Capítulo 1: Ella no sonríe

Julieta odiaba los centros comerciales; el aire artificial, la música demasiado alta, la gente caminando sin rumbo con bolsas en las manos y sonrisas vacías, todo le resultaba insoportable. Pero ahí estaba, un martes a las seis de la tarde caminando entre vitrinas con expresión de fastidio y un café en la mano.
—No puedo creer que me hayas hecho esto —refunfuñó al teléfono.
—Es solo un regalo, Juli. Busca algo lindo, moderno, femenino. Sos abogada, no extraterrestre.
—Justamente, soy abogada; mi trabajo es redactar escritos judiciales no elegir carteras o blazers.
La voz de Luciana, su socia, se perdió en la línea. Julieta colgó, caminó un poco más y se detuvo frente a una tienda con un cartel que decía: “Vestite como sentís”. Rodó los ojos y entró, el aroma a vainilla la golpeó de inmediato. La tienda era pequeña pero colorida, decorada con luces cálidas y frases motivacionales en las paredes, demasiado para su gusto. Y justo cuando pensaba salir y rendirse…
—Hola, bienvenida —dijo una voz suave detrás de ella.
Julieta se giró, lentamente y entonces la vio.
La joven tenía el cabello recogido en una trenza desordenada, una camisa blanca metida dentro de un jean claro y una sonrisa que parecía sincera.
—¿Buscás algo en especial? —preguntó, ladeando la cabeza.
Julieta tardó un segundo más de lo necesario en responder.
—Un regalo. Para una socia, algo… normal.
—¿Normal? —repitió la chica, conteniendo una risa.
—Sin brillos ni frases inspiradoras, mariposas o unicornios.
La chica sonrió de nuevo, más amplio esta vez.
—Sos directa, eso me gusta. Me llamo Alma.
—Julieta —dijo, automáticamente, como si fuera una entrevista laboral.
—Bueno, Julieta… ¿te puedo mostrar algo qué no tenga brillos ni unicornios?
Julieta asintió sin entender por que su corazón estaba un poco más despierto que antes.
Mientras Alma buscaba entre percheros, hablaba, comentaba, hacía chistes, Julieta se sorprendía mirándola más de la cuenta, no entendía por que, no era el tipo de persona que la descolocaba; de hecho, nadie lo hacía.
—¿ No sonreís nunca? —preguntó Alma, mientras le mostraba un blazer de lino.
Julieta levantó una ceja.
—¿Te interesa la respuesta cómo vendedora o cómo persona?
—Como persona —dijo Alma sin vacilar.
Julieta bajó la vista.
—No mucho. Supongo que no tengo motivos.
—Entonces capaz que necesitás más de lo que viniste a buscar.
Y ahí estaba esa frase sencilla; como lanzada al aire pero que se le clavó hondo.
Julieta compró el blazer, agradeció y salió sin mirar atrás.
Pero esa noche, mientras se desmaquillaba frente al espejo, la frase volvió, con la voz de Alma en el oído:
“Capaz que necesitás más de lo que viniste a buscar.”
Y por primera vez en mucho tiempo sonrió un poco.