Círculo roto

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Summary

CÍRCULO ROTO es un relato duro, intenso y profundamente humano sobre la verdad, el dolor y la justicia cuando todo lo demás falla. A través de distintas voces y momentos en el tiempo, seguimos las huellas de una madre que se niega a aceptar la versión oficial de la muerte de su hijo, un adolescente vulnerable marcado por el rechazo. Este relato explora cómo el pasado nunca muere del todo, cómo la culpa y la rabia pueden unir a personas que no se conocían, y cómo el amor -en todas sus formas- puede ser motivo tanto de esperanza como de destrucción. Con una narración cruda y emotiva, CÍRCULO ROTO plantea una pregunta incómoda: ¿qué harías si el mundo decidiera olvidar la injusticia sufrida por alguien a quien amas? Una historia sobre heridas que no cierran, secretos que queman y la necesidad de nombrar lo innombrable para poder seguir adelante.

Genre
Thriller/Lgbtq
Author
Annia
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Jueves, 24 de marzo de 2011

La cerradura giró despacio, como si hasta la llave dudara en entrar. Una mujer cruzó el umbral, cerró la puerta con suavidad y se quedó allí, apoyada en ella, de pie en mitad del recibidor. No encendió la luz. La oscuridad le resultaba más segura, más honesta. Solo la luna, colándose tímida por una rendija de la persiana, iluminaba su silueta.


Respiraba con dificultad. No por la carrera ni por el cansancio. Por todo lo demás. Cerró los ojos y dejó que el peso de la noche cayera sobre ella. Tenía las manos manchadas de sangre. Las sentía pesadas, secas en los dedos, pegajosas en las uñas. Algunas gotas gruesas aún resbalaban por su muñeca, ahora que el cuerpo empezaba a relajarse. Inspiró hondo, intentando asimilar todo lo ocurrido aquella noche.


¿Habría sufrido? ¿Había terminado todo? ¿Se arrepentía? No. Eso era lo único que tenía absolutamente claro. Daba igual lo que pasara. Jamás se arrepentiría.


Abrió los ojos y, ayudándose con los codos, se separó de la puerta. Caminó despacio por el pasillo. Cada paso sonaba como un disparo en la calma del piso vacío. Se quitó los zapatos, empapados de barro y sangre, y los dejó abandonados junto a la pared. Después, el abrigo, que cayó con un susurro, arrastrando consigo un olor metálico y denso, a muerte.


Frente al espejo del baño, encendió por fin la luz. No pestañeó. Se observó sin pudor. Tenía un corte en la ceja y otro en el labio. Un moretón empezaba a hincharse bajo el ojo izquierdo. Sangre asomaba por el cuello y el escote: su sangre, pero también la de otra persona.


Abrió el grifo. El agua tardó unos segundos en salir caliente. Aprovechó ese tiempo para sentarse en el borde de la bañera. Estaba temblando. No de frío. No del todo. Cuando metió las manos bajo el chorro, la sangre empezó a disolverse en hilos rojos que serpenteaban por el lavabo. Se frotó los dedos, las uñas, los brazos con fuerza y jabón abundante. Estuvo más de veinte minutos así, absorta, sin hablar, sin llorar, solo limpiándose, como quien borra las huellas de una pesadilla.


Se quitó la camiseta, despegándola del costado, donde la tela se había adherido a la piel por la sangre seca. Después, los vaqueros. Costó bastante: estaban empapados, pesados y pegajosos. No quiso mirar demasiado. No aún.


Abrió el botiquín. Sacó gasas, alcohol, una pinza algo oxidada y un tubo de crema cicatrizante, probablemente caducado. Lo colocó todo ordenadamente sobre el lavabo, como quien prepara una improvisada mesa de operaciones. Empapó una gasa en alcohol y la llevó a la ceja. El ardor le hizo cerrar los ojos y contraer el abdomen, pero no soltó ni un solo quejido. Repitió el gesto en la herida del labio. Ardía.


Se desnudó por completo y se sentó en la bañera. Hacía un frío que dolía. Con las manos temblorosas, tomó la pinza y, con cuidado, fue extrayendo uno a uno los pequeños cristales incrustados en su costado. Cuando se aseguró de haber limpiado la herida, vertió lo que quedaba en la botella de alcohol directamente sobre la piel abierta. El dolor fue insoportable, asfixiante. Esta vez no se encogió: estiró piernas y brazos hasta el límite, intentando dominar el dolor. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. No podía gritar. No podían descubrirla. Al menos, no todavía.


Se acomodó de nuevo en la bañera. Abrió el grifo. El agua helada caía sobre su piel ardiente y, en lugar de molestar, aliviaba. Cerró los ojos y apoyó la cabeza entre las rodillas. Estaba agotada. Sin embargo, pese a todo, se sorprendía de lo serena que seguía. No lloraba.


¿Era una mala persona? ¿Nunca tendría remordimientos? Permaneció así un tiempo, inmóvil. No supo cuánto.


Después de secarse y ponerse ropa limpia, fue a la cocina. Abrió un cajón y sacó una caja metálica de cerillas. Tomó una olla vieja, la colocó en el fregadero y metió dentro la ropa ensangrentada. Con un movimiento preciso, encendió una cerilla y la dejó caer en su interior. Las llamas treparon rápidas, iluminando sus ojos cansados. El humo subió denso, amargo. Abrió una rendija de la ventana, lo justo para no asfixiarse. Esperó. No todo se quemó: algunas partes quedaron ennegrecidas, mojadas e irreconocibles. Cuando el fuego se extinguió, recogió los restos calcinados y los metió en una bolsa de basura negra. Hizo un nudo doble y la dejó en el cubo.


Volvió al recibidor. Sacó del bolso el cuchillo. Aún tenía sangre en la hoja: seca en unas zonas, fresca en otras. Lo sostuvo entre las manos. Lo mi como se mira un arma sagrada. Luego lo envolvió en un trapo de cocina y lo arrojó también al cubo. No era el mejor escondite, lo sabía, pero no le importaba. Al día siguiente lo tiraría lejos.


Entró en el dormitorio. La calma pesaba más que el silencio. Abrió el primer cajón de la cómoda. Dentro, como si la esperara, había una fotografía: cinco adolescentes posaban frente a una montaña verde y agreste. Risas congeladas, verano, promesas. Joaquín, en el centro, con la sonrisa más grande. Los otros cuatro, a su alrededor. Tres de los rostros ya tenían una cruz roja dibujada. Solo quedaba uno sin marcar.


Sacó un rotulador rojo del cajón. Sin dudarlo, trazó la última cruz con precisión quirúrgica. La mano no tembló. La tinta era firme. Igual que su decisión. Igual que sus actos. Ya no había vuelta atrás.