Envuelto en la oscuridad
Sichuan.
Mi origen y mi familia son un misterio. Solo sé que me dejaron en las puertas de un templo budista, dentro de una canasta de mimbre. Como si fuera una bendición caída del cielo, aunque nadie vio quién me dejó.
Según me contaron, desde que era bebé, estuve atrapado en la guerra que azota las provincias. No solo hay rebeliones internas, también invasiones extranjeras. Gente sin experiencia es arrastrada al conflicto militar por la desesperación de quedarse sin tropas.
Los invasores y guerreros, desesperados por recursos, saqueaban aldeas y pueblos, dejando a todos sin comida ni dinero. Se llevaban a los esposos para reclutarlos a la fuerza y también a las mujeres, dejando huérfanos y desamparados.
No es raro ver bebés y niños abandonados por esta violencia. Muchos terminan en templos como el mío, en albergues o trabajando, en el mejor de los casos.
Tuve la fortuna de crecer rodeado de un bosque de bambú, sobre una colina alejada de las ciudades y el desastre. En su cima se alza el templo donde sigo viviendo, junto al resto de los monjes que me acogieron. Es una pagoda pequeña, de apenas tres pisos, porque en total somos veinte monjes, y yo fui el último en unirme, convirtiéndome en el más joven.
Más abajo hay un pueblo humilde y modesto que no sobrepasa las cien personas. Suelen acudir al templo a diario, sea para meditar, orar por su trabajo o simplemente buscar consuelo. Nuestra provincia tiene la fortuna de estar rodeada de naturaleza y, al hallarse casi en el extremo oeste, la guerra no nos alcanza.
A veces, los pandas bajan en grupos, brindando alegría a la gente. Los observan desde lejos para apreciarlos y sentir la buena fortuna que genera su llegada. Se dice que atraen suerte y paz.
Nací sin el antebrazo izquierdo. Sin embargo, es tan ordinario para mí que no me cuestiono qué sentiría tener ambos brazos. No necesito que me tengan lástima, puesto que ya no se puede hacer nada, y me acostumbré a mi brazo derecho, que, por suerte, es el dominante.
Los monjes explicaron que jamás lloré o me mostré inquieto por mi carencia. Desde niño, hasta mi edad actual, ha sido así.
Siento que sería aún más extraño tener ambos brazos funcionales.
Me llamaron Suānxiāng, escrito con los caracteres de fragancia y acidez: "aroma ácido", significaría. Un tanto extraño para un nombre, pero se debe a que en la canasta donde venía había frutos de mano de Buda, semejantes a las limas, pero más grandes y con una forma que recuerda a los dedos. Tienen un aroma cítrico que se impregnó en todo aquel que se me acercaba.
Estos frutos ahuyentan a los malos espíritus... al menos quien me abandonó tuvo la modestia de bendecirme. Pero sigue siendo un alivio amargo.
Crecer sin un brazo me forjó para desarrollar paciencia y calma. Vestirme, incluso con las ropas más sencillas, es un verdadero reto; atarme el cinto con una sola mano —aunque sea la diestra— requiere esfuerzo.
Escribir también fue difícil. Sin el apoyo del otro brazo, debo hacerlo recargado en una pared, con un tablón sobre mis rodillas como soporte.
Con el tiempo, me consiguieron un antebrazo y una mano de porcelana blanca, que alguna vez formaron parte de una figura. Quiero suponer que era un Buda de mi tamaño, pues me queda a escala.
La tallaron y modificaron para que la muñeca y los dedos tuvieran articulaciones. No puedo moverla, claro está, pero al menos me permite colocarla en una pose de mudra y rezar cada día. Enrollé mi rosario de cuentas en la misma para mantener el hábito.
El brazo es hueco, por lo que puedo introducir el muñón y atarlo con los cintos de cuero que cruzan mis hombros, porque es pesado. No me fue difícil acostumbrarme. Se siente como cargar una estatua con un solo brazo, constantemente.
Cuando salgo al pueblo, llamo la atención. Tal vez por mi cabello avellana, lacio y largo hasta la cintura; por mis ojos —grises como incienso ahumado, sí, así son—; o por mi prótesis. Soy afortunado de estar rodeado de gente de inmenso corazón. Jamás sufrí maltrato o indiferencia por parte del pueblo. Incluso rezan por mi condición, tocan mi mano de porcelana y ofrecen tributo. Y yo, como monje, les devuelvo la bendición de la misma manera.
