Epílogo
(Epílogo)
Hubo un tiempo existió la Gran Zona.
Una sola bandera, gente del mismo bando y con los mismo objetivos
Pero la guerra lo destruyó todo.
Doce años atrás, una guerra causo la creación de las cinco zonas: Norte, Sur, Este, Oeste y Central. Lo que comenzó como un conflicto por recursos terminó en una traición. El que ahora es la zona sur, empujado por promesas de poder, alzó las armas contra sus propios aliados. La zona norte fue la más afectada por el golpe, sin pensarlo su represalia fue brutal. El fuego se extendió desde las montañas hasta los valles. Ciudades enteras desaparecieron bajo la sombra de bombas, hambre y muerte, miles de muertos ¿Y todo para que? Para saciar el poder de unos pocos.
Aunque la guerra terminó, la herida quedó abierta.
Hoy, las zonas viven en una tensa paz. El norte y el Este reconstruyeron rápido, aprovechando sus recursos naturales y lo obtenido de la guerra. El Oeste se aisló, blindándose tras sus fronteras, desarrollando una economía autosuficiente. El Sur, paga por subtraición que desató el conflicto, paga sus pecados cometidos con vergüenza. Pero es la zona central la que carga con el peso más duro: fue aquí donde se libraron las batallas más crueles. Aquí donde la tierra quedó estéril, las ciudades colapsaron y el odio echó raíces profundas.
Y es aquí donde empieza esta historia.
(Capítulo 1) Zona Central
En una gran carpa con una bandera color morado con un simbolo de una flor dorada dentro, dentro de esta una vela temblaba en el centro de la mesa. Su llama, débil, apenas iluminaba los rostros alrededor.
—Tenemos problemas —dijo una voz ronca—. Más grandes de lo que podemos manejar.
Cilier, el líder de la zona central, se inclinó hacia adelante. Su rostro era una piedra tallada por el tiempo y la guerra. Sus ojos, oscuros y hundidos, no mostraban emoción. A su lado, los hermanos Val y Figg, sus consejeros, escuchaban con atención.
—Los suministros se acabaron en el distrito agranomo—informó Val—. Las reservas de grano que quedaban fueron robadas hace tres noches. No hay información sobre los responsables.
—No hay información porque nadie quiere hablar —gruñó Cilier—. El miedo es más fuerte que el hambre ahora y parece que la avaricia hace que los demás no piensen en nada más que en si mismo.
—Y los culpas de eso? -intervino Figg, más sereno
— Sin embargo no es solo el robo. El problema es lo que viene después. Cuando la gente tiene hambre, se organiza. Y cuando se organiza, se revelan.
Un silencio denso llenó la sala. La vela titiló, como si dudara si seguir encendida.
—Hay más —Frigg, con voz apenas audible—. En los muros del límite oeste aparecieron marcas. Símbolos de la zona Oeste. Están vigilando... O quizás preparándose.
Cilier cerró los ojos.
—Si las otras zonas creen que estamos débiles —murmuró—, vendrán por lo poco que nos queda.
Val asintió lentamente.
—Y esta vez, no vendrán con diplomacia.
—¿Qué propones? —preguntó Val —. ¿Cazar a los ladrones? ¿Cerrar los muros? ¿O rendirnos antes de que nos aplasten?
Cilier levantó la mirada.
—Propongo resistir. Como siempre lo hemos hecho. Pero esta vez, no vamos a esperar.
Val cruzó los brazos sobre la mesa. Su voz era suave, pero cada palabra cortaba como filo bien templado.
—Cilier... Tal vez sea momento de considerar un pacto. Si nos unimos a una de las zonas fuertes, podríamos asegurar alimento y protección. El pueblo no quiere pelear otra guerra. Lo que quiere es sobrevivir.
—¿Sobrevivir como esclavos? —Cilier le lanzó una mirada gélida—. ¿Bajo qué bandera? ¿La del Norte que masacró a nuestras familias? ¿La del Este que nos cerró las rutas comerciales? ¿O la del oeste que vigila nuestras fronteras como si fuésemos ratas infectadas?
—No se trata de orgullo, se trata de lógica —dijo Frigg, más diplomático—. El pueblo ya no cree en nosotros, Cilier. Si seguimos ignorando la realidad, la presión va a estallar desde dentro. Y cuando eso pase, no serán los soldados de otra zona quienes crucen nuestras murallas... será nuestra propia gente.
