Introducción
En el instante en que la vi cruzar el pasillo improvisado en la arena, mis ojos quedaron anclados en ella, como si el resto del mundo se hubiese desvanecido en una bruma distante. El vestido blanco y etéreo rozaba a ratos sobre pedazos de arena desnuda con la suavidad de las olas al besar la orilla, mientras su cabello bailaba al compás de la brisa marina, ligero y libre como un secreto susurrado al viento. Su sonrisa, radiante, iluminaba más que la luz del atardecer que empezaba a pintar el cielo, y sus ojos… sus ojos brillaban con una ilusión tan pura que parecía capaz de encender estrellas.
En ese momento, me sentí el hombre más afortunado del universo. Tener frente a mí aquella escena, tan perfecta e irreal, me hizo comprender que no había nada más importante, que todo lo demás —el murmullo de los invitados, la música de fondo, incluso el vaivén del mar— había desaparecido, dejándome solo con ella.
Nuestros ojos se encontraron, y en ese cruce silencioso, un leve gesto suyo, apenas perceptible para el resto, me lo dijo todo. Fue un susurro invisible, un latido compartido que me confirmó que ella, y solo ella, sería para siempre el amor de mi vida.