua rozando el miembro de él y el clítoris de su hermana con cada embestida. Clara se inclinó y correspondió, lamiendo el sexo ya usado de Ophelia.
La escena era un cuadro del infierno, una celebración de la corrupción más absoluta. Los tres se movían en una sinfonía caótica de piel, saliva y fluidos. Los gemidos se mezclaban, las identidades se difuminaban. ¿Era la boca de Clara o de Ophelia la que lamía su carne? ¿Era el grito de una hija el que escuchaba o el de ambas? Ya no importaba.
Él no duró mucho. La sobreestimulación era demasiada. Con un segundo grito, más agudo y desesperado que el primero, se vino de nuevo, esta vez dentro de Clara. Al mismo tiempo, las dos gemelas alcanzaron el clímax juntas, un grito unificado, dos cuerpos idénticos convulsionando en el mismo instante de éxtasis prohibido.
Se derrumbaron los tres sobre la alfombra, un amasijo de sudor y semen. El silencio volvió a caer, pero ya no era un silencio de paz. Era un silencio pesado, denso, lleno de la realidad de lo que habían hecho. El olor a sexo y a whiskey impregnaba la estancia, un olor a ruina.
Ophelia fue la primera en hablar. Se giró y apoyó la cabeza en el pecho de su padre, como si no pasara nada.
—Gracias, papá. Era justo lo que necesitaba.
Clara la miró desde el otro lado, con los ojos vacíos. La cordura se había roto, el ancla se había soltado. Se había sumergido en el abismo con su hermana y ahora no sabía cómo salir. O no si quería salir.
Su padre las abrazó a las dos, un rey derrotado en su propio reino, el amo de una casa que ya no sería su hogar, sino el escenario de su secreto depravado. El secreto de las gemelas pelirrojas. Y aquella noche era solo la primera.
La mañana llegó no con el canto de un gallo, sino con el peso aplastante de la realidad. La luz del sol se filtraba por las persianas del estudio, dibujando rayos polvorientos en el aire, iluminando el desorden. Ropa esparcida, dos copas de whisky a medio terminar y, en el centro de la alfombra, los tres cuerpos, aún entrelazados en el sueño agotado de la transgresión.
Él fue el primero en despertar. Abrió los ojos y la luz le hirió. Por un instante, no recordó nada. Luego, el olor. Un olor denso, a sexo, a sus propias hijas. La memoria lo golpeó como un puño. Miró hacia abajo y vio el cabello rojo de Ophelia sobre su pecho y el de Clara extendido por su barriga. Un escalofrío de pánico y autodesprecio recorrió su cuerpo. ¿Qué había hecho? Se había convertido en la criatura que más despreciaba. Se había convertido en el monstruo de los cuentos.
Se desprendió de ellas con la delicadeza de un ladrón, cada movimiento una tortura. Se vistió en silencio, sin mirarlas, como si no verlas pudiera borrar lo hecho. Necesitaba aire, necesitaba huir de aquel laboratorio donde había destilado su propia perdición. Salió de la casa como un fantasma y caminó por el jardín helado, el aire frío quemándole los pulmones, un castigo inútil.
Dentro, las gemelas empezaron a moverse. Clara abrió los ojos y vio el techo del estudio. Por un momento, creyó que había sido una pesadilla, una de esas fantasías febriles que a veces la asaltaban. Pero el dolor sordo entre sus piernas y el sabor seco en su boca le dijeron que era real. Se giró y vio a Ophelia, que se estiraba como un gato satisfecho, una sonrisa perezosa en sus labios.
—Buenos días, hermana —dijo Ophelia con su voz ronca y feliz.
—¿Buenos días? —replicó Clara, su propia voz llena de horror—. Ophelia, ¿qué hemos hecho? ¿Qué le hemos hecho a papá?
—Le hemos dado lo que quería, Clara. Lo que todos queríamos. ¿No lo ves? Estamos libres.
