Caelum

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Summary

¿Y si el príncipe destinado a nada fuera la pieza más peligrosa del Imperio? Leonhart Caelum no quiere ser emperador. No quiere liderar, ni luchar, ni siquiera destacar. En una familia de genios, santos y guerreros, él solo quiere dormir, leer en silencio... y pasar desapercibido. Pero cuando un plano prohibido se abre, cuando una criatura imposible lo elige, y cuando un símbolo antiguo despierta en su sangre, todo cambia. Ahora, los gremios lo vigilan. Los dioses lo nombran sin su permiso. Su madre esconde un pacto sellado en lágrimas. Y el mundo entero empieza a moverse... alrededor del príncipe que no quería mover nada. No está destinado a ser héroe. No fue entrenado para reinar. Pero si no elige pronto quién quiere ser... otros decidirán por él. Fantasía política, mitología original, conspiraciones imperiales y una historia donde la verdadera fuerza está en resistirse al destino.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: “El Cuarto Príncipe Prefiere Dormir”

"Si uno nace en la realeza, lo lógico es que uno aspiré al trono.

Si uno nace con talento, lo natural sería explotarlo.

Si uno es hijo de ese hombre...lo inevitable es entrar en el traicionero juego de poder.

Y sin embargo yo -Leonhart Caelum- no tengo el mínimo interés en nada de eso."

El sol dorado se filtraba por los vitrales imperiales, dibujando figuras sagradas sobre las alfombras de terciopelo. En el centro de esa luz celestial, había un joven tumbado boca abajo sobre un diván de plumas, envuelto en libros abiertos, ropas sin abotonar y una expresión de absoluta paz.

Leonhart Caelum, cuarto hijo del Emperador de la Humanidad, del fundador de la Segunda Unificación, heredero de una sangre que brillaba como el oro... roncaba suavemente.

—¡Leonhart! —una voz cortó el aire como una lanza de hielo—. ¿Sigues durmiendo en medio de la ceremonia de presentación?

—¿Presentación...? ¿Ceremonia...? —preguntó medio despierto, frotándose los ojos—. ¿No era hoy el festival de las gachas de avena?

—¡Es la audiencia imperial ante los enviados del Reino de los Espíritus!

—Ah. Eso suena... tremendamente aburrido.

Y sin más, intentó girarse para seguir durmiendo. La criada que lo había despertado —una joven de la Casa Edimburg, encargada de su educación desde niño— contuvo las ganas de arrojarle la bandeja de té.

Mientras tanto, en los salones principales del Palacio del amanecer, sus nueve hermanos desfilaban uno por uno ante las delegaciones extranjeras, sus nombres resonando como tambores de guerra.

Leonhart, el cuarto príncipe, no estaba allí.

Porque él había tomado una decisión:

No pelear por el trono. No liderar ejércitos. No obedecer las expectativas.

Él solo quería vivir tranquilo.

Lástima que la historia tenía otros planes.

Leonhart suspiró, aún recostado entre cojines bordados con hilos de oro.

—¿Sabes qué es peor que la política imperial? —murmuró, con una voz pastosa de sueño—. La política entre razas mágicas que pueden volarte la cabeza con una ceja mal arqueada...

—Eso no es una excusa válida para ausentarse de una audiencia diplomática con los emisarios espirituales, alteza —replicó la criada con una mezcla de resignación y severidad.

—Eso lo dice alguien que nunca tuvo que hablar con un Espíritu Ancestral. Te lanzan acertijos, te miran como si fueras inferior por tener carne... y luego desaparecen antes del postre.

Se sentó con desgano, su cabello castaño claro cayendo en ondas desordenadas sobre sus ojos dorados. Ojos como los del Emperador. Una maldición disfrazada de herencia.