Por si fuera poco, también tengo problemas de visión. Pensaba que no padecía ninguna condición hasta que los monjes notaron que alejaba los pergaminos para evitar ver borroso, usaba pinceles largos y escribía en papiros colocados casi a la altura de mis tobillos mientras estaba sentado. A veces, mi atención se perdía en los paisajes lejanos y nítidos, en lugar de fijarse en la figura difusa de mi maestro frente a mí.
Durante uno de los viajes de los monjes errantes —aquellos que difunden la enseñanza y nutren su propia sabiduría— me consiguieron unos anteojos. Dos cristales convexos, redondos y gruesos, tallados en cuarzo anaranjado pulido, con un soporte hecho de bambú. Son sumamente caros y raros de conseguir, lo que aumentó aún más mi gratitud y la deuda que siento hacia ellos. Jamás me pidieron algo a cambio; fue una sorpresa agradable.
Crecí bajo el dogma budista zen, que implica alejarse de lo mundano por la ascensión espiritual. Despojarse de la vanidad, la envidia, el orgullo y demás. Sin embargo, siempre me aconsejaron conocerme, ser joven y aprender de las lecciones del mundo y de mi vida antes de decidirme por el celibato eterno como camino hacia la iluminación. Por eso, conservé mi cabello largo, cuando debí haberlo rapado, como los demás, y mis maestros no tuvieron problema con ello. Pero me hace sentir culpable. Siento que debería seguir esa norma y cumplir con esta obligación en la que nací. Es una duda que ni la meditación más rigurosa pudo disipar. Un peso en mi corazón que debería aliviar siendo monje.
Me he comportado de forma serena, introspectiva e imparcial para darles orgullo; lo he hecho desde la infancia hasta la adultez juvenil. Nunca me he comportado como los chicos de mi edad. Nunca interactué con otros para evitar involucrarme en lo impuro.
Tanto así que, por mi constante estudio, meditación, deberes y negación de los placeres mundanos —y porque casi nunca salgo del templo—, me llaman joven maestro, digno de ser parcialmente iluminado, si así lo quisiera, a mis veintidós años actuales.
Les debo mi vida a mis guías. Me dieron hogar, comida —vegetariana—, ropa, educación y más. Aprendí a leer y escribir gracias a su constancia. Siento que les faltaría al respeto o sería una deshonra no seguir su camino. No estoy obligado, pero siento que debo... que tengo que hacerlo.
Actualmente, mi rutina sigue siendo la misma de siempre dentro del templo: comer, rezar y trabajar para el pueblo. Barrer, limpiar, cuidar el jardín… además de dar bendiciones a las personas, escuchar sus conflictos y ofrecerles consuelo.
Jamás imaginé que mi vida cambiaría para siempre con la llegada de unos chicos al santuario. Los trajeron del brazo, casi a rastras. Parecían más jóvenes que yo, en esa etapa comúnmente asociada con la rebeldía, enviados por sus padres con la esperanza de que cambiaran su actitud, alzándoles la voz y rogándonos que los aceptáramos y corrigiéramos.
No hay peor manera de acercarse a la fe que con el corazón lleno de resentimiento. Así se cierra al recelo, no a la virtud, como cualquier terco.
Ellos no mostraban interés en haber llegado, a pesar de que intentaba guiarlos con paciencia. Teníamos edades cercanas, pero susurraban a mis espaldas por considerarme un anciano… me dijeron que yo era feo por usar anteojos y llevar el cabello suelto.
Escuchaban con los oídos, no con la mente ni el corazón, sin ganas de aprender ni de mejorar. Rechazaron la dieta vegetariana y todo lo demás.
Pensé que no tenían remedio, hasta que se cansaron de resistirse y no tuvieron más opción que seguir el hábito con indiferencia. Porque los monjes no son tan estrictos como un padre, pero sí pacientes y decididos. Somos roca ante el viento fiero de la juventud.
Todo parecía ir en orden. Sin embargo, un día salí al río calmo que rodea la base de la montaña. El sonido de la corriente, los juncos agitados por el viento, junto con la brisa fresca, creaban el ambiente perfecto para la introspección; algo que los chicos jamás supieron apreciar. La neblina abunda en esta zona, especialmente en otoño, así que cubre el paisaje con un suave velo que se desliza entre los árboles.
