Día lluvioso
La lluvia caía sin descanso, empapando la ciudad y ahogando los ruidos del mundo. En lo alto de un edificio olvidado por el tiempo, un joven de mirada vacía contemplaba el abismo que se abría bajo sus pies. No era miedo lo que sentía, tampoco tristeza. Era… silencio. Un vacío pesado, familiar. “Si salto, ¿alguien lo notaría?”, pensó, mientras el viento helado acariciaba su rostro con la ternura que la vida siempre le negó.
Justo en ese momento, una voz femenina rompió el silencio de la lluvia.
—¡Felix! ¡Felix, ¿dónde estás?! —gritó con una mezcla de miedo y preocupación.
Adrian, aún al borde del abismo, frunció el ceño. ¿Una chica… lo estaba buscando? Pero no. Un segundo después, comprendió que no se refería a él. Sus ojos se encontraron con los de un gato negro, pequeño y empapado, que lo miraba fijamente con unos ojos plateados e inquietantes. Estaba a solo unos pasos de él, como si supiera exactamente dónde pararse.
Antes de que pudiera reaccionar, la dueña de la voz apareció. Jadeante, con el cabello mojado pegado al rostro, lo miró confundida.
—¿Eh? ¿Qué hace una persona aquí...? —susurró, desconcertada.
Pero su duda se desvaneció al ver al gato justo al borde, junto a Adrian.
—¡Felix! —exclamó, aliviada.
Corrió hacia él y lo tomó con ambas manos, abrazándolo con tanta fuerza como si fuera lo más valioso que tenía en el mundo.
Adrian no podía dejar de mirarla. Había algo extraño en esa chica. ¿Había subido hasta allí… solo por un gato? Con la lluvia empapándola, sin importarle que el edificio estuviera prácticamente en ruinas, ni el riesgo. ¿Quién haría algo así?
Y luego estaba ese nombre. Felix. La primera vez que lo escuchó, su cuerpo se tensó por instinto. Durante un segundo, pensó que lo llamaban a él. Maldito apellido, pensó con amargura. Incluso en un momento así, la vida se burlaba de él.
La chica, sin embargo, parecía no haberlo notado. Seguía abrazando al gato como si acabara de recuperar un pedazo de su alma.
Alisia, aún abrazando con fuerza al pequeño Felix, sintió de pronto una mirada clavada en ella. Fue entonces cuando recordó que no estaba sola. A solo unos pasos, todavía de pie al borde del vacío, había un chico completamente empapado… y solo.
Lo observó con cierta duda. ¿Quién estaría ahí arriba, en plena lluvia, dentro de un edificio a punto de derrumbarse… y en la parte más alta, además? Algo no encajaba. Algo le decía que ese chico no estaba allí por casualidad.
Adrian notó su mirada inquisitiva y frunció ligeramente el ceño. Se removió, incómodo, y fue él quien rompió el silencio:
—¿Podrías dejar de mirarme como si fuera una especie de bicho raro? —dijo con voz firme, mirándola directamente a los ojos.
El comentario la sobresaltó. Se dio cuenta de que, sin querer, lo había estado analizando con la mirada, y probablemente su cara había reflejado cada uno de esos pensamientos extraños.
—¡Ah! Lo siento… —dijo ella de inmediato, bajando la mirada mientras un leve rubor teñía sus pálidas mejillas.
Alisia volvió a mirarlo, aunque esta vez con menos intensidad y más curiosidad. Era difícil no notar su apariencia: cabello negro como la obsidiana y unos ojos de un morado profundo, casi hipnótico. No era común ver a alguien así… Ya nadie tenía esos colores tan intensos. Por un momento pensó que los lentes de contacto podían ser la explicación, pero enseguida descartó esa idea. Aquellos ojos eran reales. Demasiado reales.
Adrian, por su parte, también se encontró observándola. Y aunque no era del tipo que se dejaba impresionar por una cara bonita, tuvo que admitirlo: había algo en ella que llamaba la atención. Su cabello dorado, brillante incluso bajo la lluvia, y esos ojos rosados y brillantes que parecían no pertenecer a este mundo. Combinado con su peinado ordenado y su expresión inocente, daba la impresión de ser una chica pulcra, casi irreal.
Y por un breve instante, a pesar de todo, él sintió algo parecido a… atracción.
Justo en ese momento, Felix —el gato— empezó a retorcerse entre los brazos de Alisia. Al parecer, ya se había cansado de los mimos. Con un movimiento ágil, logró liberarse y salió corriendo escaleras abajo.
—¡Felix! —gritó Alisia, sorprendida, y sin pensarlo dos veces, salió corriendo tras él.
Adrian la observó con una ceja levantada, aún procesando lo que acababa de pasar. ¿Acaba de… irse así como así?
—Vaya… —murmuró, casi para sí—. Parece del tipo que actúa antes de pensar.
Solo por esa escena, ya había sacado una pequeña conclusión sobre su personalidad: impulsiva, intensa, de esas personas que se dejan llevar por el momento sin detenerse a calcular las consecuencias.
Ella se detuvo brevemente antes de bajar las escaleras. Se giró por un instante, sonriendo levemente:
—¡Adiós, Chico Raro!
Y sin esperar respuesta, desapareció escaleras abajo, su voz aún flotando en el aire.
Adrian parpadeó, algo desconcertado. Cierto… ni siquiera nos presentamos.
Por primera vez en mucho tiempo, sus ojos morados —que hasta ese momento solo reflejaban vacío— brillaron con una chispa sutil. Como si algo, aunque mínimo, hubiera comenzado a moverse dentro de él.
___
Adrian caminaba lentamente, aún sumido en sus pensamientos. Inevitablemente, todos lo llevaban a la chica que había conocido ese día.
No entendía por qué, pero hablar con ella no lo había puesto de mal humor. No sintió esa incomodidad habitual, ese deseo de alejarse de todo y de todos. Al contrario… era como si su voz, su presencia, incluso su torpe forma de actuar, llevaran consigo una especie de aura que lo calmaba.
Incluso ahora, cuando ya no estaba cerca, podía sentir esa extraña paz que ella había dejado tras de sí. Una sensación que no recordaba haber sentido jamás con otra persona.
Es… diferente, pensó, frunciendo ligeramente el ceño.
Su rostro se contrajo brevemente en una mezcla de emociones difíciles de nombrar: confusión, curiosidad… ¿acaso esperanza?
—Bueno… —murmuró con un suspiro leve, mientras las gotas de lluvia seguían cayendo—. Espero saber más de ella.