Casto deseo

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Summary

En medio de una tormenta de nieve, Isabel huye de un marido devoto... y cruel. Sin rumbo, sin plan, sin salvación aparente, se interna en el bosque creyendo que está escapando del infierno. Lo que no imagina es que está a punto de entrar en un lugar aún más peligroso: una cabaña habitada por tres hermanos tan distintos como irresistibles. Gerald, el mayor, guarda su moral como un escudo, y ama como si el mundo dependiera de ello. Noam, el menor, habla poco, pero cuando lo hace, toca el alma. Y Damon el rebelde, no le teme al deseo... ni a los pecados que la atormentan. Isabel es católica, casta, y ha vivido bajo la idea de que el amor se sufre, se obedece, se sacrifica. Pero en esa cabaña, aislada del mundo, sin reglas ni testigos, aprenderá que el amor también puede proteger, revelar... o arder. Tres hombres. Tres formas de amar. Y una sola mujer enfrentada a la pregunta más difícil: ¿A quién le entregás el alma, cuando por fin te animás a habitar tu cuerpo?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Allerta neve

Los Dolomitas, norte de Italia. Mediados de enero.

La nieve había comenzado a caer durante la madrugada, densa y muda como un rezo no respondido. Afuera, los árboles dormían bajo capuchas blancas, y el viento lamía los ventanales con una paciencia antigua. La claridad no se atrevía aún a entrar del todo; apenas un hilo de luz grisáceo se filtraba por la rendija de la cortina, como si dudara si irrumpir o no en el silencio sagrado de la casa.

En el cuarto más austero y sombrío de la cabaña, Gerald Vento afirmaba el centro de sus pies sobre las frías vetas del suelo de madera. Con la mano izquierda tanteó el borde del colchón, buscando anclar su equilibrio a algo firme. Desde los primeros días de enero, sus jornadas comenzaban cada vez más temprano, como si el invierno le exigiera esa vigilia silenciosa.

A las 7:42, la radio antigua de la cocina escupió su sentencia entre interferencias, campanillas y la voz neutra del locutor:

-Allerta neve, livello rosso. Si raccomanda ai residenti di non uscire.

Gerald ya estaba de pie. El crujido de sus botas fue el primer sonido humano que quebró la quietud espectral del alba. Salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí con un gesto lento. Cruzó el corredor en penumbra hasta la cocina, donde el tic-tac del viejo reloj de pared le recordó que el día -pese a todo- había comenzado.

Suspiró, pero no de sueño. Algo lo inquietaba.

No era la tormenta anunciada, ni los caminos por despejar. Había algo más, algo inasible. Una tensión flotaba en el aire, silenciosa como un presagio sin forma. Observó los rincones de la casa con una desconfianza sin causa. No era el frío. Ni la humedad. Era su intuición. Algo estaba por irrumpir, aunque aún no se había revelado.

Se colocó el abrigo, los guantes y el sombrero con movimientos metódicos. Salió. Desde el porche, echó una última mirada a la cabaña y al taller detrás de esta. Todo parecía en calma, y esa ilusión bastó para contener, por ahora, la inquietud. Subió a su camioneta, acomodó el espejo retrovisor. En él se reflejaba el inicio de un amanecer helado, hermoso e inusualmente claro.

Giró la llave. Con dudas, comenzó un día raramente normal.

El camino que Gerald recorría cada mañana serpenteaba entre abetos congelados, inmóviles bajo capas de escarcha espesa, como cuerpos velados por el tiempo. Cada rama parecía una mano levantada en advertencia. El silencio era absoluto, salvo por el crujido de la nieve bajo las ruedas y el zumbido grave del motor. Pero dentro de él, algo no callaba. Un pulso subterráneo, una sospecha sin forma lo apretaba desde antes del alba. Gerald no era un hombre dado al caos: su vida, sus días, sus quehaceres, todo debía responder al peso de su voluntad. Por eso, cuando al girar la curva del sendero viejo divisó una figura junto al bosque... supo que ese equilibrio acababa de romperse.

De forma instintiva, como si ya supiera lo que yacía allí -aunque bien podía ser cualquier cosa: un animal herido, un saco de leña abandonado, una ilusión del alba-, Gerald giró bruscamente el volante, apartándose del camino con una violencia que no solía permitirse. Detuvo el motor de un tirón seco y, antes de pensarlo siquiera, ya estaba hundiendo las botas en la nieve.

El bulto era pequeño, pero lo bastante grande como para inquietarlo. Una gruesa capa de nieve lo cubría, apenas delatada por un abrigo marrón empapado. La volteó con firmeza y ahí estaba: el rostro pálido, vencido, de una mujer.

La tomó en brazos sin dudar. Era eso. Eso lo había desvelado la madrugada anterior.

La depositó con cuidado en la parte trasera de la camioneta, le quitó los guantes y el gorro helados, y los reemplazó por los suyos. Mientras giraba el volante rumbo al hospital, marcó a su hermano.

-Noam, necesito que llames al hospital. Encontré a una mujer en la curva vieja, inconsciente.

-¿Está respirando?

-Sí. Fría. Desvanecida. Congelada. Estoy yendo.

Hubo un silencio breve al otro lado. Lo imaginó en su escritorio, mirando la tormenta desde la ventana, como si pudiera medir el peligro con los ojos.

-Gerald... los caminos rurales están cerrados. Lo anunciaron hace diez minutos. Nivel rojo.

-Ya estoy en camino.

-¿Y si no llegás?

-Entonces la llevo a casa.

La línea quedó en silencio unos segundos más, y luego se cortó.

Noam dejó el teléfono sobre el escritorio como si hubiera recibido un presagio en vez de una llamada. Afuera, la nieve persistía con un ritmo silencioso, casi ceremonial. El mundo parecía suspendido entre la pureza y la amenaza.

Se quedó sentado un instante, la taza de té humeante entre las manos, sin probarla. A su alrededor, la biblioteca de madera oscura, los cuadernos desparramados con anotaciones inacabadas, y el leve sonido del reloj de péndulo componían un templo silencioso donde él intentaba, cada día, encontrar algo parecido a la paz.

Pero había algo inquieto en el aire, como una vibración vieja que regresaba.

"¿Quién es ella?", pensó, sin saber por qué la pregunta lo había tocado tan profundo.

Él no creía en las casualidades. Gerald sí. Y, sin embargo, era Gerald quien estaba trayendo una desconocida a casa.

La ventisca comenzaba a cerrar el cielo como un párpado enfermo. El sol -si alguna vez había salido del todo- ya no era más que un reflejo pálido entre nubes deshilachadas. Gerald manejaba con los hombros tensos, los ojos fijos en la línea fantasmal del camino. El parabrisas chasqueaba con cada barrido, pero no bastaba. La nieve caía espesa, diagonal, con esa forma antigua de aplastar el mundo hasta hacerlo irreconocible.

Aun así, la miraba. Desde el retrovisor, como quien espía algo que teme comprender.

Ella yacía envuelta en silencio, con los párpados cerrados y la piel aún demasiado blanca, como si perteneciera más al paisaje que a la vida. El abrigo le cubría el cuello hasta el mentón, pero algunos mechones camel se habían liberado, pegándose a la frente húmeda.

Gerald no era hombre de símbolos, pero sentía que transportaba un presagio. Algo vivo, dormido, frágil... y peligrosamente real. No era el miedo lo que lo encogía, sino el desorden.

Él no la había elegido, no la había previsto. Y sin embargo, ahora existía.

Dormía en su camioneta. Bajo su abrigo. Respiraba con dificultad, pero respiraba.

El hospital quedaba al otro lado del paso, más allá del puente que cruzaba el torrente helado. Pero la señal de Noam era clara: cerrado.

Gerald bufó, apretando la mandíbula con fuerza. Giró el volante con precisión quirúrgica, y tomó el desvío hacia casa.

Durante el trayecto, su mente trabajaba como lo hacía siempre ante lo desconocido: descartando, ordenando, eliminando variables. ¿Turista perdida? ¿Accidente? ¿Huyó de algo? ¿Alguien?

¿Estaba sola?

La nieve tapaba huellas. La montaña tragaba sonidos.

No tenía más datos que un cuerpo y un presentimiento.

Y sin embargo, ese vacío de respuestas lo irritaba más que cualquier peligro tangible.

Porque algo en ella lo desordenaba. No por su debilidad -ya había salvado a otros antes-, sino por su presencia: muda, total, como si hubiera llegado para quedarse.

Gerald no creía en los signos, pero sí en los ciclos. Y aquel amanecer, el aire tenía un sabor agrio, como de final anticipado.

O peor: como de inicio no pedido.

El motor se detuvo con un gemido ahogado, tragado de inmediato por la nieve que amortiguaba el mundo entero. Gerald abrió la puerta sin apuro, como si la acción ya estuviera pensada antes de ser ejecutada. El viento le golpeó el rostro con la furia fría de enero, pero no titubeó. Caminó hasta la parte trasera del vehículo, la abrió con una mano -la otra ya sostenía el cuerpo de la desconocida como si fuera parte suya.

La cabaña estaba sumida en un silencio de piedra. Apenas una brizna de humo se elevaba desde la chimenea. En la lejanía, el golpe metálico del taller de Damon era un eco remoto, como si ocurriera en otro tiempo.

No encendió luces. No las necesitaba. Lo guiaba algo más antiguo que la costumbre: una forma callada de urgencia que le tensaba los hombros sin sacudirle el pulso.

Avanzó por el pasillo con paso firme, sus huellas mojadas sobre las tablas. Abrió la puerta de la habitación de huéspedes, la misma que había mantenido siempre lista, por si acaso... por si algún día algo así. La depositó en la cama sin sonido, envuelta aún en la piel prestada con la que la había hallado.

El rostro de ella, apenas visible entre mechones camel y nieve derretida, parecía esculpido en mármol lunar. Gerald la observó apenas un instante, como si ese vistazo fuese un permiso que no debiera concederse.

Retiró con lentitud los guantes empapados de sus manos heladas y los reemplazó por otros, cálidos aún por dentro. Encendió la estufa, ajustó las mantas, colocó una toalla seca bajo su cuello sin tocar más de lo necesario. No pronunció palabras, ni siquiera para sí mismo.

Cuando salió de la habitación, volvió a cerrar la puerta con una delicadeza inusitada.

Gerald cerró la puerta tras de sí con un clic apenas audible. El calor del fuego de la estufa comenzaba a extenderse como una promesa que aún no llegaba a cumplirse del todo. Al girar hacia el pasillo, lo encontró a ellos: Damon apoyado contra el marco de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho cubierto de hollín y la mirada torcida como un signo de pregunta mal resuelto; Noam más atrás, de pie junto a la ventana empañada, con el rostro bañado por una luz grisácea que le confería un aire de icono antiguo.

Ninguno habló de inmediato.

El silencio que llenaba la cabaña no era incómodo, pero sí denso, como si el aire mismo supiera que algo se había roto allá afuera, entre los árboles.

Finalmente, fue Noam quien bajó la vista primero, como si respetara un duelo tácito. Su voz fue baja, sin sombra de juicio:

-¿Está viva?

Gerald asintió con un solo movimiento de cabeza, y caminó hasta la estufa para sacarse los guantes. Se escuchó el leve chisporroteo de la nieve derritiéndose sobre el metal caliente. Luego respondió, con voz escasa:

-Congelada. Casi. Pero reacciona al calor.

-¿La encontraste en la ruta? -preguntó Damon, ladeando apenas el rostro. Sus ojos eran dos rendijas de duda y sarcasmo velado-. ¿O salió a dar un paseo romántico entre los lobos?

No hubo respuesta inmediata. Gerald simplemente se quitó el abrigo, lo colgó en su sitio, y clavó la mirada en la pared como si el sarcasmo de su hermano fuera parte del mobiliario.

Noam lo observaba con la suave intensidad de quien ve más allá de los gestos. Dio un paso hacia él.

-¿Llamaste al hospital?

-Cerrado. Las rutas están bloqueadas -respondió Gerald.

-Entonces se queda -dijo Noam, más como una constatación que como una decisión. Damon soltó un resoplido.

-Genial. Una desconocida, medio muerta, durmiendo bajo nuestro techo. ¿Ya pensaste que tal vez alguien la esté buscando?

Gerald giró hacia él, lento. Su mirada era tan firme como el silencio que trajo consigo.

-La vi primero -dijo simplemente. Y eso bastó.

Noam volvió a mirar por la ventana, como si esperara ver algo más allá del blanco. Damon chasqueó la lengua y se frotó las manos, ya cansado de luchar contra fantasmas. Pero ninguno se fue.

Porque incluso ellos, tan distintos como eran, sentían lo mismo:

el aire había cambiado.

Y no por la nieve.