Pero algo no andaba bien cuando observé la corriente de agua. Me lo decía mi instinto… y quizás la naturaleza, que he aprendido a escuchar y observar.
Suele haber carpas nadando. Las de esta zona en específico las tengo contadas e incluso nombradas. Fue una acción infantil, lo sé, pero les tomé cariño, y los demás monjes también. He visto muchas crías ir y venir, dejando a las demás a través de la corriente para dar paso a las nuevas generaciones. Siempre noto cómo cambian de color y patrón a medida que nacen.
Hay una en específico: una plateada, Qixian. Preciosa. Única entre todos los peces que conozco. Con escamas metálicas y aletas que me recuerdan al velo de la seda. Tiene ojos dorados. El color plateado es símbolo de espiritualidad; me recuerda a la leyenda de la carpa que ascendió y fue bendecida, convertida en dragón. Por eso mismo está prohibido cazarlas, y mucho menos comerlas.
Sería una ruptura del orden natural y celestial.
Toda criatura viviente, sea humana o animal, tiene la oportunidad de ascender a su manera.
Pero esta vez no encontré a Qixian en todo el día. No suelen abandonar esta parte del río cuando hay comida constante por parte de las personas.
Mientras caminaba por el sendero de tierra hacia las escaleras que conducen de vuelta al templo, el viento me trajo un aroma quemado. Desvié el camino para indagar entre la hierba alta y encontré una fogata oculta entre el montón de hojas chamuscadas. Con las cenizas y las ascuas aún chisporroteando, también había una plancha de metal sobre el fuego, con espinas de pescado frescas.
¿Habrán sido ellos?
—Joven maestro… viene de meditar, ¿no? —dijo uno de los jóvenes con nerviosismo.
Salieron del bosque de bambú, claramente nerviosos, con las manos en la espalda y la vista clavada en la fogata. El que habló tenía la voz ligeramente quebrada.
Este asador y la carpa desaparecida... No puedo asumir nada sin pruebas, pero esto no está bien.
Acomodé mis anteojos con los dedos y los observé
—Díganme que no cazaron a una de las carpas. O, peor aún, que se la comieron. Deben saber que está sumamente prohibido —dije, autoritario.
Negaron con la cabeza y se marcharon. Pero, cuando creyeron que ya no los oía, se echaron a reír.
Esa noche, dormimos todos los monjes a la misma hora, puntuales. Nada de desvelos; es una norma. Siempre descansamos en una misma habitación, en la primera planta del templo —la más cercana al suelo y al jardín zen—, cada quien con su colcha individual y enrollable, repartidos a lo largo del suelo. Yo suelo dormir al lado de la pared, para tener dónde sostenerme cuando me levanto.
Desperté debido a la sensación de humedad rodeándome. ¿Habrá llovido?
Pero no hacía frío, y las ventanas estaban cerradas. Eran de rejilla de madera, por lo que podía sentirse el clima gélido exterior, aunque no escuchaba ni el más mínimo goteo de lluvia o goteras
—¿Padre Suān...? ¿Se despertó? —susurré, medio dormido.
Él es el líder de todos los monjes. O mejor dicho, el maestro. Es como mi padre, puesto que adoptó el carácter Suān de mi nombre —más bien, de mi título espiritual— para convertirse en mi guía. Nunca me adiestró en el budismo por completo; lo que sé, lo aprendí por mi cuenta. Él me enseñó lo más esencial para vivir y mejorar. Quiso que yo tomara este camino cuando estuviera listo, por voluntad propia.
No obstante, ahora no escuché su respuesta, cuando él suele contestarme al instante. Me volteé boca arriba y froté mi rostro con mi única mano.
Gracias a la luz de la luna, pude distinguir bien el techo de tablones, pero no el agua junto a mí, debido a mi condición visual.
Cuando recuperé los sentidos al despertar por completo, percibí el líquido en mi mano: oscuro y… ¿denso?
¿Por qué olía ferroso?
Me senté al instante, asustado por la posibilidad
—Monjes…—susurré, sintiendo el líquido empapar mi ropa de dormir, que yacía medio acomodada.
No obtuve respuesta.
Entonces vi… eso. Sobre uno de los camastros. La habitación, inmensa como el interior de una campana, era silenciosa y solo resonaba un… ¿masticar? que rompía el inquietante silencio.
¿Estaba devorando…?
