Oneshot
Jimin era una joven que nació en una familia conservadora, su madre ama de casa al tener solo una hija le enseñó a cómo realizar las tareas del hogar: limpiar, cocinar delicioso, hacer el mandado, lavar la ropa. Además de cosas como obedecer, complacer, y parir a los hijos más lindos. Su mamá siempre estuvo satisfecha de los hijos que le dio a su esposo, ya que el primogénito fue varón y eso te daba buena posición. Y después de sus tres hermanos mayores, llegó Jimin, una linda niña que acababa de cumplir dieciocho años.
—Mimi, estoy tan orgullosa de ti, cariño. Te ves tan linda y estoy segura que tu padre conseguirá a un hombre perfecto para ti.
La señora Park ondulaba el largo cabello rubio de Mimi. Era tradición que la semana después del décimo octavo cumpleaños se celebrara una pequeña reunión en la que se decidiría el futuro de la joven.
—Mami. —¿Sí, cariño?
Mimi vio el reflejo de su madre en el espejo del tocador.
—Tengo un poco de miedo.
—Mi amor, no tienes que tener miedo, yo también pasé por eso y fue perfecto. Me casé con tu padre y tengo una vida maravillosa.
—¿Y si es malo?
—Mimi, recuerda que ningún hombre es malo. Somos nosotras quienes los molestamos, así que ya sabes que no debes de hacer.
Jimin hizo un puchero mientras entrelazaba sus dedos y dejaba que su madre siguiera peinándola. La señora Park le colocó un lazo rosado en el cabello, justo detrás de la oreja, y besó con suavidad su mejilla.
—Hoy vendrán tres muchachos bien educados, todos con futuro. Tu padre ya habló con ellos. Tú solo tienes que sonreír y servirles el té.
—¿Puedo elegir?
—Claro que sí, cariño… puedes elegir cuál de ellos te parece más fuerte. —rio dulcemente mientras le alisaba el vestido.
Mimi bajó la mirada. Había leído en secreto algunos libros de la vieja biblioteca. Sabía que en otros lugares las chicas podían estudiar, trabajar, vivir solas incluso. Pero eso no se decía en casa. Eso era “de chicas rebeldes”. Ella no quería ser rebelde. Solo quería… algo que aún no sabía nombrar.
Cuando bajó al salón, todo estaba dispuesto. Las tazas, los pasteles, el mantel bordado por su abuela. Y en el centro, tres jóvenes con camisas bien planchadas y miradas que la evaluaban sin pudor.
Uno de ellos, el más alto, se acercó primero.
—Eres más bonita de lo que imaginaba —dijo, tomándole la mano sin pedir permiso.
—Gracias… —susurró ella, sin saber dónde mirar.
—¿Sabes cocinar pastel de carne?
—Sí. Y galletas. Y estofado. Y…
—Perfecto. Me gusta una mujer así. Silenciosa, útil.
Mimi tragó saliva. Por un segundo, deseó que se le cayera el mantel, que se rompieran las tazas, que algo —lo que fuera— interrumpiera esa tarde perfectamente planeada.
Pero no. Todo siguió su curso.
Hasta que, desde la ventana abierta, una voz que no esperaba interrumpió la escena.
—¡Jimin!
Mimi giró. Afuera, sobre una bicicleta, estaba Taehyung, el chico del mercado, el que siempre le dejaba una flor junto a los tomates.
—¿Quién es ese? —preguntó su madre, frunciendo el ceño.
El corazón de Mimi se aceleró. No respondió. Sintió las miradas de su madre y de los tres pretendientes fijas en ella como agujas. La sonrisa que se esperaba de ella se tensó en su rostro, demasiado apretada, demasiado falsa.
—¿Quién es ese muchacho? —preguntó el señor Park desde su sillón, con voz grave.
La señora Park se acercó a la ventana y corrió la cortina de inmediato.
—Un descarado. Debe ser un chico de Clase B. Los de esa zona no tienen educación.
—Nunca más lo verás —dijo su padre con firmeza, sin levantar la voz.
—Sí, papá —susurró ella.
Pero la voz de Taehyung la había sacudido. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Nadie decía su nombre así en esa casa. Ni con deseo ni con ternura. Allí solo se decían órdenes, expectativas, instrucciones.
Mimi volvió a su lugar, tomó la tetera y sirvió con elegancia el té en cada taza. Sus manos no temblaban; había practicado cientos de veces. Mientras lo hacía, pensaba en lo que decía su madre: que un buen matrimonio aseguraba protección y privilegios. Que, sin un esposo asignado, una mujer podía terminar en los Centros de Reeducación Doméstica. Allí donde iban las desobedientes.
El primer joven, el que le había hablado antes, se llamaba Hyunjoon. Era el hijo menor de una familia con tres fincas de cultivo automatizado. Tenía veintiún años y ya había rechazado a dos candidatas por no ser “lo suficiente dulces”. Mientras bebía su té, la observó con detenimiento.
—¿Tienes útero certificado, Mimi?
Ella asintió, bajando la vista. Su madre ya le había explicado: las chicas de su generación eran monitoreadas desde los trece años. A los dieciocho, todas debían tener un informe de fertilidad completo si querían casarse.
—Perfecto. Mi madre quiere nietos cuanto antes.
Los otros dos candidatos sonrieron y asintieron. Parecía que Mimi era una opción aceptable. Su vestido, su cabello peinado, sus silencios bien colocados. Todo estaba como debía ser.
—¿Te gusta la jardinería, Mimi? —preguntó el segundo joven, un tal Sungjae.