—¡No estamos libres! Estamos arruinadas —susurró Clara, sintiendo las lágrimas quemarle en los ojos—. Lo hemos corrompido, lo hemos destruido.
—No digas “destruido”, di “liberado” —corrigió Ophelia, sentándose y cruzando las piernas. Sus pechos, marcados por las uñas de su padre la noche anterior, se alzaron con orgullo—. Míralo, no está destruido, está vivo, ¿no lo sentiste, el poder, el control? Ahora él nos pertenece, de verdad.
La lógica de Ophelia era un abismo, pero Clara sintió la tiranía de su verdad. Había sentido ese poder, esa sumisión absoluta en los ojos de su padre. Y una parte de ella, una parte oscura que había mantenido encerrada con llave, había gozado.
El conflicto la estaba desgarrando por dentro.
Él volvió a entrar en la casa, decidido a enfrentarse a la catástrofe. Las encontró sentadas en la alfombra, ya vestidas con las batas que habían dejado la noche anterior. Se veían como dos sacerdotisas de un culto sangriento.
—Tenemos que hablar —dijo él, su voz temblorosa—. Lo de anoche fue un error. Un error terrible. No puede volver a pasar. Jamás. Tenemos que olvidarlo.
—¿Olvidarlo? —se rio Ophelia—. ¿Cómo vamos a olvidar lo mejor que nos ha pasado en la vida, papá?
—¡No fue lo mejor, fue un pecado, una aberración! —gritó él, con los ojos llenos de lágrimas—. Soy su padre y les he violado.
—No nos violaste —dijo Clara, sorprendiéndose a sí misma al defender la situación—. Nosotras te lo pedimos papá.
—Son jóvenes, no sabían lo que hacían.
—Tenemos veinte años, papá —intervino Ophelia, levantándose y acercándose a él—. Y sabemos exactamente lo que queremos. ¿Y sabes lo que queremos ahora?
Se paró frente a él, tan cerca que sus pechos casi le rozaban el pecho.
Le tomó la cara con las manos.
—Queremos el desayuno.
La petición era tan mundana, tan inesperada, que lo desarmó por completo.
—¿Qué?
—Desayuno. Tengo hambre —dijo Ophelia, y se giró hacia Clara. —¿Y tú, hermana? ¿Tienes hambre?
Clara vaciló. Miró a su padre, con el rostro descompuesto por el dolor y la culpa. Miró a su hermana, con los ojos brillantes de desafío. Sabía que estaba en una encrucijada. Podía unirse a su padre en la penitencia, intentar reconstruir lo que estaba roto, o podía saltar al vacío con Ophelia. El vacío, por depravado que fuera, tenía una atracción terrible.
—Sí —dijo Clara, su voz firme—. Tengo hambre.
La sonrisa de Ophelia fue de triunfo puro.
Esa mañana, la cocina se convirtió en el nuevo escenario. Él intentó actuar con normalidad, preparando café y tostadas con manos temblorosas. Pero las gemelas no se lo permitieron. Mientras él servía el café, Ophelia se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, apretando su cuerpo contra él haciendo que se tensara.
—Ophelia, no…
—¿Qué pasa, papá? ¿No puedo abrazar a mi padre?
Clara, sentada en la mesa, observaba la escena. Sentía el remordimiento, pero también una punzada de celos. No quería ser la buena, la arrepentida. Quería el poder.
Se levantó y se acercó a ellos. Se puso frente a su padre y con una lentitud deliberada, desabrochó los dos botones superiores de su camisa. Le metió la mano por dentro, palpando el pelo de su pecho.
—También quiero abrazar a nuestro padre —dijo Clara, y su voz era un susurro cálido y venenoso.
Él estaba atrapado. Un cuerpo a cada lado, dos manos idénticas explorándolo, dos alientos calientes en su cuello. Su cuerpo, esa bestia traidora, empezó a responder de nuevo. Su respiración se agitó.
