Cazador y presa

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Summary

Sus ojos no son mi perdición: son el incendio que elegí abrazar. Dicen que soy astuta, fría, una cazadora nata. Mienten. Él lo sabe. Lo ve. Con esa mirada de zorro salvaje que descifra cada grieta de mi fachada, cada mentira que recito para convencerme de que no estoy perdida. Pero lo estoy. Porque él no es una presa. Es el cazador, y yo... solo soy la trampa que se enamoró de su propio veneno. Si no lo atrapo pronto, si no descifro cómo enjaular al demonio que me quema por dentro, su silencio convertirá cada latido mío en ceniza Y lo peor? Parte de mí ya ansía arder.

Genre
Drama
Author
333
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El anillo y el abogado

¿Quéeeeeee?... Dios mío, el autobús se marchaba justo cuando mis tacones se clavaban en el asfalto como si la ciudad entera conspirara para verme tropezar. El aire olía a gasolina y desesperación, y yo, Selene Medina Sáenz, la reina de los planes que se derrumban, corría como si el apocalipsis zombi me persiguiera. Claro, porque el universo no contento con arruinarme el desayuno (tostadas quemadas y café frío), ahora decidía que mi día de juicio empezaría con una coreografía de humillación pública. ¿La bacteria de la mala suerte se había convertido en una pandemia? Porque yo era paciente cero.

—¡Selene, tocará correr! —me grité a mí misma, aunque mi voz se ahogó entre el ruido del tráfico y el latido de mi corazón, que parecía decirme: "¿En serio pensaste que llegarías puntual hoy?".

Mis tacones, esos traidores de cuero negro, crujieron como huesos rotos. Algún día pondré en mi currículum —entre "experta en crisis existenciales" y "maestra del sarcasmo"— que soy atleta olímpica de los desastres. Totalmente comprobable. ¿Pero de carreras a dos pies? Ni te cuento: mis piernas temblaban como flan en un terremoto, y los peatones me miraban como si fuera una performance callejera.

¡Estos pensamientos no me ayudaban! El edificio del juzgado se alzaba ante mí como un gigante de cemento y decisiones irrevocables. Moví las articulaciones —crujiendo como si llevara 100 años de soledad (y ojalá)— mientras maldecía a Eduardo por enésima vez. Los envidiosos tendrían un derrame cerebral si supieran que la "afortunada" Selene, la que posó con un anillo de diamantes en portada de revistas, ahora luchaba por no colapsar en medio de la acera.

La puerta del juzgado era un monstruo de metal frío. Rozó mis narices mientras jadeaba, el sudor me escurría por la espalda como una traición más. No podía enfrentarme a ella por dos razones:

1. Iba sola y sin mi abogada. Tener a Laura aquí colgada de mi brazo ayudaría... Jajajaja. Era graciosísimo imaginarla como un talismán antipánico, pero la realidad era peor: mi hermana era abogada, y eso significaba que su ayuda vendría con una dosis extra de reproches.

2. Miedo. ¿Qué cojones haría yo ahí dentro, sola, sin voz para mis derechos? Necesitaba justicia. Y si no... ¡que fuera venganza!

Atravesé el umbral con los pies desollados —los tacones ahora colgaban de mis dedos como trofeos de guerra—. Mi cara, eso sí, era el verdadero espectáculo: roja como un tomate cherry bajo el sol de agosto, nada que ver con el rubor delicado de esas modelos que solo comen aire y kale.

El vestíbulo era un teatro de murmullos. Gente en trajes impecables, carpetas gruesas bajo el brazo, miradas que me escaneaban como si supieran que yo era la próxima en caer. Había asientos vacíos, pero ninguno para mí; solo el peso de mis decisiones y un letrero luminoso que parecía burlarse: Sala 404, error de sistema.

Giré la cabeza... y ahí estaba él.

¡Oh, Dios mío. ¡Menudo bombón envenenado! Alto, traje negro que costaba más que mi renta anual, y una sonrisa que prometía dolor. El tipo estaba tan fuera de lugar como un diamante en un basurero. ¿Por qué miraba la puerta con esa intensidad? ¿Esperaba a alguien? O peor: ¿a mí?

Mi abogada —Laura— seguía ausente. ¿Se había perdido? ¿La había atropellado un camión de helados? Mi mente generaba teorías cada vez más absurdas mientras el desconocido se giraba hacia mí.

Él:

—Se sorprendió (cejas arriba, como si yo fuera un fantasma).

—Se recompuso (ajustó el nudo de la corbata, ¿nervioso?).

—Miró al frente (pero su mandíbula se tensó).

—Pensó unas décimas de segundo...

