Capítulo 1: El despertar del ojo rojo
“¿Puedes verme?”
Esa pregunta me retumbaba en la mente mientras despertaba, con el corazón a mil y un sudor frío que me recorría la espalda. Mis ojos se abrieron de golpe, chocando con la oscuridad de mi habitación. No había luz. Solo un vacío helado que me envolvía.
“¿Puedes verme? ¿Lo sientes?”
No era una voz. Era un susurro que no venía de afuera, sino de algún lugar dentro de mí. De un rincón oscuro donde nunca quise mirar.
Abrí la ventana, dejando que la brisa nocturna me acariciara el rostro, intentando despejar la pesadilla que todavía ardía en mi mente.
Vi el fuego. Vi el dolor. Vi las almas gritando, retorcidas, atrapadas en un tormento eterno. Pero lo que más me aterraba era verme a mí mismo entre ellas, encadenado, suplicando.
Y luego, esa sombra.
“Mírame…”
Era la oscuridad misma, pero con ojos rojos como brasas, brillando con una intensidad que quemaba mi alma. Sonreía, y esa sonrisa no era humana. Era una promesa de condena.
— ¿Por qué me sigues? — susurré, temblando, mirando a la sombra que parecía flotar en el borde de mi visión. Pero cada vez que giraba la cabeza, desaparecía.
“Porque ya eres mío”, me respondió sin palabras. Solo su mirada penetrante lo dijo todo.
Quise correr, gritar, huir de esa presencia que se había instalado en mi vida sin permiso. Pero, ¿a dónde ir cuando la prisión está dentro de ti?
Desde aquella noche, cada paso que doy está vigilado. Cada pensamiento está marcado por esos ojos que me acechan. Y aunque trato de cambiar, de ser mejor, siento que el destino me arrastra hacia algo oscuro, inevitable.
— No soy el mismo — le dije a mi reflejo en el espejo, buscando en mis propios ojos alguna señal de esperanza. Pero solo encontré cansancio y miedo.
“¿Crees que el arrepentimiento basta?”
La sombra se burló dentro de mi cabeza.
“Algunos pecados son demasiado grandes. Y tus llamas no se apagarán tan fácilmente.”
La habitación pareció congelarse. Y entonces entendí: la batalla apenas comenzaba.
¿Serás capaz de enfrentar lo que está por venir? ¿O caerás sin luchar?
Yo todavía no lo sé. Pero algo me dice que el verdadero infierno no está allá afuera… está aquí, dentro de mí.
Y el vigilante del ojo rojo no piensa dejarme escapar.