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Perdóneme por molestarlo de nuevo, pero, sencillamente, tenía que verlo hoy: quiero que conozca mi versión de la historia, desde el principio hasta el fin. ¿Seguro que no le importa? Sé lo ocupado que está usted con su propia tarea de escritor y, si entrara en todos los detalles, ¡podría no acabar nunca! La verdad es que me gustaría ponerlo todo por escrito, como una de las novelas de usted, y pedirle que lo leyera… Cierto es que el otro día intenté ponerme a escribir, pero lo sucedido es tan complicado que no sabía por dónde empezar, conque pensé que debía limitarme a contarlo de viva voz y esa es la razón por la que estoy aquí, pero es que me da apuro hacerle perder su precioso tiempo por mi culpa. ¿De verdad no le importa? Usted ha sido siempre tan amable conmigo, que temo estar abusando de su bondad y después de todo lo que ha tenido usted que soportar… no puedo agradecérselo bastante.
Bueno, pues supongo que debo comenzar refiriéndome a ese hombre del que solía hablar tanto. Como ya le conté, lo que usted me dijo me hizo replanteármelo todo y acabé rompiendo con él. Aun así, debía de haber sentido un gran apego. Incluso en casa me ponía histérica cuando algo me lo recordaba, pero no tardé mucho en empezar a darme cuenta de que se trataba de una persona sin el menor valor… Mi marido notó que yo había cambiado completamente desde que empecé a consultarlo a usted. En lugar de salir siempre corriendo, tras decirle que iba a un concierto o algo así, me quedaba todo el día pintando o practicando el piano.
«Últimamente, has estado más femenina», me decía él y yo notaba que le complacía el interés que usted se tomaba por mí.
Pero he de reconocer que nunca le dije ni palabra sobre el otro hombre. «No está bien que oculte a su marido sus errores del pasado», me advirtió usted, «y como, según me dice, hasta ahora no ha llegado aún demasiado lejos, ¿por qué no se lo confiesa todo?». Y sin embargo… supongo que incluso mi marido pudo haber sospechado lo que estaba sucediendo, pero —no sé por qué— me resultaba difícil confesar. Me dije a mí misma que procuraría no cometer el mismo error otra vez y mantuve aquella aventura amorosa como un secreto oculto en lo más profundo de mi corazón. De modo que él no sabía, verdad, de qué hablábamos; creía que usted se limitaba a darme muchos y buenos consejos. «Te ha hecho cambiar de actitud maravillosamente», dijo.
Pasé una temporada quedándome tranquila en casa. Tal vez porque él se sentía aliviado por la nueva situación, dijo que valía la pena que se volviera un poco más serio también, por lo que alquiló un despacho en el edificio Imabashi, en el centro de Osaka, y abrió un bufete. Fue al comienzo del año pasado; debió de ser hacia el mes de febrero.
(…) Sí, así es: estudió derecho alemán en la Universidad y podía haber ejercido la abogacía, si hubiera querido, pero, al parecer, quería ser profesor y, en la época en que yo mantuve mi relación con aquel otro hombre, estaba haciendo los cursos de doctorado. No había una razón particular para que decidiera ejercer la profesión. Tal vez se sintiese avergonzado de depender de mis padres y pensara que había de granjearse mi respeto. Había tenido unas notas tan espléndidas en los estudios, que mis padres lo consideraron un partido excelente. Cuando nos casamos, lo consideraron parte de la familia como un hijo adoptivo. Confiaron en él desde el principio y nos cedieron una parte de su patrimonio para que no hubiera de apresurarse a ganarse la vida. Como quería ser jurista, así podría seguir estudiando para conseguirlo y, si nos apetecía, podíamos irnos dos o tres años juntos al extranjero.
Al principio, mi marido estaba encantado y parecía proponerse hacer exactamente eso, pero después tal vez empezara yo a irritarlo; quizá pensase que yo era demasiado testaruda por mi posición familiar. En cualquier caso, él no sabía, sencillamente, congeniar con la gente en ningún caso y tenía tan poco tacto, era tan rudo, que, tras empezar a ejercer la profesión, apenas consiguió clientes. Aun así, se empeñaba en ir al despacho todos los días y yo me quedaba en casa sin nada que hacer de la mañana a la noche. Naturalmente, todos aquellos recuerdos que se iban desvaneciendo empezaron a cobrar vida de nuevo. Antes, cuando tenía tiempo, solía escribir poesía, pero eso solo habría servido para despertar aún más recuerdos. De modo que me parecía que no podía seguir así; tenía que dedicarme a algo, encontrar una distracción…
Tal vez conozca usted la Academia Femenina de Bellas Artes, en el distrito de Tennoji. Es una escuela privada de tercera categoría, con departamentos de pintura, música, costura, bordado y demás. No exigen requisitos para la admisión: cualquiera puede matricularse, adultos o niños. Yo había recibido algunas lecciones de pintura de estilo japonés y aún me gustaba mucho, aunque no se me daba demasiado bien, por lo que empecé a asistir a clase en ella todos los días, tras salir de casa por la mañana junto con mi marido. Digo «todos los días», pero, naturalmente, era una escuela en la que siempre podías tomarte el día libre.
