Capitulo 1 – La biblioteca prohibida
Capítulo 1 – La biblioteca prohibida
Huir era la mejor opción…
Y la más cobarde.
Pero Ariadne sabía algo que los libros nunca decían: uno no vive para siempre siendo valiente.
Apretó el broche contra el pecho, sintiendo cómo pulsaba con una vibración sorda, como un corazón que no era suyo. La carta, aún fresca con tinta viva, se desvaneció entre sus dedos como si hubiera cumplido su función. El mensaje había sido recibido.
Entonces, sin hacer ruido, retrocedió.
Conocía cada rincón de la biblioteca. Sabía cuáles escalones crujían, qué vitrinas reflejaban el mínimo movimiento, y cuál era el camino más directo al ala oeste, donde un pequeño pasaje de mantenimiento —sellado para casi todos— conducía a una salida trasera cubierta por las glicinas del jardín interno.
El broche volvió a arder, más fuerte.
Los pasos se acercaban.
Pasaron frente al pasillo lateral. No eran apresurados, ni cautelosos. Caminaban con seguridad, como si la figura supiera perfectamente hacia dónde ir… o a quién buscar.
Ariadne contuvo el aliento y giró por una estantería que conducía a un pasadizo oculto tras un panel de madera falsa. La empujó con los nudillos en un patrón de tres golpes cortos y dos largos.
Click.
Se abrió apenas lo suficiente para deslizarse.
La humedad del pasaje la envolvió al instante. Allí dentro no había luz salvo la tenue chispa azulada del broche, que ahora parecía guiarla. La puerta se cerró detrás de ella sin que hiciera nada.
Y en ese momento, escuchó algo.
Una voz, apenas un susurro. Familiar. Cercana. No humana.
— “La sangre la llama… y no sos la única que la oye.”
Ariadne no respondió.
Caminó con rapidez por el pasadizo hasta llegar a una trampilla de hierro que daba al jardín interior. La abrió con esfuerzo y emergió entre ramas torcidas, mojadas por la llovizna nocturna. El aire libre la recibió con un golpe de frío y olor a tierra.
Estaba fuera. A salvo.
Por ahora.
Pero no era un escape.
Era una invitación no respondida.
Y quien había entrado… seguramente no tardaría en volver a intentarlo.
Una hora después, Ariadne regresaba a su departamento oculto dentro de la universidad, aún empapada. Colocó el broche sobre la mesa, encendió una vela, y desplegó un viejo mapa de Inglaterra. Buscó al este, hacia los bordes del condado de Goring.
Allí, entre líneas mal trazadas y manchas de humedad, encontró el nombre.
Blackwood Manor.
Y al lado, escrito a mano en tinta desteñida:
Propiedad expropiada.
Entrada prohibida por decreto de la Dama Ministra.
Peligro de derrumbe… y de maldición activa.
Ariadne no sonrió.
Pero sus ojos brillaron con algo que hacía años no sentía.
Determinación.









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