Tenía el porte de un noble, aunque sus ropas arrugadas y su actitud perezosa hicieran pensar lo contrario. Su figura era esbelta, más elegante que musculosa, aunque bajo esa apariencia lánguida se ocultaban reflejos pulidos en entrenamiento desde la infancia. Pese a no desearlo, Leonhart era —en toda regla— un príncipe formidable.

O lo sería, si le importara.

Mientras se obligaba a vestirse con un mínimo de dignidad, su mente divagó, como siempre, hacia los libros dispersos sobre su escritorio.

Uno de ellos aún estaba abierto por una página que llevaba garabateada una línea familiar:

“En la Guerra de las Veinte Razas, solo diecisiete sobrevivieron.”

La historia oficial era bien conocida: hace más de un milenio, las razas del mundo se enfrentaron en una guerra total que casi extinguió a la humanidad. Solo gracias a la aparición de un hombre —el Primer Rey Solar— la humanidad sobrevivió, unificada por primera vez bajo un solo estandarte.

Luego vinieron siglos de fragmentación, traiciones, guerras internas... hasta que el actual emperador, Gawain Phoenix, el padre de Leonhart, impuso la Segunda Unificación. Conquistó, casó, doblegó y negoció hasta reunir a todos los reinos humanos bajo su corona. Y para sellar esa unidad, tuvo un hijo con cada facción.

Leonhart era el cuarto.

Y si bien el linaje lo ubicaba como uno de los más destacados, él siempre pensó que era mejor dejar las ambiciones a los demás.

Pero el mundo no lo dejaba tranquilo.

Con cada hebilla que se cerraba a regañadientes, con cada capa acomodada a la fuerza sobre su espalda, Leonhart sentía que parte de su alma moría lentamente.

—¿Es realmente necesario que me presente? —preguntó mientras ajustaba el broche de su túnica, que parecía decidido a estrangularlo—. No pueden ignorarme simplemente... como siempre hacen.

—Esta vez no —respondió la criada—. Han preguntado específicamente por todos los herederos. Uno por uno. Y no aceptan dobles, ilusiones ni excusas.

—Son más tercos de lo que recordaba.

—Dicen que es un asunto relacionado con la Trama.

Leonhart se detuvo en seco.

El aire pareció pesar un poco más en la habitación. Los pájaros, fuera de la ventana, callaron como si también quisieran oír.

—¿La Trama? —repitió con voz baja, casi somnolienta.

—Sí. Afirmaron que uno de los príncipes ha sido... marcado. Por un eco antiguo. Por un sueño del mundo.

Leonhart apretó los dientes. No por miedo. Sino por resignación.

Sabía que esto pasaría. Algún día. Alguna vez.

Desde que tenía uso de razón, los sueños de Leonhart eran diferentes. No eran visiones vagas o fantasías banales. Eran estructuras. Lugares completos. Ecos que hablaban. Sombras con nombre. Sentía cómo su alma caminaba en planos paralelos, y cómo, a veces, traía cosas de vuelta: fragmentos de lenguas muertas, emociones ajenas, símbolos que nadie reconocía pero que los sabios del Imperio temían.

Despertó a la Trama antes de aprender a escribir.

Lo clasificaron como un Onírico Conceptual, un tipo de Despierto rarísimo, con el poder de interactuar con la Trama desde el subconsciente. Su alma tenía afinidad con lo simbólico, lo invisible, lo imposible.

Podía soñar con lugares que aún no existían… y hacerlos reales.

Y por eso mismo… detestaba usarlo.

—Genial —masculló, desganado—. Van a intentar convencerme de convertirme en un puente entre razas, ¿no? O en un recipiente para algún espíritu antiguo. O peor... en un símbolo de unidad.

—Eso… o en un sacrificio diplomático —añadió la criada sin ironía.

Leonhart suspiró.

—¿Y si me desmayo en medio de la sala? ¿Crees que cuenta como un no?

—Cuenta como una provocación interestatal. Y posiblemente como un casus belli.

