El Cántaro al Agua

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Summary

Benjamín nos cuenta su historia, la historia de un viaje no tan cotidiano a sus estudios

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

El Cantaro al Agua

Caminar, como todos los días: subir al autobús, bajarse en la estación, tomar un tren para llegar a la ciudad y, finalmente, encontrar un colectivo que te lleve al liceo. Dos horas y media de viaje. Es la rutina que tengo, o tenía, hasta hoy.

—¡Benjamín, levántate! —Esa es mi madre, intentando despertarme.

—Sí, mamá —ese soy yo, respondiendo mientras bostezo, intento abrir los ojos, estirarme y mirar el reloj. Cuando logre abrir los ojos, sabré cuánto tiempo me queda para dormitar—. ¡Maldición, me quedé dormido! —exclamo al ver la hora y darme cuenta de que estoy atrasado. Lo suficiente como para no tomar desayuno. No debí quedarme tan tarde viendo esa película anoche, pero nadie puede culparme por disfrutar un clásico como Matrix, que para mí es la madre de las películas de acción. Es genial.

—¿Bueno, piensas ir al colegio o no? —Oigo la voz de mi madre con un tono insidioso, mientras se acerca a la puerta con esa postura de jarrón. Ya saben: manos en las caderas, brazos formando orejas de cántaro de greda.

—Bueno, no me hagas hablar de boca de ganso —continúa diciendo—. Levántate luego y vete ya, que estás atrasado. Y de pasada, traga algo, pues si no comes nada te desmayarás en el camino. O peor. Bien recuerdo cuando te desmayaste en el acto de la escuela…

—Sí, mamá —le respondo mientras me meto al baño para cepillarme los dientes. Siempre me recuerda lo del acto aquel. Me desmayé en medio de la canción nacional. Sí, suena estúpido, pero es cierto. Digamos que me emocioné… y me desmayé. Ok, ya es hora de irse al liceo—. ¡Me voy! —grito hacia la cocina, esperando que mi madre me oiga.

Salgo de casa y me dirijo a la Avenida Kennedy. ¿Se han dado cuenta de la manía chilena de ponerle nombres gringos a las calles? Como si eso fuera mejor que usar nombres como Bernardo O’Higgins, Arturo Prat, o simplemente Condorito o el Guatón Loyola. Si la idea es poner nombres célebres, ¿por qué no Avenida Guatón Loyola? Yo usaría ese nombre. Es más conocido que cualquier personaje internacional.

Está helado y no pasa nada. Literalmente, no se ve ningún vehículo. La micro brilla por su ausencia. Solo transita uno que otro auto particular. Me pongo nervioso y pienso en hacer dedo. Si la idea es irse rápido, cualquier vehículo servirá. Espero paciente... en realidad, impaciente. El tiempo se acorta y no aparece mi movilización. Después de unos largos minutos, una micro llega. Subo y me siento.

A mi lado se sienta una gordita. Me apretuja. Estoy incómodo, pero de alguna forma el calor de ella me hace sentir menos el frío de esta mañana. Como todos los días, paso mi mano por la ventana. No sé si se han fijado en esa especie de humedad que se forma allí. Según entiendo, es simple condensación de vapores expelidos por la cantidad de humanos dentro de esta locomoción. Ya sé lo que piensan: ¡es asqueroso! Pero no puedo evitar tocar la ventana, intentar despejar la visual o hacer dibujos con los dedos. Es entretenido mirar hacia afuera, ver a los demás caminar o simplemente contemplar el paisaje, con la oculta esperanza de que haya cambiado desde ayer y se vea más colorido.

Es imposible. Esperen… allí hay un cambio. La señora que riega las plantas hoy, ayer no estaba. Es broma. Pero al menos me mentalizo en pensar que algo cambia, y eso alegra mi mañana.

Ya he pasado siete veces mi mano por la ventana. Poco a poco el frío se me ha colado en los huesos de los dedos y también lo siento en la palma. Llegamos a la estación.

El transbordo es rápido. No dura más de diez o quince minutos, lo que es bueno. Si tomamos en cuenta la espera a que el tren salga, son veinte minutos en total. Da tiempo a que mi amiga Elizabeth llegue. Ely y yo somos amigos desde que entramos al colegio en básica. Ella es una chica pelirroja, con unas pocas pecas que adornan su tez blanca y resaltan sus ojos verdes. Es toda una gringa-europea, con altura promedio de chilena. Es como esa niña de la película Valiente. Ely es la encarnación de una princesa Disney.

Ella dice que, cuando salgamos del liceo, se irá a vivir fuera. No buscará a su padre, pues no tiene la manía de la mayoría de los jóvenes que crecen sin uno. Normalmente quieren saber quién es y por qué se fue de casa. Esa no es Elizabeth. No quiere la sombra de nadie. Busca realizarse, quiere mundo, tiene hambre de atravesar fronteras, de comidas exóticas.

Hablando de ella, ahí viene. Corriendo con esas piernas flaquitas y su cabello ondulado batiéndose en el aire por la celeridad de su llegada. Se mete al tren. No me ha visto aún, así que comienza a buscarme.

