LOST IN MEMORIES

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Summary

Tras cuatro meses en coma, Elyan Pierce despierta con un misterioso pasado y una acusación que lo deja atónito: es el principal sospechoso de una serie de brutales asesinatos. Sin recuerdos, Elyan se ve obligado a confiar en el detective Damien Brown, el hombre que ha estado buscando justicia para las víctimas. A medida que trabajan juntos para desentrañar la verdad, una tensión romántica comienza a surgir entre ellos. Sin embargo, a medida que los recuerdos de Elyan regresan, revelan secretos oscuros y perturbadores sobre su pasado, lo que pone en duda su inocencia y lo lleva a cuestionar su propia identidad. ¿Es Elyan un asesino o una víctima? ¿Puede Damien confiar en su instinto y en sus sentimientos para descubrir la verdad? Nada es lo que parece, y la verdad podría ser más oscura y peligrosa de lo que nunca imaginaron.

Status
Ongoing
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. VÍCTIMAS

¡Advertencia!

Este capítulo contiene escenas de violencia que, aunque ficticias, podrían resultar perturbadoras o sensibles para algunos lectores. Se recomienda discreción.

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El arma se ajustaba perfectamente en su mano, un peso familiar que había sostenido antes, pero nunca con la intención que ahora lo impulsaba. Aquella noche era distinta, por primera vez, la llevaría con un propósito real. Su corazón latía con fuerza mientras su mente se centraba en el objetivo que lo había llevado a ese lugar.

Con un movimiento rápido y silencioso, forzó la cerradura deslizándose dentro de la casa con el sigilo de una sombra que recorre las paredes. La cocina estaba iluminada, con tella de vinouna bo y dos copas sobre la mesa, testimonio de una velada íntima. Las risas junto a los murmullos del piso superior creaban una atmósfera de anticipación, de expectativa, que lo hizo sentir como un intruso en un momento privado.

Subió sin hacer ruido. En la penumbra del pasillo la puerta del dormitorio estaba entreabierta. Lo que vio dentro le generó un nudo de rabia: la pareja, ajena a todo, envuelta en su propio mundo, como si no existiera consecuencia alguna por sus actos. Pero su misión no era observar, sino actuar. Con el arma aún firme en su mano, supo que no había vuelta atrás.

Se acercó sigilosamente. Apuntó el arma hacia el hombro del hombre; su dedo presionó el gatillo y el disparo resonó en la habitación como un trueno, el cuerpo del hombre se desplomó hacia un lado, manchando las sábanas de sangre roja y brillante. La mujer gritó aterrorizada, con la voz desgarrada, desesperada.

Pero el hombre, sorprendentemente, ignoró el dolor, lanzándose sobre él con una fuerza inesperada, empujándolo contra la pared mientras intentaba arrebatarle el arma. Forcejearon en una lucha desesperada. El arma se le escapó de las manos; antes de que la víctima pudiera alcanzarla, el agresor sacó el cuchillo que llevaba oculto tras el cinturón y lo apuñaló dos veces por la espalda, sintiendo la resistencia de la carne, la hoja penetrando en el cuerpo. La víctima se desplomó sobre la alfombra, mientras su sangre comenzaba a manchar la habitación.

La mujer, aún temblando de miedo, se lanzó hacia el arma con una desesperación que rayaba en la locura, sus ojos estaban desorbitados y su rostro pálido. Pero él fue más rápido, con un golpe seco, pateó el arma hacia un lado, fuera de su alcance. Luego, la agarró por los cabellos, sintiendo su suavidad y su fragilidad, la arrastró de vuelta a la cama, donde la mujer se desplomó con un sollozo desgarrador. El olor a alcohol emanaba de su cuerpo, mezclándose con el miedo que la consumía.

—Por favor, déjame ir— suplicó—. No me hagas daño.

Pero no hubo respuesta. La mirada del agresor estaba fija en ella con una intensidad que la hizo temblar; su rostro reflejaba miedo, y la palidez se acentuó aún más.

La escena se había reproducido en su mente durante días hasta que se convirtió en una obsesión. Había estado imaginando el miedo en los ojos de sus víctimas, el terror en sus gritos, y ahora que el momento finalmente había llegado se sentía casi eufórico. La elección era fácil, ambos eran culpables, y ambos merecían el castigo. Pero él no era un asesino apresurado; se consideraba un artista, un maestro de la manipulación y el dolor. Su objetivo era crear una obra maestra de miedo y sufrimiento, una sinfonía de gritos acompañada por lágrimas que resonaría en su mente para siempre.

Cada detalle debía quedar grabado en su memoria, para que pudiera revivirlo una y otra vez. El olor a miedo, el sabor a rabia, el sonido de los gritos. Todo debía ser perfecto, todo debía ser real. Ahora, con ellos frente a él, sabía que había llegado el momento de crear su obra maestra.

Con una sonrisa cruel y sádica, utilizó el cinturón del hombre para inmovilizar las manos de la mujer a su espalda, sintiendo un placer morboso al escuchar el sonido de la piel rechinando contra el cuero. La corbata del hombre se convirtió en una mordaza para silenciar sus gritos desesperados, que se convirtieron en gemidos ahogados.

Luego, se volvió hacia el amante, que yacía en el suelo, rodeado de sangre que se extendía como una mancha oscura y viscosa. Sus quejidos de dolor eran un bálsamo para su alma, un sonido que lo llenaba de una satisfacción macabra y lo hacían sentirse vivo.