—No… aquí no… la cocina…
—¿Por qué no? —preguntó Ophelia, mordisqueándole la oreja—. ¿Acá no te gusta? ¿O prefieres que nos vayamos a tu despacho otra vez?
—No, no, por favor…
Pero sus súplicas se ahogaron cuando Clara se arrodilló frente a él, desabrochándole el pantalón con una práctica que ya no era la de una novata. Su miembro, ya duro, saltó hacia fuera. Clara lo miró, y luego miró a Ophelia por encima de su hombro.
Un entendimiento silencioso pasó entre ellas.
Ophelia se giró, se subió la bata hasta la cintura, se apoyó en la mesa de la cocina y con la mirada fija en él, se deslizó el dedo por su propia hendidura, mojándose.
—Mira lo que haces, papá. Mírame y dime que no quieres esto.
Él no pudo decirlo. Miró a su hija, ofreciéndose en su mesa y luego miró hacia abajo, donde Clara ya le estaba lamiendo la punta, entonces se rindió por completo.
Se acercó a Ophelia alejándose de Clara y con un solo movimiento brutal la penetró sobre la mesa de la cocina. Ella gritó, no de dolor, sino de triunfo. Él estaba de nuevo follándola con una rabia que era dirigida a sí mismo, cada embestida un castigo por su debilidad. Los platos vibraban en la alacena con cada golpe. Clara, mientras tanto, se sentó en una silla frente a ellos, se abrió de piernas y se masturbó lentamente, un espectáculo para su padre y su hermana.
—Fóllala como a la perra que es —gimió Clara, sus dedos moviéndose con rapidez en su propio sexo, sus ojos fijos en la escena bestial que se desarrollaba en la mesa de madera—. Mírala, cómo te la come. Cómo te la toma toda. Es nuestra perra, papá. Nuestra.
Las palabras de Clara, crueles y excitantes, actuaron como un látigo sobre él. Aumentó el ritmo, sus caderas golpeando las nalgas de Ophelia con un sonido oscuro y húmedo.
La volteó contra la mesa, pretendía ser más duro, así quizá cambiaba de opinión pero Ophelia a su vez empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, sus pechos rozando la superficie fría de la mesa, sus pezones duros como piedras, no logró sino lo contrario.
—Sí, sí, soy tu perra, papá —gritó Ophelia, volviendo la cabeza para mirarlo con los ojos inyectados en sangre. —Soy tu perra y la de Clara. Somos tus perras. ¡Usanos! ¡Enséñanos a ser buenas hijas!
La degradación era el combustible. El amor se había transformado en un juego de poder y sumisión, un teatro donde los tres actuaban papeles que se habían inventado en una noche de locura. Ya no eran padre e hijas. Eran un macho y dos hembras en celo, regidas por el instinto más primitivo.
Él sintió que el orgasmo se acercaba, una marea imparable en sus entrañas. Con un último gruñido, se vació dentro de Ophelia, una descarga larga y violenta que la hizo gritar y temblar sobre la mesa. Se apoyó sobre ella, sin fuerzas, sintiendo cómo su miembro latía por última vez antes de empezar a flaquear.
Pero el hambre de las gemelas era insaciable.
—No —dijo Clara, levantándose de la silla, su cara brillando de sudor y excitación—. Ya sabes como funciona, si cuidas de una también de la otra.
Lo apartó de Ophelia con una fuerza que sorprendió a ambos. Ophelia se deslizó de la mesa, con las piernas temblando, y se apoyó contra la encimera, observando.
Clara se tendió boca arriba sobre la mesa, exactamente en el mismo lugar donde su hermana acababa de ser follada. Abrió sus piernas, mostrando su sexo, enrojecido y húmedo.
—Ahora mírame a mí, papá. Soy yo la que te va a limpiar.
Él la miró, agotado y confuso.