—No —respondió Cilier, tajante—. No vamos a ceder ante el miedo. Si dejamos que el pueblo decida su destino en este momento de caos, solo lograremos una cosa: otra guerra. Interna. Salvaje. Como en los primeros años después del Tratado.
Y si eso ocurre... no quedará nada que defender.
Val se inclinó hacia adelante.
—Entonces, ¿cuál es tu plan? ¿Esperar a que se mueran de hambre mientras mantenemos nuestra "dignidad"?
Cilier apretó los puños.
—Mi plan es sostenernos hasta encontrar una salida. Hay rutas ocultas en el norte, contactos olvidados en los viejos túneles. Quizás no tengamos poder... pero aún tenemos voluntad.
—¿Y si la voluntad no basta? —preguntó Figg con tristeza.
La voluntad no da de comer a nuestros ancianos y niños.
—Entonces que sea el pueblo lo que nos juzguen—dijo Cilier con voz firme—. Pero no seré yo quien firme el fin de la zona Central por miedo a perder.
Prefiero caer luchando, que vivir de rodillas bajo otra bandera.
A unos kilómetros de la ciudad, en la parte más alta de las colinas agrietadas por el tiempo, el aire era más limpio, y el silencio se rompía solo por el crujido seco de las hojas bajo los pies.
Sam avanzaba con calma, atento a cada sonido, cada movimiento en los arbustos. Tenía apenas dieciocho años, pero ya caminaba como si llevara décadas en esos bosques. Su postura era firme, sus pasos silenciosos, su rostro sereno, casi inexpresivo. A primera vista, parecía un chico común: delgado, de cabello oscuro y mirada tranquila. Pero había algo más en sus ojos, una sombra vieja que no correspondía con su edad.
Sam no era hijo de Cilier, pero había crecido bajo su techo. Lo había adoptado años atrás, por insistencia de su hijo mayor, Tommy, quien murió poco después en un enfrentamiento fronterizo en la gran guerra . Desde entonces, la relación entre Cilier y Sam fue distante, fría. El viejo líder nunca lo trató como a un hijo... pero tampoco lo rechazó del todo. Era como si lo tolerara por memoria, no por cariño.
Sin embargo, Sam había encontrado su lugar lejos de las palabras: proteger a los demás, y aunque miserable cuidar del lugar donde se crío. No hablaba mucho. De hecho, hablaba poco con casi todos... excepto con tres personas. Tres que habían logrado abrir esa coraza con paciencia y tiempo.
Una de ellas caminaba a su lado en ese momento: Sel.
—¿Estás seguro de que venían por aquí? —preguntó ella, inclinándose a revisar una rama partida.
Sel de 17 años, una chica de cabello largo rubio heredado de su padre, blanca como la nieve tenía la misma edad que Sam, pero su presencia era completamente distinta. Donde él era silencio, ella era luz. Donde él guardaba distancia, ella ofrecía consuelo. Hija de Cilier, había heredado no solo su inteligencia, sino también su templanza. Sin embargo, Sel también tenía algo que su padre había perdido hacía años: compasión.
Tenía conocimiento en medicina, sabía tratar heridas, y era una de las pocas personas que aún creía que la zona central tenía algo que ofrecer al mundo más allá de guerra y pobreza. Con el fallecimiento de su hermano mayor, ella se convirtió en la heredera natural del liderazgo, aunque no se comportaba como una comandante... sino como una hermana mayor para muchos.
—Sí —respondió Sam, sin mirarla—. Las huellas eran frescas. Van hacia la zona de las raíces secas.
Sel asintió, confiando sin dudar.
En la distancia, dos figuras más se movían entre los árboles: Fred, el más joven del grupo, un chico de estatura alta incluso para su edad ,de apenas quince años, y su hermana mayor, Lisa, de diecinueve, ambos hermanos de cabello negro y piel morena eran huérfanos de la gran guerra.
Fred era frío, callado y con una expresión que siempre parecía desconfiar de todo. A diferencia de Sam, su silencio no era por timidez, sino por juicio. Medía a todos con la mirada, y rara vez opinaba. Pero cuando lo hacía, sus palabras eran inmaduras. Siempre andaba detrás de Sam, como una sombra más joven, aunque su mirada fuera igual de dura que la del mayor.