—Sí —respondió ella, con voz suave—. Me gusta cuidar las flores.
—Eso es bueno. Las mujeres con manos suaves no deben tocar la tierra. Pero puedes dirigir a las jardineras. Si llegas a ser mi esposa, claro.
Su madre soltó una risa delicada. Todo parecía fluir.
Pero en la mente de Mimi, algo no encajaba. Una voz, enterrada muy profundo, preguntaba cosas como: ¿Quién elige por mí? ¿Por qué no puedo decir no? ¿Y si mi útero no quiere producir nada? ¿Y si… quiero algo más que ser útil?
La noche anterior, en su habitación, Mimi abrió con cuidado la caja de madera que escondía bajo su cama. Adentro, entre telas y flores secas, había una pequeña carta.
Solo tenía dos palabras: “Vámonos juntos.” Y en la esquina, un pétalo rojo como el fuego. En ese momento, ansiaba haber seguido al dueño de esas palabras.
El tercer pretendiente, Jungkook, no había dicho nada durante toda la visita. Observaba en silencio, con los brazos cruzados, la taza de té en sus manos, el rostro sereno pero difícil de leer.
Cuando todos se fueron, el señor Park dio su veredicto:
—Hyunjoon es arrogante. Sungjae, demasiado superficial. Jungkook es el que más conviene. Su padre es parte del Consejo de Moral Familiar. Nos garantiza protección.
La señora Park asintió con orgullo. Mimi solo bajó la cabeza.
—¿Qué opinas tú, Mimi? —preguntó su padre, aunque la pregunta era una formalidad.
—Elegiré a quien ustedes consideren adecuado —respondió con voz dócil.
En la noche, Mimi salió al jardín trasero a recoger la ropa tendida. Entre las sábanas, encontró una nota clavada con una horquilla:
“Mañana, al anochecer. Cerca del río. Solo si aún recuerdas cómo se siente respirar.”
La caligrafía era de Taehyung.
Mimi apretó la nota contra su pecho. Sentía cómo el mundo la estiraba en direcciones opuestas. En una, la obediencia, la seguridad, el orgullo de su madre. En la otra, la incertidumbre, el deseo, la promesa de una vida donde podría decidir algo por sí misma.
Pero sabía que no era libre. Ninguna chica lo era. Desde el Acuerdo de Orden Doméstico firmado veinte años atrás, todos los matrimonios eran monitoreados. Las fugas eran castigadas. Las “chicas defectuosas” —como las llamaban en los anuncios estatales— eran llevadas a las instalaciones de Reprogramación Afectiva.
Y sin embargo, fue. Esa noche, caminó en silencio hasta el río. Taehyung estaba allí, esperando. No le dijo nada al verla. Solo abrió los brazos. Mimi se lanzó contra su pecho, respirando profundo, como si intentara memorizar su olor.
—Vámonos. Hay un camino al norte, donde no nos encuentran tan fácil.
—No puedo —dijo ella.
—Mimi…
—Mi familia ya decidió. Me voy a casar con Jungkook.
Taehyung se apartó un paso, como si la distancia lo protegiera de la herida.
—¿Lo amas?
Ella negó con la cabeza. Pero tampoco dijo que lo odiaba.
—No se trata de amor. Se trata de no fallar. De no romper lo que mi madre me enseñó a proteger.
—¿Y qué hay de ti? ¿Quién te protege a ti?
Mimi no respondió. Porque no sabía la respuesta. Porque quizás nunca la tendría.
—Adiós, Tae.
Y regresó caminando, con los ojos secos, pero con algo roto por dentro. La boda sería en una semana.
...
Rápido, sencillo, lejos de ser un cuento de hadas: así fue su boda. Y el tiempo no miraba atrás.
La casa era silenciosa. Siempre lo había sido, pero desde la confirmación del embarazo, algo había cambiado en el aire. No era alegría. Tampoco afecto. Era… una sensación de cumplimiento. De que todo estaba ocurriendo como debía ser.
Jungkook llegaba más temprano. No decía mucho más que antes, pero lo hacía con gestos. Le dejaba la manta sobre los pies cuando Mimi dormía en el sillón. Le servía agua con limón sin que ella lo pidiera. Se sentaba junto a ella sin distraerse con sus documentos. A veces, simplemente miraba cómo ella tejía ropa diminuta para el bebé.
Una noche, cuando la ciudad ya había apagado sus luces por protocolo de ahorro, Mimi sintió la necesidad de decir algo.
—¿Te hubiera gustado elegir a otra mujer?
Jungkook la miró, sin sorpresa.
—No pienso en eso. Sería improductivo.
—Pero... ¿no sentiste nunca que te faltaba algo? Como… como pasión.
Jungkook apoyó sus codos en las rodillas. Parecía reflexionar con seriedad, como si estuviera evaluando una variable compleja.
—La pasión es inestable. Nosotros fuimos entrenados para no depender de lo inestable.
—Entonces, ¿no amas a nadie?
—Te respeto. Te cuido. Te deseo lo mejor. Y, aunque no parezca, pienso en ti cuando no estás. —Se detuvo—. ¿Eso no es una forma de amor?
Mimi se quedó callada. Nunca lo había oído hablar tanto. Jungkook estiró la mano y la apoyó con cuidado sobre su vientre.
—Cuando nací, mi madre fue llevada al Centro después de mi segundo año de vida. Era emocionalmente inconstante. El Estado evaluó que era riesgosa para mi formación. Nunca entendí por qué. Hasta ahora. Porque ahora tengo algo que perder. