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Placer y Riqueza

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Summary

Fiestas, dinero y orgías son algunas de las palabras que se relacionan con el príncipe de México, Dylan Covarrubias. Él piensa que todo lo puede comprar, incluso la salud, pero sucede lo impensable, por lo que le queda poco tiempo de vida. Sin embargo, hace algo oscuro para salvarse y todo mejora para él; pero, una noche, un miembro le da el mejor regalo que nunca ha tenido: tomar a un chico virgen. Es así como, Dylan, se obsesiona con el muchacho. ¿Qué hará Santiago cuando se entere de toda la verdad? ¿Existe el perdón para el mayor pecador?

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4.0 (2 reviews)
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18+

Carne

Yo era el monarca de este mundo.

Cuando tenía veinticuatro años, la gente decía que era atractivo y yo aprovechaba eso a mi favor, de la misma manera que hacía con el dinero de mi padre. Así, obtenía exactamente lo que deseaba y en el momento en que lo deseaba.

Esta noche, quería dejar todo atrás.

En todos lados había cuerpos de hombres atractivos, cada uno deseando una parte de mí. Me movía entre ellos permitiendo que mis manos se deslizaran por cualquier piel o que mi boca buscara la de otro, cuya identidad no me molesté en aprender.

—Dylan...

Todos susurraban mi nombre como si fuera una oración.

Sentí unas manos en mi espalda y me volví para besar a la persona que las poseía, sin ni siquiera observar bien su rostro. No importaba, porque todos deseaban tocar al hijo de Armando Covarrubias, y a quien ellos consideraban que lo poseía todo.

Sin embargo, alguien me lanzó hacia el inmenso sofá de cuero y, de pronto, cuerpos cayeron sobre mí como una ola. Me tocaron en todas partes: mis piernas, mi pecho y varias manos desabrocharon mi pantalón.

Mientras una boca descendía por mi entrada, lamiendo y preparando, otra me besaba de forma casi violenta. De repente, sentí que me alzaban las caderas y alguien entraba en mí, a la vez que yo introducía mi mano en el pantalón del chico cuya cara estaba hundida en mi cuello.

Me encontraba justo donde deseaba estar y no me preocupaba quién era quién, porque mientras sus cuerpos me dieran placer... todo estaba bien.

Me corrí mordiéndole la piel a un modelo para silenciar mi propio grito; no obstante, el placer solo lo abrigaba temporalmente, porque requería algo más. Por lo que me incorporé con un empujón entre la maraña de cuerpos sudorosos y todos me miraron aturdidos, como si el sol se hubiera apagado de repente. Me dirigí hacia la mesa de centro y tomé mi abrecartas de plata con el emblema de mi familia.

De repente, la música sonaba lejana y la habitación quedó en un silencio extraño.

—Los pactos de sangre son los únicos sinceros —dije.

Las había escuchado en algún lugar y me las apropié. Sin vacilar, me hice un corte en la palma de la mano y tan pronto empezó a salir sangre, me llevé la herida a la boca. Sentí que el vacío que me estaba molestando... se esfumó; acto seguido, extendí mi mano ensangrentada al resto de los zombies.

—¿Quién desea experimentar la inmortalidad? —inquirí sonriendo.

Uno tras otro, agarraron mi mano y lamieron mi sangre, y noté que sus ojos resplandecían como si fueran polillas a un fuego. Y por cierto... era asqueroso y perfecto a la vez, por lo que les di el abrecartas para que hicieran lo mismo. Pronto, comenzó una comunión de sangre.

Yo los miraba, sintiéndome como si fuera un dios de la lujuria. En ese momento, pensaba que era intocable y que las dolencias, las enfermedades y los efectos eran problemas de la gente común, en particular de aquellos que llevaban vidas monótonas.

Cuando el sol empezó a salir, se fueron y me quedé solo en medio del desastre que conllevaba a ver vasos, botellas y semen por todos lados.

Me levanté de la cama, pasando por encima de un par de calzoncillos que definitivamente no eran míos, y fui directo a la ducha. Mientras el agua caliente caía sobre mí, miré mi mano donde estaba el corte de anoche.

Nada de qué preocuparse.



Cuando sentí el primer indicio de que algo andaba mal, fue dos semanas más tarde. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, que no tenía nada que ver con el aire acondicionado o el frío de a temporada; me sentí débil, pero lo achaqué a la resaca y a las drogas. Me tomé un par de analgésicos y seguí con mi día, que consistía básicamente en no hacer nada.

No obstante, la sensación fue aun peor al cabo de unas horas.

Un día después, apareció una pequeña lesión en mi labio inferior. Al principio pensé que era un herpes, algo molesto pero normal, por lo que la pasé por alto; sin embargo, unos días más tarde, cuando me vi en el espejo del baño, observé algo distinto: un sarpullido que cubría mi espalda y mi torso.

No sentía pánico, porque mi cuerpo era mío y no tenía derecho a mancharse con una erupción cutánea vulgar como si fuera el cuerpo de un cualquiera.

Tomé mi teléfono y llamé a un número de mi agenda privada.

—Doctor Morales —contestó una voz profesional.

—Morales, soy Dylan Covarrubias. Necesito que vengas a mi apartamento, ahora.

No era una petición.

El doctor Morales era un hombrecillo gris que mi familia tenía en nómina precisamente para problemas discretos que el dinero debía solucionar. Llegó en menos de una hora, con su maletín y su cara de perpetua preocupación.

—¿Qué ocurre, joven Dylan? —preguntó, manteniendo una distancia respetuosa.

—Míralo tú mismo —dije, quitándome la camiseta.

Examinó el sarpullido sin tocarme, y su expresión no cambió, pero vi algo clínico que me dio asco.

—Necesito tomar una muestra de sangre —dijo en voz baja.

Rodé los ojos.

—Haz lo que tengas que hacer, pero date prisa. Y quiero saber qué es esto hoy mismo.

Me pinchó el brazo con una aguja y después de lo que me pareció una eternidad, al final se marchó con un tubito pequeño de mi sangre. Detesté esa sensación de vulnerabilidad por resolver un problema físico con una orden.

El resto del día, permanecí vagando por mi apartamento como un animal enjaulado hasta que, esa tarde, recibí la llamada.

—Joven Dylan, tengo los resultados.

Su voz era aún más cautelosa.

—Habla ya, Morales.

Se hizo una pausa. Él sacó el documento, lo que prolongó mi sufrimiento; me di cuenta porque oí cómo movía las hojas. Finalmente, respiró.

—Es sífilis.

Sonaba como una enfermedad vieja y sucia que pertenece a los libros de historia. Es como un insulto, ya que no era una enfermedad para alguien de mi tipo.

—¿Estás bromeando? —espeté.

—Los análisis son concluyentes. La buena noticia es que, en esta etapa, es completamente curable. Con un tratamiento de penicilina, desaparecerá sin dejar rastro.

—Bien. Entonces ven y ponme esa puta inyección. Quiero que esto se olvide mañana mismo.

Colgué antes de que pudiera responder y me quedé mirando la ciudad a través del ventanal. No estaba realmente estaba furioso, era como encontrar una cucaracha en un hotel de cinco estrellas.

Jamás me había pasado esto, ni siquiera en aquella fiesta donde estuvimos tan urgidos que aceptamos traer prostitutas de la calle. Supongo que para la próxima debo ser más cauteloso.

Ese mismo día, Morales volvió, y sin perder el tiempo, preparó la jeringa bajo mi enojada mirada y, tras unos minutos de agonía, sentí pinchazo en el glúteo. La penicilina era un líquido espeso que sentí arder al entrar en mi músculo.

—Con esto bastará —dijo Morales, guardando sus cosas—. Recomendaría un periodo de abstinencia y...

—Ya puedes irte —interrumpí.

Cuando se fue, me quedé de pie en medio de mi salón impecable. El sarpullido se iría, porque la aguja había solucionado el problema. Era así de simple.

Me acerqué al bar y me serví un whisky solo y me lo bebí de un trago. Observé mi reflejo en el vidrio sabiendo que aún era perfecto y no iba a dejar que una tonta enfermedad me obligara a cambiar mi vida.

El aburrimiento reaparecía, y la única manera de eliminarlo era con más placer. Lo único que me ha enseñado esta ocasión, es que debería ser más cuidadoso, pero; al fin y al cabo, todo tenía un precio y yo podía pagarlo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

3

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Strong Dialog

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author

Que gusto, autora descubrir tu nueva novela, me está gustando mucho, al leerlo parece que está narrando la vida de los hijos de los corruptos del PRI y el PAN

a year
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