No dudé en tantear el suelo con la mano, buscando mis botas para ponérmelas y salir de ahí. Además, me sentía vulnerable sin mis anteojos. Mi corazón se desbocaba de terror.
¿Acaso todos…? No. No quiero ni decirlo. Pero necesito comprobarlo. ¿Era un animal? Quizá un tigre, por la postura inclinada. Dejó los cuerpos amontonados sobre sus cobertores y lo que parecía ser una laguna sangrienta.
Me coloqué los anteojos y, al tener la vista aclarada, noté que esa cosa ya tenía un rostro delineado por la oscuridad. Y se acercaba hacia mí, como una amenaza inminente. No podía hacer más: huir era inútil. Aquella criatura era alta, más que todos nosotros. De su cuerpo brotaba agua y sangre, como si fuera una carpa que acababa de saltar fuera del río. Parecía tener ojos enormes y redondos, una boca abierta, colmillos pronunciados hacia el exterior y una mirada dorada, vacía, como un disco de cobre.
Me recordaba a un dragón… o a un demonio
—¿Qixian…? —susurré, aterrado.
Era un espíritu, entonces… si era animal, era un yaoguai.
Me observó con cautela, como si me reconociera por un instante. No soy taoísta, pero conozco a los yaoguai por las historias que me han contado las personas cuando piden bendiciones para proteger sus casas de estos seres.
Así se llaman los de origen animal, porque los humanos son llamados gui. Pero comparten algo en común: poseen una moralidad ambigua y son peligrosos a su manera, cargados de energía negativa, odio, venganza, rencor y dolor.
Qixian era una carpa que debería ascender a dragón, pero lo mataron antes de tiempo.
Y ahora todos pagábamos las consecuencias.
Parecía dudar en atacarme, pero su sentido de venganza lo empujó a abrir aún más la boca, mostrando esas fauces inmundas, goteando ese líquido vital que no podía distinguir en la oscuridad, pero cuyo olor era inconfundible. Solo percibía la negrura… el hedor a muerte profanando este lugar tan sagrado.
Me incorporé a la fuerza, temblando por el esfuerzo físico. Avancé lo más rápido que pude hacia la salida, pero resbalaba con la sangre, y el yaoguai me perseguía sin prisa. Sus pasos rítmicos aceleraban mi corazón conforme acortaba la distancia. El único sonido: mis latidos… y el andar pegajoso de Qixian, como si pisara barro.
Llegué a la puerta corrediza, tropecé con un cuerpo y me estampé contra la madera. No tuve más remedio que pisar el cadáver que bloqueaba mi paso. Sentí sus brazos debajo de mis pies.
Con mi única mano, forcejeé con el pestillo. Pero la puerta era más pesada de lo normal; no se deslizaba. Había ropa atorada en el riel.
El yaoguai se aproximaba más rápido, corriendo sobre la sangre. Su cuerpo se sacudía como un trapo: sin huesos, sin estructura. Sus extremidades flácidas le daban un movimiento antinatural que me heló la sangre
—Lo siento…—susurré al monje muerto, y lo aparté de una patada para liberar el paso.
Corrí sin mirar atrás, jadeando, llorando, desesperado. Qixian, ahora a cuatro patas, se deslizaba como una araña, con manos y pies extendidos por el pasillo. Me rozaba los talones. El terror crecía. “Tengo que ir por los amuletos”, pensé sin dejar de correr.
Crucé rápidamente cada pasillo y puerta del templo. El agotamiento pesaba sobre mí, mientras la adrenalina hervía por dentro. Tuve suerte: el espíritu trepaba por los bordes y se lanzaba como un felino, pero logré evadirlo al agacharme justo a tiempo, sin detenerme, porque se deslizaba como un gato jugando con un insecto.
Caí, arrastré las rodillas por el suelo áspero, pero me levanté de inmediato. Me colgué el rosario de cuentas al cuello, el mismo que llevaba en la prótesis, para evitar que se cayera.
Qixian trepaba por las paredes y el techo, sosteniéndose de las vigas con sus garras. Sus pasos resonaban en perfecta sincronía con mi ansiedad.
Finalmente, llegué al salón principal y recogí todos los talismanes de papel que descansaban sobre la mesita baja, en el centro. La luz del exterior, que cruzaba los ventanales, me daba un mínimo de consuelo.
Entonces, se abalanzó sobre mí.
Me tumbó contra el suelo con la fuerza de un relámpago. Mis anteojos salieron volando por los tablones… rodaron hasta la entrada semiabierta y cayeron escaleras abajo, hacia el exterior.
