La muñeca del zar [+21]

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Summary

El Zar Ivánovch II fue traicionado por la concubina que más lo amaba... y envenenado la misma noche de su coronación. Pero la muerte no fue su final. Despertó siglos después, atrapado en el cuerpo de un mafioso occidental, rodeado de enemigos, deudas de sangre y un mundo que no entiende. Natasha Müller jamás pidió este destino. Hija de deudores cobardes, cayó en las garras de un hombre que no perdona, un tirano reencarnado cuya obsesión puede ser tan letal como su deseo. Él la quiere como muñeca. Ella arde con un rencor que no sabe de dónde viene. El karma los encadenó... y esta vez, el amor no es redención, sino condena. ¿Quién controla los hilos? ¿El titiritero o la muñeca que ya no teme morder?

Genre
Romance
Author
Trixy
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Imperio ruso en el invierno de 1598.

El aroma del ámbar negro y la miel quemada flotaba en el aire espeso del harén, cargado de jadeos, suspiros y traiciones veladas. Cientos de lámparas colgaban como luciérnagas doradas, proyectando sombras sinuosas sobre las cortinas de seda y los cuerpos entrelazados.

Era la noche de su coronación, y el mundo aún se inclinaba a sus pies, el nuevo Zar, nacido del linaje más temido de la dinastía Rúrika de la Rusia Antigua. Reposaba desnudo entre cojines bordados en oro, su piel rosacea, bañada por el sudor del incienso y el deseo, brillaba bajo la luz cálida como la de un dios pagano.

Había vivido apenas veintisiete años, pero su mirada de estrecha y azulada cargaba la calma de los hombres de guerra que no temen a nada o... casi nada.

A su alrededor, mujeres de diversas razas danzaban para él: caderas que giraban como relojes de arena, apenas adornadas por sedas, labios que apenas susurraban su nombre, y ojos que, al igual que la multitud de sus colores, contenían un mundo de silencios, deseos propios e intereses. Cada una de ellas era suya, comprada en peso de oro plata, al menos por esa noche, y la siguiente... y la siguiente, al menos, éso se esperaba aquél hombre de rasgos perfilados, casi perfectos, dignos de expresar en todo su esplendor la voluntad de los dioses eslavos.

Ellas eran joyas vivas... sin derecho alguno sobre sí mismas, nisiquiera la elección de ser madres, y él era un coleccionista meticuloso, cruel, divinamente soberbio y sin desequilibrio alguno para quebrar el cuello de un insurgente, así llevara su propia sangre.

Sin embargo, allí estaba él, Ivanövch, como una black baccara entre diversas orquídeas y lotos vibrantes, llevadas por la corriente armónica que producía la orgia del domra, las flautas, el gusli y los tambores... pero entre todas, había una que no bailaba.

Sentada en un rincón, con la espalda recta y las piernas cruzadas como una esfinge, lo observaba en silencio... tenía la piel pulcra como la porcelana, aunque besada por el sol y los ojos rasgados de una pantera adormecida, se llamaba Yasamin, y esa noche, él la había elegido, después de mucho tiempo, era un privilegio para ella o... eso creía él.

El Zar alzó una copa de cristal turco. El vino era oscuro, denso, especiado como la sangre. Lo bebió sin temor, como todo lo hacía: como si el mundo entero fuera una extensión de su lengua.

No reparó en el temblor minúsculo en la mano de Yasamin al servirlo, quizás no le puso importancia, era "miedo", se convenció, el no vio la sonrisa rota de la concubina más antigua, ni escuchó el susurro que pasó como un cuchillo por la habitación: "Que el nuevo sol no amanezca". Fué cuestión de pocos minutos para que todo se echara abajo, como una avalancha de nieve.

Ivanövch, primero sintió un leve cosquilleo en la punta de los pies <tal vez es por estar sentado.> pensó, al poco tiempo, el calambre se convirtió en una parálisis que, rápidamente empezó a subir hasta su pecho, como si se sumergiera en el agua de un lago congelado... cuando trató de moverse o de hablar, era como si su cuerpo ya no obedeciera; la respiración se empezó a escapar... y entonces...cayó, cuando pasó lo hizo con elegancia, como un fénix exhalando su último aliento.

Su cuerpo quedó tendido entre pétalos y sangre que nadie vio, los músicos siguieron tocando, las bailarinas continuaron girando. En el imperio, la muerte de un hombre, incluso de un dios, no era suficiente para detener la danza, pese a los gritos que se fueron amontonando cuando las que estaban mas cerca, comprobaron lo que había pasado: el zar estaba muerto y, probablemente, todas seguirían sus pasos.

Ivanövch, un hombre imponente, no había escapado a la muerte, su corazón, una vez invicto, palpitó por última vez entre los labios de una mentira, entonces, todo se detuvo, el sumo de cicuta había sido efectivo.

La oscuridad se cerró sobre él como una tumba de terciopelo, no hubo un juicio, ni protocolos... no hubo dioses esperándolo, solo un vacío denso, una sombra sin forma... y luego, el sonido estridente de una alarma.

*****

Cuando abrió los ojos, ya no olía a incienso, almizcle... a algun aroma agradable y orgánico.

Olía a sudor rancio, a metal caliente, a pólvora y gasolina, y una voz femenina, áspera, le gritaba al oído, o al menos éso parecía, era el el recibidor de mensajes en altavoz.

-¡Jefe, despierta! ¡Tenemos un cadáver en el maletero y los federales en la cola, carajo!

Pero el zar no entendía, cuando abrió los ojos y por fin pudo respirar, como si acabara de salir de un lago profundo, los techos ya estaban atiborrados de diseños o relieves dorados y escarlata, simplemente, todo era liso, en una paleta de colores marfil y crema.

__ Qué es ése-ruido.

El zar se cerró la boca de golpe. ¿Acaso el había hablado en ése idioma? ¿En ese timbre de voz?

< ¿Qué fué éso?>

Aunque los labios eran suyos, las palabras no lo eran, ni el idioma, sentía que nisiquiera... el cuerpo...