Mi marido no sentía el menor interés por el arte ni la literatura, pero no tenía inconveniente alguno en que yo asistiese a aquella escuela. Me animó incluso a hacerlo, me dijo que era una idea excelente, ¡y que procurara esmerarme lo más posible! Aunque solíamos salir de casa juntos por la mañana, lo hacíamos cuando yo estuviera lista —unas veces a las nueve; otras, a las diez—, pero en el despacho de mi marido había tan poca actividad, que me esperaba todo el tiempo que hiciese falta.
Tomábamos el tren de Hanshin desde Koroen hasta Umeda, después un taxi, en el que recorríamos la avenida del tranvía de Sakai hasta la esquina de Imabashi, donde él se apeaba y yo continuaba hasta Tennoji.
A él le gustaba mucho que fuéramos así, juntos.
«Tengo la sensación de ser estudiante otra vez», decía, muy animado, y se reía cuando yo comentaba: «¿Acaso una pareja de estudiantes iría a clase y volvería de ella en taxi?».
Quería que yo pasara por el despacho a recogerlo, cuando hubiera acabado por la tarde, o que me reuniese con él en Namba o en la estación de Hanshin para ir al cine en el Shochiku o algún otro sitio. Así era. Nos llevábamos muy bien, pero después, tal vez hacia mediados de abril, tuve una pelea absurda con el director de mi escuela.
Ocurrió de forma extraña. Mire: para la pintura japonesa se utiliza a modelos que posan con diversos trajes —nunca desnudas— y en la escuela había una clase de esas de pintura al natural con modelo. Por aquella época tenían a una señorita Y, una muchacha de dieciocho años de edad, que, según decían, era una de las modelos más hermosas de Osaka, y la hacían posar con un vestido blanco de gasa como la Kannon del Sauce: en fin, eso era lo más parecido al desnudo para un estudio del natural.
Conque estaba yo dibujándola un día, junto con las demás estudiantes, cuando entró el director en el aula y me dijo:
—Señora Kakiuchi, su dibujo no se parece en nada a la modelo. ¿Está usted pensando tal vez en una modelo diferente?
Después soltó una risita burlona y todas las demás estudiantes vieron lo que pasaba y se echaron a reír también. Yo me sobresalté y sentí que me ruborizaba, aunque en aquel momento no sabía por qué. Al recordarlo ahora no estoy segura de que me ruborizara, pero —no sé por qué— su comentario sobre «una modelo diferente» dio en el blanco. ¿Quién podía ser la modelo? Al parecer, mientras miraba a la señorita Y. allí, delante de mí, tenía, inconscientemente, otra imagen distinta en la cabeza, que se reflejaba en el dibujo: mi pincel parecía estar dibujando por su cuenta, sin intención alguna por mi parte.
Estoy segura de que sabe usted a quién me refiero. Mi modelo —ha salido en los periódicos, de todos modos— era la señorita Tokumitsu Mitsuko.
(Nota del autor: La viuda Kakiuchi no parecía afectada por su reciente calvario. Su ropa y su actitud eran radiantes, exactamente como un año atrás. Más que una viuda, la señora Kakiuchi parecía la típica joven casada de buena familia de Osaka y hablaba con el melifluo dialecto femenino de su clase y su región. Desde luego, no era una gran belleza, pero, al pronunciar el nombre «Tokumitsu Mitsuko», su cara cobró un curioso esplendor).
En aquella época yo no había hecho aún amistad con Mitsuko. Ella estudiaba pintura al óleo —es decir, pintura de estilo occidental—, por lo que pertenecía a una clase diferente y no teníamos posibilidad de hablar. Ni siquiera pensaba yo que, si así hubiera sido, hubiese podido reconocerme ni detenerse a pensar en mí. No es que yo le prestara atención especial tampoco, excepto que parecía una muchacha increíblemente hermosa. Naturalmente, raras veces cruzábamos palabra y yo no tenía ni remota idea de su temperamento, de cómo era en realidad. Podríamos decir — supongo— que se trataba de una impresión general.
Aunque, pensándolo bien, debió de haber entrado en mi cabeza mucho antes, puesto que ya conocía, sin haberlo preguntado, el nombre de Mitsuko y sabía dónde vivía: era la hija de un comerciante de prendas de lana al por mayor, cuya tienda se encontraba en el distrito Semba de Osaka y ahora vivían en Ashiya, en la línea de Hankyu: cosas así. De modo que, cuando el director hizo su malicioso comentario, me quedé pensando: sí, la cara de mi dibujo se parecía a Mitsuko, pero no era algo que yo hubiese hecho a propósito. Aun cuando así hubiera sido, ¿acaso debía yo representar un parecido fácil con la señorita Y.? Estaba posando como la diosa Kannon para que pudiéramos estudiar su figura, los pliegues de su vestido blanco y todo eso y, además, intentar simplemente expresar el sentimiento de una bodhisattva de Kannon, claro está. La señorita Y. podía ser una modelo hermosa, pero Mitsuko lo era mucho más: con tal de que realzara el retrato, ¿qué había de malo en tomar como modelo la cara de Mitsuko? Eso es lo que pensé.