"Hijos del Olvido"

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Summary

Nadie recuerda a Salia, y eso no le molesta. De hecho, ni ella misma se recuerda. Despertó hace un año en una estación de metro abandonada de Londres, sin nombre, sin pasado, y con un extraño don: al tocar ciertos objetos, experimenta vívidos recuerdos... pero no suyos.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Invisible entre la gente

Londres despertaba bajo una lluvia que no terminaba de caer.

Las gotas quedaban suspendidas en el aire como si alguien hubiese presionado el tiempo en pausa. Nubes plomizas flotaban tan bajas sobre los tejados del East End que parecía que el cielo se hubiese inclinado a susurrarle secretos a la ciudad. Todo estaba impregnado de una humedad silenciosa, de esa que no moja del todo pero lo cubre todo: piel, pensamiento, recuerdos.

El asfalto húmedo reflejaba la luz como un espejo turbio, desdibujando siluetas y colores hasta hacerlos parecer un recuerdo mal conservado. Las farolas vibraban con una luz pálida y nerviosa, como si también ellas temieran olvidar su propósito. Entre esas sombras diluidas, caminaba una muchacha sola, con una mochila al hombro y el paso sin rumbo.

No era que Salia se ocultara.

Era que, de algún modo, nadie parecía capaz de recordarla.

Las miradas pasaban a su lado sin detenerse. Los ojos de los transeúntes simplemente resbalaban sobre ella, como el agua sobre una ventana sucia. Algunos llegaban incluso a rozarla, a tropezar brevemente con su cuerpo, y luego se quedaban inmóviles por una fracción de segundo, frunciendo el ceño, como si su mente se resistiera a registrar lo ocurrido. Como si hubieran intentado atrapar una sombra con las manos.

Aparentaba unos diecisiete años. Aunque "aparentar" era una palabra que empezaba a perder significado. Su existencia comenzaba —al menos en su memoria— en un vagón oxidado de una estación de metro clausurada. Había despertado sola, envuelta en un silencio espeso, con un cuaderno antiguo sobre el regazo y una extraña sensación de calma hueca. Como si el dolor ya hubiese pasado. Como si solo quedara el eco.

El nombre "Salia" se lo había dado una trabajadora social con un acento cálido, manos suaves y ojeras profundas. Una mujer con voz amable que, al día siguiente, no recordaba haberla visto jamás. Ni haberla inscrito. Lo negó con la frialdad cortés de quien intenta no parecer loco. Desde entonces, sucedía una y otra vez. Nombres borrados. Registros vacíos. Miradas que no se sostenían más de cinco segundos.

La memoria de quienes se cruzaban con ella se deshacía como tinta en el agua. Algunas duraban horas. Otras, apenas minutos. Había aprendido a no encariñarse. Ni con personas, ni con lugares. Ni siquiera con su reflejo en el espejo, que empezaba a resultarle ajeno, como si cada vez que se miraba alguien más estuviera mirándola desde dentro.

Esa mañana descendió por las escaleras oxidadas de Whitechapel, una estación abandonada por reformas que jamás se concretaron. Era uno de los pocos sitios que sentía —si no seguro— al menos constante. Allí no había nadie que pudiera olvidarla. Porque para empezar no había nadie que la viera.

El eco de sus pasos retumbaba entre las paredes desconchadas. Era un sonido hueco, como si estuviera caminando dentro del recuerdo de otra persona. A su alrededor, grafitis borrosos parecían dibujados por manos que ya no existían. Papeles húmedos se deshacían en el suelo como memorias fallidas. La humedad se filtraba en los huesos, pero a Salia no le importaba. Le gustaba ese rincón ajeno al tiempo, ajeno al mundo. Un umbral sin tránsito. Un lugar que, al igual que ella, tampoco pedía ser recordado.

