Capítulo 1-Donde Todo Comenzó
Nací en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial, en la isla de Bioko, cerca del barrio Semu. Mi infancia estuvo marcada por experiencias que me enseñaron a mirar el mundo de una manera especial.
Mi casa era larga y rectangular, pegada a las de los vecinos por los lados y también por atrás. Era como si todas las casas se abrazaran, aunque en realidad estábamos todos buscando un espacio propio. Las paredes estaban llenas de grafitis y la calle era estrecha, con una carretera que subía hacia el norte y bajaba por el sur. Al este estaba mi casa, mirando de frente a ese movimiento constante.
No era la casa más grande del barrio, pero era cómoda. De derecha a izquierda, lo primero que encontrabas era la cocina, y detrás una habitación. Le seguía un salón sencillo, después el cuarto de mi abuela, y al final una puerta que daba a un bar. Ese bar lo manejaban mis abuelos, aunque en realidad era mi abuela la que estaba siempre detrás del mostrador, sirviendo y sonriendo. Yo la ayudaba como podía, aunque apenas tenía cinco años.
Vivía con mi abuelo materno y su mujer, a quien yo llamaba mamá. En realidad, no era la madre biológica de mi madre, pero para mí lo fue todo. Yo no sabía que tenía madre, porque cuando nací, mi mamá de verdad se fue a España a buscar trabajo. Así que crecí creyendo que mi abuela era mi madre. Me enteré de la verdad más tarde, y aunque me dolió, nunca dejé de llamarla “mamá”. A día de hoy, todavía lo hago.
Conmigo vivía también mi hermana pequeña, apenas un año menor que yo. Éramos inseparables. Ella era mi compañera de juegos, mi refugio, la única que entendía mis silencios. Los vecinos eran amables, y los niños del barrio…
¡Éramos como una pequeña tribu!
Semu era un barrio vivo, lleno de gente, colores y voces. Era famoso por su mercado: allí encontrabas de todo, desde agua bien fría hasta ropa de mercadillo. A veces las calles parecían un caos, con casas medio demolidas, piedras por el suelo y el cielo inmenso vigilando desde arriba. Pero en la noche, cuando encendían fogatas en la carretera, todo cambiaba. El fuego iluminaba los rostros, y por un momento todo parecía más cálido.
Los días se llenaban de juegos. Las chicas hacían desfiles en la calle, inventando pasarelas con lo que tenían, y los chicos construían coches de carreras con sus propias manos. Yo era feliz cuando podía escaparme al río, sentir la naturaleza, hablarle a la luna. Sí, le hablaba. Sentía que nadie más me escuchaba, pero la luna y los árboles siempre estaban ahí. Eran mis confidentes.
El barrio sonaba fuerte: música, risas, discusiones, el bullicio del mercado… pero mis sonidos favoritos eran otros: el viento entre los árboles, los animales, el fuego crepitando y, sobre todo, la lluvia golpeando la tierra. Y el olor… ¡Ese olor! Tierra mojada, pescado fresco que mi abuela preparaba, fruta madura. Era como si todo tuviera vida propia.
Mis días empezaban temprano: me levantaba, ayudaba a limpiar y me iba a la escuela, a veces sola con mi hermana, otras veces con mi abuela. Después jugábamos con piedras, bailábamos, cantábamos… éramos niñas felices en medio de una vida que, aunque no lo sabíamos, era complicada.
En mi casa había costumbres que daban forma a nuestra vida. Como en casi todo Guinea Ecuatorial, éramos una familia católica. Los domingos íbamos a misa, aunque confieso que lo que más me gustaba no era la iglesia, sino caminar por las calles, ver a la gente arreglada, los saludos, las risas. Había también las celebraciones del barrio, la Navidad, los bailes, la música. Todo se vivía al máximo.
Pero, entre todo eso, lo que más me gustaba era ese momento del día en que mi abuelo no estaba en casa. Cuando la casa quedaba en silencio y podía soñar en paz.
Ese día hacía un sol radiante y el aire olía a fruta madura. Yo estaba feliz porque íbamos al río. Corría descalza, riendo con mi hermana, sintiendo la tierra caliente bajo mis pies. Nos gustaba saltar sobre las piedras, escuchar el canto de los pájaros y jugar a que el río era nuestro mar.
Éramos libres. Por un momento, todo era alegría: el viento en la cara, la voz de los niños mezclándose con la corriente del agua. Yo recogía piedras brillantes y las guardaba como tesoros, pensando que algún día las convertiría en joyas.
Pero la magia no duraba mucho. Bastaba escuchar los gritos desde la casa para que todo se derrumbara. El sonido de su voz, fuerte y grave, atravesaba el aire como un machete. Sabía que algo estaba mal. Sabía que cuando regresáramos, no habría risas ni juegos. Solo silencio y miradas frías.
Yo no entendía por qué el mundo cambiaba tanto de un segundo a otro. ¿Por qué la alegría se apagaba tan rápido?
Por las noches, cuando todos dormían, buscaba mi refugio. Me sentaba en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y miraba la luna por la ventana. La luna era mi amiga. Le hablaba bajito, como si pudiera escucharme: —No quiero que esto siga así… —susurraba, sin saber exactamente qué significaba ese “esto”.
Sentía que solo ella me entendía. Le contaba mis secretos, mis miedos y mis sueños: que quería ser libre, que quería un mundo donde no tuviera que temer los gritos ni las miradas. Y aunque no recibía respuestas, su luz me hacía sentir menos sola.
Así crecí: entre juegos bajo el sol y conversaciones silenciosas con la luna, entre risas que se apagaban y sombras que se alargaban en mi casa. Sin saberlo, ya estaba viviendo entre dos mundos: uno lleno de colores, otro lleno de sombras.
“Ese fue el inicio de mi camino: un camino entre dos mundos.”