—Maravilloso. Entonces… a sonreír y fingir que me importa.

La criada asintió, sin decir nada más. Lo conocía bien. Sabía que debajo de la desgana, del humor seco y del aura de apatía, había una mente afilada como un espejo roto.

Leonhart no quería involucrarse.

Pero eso no significaba que no entendiera exactamente lo que estaba ocurriendo.

Los Espíritus habían soñado con él.

Y él... los había soñado primero.

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Salón de los Ecos — 3 horas después

La sala estaba tallada en mármol etéreo, cubierto por símbolos que solo podían verse con el alma despierta. Las delegaciones de las razas aliadas observaban en silencio, conteniendo el aliento mientras la voz principal de los enviados del Reino de los Espíritus se alzaba:

—Entre ustedes... hay un hilo suelto en el tapiz del destino. Uno que no sigue el patrón. Uno que puede reescribir la urdimbre misma.

—¿A quién se refieren? —preguntó el Primer Príncipe, adelantándose.

—A él.

Todos giraron al unísono cuando se abrieron las puertas.

Leonhart Caelum, con el cabello desordenado, la capa arrugada, y una expresión de completa indiferencia, bostezó con desgano y entró.

—Hola —dijo, frotándose un ojo—. ¿Empezaron sin mí?

Silencio absoluto.

Hasta que una figura cubierta por un velo espiritual dio un paso al frente. Tenía la forma de una joven, pero flotaba levemente sobre el suelo, como si estuviera hecha de neblina y recuerdos.

—Tú soñaste con nosotros, Príncipe Dormido.

Y nosotros soñamos contigo.

Leonhart alzó una ceja.

—¿Tú también eras la montaña que cantaba?

—No. Yo era la espada que lloraba.

Los murmullos se apagaron. Incluso los embajadores más altivos guardaron silencio cuando la enviada espiritual —la que se presentó como la Espada que Llora— levantó la mano. Cuatro figuras etéreas emergieron detrás de ella: cada una encarnaba un elemento primordial, con forma humanoide pero ojos de relámpago, fuego, viento y roca viva.

—Antes de que los reinos, los imperios o las razas nacieran… ya existía la Trama —dijo la figura envuelta en llamas, su voz vibrando como brasas ardiendo en una caverna—. No es poder. No es magia. Es la urdimbre que sostiene la existencia.

—Los humanos la descubrieron tarde —añadió el de voz líquida, hecho de agua y reflejos—. Cuando soñaron demasiado fuerte… y los sueños comenzaron a responderles.

—La Trama se manifiesta en quienes despiertan —prosiguió el elemental de tierra, tan sólido que hacía temblar el suelo al hablar—. Ellos son los Despiertos. Sus almas tocan la raíz invisible de lo real.

Leonhart parpadeó, sin disimular su aburrimiento.

—Sí, sí. El Gran Poder Místico Inexplicable. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

La figura del viento danzó a su alrededor, dejando un rastro de motas plateadas en el aire. Habló sin moverse la boca.

—Tu alma… no solo despertó. La tuya navega entre capas. Canaliza, teje, moldea. Eres lo que los antiguos llamaban un Soñador Estructural. Un Onírico Conceptual.

—Y eso es malo… ¿por qué?

—Porque eso te convierte en un punto de inflexión.

Un lugar donde la Trama puede bifurcarse.

Un nudo vivo.

Un ancla... o un error.

Leonhart se rascó la cabeza.

—...Ok, eso sí suena grave.

La figura de fuego alzó las manos, y símbolos danzaron en el aire, formando un círculo giratorio. Era como un glifo vivo, lleno de líneas móviles y constelaciones en miniatura.