Se sentó al borde del andén, con las piernas colgando sobre las vías corroídas por la herrumbre. Abrió su mochila, con los dedos acostumbrados a moverse en silencio, y sacó el cuaderno negro. El cuero agrietado por los años guardaba en sus páginas una caligrafía que no le pertenecía… y que a veces parecía mutar. Algunos renglones aparecían donde no deberían. Otros desaparecían mientras ella parpadeaba.

No era un diario. Era algo más vivo.

Pasó los dedos por una página al azar. No necesitaba leerla para saber lo que contenía. Apenas la tocó, una imagen estalló en su mente: un niño con las rodillas raspadas corriendo por un jardín salpicado de girasoles. Reía. Reía como si la vida fuera una promesa intacta, como si todavía no hubiera aprendido a tener miedo.

Y luego, como todas las cosas hermosas, desapareció.

Salia cerró el cuaderno. Inhaló. Exhaló. No se preguntaba ya si esos recuerdos eran suyos. Sabía que no. Pero también sabía que algo en ella los había atraído. Como si fuera el cuenco donde habían caído por error… o por destino.

A veces pensaba que su alma era un rompecabezas hecho con piezas robadas de otras vidas. Que tal vez alguien, en algún lugar, había querido rearmarla y había usado lo primero que encontró. Y ninguna pieza encajaba del todo.

El andén estaba sumido en un silencio espeso, apenas interrumpido por el goteo del techo. No sentía hambre, pero sí el peso de un cansancio antiguo. Dormía poco. Las estaciones, los albergues, los refugios... todos la expulsaban tras uno o dos días. No por malicia. Nadie parecía saber por qué ella se desvanecía de sus recuerdos. Dejaba de estar. Dejaba de ser. Nadie quería admitir que no podían retener su imagen, pero todos querían que se marchara.

Un sonido la sacó de sus pensamientos.

—Eres como un espejo agrietado —dijo una voz, grave y ronca, con una entonación que parecía haber aprendido a hablar en otro tiempo.

Salia alzó la vista. Al otro lado del andén, medio cubierto por la sombra, un anciano de figura difusa la observaba. Llevaba un abrigo largo y raído, de esos que ya no se fabricaban, y sostenía un paraguas cerrado bajo el brazo. Estaba empapado, como si hubiese caminado durante horas bajo la lluvia. Sus ojos eran grises, opacos como acero mal templado, pero fijos en ella.

—¿Disculpe? —preguntó, incorporándose con cautela.

El anciano ladeó apenas la cabeza. Una expresión cruzó su rostro, demasiado breve para ser entendida. Melancolía. O compasión.

—Los ecos se reconocen entre ellos —murmuró. Luego se dio la vuelta y se internó en la niebla del túnel, sin prisa. Sus pasos eran lentos, casi ceremoniales, como si cada baldosa tuviera una historia que recordar y él las estuviera saludando una a una.

Salia frunció el ceño. No era la primera vez que un extraño decía cosas así. Pero algo en ese hombre había sido diferente. No tanto lo que dijo, sino cómo lo dijo.

Guardó el cuaderno. El gesto le salió mecánico, protector. Justo cuando iba a cerrar la cremallera de la mochila, la luz de la estación parpadeó. Una. Dos veces. Un zumbido recorrió los fluorescentes. Y entonces lo escuchó.

Una risa.

Aguda. Infantil. Pero sin alegría.

Su mirada se volvió hacia el extremo del andén. Allí donde la niebla comenzaba a espesarse, algo se movió. No el cuerpo de alguien. No una sombra común. Algo más.

Un estremecimiento le recorrió la columna, como un hilo de hielo líquido. Su estómago se hundió de golpe, y sus piernas retrocedieron sin pensarlo.

La figura que emergió no era humana.

Ni siquiera era del todo real.

Era humo. Denso, alargado, con la forma amorfa de un niño. Sus miembros flotaban con independencia, como si no hubiera huesos bajo la niebla. No tenía rostro, solo un hueco pulsante en el lugar donde deberían estar los ojos. Algo se movía dentro de ese vacío: no pupilas, sino fracturas. Grietas. Recuerdos rotos tratando de sostenerse.

