PRÓLOGO
En una época en que la oscuridad y la superstición reinaban supremas, dos criaturas emergieron de las sombras, destinadas a perpetuar un odio eterno. Durante generaciones, su existencia fue temida y venerada por igual.
Esta historia se remonta a tiempos antiguos, cuando los hombres aún creían que la brujería y el vampirismo eran obras del demonio, y los mitos alimentaban el fuego del odio y la desconfianza.
Dos razas marcadas por lo sobrenatural: una, capaz de dominar los elementos y alterar la realidad; la otra, señora de la noche y la sangre.
El brujo, asociado con el conocimiento arcano y las fuerzas de la naturaleza, era visto como un ser de poder y sabiduría. La vampira, en cambio, ligada a la muerte, al deseo y a la oscuridad, era considerada una maldición encarnada.
Con el paso de los siglos, la enemistad se volvió más feroz. Los brujos veían a los vampiros como bestias sin alma. Los vampiros, por su parte, despreciaban la arrogancia de los brujos y su fe en la manipulación. Pero más allá de los rumores y las leyendas, existía una verdad más profunda, más compleja, que solo unos pocos se atrevían a conocer.
En cada hoguera encendida, en cada aldea arrasada, las llamas recordaban que el conflicto no era solo entre linajes: era entre mundos. Uno nacido de la tierra y el otro de la noche. La fe y la naturaleza convertidas en condena.
Y así, en el umbral de un nuevo ciclo, cuando el velo entre los mundos comienza a desdibujarse, la eterna rivalidad entre el brujo y la vampira aguarda lista para arder de nuevo, bajo la luna más oscura del verano.