—La Trama se manifiesta en fases:

1. Despierto: percibe los hilos, los ecos, las distorsiones. Es el primer contacto con el tejido oculto del mundo.

2. Canalizador: puede atraer energía de la Trama, convertirla en fuerza, magia o influencia sobre el entorno.

3. Tejedor: entrelaza conceptos, modifica estructuras de poder o realidad limitada. Son los que alteran reglas.

4. Portador de Autoridad: impone una ley personal al mundo. Su Trama se impone a otras, como una realidad portátil.

5. Ancla de Realidad: su existencia afecta el orden. Son centros de gravedad narrativa. Cambian el destino.

—¿Y yo en cuál estoy? —preguntó Leonhart.

La enviada espiritual lo miró fijamente.

—En el límite entre Tejedor… y algo que no debería ser.

Leonhart tragó saliva. Por primera vez, la somnolencia se le esfumó un poco.

—Fantástico. Ya puedo sentir la paranoia venir de todos los presentes…

—No te preocupes —susurró el viento, como una caricia de muerte—. Aún no has elegido tu clase.

—¿Clases? ¿Esto es una academia ahora?

La figura de agua extendió la mano, y frente a todos, siete arquetipos de luz comenzaron a girar como cartas místicas:

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Clases de los Despiertos:

1. Elementalistas

Afinidad con elementos primarios o avanzados. Controlan, conjuran, combinan o desatan fuerzas naturales.

—Fuego, hielo, tormenta, veneno, cristal, sombras…

2. Oníricos

Manipulan sueños, recuerdos, símbolos y emociones. Alteran percepciones y pueden navegar planos mentales o simbólicos.

—Como tú, dijo el viento.

3. Conjuradores

Traen entidades, ideas o seres desde otras capas de la Trama. Pactan, invocan, encarnan fuerzas externas.

—Dioses menores, conceptos vivientes, fragmentos del vacío…

4. Selladores

Limitan, bloquean, cancelan o contienen. Son lo opuesto al caos. Custodios del orden.

—Barrera contra ideas, sellos de memoria, prisiones espirituales…

5. Tecnomantes

Fusionan Trama con herramientas. Encantan, programan, arman realidades.

—Golems de código, armas con voluntad, mecanismos con alma…

6. Heréticos

Rompen las reglas del sistema. Su Trama está contaminada o es inestable. Tienen poder prohibido.

—Cambian el pasado, anulan futuros, consumen realidades…

7. Virtuosos

Canalizan la Trama a través de habilidades mundanas llevadas a lo imposible. Música que cura. Danza que mata. Pintura que atrapa almas.

—Dominio absoluto de un arte como puente hacia lo sagrado…

8. Guerreros, que doblan el cuerpo y la voluntad a la Trama misma.

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La sala entera quedó en silencio. Incluso los príncipes más arrogantes miraban a Leonhart con una mezcla de miedo y respeto.

Él solo bostezó.

—¿Y qué pasa si no quiero ninguna?

La figura del fuego respondió:

—Entonces tu poder elegirá por ti.

Leonhart alzó una ceja.

—Genial. Lo que siempre quise: que una fuerza cósmica con sentido dramático decida mi carrera profesional.

Se puso de pie lentamente, sacudiéndose las mangas arrugadas de su túnica como si fuera el único problema real del momento.

—Bueno, ha sido una clase fascinante de filosofía mágica… pero si me disculpan, prometí a mis cojines una siesta antes del almuerzo. No quiero romper la Trama del descanso, ¿saben?

Se giró con toda la calma del mundo, sin esperar permiso ni despedidas. Solo al pasar junto a los elementales, se detuvo por un segundo.

Y entonces lo sintió.

El leve tirón en el aire. Como si un hilo invisible —uno solo, pero tenso— lo atara a esa sala, a esos ojos, a esa decisión que fingía no haber tomado.

Los espíritus no dijeron nada.

Solo lo observaron mientras salía, y durante un instante… una runa onírica brilló brevemente sobre su sombra. Un símbolo arcaico que ningún humano presente supo reconocer.

Pero los elementales sí.

Él ya había elegido.

Aunque aún no lo supiera.