—Dame lo que ves —susurró la voz desde dentro de su mente. Un arañazo suave, persistente, como uñas arrastrándose por el reverso de sus pensamientos.

Salia retrocedió a ciegas. Sus botas resbalaron en el borde húmedo del andén. Cayó de espaldas, el impacto le sacudió los pulmones. La mochila, apenas colgada del hombro, se abrió con el golpe seco. El cuaderno rodó alejándose un poco de ella.

Salia alzó la vista justo a tiempo para ver a la criatura descender.

No caminaba. No se deslizaba. Simplemente se acercaba, como si el espacio entre ambos se achicara por voluntad ajena. Una marea negra que no tenía peso.

Iba a alcanzarla.

El pánico la ancló al suelo por un segundo, paralizante. Pero algo más fuerte que el miedo despertó en su pecho.

Extendió el brazo. Sus dedos, temblorosos, apenas rozaron la esquina del cuaderno. El tacto fue suficiente.

El mundo se partió.

No con violencia, sino con una claridad insoportable. Una sacudida invisible la atraveso, un chasquido interno que no era dolor, sino revelación. Sus ojos se llenaron de una luz sin forma. Y entonces...

Una estación diferente.

El aire era tibio. El cielo, apenas visible a través de las cristaleras, estaba teñido por un sol de atardecer. Techos altos de hierro forjado, lámparas antiguas colgando como luciérnagas cautivas. Paredes cubiertas de anuncios descoloridos. Vapor subiendo en espirales desde las locomotoras.

El bullicio no era alegre. Era contenido. Doloroso. El murmullo de quienes sabían que estaban a punto de irse... o de ser dejados atrás.

Y allí, en medio del gentío, una madre abrazaba a su hijo.

Lo sostenía con una ternura desesperada, como si sus brazos fueran un conjuro para no olvidarlo. Sus mejillas estaban manchadas de llanto, pero sus ojos no temblaban. No había espacio para el miedo. Solo para el amor. El niño sollozaba, su rostro oculto contra el pecho de ella.

Salia sintió todo.

El calor del cuerpo pequeño, el temblor de la madre que no podía consolarlo, la forma en que la memoria se le imprimía en el corazón con cada respiración.

No era suyo ese momento.

Pero lo era.

Su pecho se contrajo, como si algo se hubiera encajado dentro de ella al fin.

El ente reaccionó al instante. No rugió, no aulló, vibró. Un espasmo recorrió su forma etérea, una sacudida descompuesta, como si el recuerdo que Salia había liberado le hubiese atravesado el núcleo.

El zumbido grave que había llenado el túnel se quebró en una nota aguda, descompasada, como un cristal rajándose desde dentro. La criatura siseó, un sonido disonante que no tenía forma vocal ni humana, sino algo anterior al lenguaje: el rechazo de lo que no podía consumir.

Retrocedió con brusquedad. Su contorno temblaba perdiendo cohesión, forma, identidad. Lo que antes era niebla con propósito, ahora era una sombra fragmentada, colapsando. Su centro se implosionó en una nube oscura, y esa nube estalló en cientos de partículas que el túnel, de pronto sacudido por una ráfaga de viento frío, dispersó sin misericordia.

Entonces, el andén quedó en silencio.

Salia permaneció de rodillas, el cuaderno apretado contra su pecho, su corazón latiendo tan fuerte que dolía. Un estremecimiento residual le recorría los músculos, como si aún estuviera a medio camino entre dos realidades.

Y luego, una voz.

—Impresionante.

Salia alzó la vista, súbitamente tensa.

Allí donde antes la criatura se había deshecho, ahora estaba un muchacho.

