Seis meses antes
—Los exámenes arrojaron un BIRADS 3. No te preocupes —dijo el médico, sin levantar demasiado la vista—. Esto significa que se ha encontrado un hallazgo probablemente benigno, pero necesitaremos repetir la ecografía mamaria en seis meses. Cuando los tengas, vuelves conmigo y vemos cómo evoluciona, ¿sí?
Hanni no preguntó más. Solo asintió, como si hubiera entendido cada palabra. Salió del consultorio ella sintió una especie de nudo entre la garganta y el pecho, como si su cuerpo supiera algo que su mente aún no quería traducir.
El ascensor tardó demasiado en llegar. En el reflejo opaco de la puerta, se vio pálida, como si su sombra ya no le perteneciera del todo.
Estaba lloviznando cuando salió del edificio médico. No lo suficiente para mojarse, pero sí para enfriarle los dedos. Caminó unas cuadras sin pensar. Tomó un bus sin mirar el cartel. Bajó dos paraderos más allá de lo habitual, y cuando por fin llegó a su departamento, todo lo que quería era sacarse la ropa, bañarse, y dormir.
Más tarde esa noche, el silencio del lugar la golpeó como un eco: El murmullo del refrigerador, el zumbido de la ciudad a lo lejos, y el vacío con forma de pregunta que no se iba.
¿Decirlo o no decirlo?
—¿Cómo le cuento esto a mi mamá? —susurró en voz alta, como si alguien la escuchara.
Su madre era fuerte, pero con los hijos... blanda como papel mojado. Lo dejaría todo, volvería a verla cada semana, no dormiría tranquila hasta que tuviera respuestas. Y su papá, con ese corazón terco de hombre trabajador, pondría buena cara, pero se le notaría el miedo en los hombros. Su hermana diría algo como “hay que esperar el resultado real antes de sufrir”, pero luego pasaría noches buscando cosas en internet y llorando sola sin que su esposo lo notara.
No. No quería eso. No todavía.
Probablemente.
Esa palabra le quedó pegada al pecho como si tuviera peso propio. Desde entonces, Hanni no volvió a ser la misma. No era que creyera que tenía algo grave. No todavía. Pero tampoco podía estar segura de lo contrario. Y vivir en ese espacio incierto, entre el quizás y el esperemos que no, era como caminar en una cuerda floja invisible.
Pasaron dos meses así.
Dos meses en los que se levantaba, se vestía, iba a la florería, regresaba a casa, comía lo justo y dormía mal.
Nada más. No volvió a salir con amigos. No llamó a su familia. No lloró, tampoco. Solo se apagó un poco. Como si alguien hubiera bajado el brillo desde adentro.
El tercer viernes de ese segundo mes, apareció en su departamento sin avisar, con una bolsa llena de chocolates y dulces su mejor amigo Dariel—Estás desaparecida —dijo al entrar—. Y no te creo eso de “ando ocupada”. —Estoy bien —mintió Hanni, hundida en el sillón, con el mismo buzo que llevaba dos días. —Claro. Se te nota lo “bien”. —dijo con tono burlesco.
—Han, no tienes que decirme nada si no quieres. Pero… me preocupas. En serio. Estás apagada. y no me gusta verte así.
Ella no respondió al instante. Miró sus manos, las tenía frías, como si fueran de otra persona. Y entonces, como si soltarlo hiciera menos ruido que cargarlo, lo dijo:
—Fui al médico. Me encontraron algo… en el pecho. No saben qué es. Dicen que es “probablemente benigno”, pero igual tengo que esperar seis meses para repetir los exámenes.
—¿Hace cuánto fue eso?
—Dos meses.
Dariel se quedó en silencio. Luego suspiró, con ese aire protector que sólo él tenía.
—¿Se lo dijiste a tu mamá? —No. No quiero que se asuste. Ella se pone muy mal cuando se trata de nosotros. —¿Y tu hermana? —Menos. Ella tiene a su hijo, su vida… No quiero preocuparla por algo que ni siquiera es seguro.
Dariel no insistió. Se limitó a mirarla un momento, y luego se levantó.
—Listo. Suficiente. Vas a venir conmigo.
—¿A dónde?
—A vivir un poco. Porque esto te está comiendo por dentro. No sé si va a servirte, pero necesito que salgas de acá. Tengo una noche especial planeada. Bueno, medio ilegal… pero con buena música, luces raras y olor a caucho quemado.
Hanni alzó una ceja.
—¿Estás hablando de carreras?
—Clandestinas, sí.
y lo mejor, llena de chicos que de seguro te ara olvidar al menos por un segundo todo esto — y luego de eso una fiesta en la casa de michael uno de los que hoy compiten que te parece?
Ella dudó. Quería decir que no. Pero algo en su cuerpo —algo más viejo que la razón— le pidió ir. Le pidió aire, ruido, desorden. Algo distinto al vacío.
—vendré por ti a las once. No hay vuelta atrás mono.