La cabaña dormía bajo el peso de la tormenta, como si la nieve quisiera borrarlo todo, incluso el tiempo.

Pero en el piso superior, detrás de una puerta entornada, la luz cálida de una lámpara aún latía como un corazón paciente.

Noam estaba sentado en el rincón más silencioso de su habitación: una vieja silla de lectura frente al ventanal, con las piernas cruzadas, la espalda recta, y un cuaderno abierto sobre las rodillas. No escribía. Aún no.

El olor a té de jengibre flotaba en el aire, mezclado con la leña húmeda que chisporroteaba débilmente en la chimenea pequeña del cuarto. Afuera, el viento empujaba la nieve contra los vidrios como una criatura obstinada.

Pensaba en ella. O, más bien, en lo que ella había traído consigo.

La llegada de una mujer en medio de la nieve, desvanecida en los brazos de su hermano, parecía sacada de uno de esos cuentos oscuros que leía en su juventud: una aparición. Un símbolo. Un catalizador.

Y pensaba también en Gerald. En su manera de actuar sin consultar, como si lo que lo guiara no fueran reglas, ni ideas, sino impulsos antiguos, como los de un lobo que huele algo fuera de su sitio.

Nadie le había enseñado a proteger: se lo habían arrojado encima, y él lo había aceptado como una segunda piel.

Gerald no hablaba de la muerte de sus padres.

No porque no doliera, sino porque el dolor no se le había curado en palabras. Lo había hecho carne, hueso, decisión.

Él tenía diecisiete. Damon, apenas trece. Noam, un niño todavía, con la mirada líquida y la voz temblando cada vez que preguntaba "¿Y ahora qué?"

Lo que siguió no fue heroísmo. Fue rutina. Partir la leña. Tapar goteras. Hacer de padre con las manos sucias y de madre con los silencios.

Gerald no eligió cuidar: sobrevivir era cuidar.

Con el tiempo, el instinto de protección se volvió su forma de respirar. Como si cuidarlo todo -cada ventana cerrada, cada camino despejado, cada palabra medida- pudiera impedir que algo volviera a arrancarle la vida de un solo golpe.

Por eso, esa mañana, cuando vio el bulto en la nieve, su cuerpo se movió antes que su mente.

Porque algo en ella -aún sin rostro, sin nombre- le despertó ese mismo impulso ciego que lo había sostenido durante años: no dejar que nadie más se caiga.

Pero esa forma de cuidar, tan férrea, tan absoluta...

¿Era amor? ¿O sólo miedo disfrazado de deber?

La tormenta seguía en su punto más alto. Afuera, el viento golpeaba las paredes como si quisiera hacerlas ceder, como si buscara arrastrar algo que aún no podía tocar. Dentro, el calor de la chimenea luchaba por imponerse al hielo que parecía haberse filtrado en los huesos de la casa.

En la cama improvisada, Isabel se retorcía entre sueños.

Noam se inclinó para tomarle el pulso. Estaba caliente como un hierro al rojo. Su frente perlada de sudor, sus manos crispadas, los labios abiertos en palabras sin sentido.

-Fiebre alta -murmuró, más para sí que para los otros.

Damon, en silencio ahora, la observaba con los brazos cruzados. Y Gerald... de pie, en la penumbra, como una estatua de carne y sombra. No se movía. No hablaba. Apenas respiraba.

Entonces, ella lo dijo.

Un nombre.

Su voz era un murmullo rasgado, pero nítido. Un hilo de sonido que rompió la quietud como un cuchillo:

-Tommaso...

Noam alzó la vista. Damon ladeó la cabeza con un ceño oscuro.

Pero Gerald no reaccionó.

O mejor dicho, no lo permitió.

La tensión se deslizó desde su nuca hasta sus puños cerrados. No era celos. No era miedo. Era otra cosa. Algo que venía de mucho antes. Algo que tenía que ver con su necesidad de tenerlo todo bajo control. Con su rechazo visceral al caos. Con ese instinto protector que, más que proteger, necesitaba poseer.

-Tommaso... -repitió Isabel, como si el nombre mismo la quemara por dentro.

La tormenta afuera rugió. Dentro, el silencio se volvió aún más espeso. Como una promesa. O una amenaza.

Y así, en medio del hielo, del fuego y de un nombre que aún no conocían, comenzó el deshielo de todo.