Lisa, en cambio, era fuego. Energética, habladora, con una sonrisa fácil y un impulso por moverse que nunca se apagaba. Saltaba entre ramas, preguntaba cosas sin parar, y siempre tenía una historia nueva. A pesar de eso, no era tonta. Tenía instinto, una habilidad natural para rastrear y adaptarse. Era la chispa del grupo, y todos lo sabían.
—¡Eh! —gritó desde unos metros adelante—. ¡Chicos, vengan a ver esto!
Todos se acercaron. Lisa estaba agachada junto a una zona de barro seco, señalando unas huellas.
—Parecen frescas —dijo—. Pero no sé si son nuestras... o de otra gente. Hay al menos tres pares diferentes... Y uno es más grande que los nuestros.
Fred se agachó al lado de su hermana y examinó las marcas sin decir una palabra.
—¿Podrían ser cazadores? —preguntó Sel.
—O ladrones —respondió Sam, con tono seco.
Lisa frunció el ceño.
—No estoy segura de si seguir. Ya es tarde y estas pisadas no me gustan nada.
Sam miró las huellas con atención, y luego levantó la vista hacia Sel.
—¿Qué opinas? —preguntó.
Sel dudó un segundo, luego suspiró.
—Creo que deberíamos regresar. No tenemos recursos suficientes y ya se nos está acabando la luz. No vale la pena arriesgarse por un par de pisadas.
Sam apretó los labios. Se notaba que no compartía la decisión.
—Han estado robando en esta zona desde hace semanas —dijo con firmeza—. Si no los seguimos ahora, tal vez mañana no tengamos nada que cazar.
Fred asintió brevemente, como si ya supiera lo que iba a pasar.
—Entonces vayamos —dijo él.
Sel puso una mano en el brazo de Sam.
—¿Estás seguro?
—Sí. Iré con Fred. Solo un poco más al límite con el Oeste. Si no encontramos nada, volveremos antes del anochecer.
Sel asintió, aunque con preocupación en los ojos.
—Entonces Lisa y yo regresaremos. Nos veremos en el punto de encuentro.
—Y si no llegamos antes de que caiga el sol —añadió Fred, mirando a su hermana con miedo.
—¡Bah, no digas tonterías! —respondió Lisa—. Voy a estar esperando con dos conejos listos para cocinar. Pero si no llegan, me los como sola.
Sam sonrió apenas, como un reflejo involuntario, y luego se giró hacia la espesura.
—Vamos, Fred.
Y se adentraron entre los árboles, dejando atrás las risas de Lisa y la mirada preocupada de Sel, mientras el bosque se cerraba lentamente detrás de ellos.
El bosque había cambiado. Con la caída del sol, los árboles parecían más altos, más densos. El viento se volvió más frío, y los sonidos de la naturaleza se mezclaban con la respiración contenida de los dos chicos.
Fred caminaba detrás de Sam, tan sigiloso como su compañero. Ambos avanzaban con la experiencia de quienes habían recorrido ese terreno cientos de veces, pero también con la tensión de no saber qué iban a encontrar.
Tras unos minutos de silencio, Fred habló.
—¿Y cómo va todo con...?
Sam no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada al frente, sin detenerse.
—¿Hablas de Cecil? Normal —respondió al cabo de unos segundos, seco, sin emoción.
—No entiendo cómo puedes soportarlo,-Dijo Fred
—¿Soportar qué?
—El desprecio. La indiferencia. Tú eres uno de los que más aporta a esta zona. Sin ti, más de uno ya estaría muerto de hambre, he visto como prefieres dar lo que cazas a los demás aunque te quedes sin comer y sin embargo...
Sam no respondió de inmediato. Se detuvo junto a un tronco caído y se agachó, examinando una rama rota.
—No lo hago por el —dijo finalmente, sin levantar la mirada.
Fred lo observó en silencio, esperando.
—Lo hago ellos, por la zona central y los pocos que quedamos en este trozo de mierda.
La frialdad de sus palabras flotó en el aire como una verdad pesada. Fred no dijo nada al principio. Solo bajó la vista, asintiendo en silencio.
Ambos siguieron caminando
Ambos siguieron caminando, el sendero se estrechó entre rocas y raíces secas. La luna, oculta tras las nubes, apenas iluminaba el camino. De pronto, Fred levantó una mano.
