Ecos del cosmos
Stoyan flotaba a la deriva en la infinidad del espacio, contemplando impotente cómo los restos de la nave se desdibujaban a la distancia. Sus compañeros, Miroslav y Vesna, fueron absorbidos por el vacío antes de tan siquiera darse cuenta. Él, posiblemente, habría dado lo que fuera por haber corrido la misma suerte y tener un final así de rápido e indoloro. Sin embargo, el destino parecía tener otros planes para el cosmonauta.
Era el ingeniero a cargo de la misión y también el más experimentado del equipo; por eso, cuando escucharon un impacto proveniente del exterior del vehículo, no dudó ni un instante en ir a inspeccionar. Se puso el traje, y por fortuna o desgracia, cuando la explosión inició y los tres salieron disparados en distintas direcciones, fue el único sobreviviente.
Los despojos de quienes habían sido sus amigos durante años de carrera ahora se movían sin rumbo ante la ausencia de gravedad. En medio de un silencio ensordecedor. En una parte del universo que solo los ojos de Stoyan conocerían, y donde, a pesar de que la luz solar aún lo alcanzaba, no tenía ni remotamente la misma intensidad que en su planeta natal: la Tierra.
—Aquí Stoyan Tvachenko, ¿me copian? —repitió por milésima vez, como si los daños que acababa de sufrir su radio en el incidente fueran a arreglarse mágicamente—. Por favor, que alguien me conteste —balbuceó—. No quiero morir así.
Quería gritar para ser escuchado. Llorar de miedo ante los miles de millones de kilómetros de territorio desconocido que tenía al frente. Despertar de nuevo en su cama, que todo fuera una pesadilla y volver a estar junto a su esposa. Pero hiciera lo que hiciera, sería en vano.
El medidor de signos vitales de su traje parpadeó, indicando que el oxígeno comenzaba a escasear. El hombre sintió una mezcla de desesperación y alivio corriendo por su cuerpo; y supo que el miedo casi absurdo de perderse en el infinito acababa de pasar de ser algo imposible a un destino inevitable.
Una persona común es capaz de aguantar semanas sin alimento y unos cuantos días sin agua, pero sin poder respirar, los números descienden de forma muy drástica. Él lo sabía a la perfección.
El tiempo transcurrió de un modo en el que Stoyan no pudo contar minutos, horas ni días. Sin otro sonido aparte de su respiración y su estómago rugiendo de hambre, vio puntos luminosos a la distancia, ignorando si eran estrellas o una jugada de su propia mente. A medida que fue asumiendo el porvenir, una extraña tranquilidad lo invadió. Quizás fue el cansancio o la inmensidad que lo rodeaba, pero el terror fue cediendo lugar a una quietud profunda.
Nunca volvería a visitar su hogar ni a compartir una tarde con su amada familia. No vería crecer a su hijo ni tendría otro paseo en compañía de su perro. Tampoco podría revivir cosas que daba por sentadas, como saborear un plato de comida recién hecha o tomar una bocanada de aire fresco en la naturaleza.
Aun así, contempló la escena agridulce que marcaría el fin de su existencia, y su alma entendió que estaba cumpliendo el sueño de su vida. Ese con el que fantaseaba desde que tuvo su primer telescopio: ir más allá de lo conocido y observar el lado oculto del universo. Ya no era un sueño; ahora era el cuadro que pintaba sus últimos momentos.
Por eso, cuando sus pulmones se vaciaron y su consciencia se desvaneció, una sonrisa débil se plasmó en su rostro. Nadie lo encontraría jamás, y nadie nunca podría arrebatarle aquel logro. Ese que, al final, le costó todo.
Fin.