¡Boom!

—Hola —le solté, con una dignidad que se me derretía como helado en el infierno—. ¿Usted por qué está aquí? ¿Es tan horrible lo que le han hecho?

Su risa fue un cuchillo envuelto en seda:

—Sí. Horrible —dijo, alargando la palabra como si jugara conmigo.

Yo, en mi papel de suicida social, solté:

—¿A cuántos ha matado?

¡Mierda! Eso no estaba en el guión. Ahora solo sentía vergüenza, esa que te hace desear un agujero negro personal. Cielo, ¡llévame! O infierno, lo que sea más rápido.

Él abrió los ojos como platos.

—¿Qué? —preguntó, y por primera vez, algo en su mirada me hizo sentir como un espécimen bajo un microscopio.

¿Parezco una chalada? Probablemente. Pero él no sabía que mi abogada —Laura, la hermana que me había cambiado los pañales y ahora me defendía en corte— siempre decía: "El silencio es el mejor arma". Y ella tenía razón... aunque yo jamás la escuchaba.

Él puso el maletín en el suelo con un clack que resonó en mis huesos. ¿De dónde lo sacó? Menuda despistada estaba: ni siquiera había notado que lo llevaba.

—Selene —dijo, y mi nombre en sus labios sonó a sentencia—. Soy el abogado de mi hermano. Eso es... horrible.

Conocía a Eduardo. Lo conocía demasiado bien.

¡Estrechó la mano hacia mí! Cerebro, ¡finge un desmayo! Pero mis dedos ya se movían solos, como si tuvieran memoria muscular de los modales que mi madre me inculcó a gritos.

—Sí, claro. Un placer, señor... —Fingir se me daba regular, pero él ya sabía mi nombre. Eso era lo de menos: el guaperas defendía a mi enemigo, y eso lo convertía en el villano de esta película.

—Sé que tendrás preguntas —continuó, jugando con el cierre de su maletín—. Ya soltaste una: "¿A cuántos he matado?".

¡Pedazo de diamante! Ahora me parecía una piedra para patear. Mis años de boxeo con Laura en el garage de papá servirían... si no fuera porque este tipo tenía brazos que prometían romperme en dos.

—Sí, claro. Los abogados matamos, al parecer —interrumpió una voz desde la puerta.

¿Laura? No... Era mi hermana, pero en modo ice queen: traje negro, tacones afilados y una mirada que podría congelar el sol.

—¿Selene, puedes dejar de hablar con desconocidos? —dijo, con el tono de quien regaña a un perro por comer zapatos.

Yo, profesional del caos, solté:

—¡Hola, señorita! Tengo derecho a expresión libre. ¿Por qué tan tarde, amor?

—¿No te diste cuenta de que te cité media hora antes? —Laura cruzó los brazos—. Gracias al consejo de mamá: "Si Selene llega tarde, haz que crea que llegó temprano".

¿En serio? ¡Me tendieron una trampa familiar! ¿Muerdo su trasero? ¡Glúteos! Somos gente formal, jojojo.

El abogado, en un alarde de audacia, interrumpió:

—Qué coincidencia. Defendemos a nuestros hermanos. Un placer, señora...

Laura lo escaneó como si fuera un virus informático.

—Señorita Medina Sáenz —disparó—. Un placer, señor Catalán Hidalgo. Buena suerte... La necesitará.

Él sonrió, lento, como un depredador seguro de su victoria.

—Suerte... —susurró—. Poseo tal virtud. ¿Sabe por qué?

Sacó un guante quirúrgico —¿médico o asesino?— y luego... un anillo.

¡Ese maldito anillo! El mismo que me comprometió con Eduardo.

Mis pulmones colapsaron. ¿Qué tramaba? Si lo presentaba en el juicio, ganaba. Era la prueba de todo: el sudor de mi yo drogada de aquel día, las fotos en revistas, la sonrisa falsa de Eduardo...

Pero él... lo puso en una cajita.

¡Se lo llevó a la boca! ¡Se lo comió!

...¿O no? Mis ojos me mintieron. Mis dedos tocaron la caja —fría, metálica— y ahí estaba: el anillo intacto, brillando como una burla.

—Es todo tuyo —dijo, girándose hacia Laura—. Úsalo en nuestra contra. Yo no necesito suerte.

Se levantó para entregármela. Yo seguía paralizada, pero el aire se movió a mis espaldas.

La puerta se abrió.

Y ahí estaba él: Eduardo.

Gafas de sol, traje impecable, zapatos vintage de los 80... y esa sonrisa. La misma que me prometio seguridad y luego me dejó colgando de un hilo legal.