—Has empleado a tu amiguito con la mujer incorrecta —dijo con desprecio—. Ahora voy a mutilarte, dando inicio al juego de dolor y sufrimiento que durará hasta que te quedes sin vida.

El rostro de la víctima se contorsionó en una máscara de dolor y horror, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito silencioso. El agresor se agachó para recoger el pantimedias que yacía en el suelo, a los pies de la cama, enrollándolo en una bola ensangrentada. Con un movimiento brusco, se lo metió en la boca para acallar sus gritos.

Le deslizó la ropa interior, exponiendo su vulnerabilidad. El cuchillo temblaba ligeramente, pero su determinación era inquebrantable. Con un gesto preciso comenzó a mutilar a su víctima, ignorando sus quejidos de agonía y las lágrimas que fluían por sus mejillas.

Su sonrisa se ensanchó al escuchar esos lamentos y al ver el miedo en sus ojos. La sangre comenzó a manar, tiñendo el suelo de rojo, mientras el agresor se sentía invadido por una sensación de poder y control.

La locura lo consumía. Volvió a cubrirlo con su ropa, luego arrastró al hombre hacia la pared, sentándolo en el suelo con un golpe seco que hizo estremecer su cuerpo. Estaba cubierto de sangre y heridas, la ropa desgarrada, ensangrentada. El agresor se aseguró de que el hombre estuviera lo suficientemente consciente para presenciar el próximo acto. La mirada de la víctima reflejaba dolor, pánico y una desesperación absoluta.

La mujer sería la próxima víctima, y el asesino estaba ansioso por comenzar. Su corazón latía con una intensidad que parecía hacer eco en la habitación. La noche estaba llena de posibilidades, y él estaba listo para desatar su furia.

Ella temblaba de miedo, su rostro estaba pálido y desencajado, con el maquillaje corrido por las lágrimas que brotaban de sus ojos desorbitados. Su respiración era agitada, entrecortada, su cuerpo se estremecía con cada movimiento que el agresor hacía.

Se acercó a la cama, la observó recorriendo cada parte de su cuerpo, hasta que su mirada se detuvo en el anillo de matrimonio que lucía en el dedo anular, un símbolo de amor y compromiso que le producía una ira incontrolable. Se sintió consumido por una rabia que parecía quemarle el alma, desde el momento en que la conoció supo que tenía que arrancárselo. Ese anillo era un recordatorio de todo lo que él odiaba, de todo lo que le había sido negado. Ahora, mientras la miraba, supo que tenía que destruirla, tenía que hacer que sufriera.

Con un movimiento despiadado, cortó el dedo con el cuchillo, arrancándolo de su mano con un sonido nauseabundo. El quejido de dolor y terror que escapó de los labios de la mujer y su cuerpo se sacudió por el dolor.

Escuchó murmullos provenientes de fuera de la casa que interrumpieron el trabajo y se asomó a la ventana, su corazón latía con una mezcla de ansiedad y anticipación. Los vecinos de enfrente habían llegado a su hogar, el perro ladraba hacia su dirección, como si presintiera el horror que se escondía detrás de las paredes. Se apartó, sabiendo que debía apresurarse, aunque le hubiera gustado saborear cada momento de su agonía, no podía correr el riesgo de que alguien más se acercara. La oscuridad de afuera parecía cerrarse sobre él, como si la noche misma estuviera conspirando en su contra.

Su mirada se fijó en la pareja, en sus ojos suplicantes y aterrados. No quería manchar su obra con la sangre de un inocente... todavía. Pero sabía que no podía permitirse el lujo de ser sentimental. De cualquier manera, tendría más víctimas que realmente merecían pagar con su vida. Él sería el que decidiría quiénes serían los próximos en morir. La idea lo llenó de una emoción implacable y metódica, entendió que no había vuelta atrás. La noche había comenzado y su obra maestra estaba a punto de ser completada.

El rostro de la mujer, antes tan hermoso, le decían que solo era una máscara de hipocresía y engaño. Era la culpable principal de la infidelidad, y él estaba decidido a hacerla pagar.

Con un movimiento preciso comenzó a desquitarse, asegurándose de que su dolor fuera intenso y prolongado. Hundió el cuchillo en su seno con un sonido sordo, abriendo una herida profunda. La sangre brotó a borbotones, manchando el suelo y empapando sus manos.

Su rostro se contorsionó de dolor, sus ojos desorbitados por el terror y la desesperación. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. La expresión del agresor era de puro desprecio, sus ojos ardían de ira y sus dientes estaban apretados en una mueca de odio. La sensación de control era intoxicante, se sintió invadido por una oleada de sadismo y crueldad.

El hombre yacía inmóvil e inconsciente. Pero la atención del asesino se centraba en ella, en la mujer que había desencadenado la carnicería. Quería que sintiera cada momento de su dolor, que supiera que su traición tenía consecuencias devastadoras. Su mirada se clavó en la suya, vio el miedo y la desesperación reflejados en sus ojos.

Pero sabía que el tiempo era limitado. Cada segundo que pasaba era una oportunidad para que alguien interviniera, para que la policía o algún vecino curioso llegara para interrumpirlo. La incertidumbre era un veneno que recorría sus venas, un veneno que lo hacía sentir vivo, que lo impulsaba a actuar con mayor rapidez y crueldad.

Su respiración era agitada, sabía que estaba al borde de la locura, que el odio y la sed de venganza lo estaban consumiendo. Pero no le importaba. Estaba decidido a terminar lo que había empezado, hacer que ella pagara por su traición, y nada ni nadie lo detendría...