—Alto.
Sam se detuvo. Fred apuntó con el dedo hacia un punto entre los árboles.
Una tenue luz anaranjada parpadeaba a la distancia.
Se agacharon al mismo tiempo, y avanzaron despacio, moviéndose entre los arbustos con pasos entrenados. El olor a humo llegó primero. Luego, las voces.
—Son al menos tres —susurró Fred.
Sam asintió, mirando a través de un hueco entre las ramas.
Alrededor de la fogata había tres siluetas. Uno de ellos reía en voz alta mientras cocinaba algo en una olla negra sobre el fuego. Los otros parecían más atentos, más tensos, con armas cortas al alcance de la mano.
—No son cazadores —dijo Sam, en voz baja—. Demasiado ruido.
Fred frunció el ceño.
—¿Gente del Oeste?
Sam asintió.
—Tienen el puñal y un mazo en su mochilas,emblema del Oeste.
Fred bajó la mirada hacia su propio cuchillo.
—¿Qué hacemos?
Sam pensó por un segundo. Su rostro seguía impasible, pero sus ojos analizaban todo.
—Esperamos. Y si están planeando corremos con Cilier.
Fred sonrió apenas.
—Y si se ponen tontos...
Sam tomó el arco que llevaba a la espalda y lo preparó en silencio.
—Entonces hacemos lo que vinimos a hacer.
Y así, ambos se quedaron ocultos entre los árboles, observando la fogata, mientras la oscuridad los envolvía.
El crujido fue leve, casi insignificante. Una rama seca se partió bajo el peso de Sam cuando cambió ligeramente de posición.
Demasiado tarde para evitarlo.
—¡¿Oyeron eso?! —gritó uno de los hombres alrededor de la fogata, levantándose de inmediato y empuñando su cuchillo.
Sam y Fred se agacharon aún más entre los arbustos, conteniendo la respiración. Sam maldijo por lo bajo. Su error.
—Seguramente es un zorro —dijo otro con una carcajada nerviosa.
—O un maldito de la zona central —gruñó un tercero, con tono más serio—. No estamos tan lejos de su territorio.
—Sea lo que sea, no nos arriesgamos. ¡Revisen el perímetro! —ordenó el primero.
Sam se giró hacia Fred y le susurró:
—Cuando estén más lejos, escapamos. Les contamos lo que está pasando a los del comité.
Fred asintió, tragando saliva.
Pero antes de que pudieran moverse, una sombra cayó sobre ellos desde atrás.
Un puño golpeó a Fred directo en la sien. El chico se desplomó sin soltar un solo quejido.
—¡Fred! —exclamó Sam, girándose de inmediato.
Frente a él, un cuarto hombre, más alto y más fornido que los demás, levantaba una vara de hierro. No había gritado, no había hecho ruido. Estaba preparado.
Sam desenfundó su cuchillo y se lanzó hacia él sin pensarlo.
El hombre intentó asestarle otro golpe, pero Sam esquivó por poco, rodando por el suelo. Rápido como un felino, se levantó y cortó en diagonal, alcanzando el brazo del atacante. Un quejido seco salió del hombre, pero no retrocedió.
Sam sabía que no podía ganar en fuerza. Tenía que ser más rápido.
Volvió a atacar, esta vez directo al costado, pero el hombre lo bloqueó con el antebrazo y lo empujó con fuerza. Sam cayó de espaldas, soltando el cuchillo El atacante levantó la vara, preparado para darle el golpe final a Sam.
Pero Sam fue más rápido.
Con una mano libre, tomó un puñado de tierra y se lo lanzó directo al rostro. El hombre gritó, cegado, tropezando hacia atrás mientras se frotaba los ojos.
Sam aprovechó el momento. Con el corazón latiendo a mil, se levantó de un salto y salió corriendo, dejando atrás a Fred, quien yacía inconsciente sobre el suelo. No era cobardía. Era sobrevivir para volver por él. Tenía que avisar. Tenía que salvarlo.
El bosque lo engulló de nuevo. Solo ramas, oscuridad y su respiración agitada como único sonido.
Lisa y Sel corrían a través de la maleza, ya no con precaución, sino con urgencia. El cielo comenzaba a tornarse más gris que negro, anunciando el amanecer.