—Clara, de verdad no puedo, estoy…
—No tienes que hacer nada —dijo ella con una sonrisa perversa—. Solo túmbate aquí.
Lo guio para que se acostara boca arriba sobre la mesa, junto a ella. Su cuerpo flácido era un monumento a su agotamiento. Clara se arrodilló sobre su pecho, dándole la espalda, y se inclinó hacia su miembro flácido y cubierto de los fluidos de Ophelia. Con la lengua extendida, empezó a lamerlo, a limpiarlo con una devoción religiosa. Le chupó los testículos, le recorrió toda la longitud con la punta de la lengua, resucitándolo con su saliva y su voluntad.
Mientras lo hacía, Ophelia se acercó por el otro lado. Se arrodilló frente al rostro de su padre y, sin una palabra, se sentó sobre él. Su sexo, todavía lleno del semen de su padre, se posó directamente sobre su boca.
—Limpíame a mí, papá —ordenó Ophelia—. Bebe de mí. Bebe lo que me dejaste.
Él estaba atrapado, una ofrenda en el altar de sus hijas. Su boca se abrió y su lengua salió para obedecer, lamiendo y bebiendo la mezcla de su propio semen y los jugos de Ophelia. Mientras tanto, Clara había logrado que su miembro estuviera erecto de nuevo. Se giró, se alineó con él y se hundió, dejándolo entrar hasta el fondo.
La escena era una inversión total. Ahora eran ellas las que lo usaban, las que montaban su cuerpo como si fuera un simple instrumento para su placer. Clara se movía arriba y abajo, con un ritmo lento y profundo, mirando a Ophelia, que a su vez se mecía sobre la cara de su padre. Se inclinaron y se besaron por encima de él, un beso largo y profundo, un sello sobre su pacto de corrupción. Sus manos se exploraban mutuamente, apretándose los pechos, pellizcándose los pezones, mientras su padre era el fundamento, el soporte de su placer compartido.
—¿Lo ves, papá? —dijo Clara, rompiendo el beso para mirarlo a los ojos—. Así es como debe ser. Nosotras al mando. Tú solo siéndonos útil.
—Sí, únicamente para eso —añadió Ophelia, retorciéndose sobre su lengua—. Nuestro juguete. Nuestro padre-novio-amante.
La humillación era el último ingrediente. Y le gustó. Sintió cómo su erección se endurecía hasta doler dentro de Clara, cómo su boca trabajaba con furia en el sexo de Ophelia. Ya no pensaba. Solo reaccionaba. Era una bestia de carga, un objeto para su fantasía, y en esa completa anulación de su voluntad, encontró una paz oscura y terrible.
Los tres alcanzaron el orgasmo casi a la vez. Clara se arqueó y gritó, apretando sus piernas alrededor de él. Ophelia se estremeció y se derrumbó sobre su boca, ahogándolo con su flujo. Y él, sintiendo las contracciones de Clara y el sabor de Ophelia, explotó de nuevo en una descarga casi seca y agotadora que lo dejó vacío y adolorido como nunca antes.
Se quedaron así, un monumento al incesto en la cocina de la mañana. Las gemelas se deslizaron de su cuerpo y se acostaron a su lado, una a cada lado, acariciándole el pecho.
—Ahora sí que tengo hambre —confesó Ophelia, con una sonrisa de gato que ha robado la crema.
Clara se rio, una risa libre y sin remordimientos.
—Yo también. Vamos, papá, a cocinar. Hoy te toca a ti servirnos.
Él abrió los ojos y las miró. El hombre que había sido había muerto en la alfombra del estudio la noche anterior. En su lugar yacía esto: una criatura hecha a su imagen y semejanza, un esclavo de la voluntad de sus hijas gemelas. Se levantó, sin decir una palabra y fue a encender el fuego.
El desayuno estaba servido y eso no era lo único que lo estaría a partir de ahora.