—¡Benja! —grita mientras recorre el vagón, levantando el cuello sobre la gente para ver si me halla.

Me acerco, toco su hombro suavemente y la saludo.

—Hola, Ely.

Ella se vuelve rápidamente y me saluda de vuelta, con un beso en la mejilla.

—Hola, Benja. Tienes una cara de sueño, como si te hubieran echado de la cama.

—Algo así —le respondo.

—Te apuesto a que te acostaste tarde —me dice—. Y tu mamá te despertó.

—Sí, mi…

No alcanzo a decir más y el tren se pone en movimiento. Nos sentamos rápido.

En los trenes no existe el peligro de caerte de improviso, pero no hay que arriesgarse. Además, queda una hora de viaje hasta la ciudad, y no podemos irnos de pie todo el camino. Tengo sueño y quiero dormir un rato. Luego de ubicarme y sacarme la mochila, busco la mejor posición para descansar durante el trayecto.

Despierto un momento y veo a Ely acomodada junto a mí. Ella duerme también. Cierro los ojos, tranquilo.

Percibo que el tren se ha detenido. Vuelvo a abrirlos. Ya estamos llegando a la ciudad.

Le hablo a Ely y ella despierta. Bajamos del vagón y corremos al exterior de la estación en busca de un taxi colectivo para llegar pronto al liceo. Uno se detiene. Nos subimos rápidamente y le indicamos la dirección al chofer, poniéndonos en marcha.

—¿Benja? —me dice Ely—. ¿Estudiaste para la prueba de álgebra?

—Supongo que es una broma. Obvio que estudié. No me va bien en matemáticas por nada.

Es la verdad. Esto es algo que puedo decir a mi favor: soy el mejor de mi curso en matemáticas y lenguaje. No obstante, la historia y las ciencias no se me dan tan fáciles. Todo bien cuando los números y las letras están por separado, pero cuando van juntos, para mí es un problema. Y sí, sé que el álgebra los mezcla, pero por alguna extraña razón no se me dificulta tanto.

El liceo no ha sido un gran desafío en lo que respecta al aprendizaje, pero en lo que es mi debilidad —eso de tratar con personas y llevarme bien con todos— ha sido mi falencia siempre. Ely es un caso aparte. Fue ella quien se acercó a mí y me dio la oportunidad de llevarnos bien y ser amigos. A los demás solo los he conocido por ella, lo cual le agradezco mucho.

—La profe dijo que en las preguntas sobre los signos entrará la materia del viernes pasado —continúa diciendo Ely.

—Sí, entran los signos de operación, relación y agrupación —le respondo—. ¿Y tú estudiaste?

—Sí, hice todo mi esfuerzo. Espero que resulte bien —dice Ely, con un tono confiado y sereno.

Miro por la ventana y veo cómo un auto particular se pasa el semáforo rojo y viene hacia nosotros. Golpea fuerte. El impacto es directo en la puerta trasera del colectivo, justo donde yo estoy sentado. Solo pienso en que Ely va conmigo. Mi mente se enfoca en su bienestar. No logro reaccionar. Me quedo inmóvil. Veo por última vez a Ely… y desaparece el mundo. No siento nada. No hay dolor. Es extraño. No sé si he muerto o no. Solo oscuridad.

Abro los ojos. Ely está sentada a mi lado. Estoy en otro lugar. Algo similar a una pieza de hospital. De hecho, parece un centro médico.

—¡Benjamín está despierto! —grita Ely.

Entra mi mamá.

—¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?

Trato de responderle, pero no puedo. Me tienen puesto algo en la boca. No sé si es una sonda o solo una mascarilla, pero no puedo hablar. Asiento con la cabeza. Mi madre sale a buscar un médico. Ely toma mi mano.

—Vas a mejorar —me dice—. Sufrimos un accidente de auto, pero gracias a Dios nadie falleció. Todo va bien. Bueno, solo tú quedaste más malherido. Has estado tres días en coma, por un golpe en el cráneo. Pero no ocurrió nada más grave. No fui a clases porque vine a verte todos los días. Me han estado chequeando por los raspones y heridas superficiales que me quedaron. Nada complicado. Mientras tanto, esperaba que despertaras. Ahora solo resta que te recuperes para volver a clases…

Sigo escuchando a Ely hablar. Me vuelve a contar de su viaje, de subir a un barco y navegar, o volverse mochilera en un éxodo por el mundo que emprenderá después de salir del liceo. Sin duda, trata de animarme. Ely es una chica linda. ¿Saben qué? Yo también quiero viajar por el mundo y hartarme comiendo cosas raras de otros países. No lo sé, pero quizá, en todos estos viajes mañaneros, subidas y bajadas de transporte, o en los regresos a casa, me he ido involucrando poco a poco en el sueño de esa chica pelirroja. Me he permitido volar sobre sus alas, y honestamente, he aprendido a amar sus sueños. Y me he enamorado de ella. ¿Y quién no lo haría, si su belleza salta a la vista y sus ideas te envuelven como una suave brisa? Yo feliz dormiría en sus brazos y me pegaría a su mejilla con un beso.