Sentí que iba a morir. Su hocico estaba a centímetros de mi rostro.
Pero no pudo tocarme. Solo exhaló ese aliento fétido y visceral, quedando encima de mí como un halcón sobre su presa. Los talismanes me protegieron. Aun así, mi pecho no dejaba de subir y bajar por el pánico. Apoyó su mano —tan grande como mi cabeza— sobre mi prótesis… y la atravesó. Entró en ella, traspasando la porcelana como si fuera agua envuelta en tela, dejándome en un instante de quietud.
Respiré hondo. Tenía la mano en el pecho y los talismanes arrugados por la fuerza con la que los aferraba, murmurando el mantra que yo mismo había creado:
—Por más profundo que sea el cántaro, el agua siempre vuelve a la superficie.
Un intento por aferrarme a un atisbo de esperanza.
¿Todos murieron?
¿Por qué sobreviví?
¿Dónde estaban los jóvenes…? Los que se comieron a Qixian.
Me senté, alcé la mirada hacia el exterior… y supe la verdad.
Colgaban del cuello en un árbol, afuera del templo.
Grité como un animal adolorido. Retrocedí arrastrándome hasta chocar con la pared.
Tenían la boca sellada con amuletos ensangrentados. No les quedaban ojos, solo cuencas vacías y goteantes. Tampoco manos: la carne colgante evidenciaba que se las habían arrancado con brutalidad.
Cerré los ojos, frotándolos con desesperación y exhalando, agobiado y alterado. Esto debía ser una pesadilla. Un castigo kármico. Por no haber cuidado mejor a esos… insolentes.
Pero el viento, impregnado de olor a sangre; la de mi ropa manchada, el sonido lejano de caballos… y el silencio absoluto del templo, me decían que no era un sueño. Estaba despierto. Temblando. Vivo. Y llorando con intensidad.
En eso, sentí una mano gélida y rígida agarrando mi cuello con fuerza, sometiéndome contra el muro. Presionaba con intenciones asesinas y apenas podía respirar. Abrí los párpados con dificultad. No podía ver con claridad qué me estaba asfixiando. No era una persona siquiera. No había nada recortado contra la luz, solo la luna colándose por los barandales.
Con mi única mano, alcancé mi cuello. Era la porcelana de mi prótesis, poseída por el yaoguai del interior para matarme. Coloqué los talismanes, uno por uno.
Sentía cómo perdía fuerza al mismo ritmo que mi respiración se debilitaba; mi cara se calentaba y mi vista se distorsionaba.
Tuve que colocar siete talismanes para que, por fin, cayera inerte sobre mi regazo. Quedé jadeando de cansancio. ¿Fue suficiente para erradicarlo?
Salí del templo arrastrando los pies por los escalones, tosiendo adolorido y con la vista borrosa. Encontré mis anteojos sobre el pasto alto. Los distinguí por el cristal anaranjado brillando bajo la luna.
Observé los cadáveres colgados, lleno de culpa, tristeza profunda y aberración.
Ojalá hubiera podido hacer algo por ellos. Por todos.
Pero no tiene sentido pensar así. Aprendí que las cosas ya no se pueden cambiar y que yo no puedo quedarme en este lugar.
No puedo permanecer mucho más tiempo aquí, o podrían culparme de las muertes por ser el único sobreviviente. Nadie creería que fue obra de un espíritu.
Sin embargo, no tengo a dónde ir. No conozco a más personas fuera de mi círculo monástico.
Tampoco estoy familiarizado con el taoísmo. Desconozco cómo se purifican los yaoguai y las posesiones.Lo único que me queda es viajar a la capital, Chengdu, para obtener información.
Por ahora, me acosté en el césped, detrás del templo, con lágrimas por la pérdida de mi padre Suān y de todos los que me acogieron como a uno más.
Se mantenía la enseñanza de seguir adelante a pesar de las pérdidas, porque a las almas les daría pesar verte llorar.
Pero no lo puedo evitar.
¿Acaso está mal sentirme así?
¿Estar en contra de lo que siento?
Mis prendas pesan por la sangre que absorbieron. Apesto a masacre.
“Por más profundo que sea el cántaro, el agua siempre vuelve a la superficie.” Es lo único que me mantiene en paz.
Espero que para mañana tenga la voluntad de continuar.