Cuando cruzaron el límite de vigilancia de la zona central, dos guardias las detuvieron, pero Sel alzó la voz con autoridad.
—¡Déjennos pasar, es urgente!
Sin más, atravesaron las empalizadas de madera vieja y llegaron hasta el edificio donde se reunía el consejo. Cecil ya estaba allí, junto a Val y Figg, discutiendo sobre los rumores de escasez y los recientes robos.
—¿Qué sucede? —preguntó Cecil en cuanto las vio entrar.
—Encontramos huellas —dijo Lisa, aún agitada—. Eran recientes. De más de cuatro personas. No eran animales.
—Sam y Fred se quedaron para seguirlas —añadió Sel—. Pero no han regresado, y la zona donde estaban no es segura.
Cecil frunció el ceño, su rostro endurecido.
—Llama un grupo ahora mismo —ordenó a Val—. Que vayan armados. No quiero que esto se convierta en otra tragedia.
Figg asintió y ya se movía para dar la orden cuando Cecil añadió:
—Y que encuentren a ese muchacho antes de que cometa una estupidez. ¿Acaso se refería a Sam?
Sam estaba oculto entre raíces de un viejo árbol, respirando con dificultad. La herida del brazo seguía sangrando, pero el dolor había empezado a desdibujarse bajo una presión mucho más fuerte: la culpa.
Se llevó la mano temblorosa al rostro, cubriéndose los ojos. Sentía como si el pecho se le cerrara por dentro.
"Dejé a Fred..."
"¿Y si lo matan?"
"Soy un estúpido. Un maldito estúpido."
Apoyó la frente contra la raíz áspera. Su cuerpo estaba quieto, pero por dentro, algo lo devoraba. El eco de antiguas voces se colaba en su mente, como un coro lejano y cruel.
—"Nunca fuiste suficiente."
—"Solo estás aquí por lástima."
Cada palabra que decía en su mente, resonaba más y más.
Sam cerró los ojos con fuerza. Inspiró por la nariz, largo, como si eso pudiera traerlo de vuelta a la calma. Pero no lo lograba. El barro bajo sus dedos no lo anclaba. Sentía que se ahogaba. Se decía a sí mismo que no podía llorar, no ahora, no otra vez. Pero el temblor en su labio y la humedad en sus ojos lo traicionaban.
Y entonces escuchó algo.
Voces.
Moviéndose entre los árboles. Ramas quebrándose. Susurros coordinados.
Sam se pegó al suelo, instintivamente, y comenzó a arrastrarse con sigilo. El peso en su pecho seguía ahí, pero lo obligó a hacerse a un lado por un momento. Tal vez fueran los ladrones. Tal vez pudiera atraparlos. O tal vez...
Avanzó unos metros más. A través de la maleza pudo ver figuras entre la penumbra, con linternas de aceite y armas. Su respiración se cortó.
Pero al afinar la vista, los reconoció.
Cecil.
Y con él, tres hombres más de la guardia. Uno de ellos era Val.
Sam emergió lentamente, aún cubierto de barro y sangre, tambaleándose por el agotamiento.
—¡Cecil! —llamó, su voz rasposa pero aliviada.
Cecil lo vio. No corrió. No sonrió. Se acercó con paso firme, el rostro pétreo, los ojos filosos como cuchillas.
—¿Qué demonios crees que estabas haciendo? —expresó—. ¡¿Desobedecer una orden directa, poner en peligro a un miembro del grupo y exponerte tú también?!
—Fred... —jadeó Sam—. Lo golpearon... No tuve opción... Tenía que volver... a pedir ayuda...
—¡Y lo dejaste atrás! —interrumpió Cecil, el tono tan amargo que hizo que Sam bajara la mirada—.
Las palabras lo atravesaron como una lanza. Sam apretó los puños, mordiéndose una respuesta que jamás saldría.
Cecil chasqueó los dedos.
—Val, con dos hombres. Rastreen desde aquí hasta el este. Si ese niño no está vivo, más te vale tener una explicación.
Los soldados asintieron y se dispersaron de inmediato.
Cecil observó a Sam por un segundo más, sin decir nada, como evaluando si valía la pena seguir discutiendo con él.
Sam no se defendió. Solo volvió a mirar al suelo, intentando no derrumbarse de nuevo.