Su silueta emergía como una contradicción: presencia tranquila, casi fuera de lugar. El cabello le caía húmedo sobre la frente, y llevaba una chaqueta elegante que no tenía nada que ver con las calles sucias del East End. Pero lo más llamativo eran sus ojos. Ámbar. No dorados, no marrones. Ámbar, como vetas antiguas atrapadas en resina. Cálidos… y tristes.

—Eso que hiciste… no cualquiera puede —dijo, con voz grave y serena.

Salia no respondió. Se incorporó con lentitud, el cuaderno aún firme entre sus dedos. No había amenaza en él, y sin embargo, su presencia le erizaba la piel. No por miedo. Por reconocimiento. Como si lo hubiera visto en otra vida. O en un sueño. O en una grieta entre ambos.

—¿Quién eres? —preguntó, la voz más firme de lo que esperaba.

—Lysander. Lysander Vaughn. Aunque… no creo que te diga mucho.

—No. No me dice nada.

Él sonrió. Una sonrisa que no era del todo triste, ni del todo amable. Una fisura controlada en un muro cuidadosamente construido.

—No me sorprende —dijo—. A ti nadie parece recordarte. ¿Verdad?

La pregunta le golpeó en el centro del pecho.

—¿Cómo sabes eso?

—Digamos que sé cómo reconocer a quienes caminan fuera del hilo. Y tú… tú estás fuera de todo patrón. Incluso ellos dudan de lo que eres.

Salia dio un paso atrás. El tren de pensamientos no tenía dónde anclar.

—¿Ellos?

—La cosa que te atacó. No está sola. Se alimentan de fragmentos, de recuerdos sueltos, de restos emocionales sin dueño. Se arrastran por las costuras del mundo, buscando puntos débiles. Tú eres un faro para ellos. Porque no tienes un patrón que los contenga.

—¿Por qué?

—Porque puedes ver.

—¿Ver?

—Los hilos. Las memorias que no son tuyas, pero que puedes tocar. Sentir. Tal vez incluso… reescribir si llegaras lo suficientemente profundo.

Salia tragó saliva. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Miró el cuaderno. Su pulso. Sus bordes. Lo sentía caliente. Vivo.

—¿Qué quieres de mí?

Lysander no respondió de inmediato. Sus ojos la recorrieron sin prisa, como si intentara leerla sin invadirla. Cuando habló, su tono fue suave.

—Nada. Pero si te quedas aquí, otros vendrán. No todos hablarán. Algunos… solo actúan.

—¿Quién eres realmente? —insistió—.

—Un aprendiz. De una Orden que protege lo que no debe recordarse… y lo que no debe olvidarse. Y tú estás justo en medio de eso.

Las palabras calaron como un eco.

—¿Cómo supiste dónde estaba?

—No lo supe. Te sentí. Cuando tocaste el recuerdo, fue como una campana rota resonando en todo el Telar. No podíamos ignorarlo.

Salia apretó la mandíbula.

—No voy a ir contigo.

Lysander asintió, sin sorpresa.

—Bien. Esa desconfianza puede salvarte la vida.

Sacó algo de su bolsillo. Una tira de tela blanca, de bordes deshilachados, pero claramente cuidada. En ella, bordado con hilo rojo sangre, había un símbolo: una espiral encerrada en un triángulo.

—Si decides buscarme, ve al mercado de Spitalfields, al anochecer. Pregunta por el Telar Oculto. Muéstrales esto.

Salia estiró la mano, pero no tocó la suya. Tomó la tela como si pudiera quemarle. Lysander se volvió sin apuro, dirigiéndose hacia el túnel.

Entonces se detuvo, sin girarse, dijo:

—Y Salia…

Ella alzó el rostro.

—…no ignores lo que ya sabes, aunque no sepas de dónde viene. La memoria tiene forma. Incluso cuando parece ausente.

Caminó hacia la oscuridad. La niebla lo tragó. No hubo despedida, y cuando estuvo sola de nuevo se percató...nunca le había dicho su nombre.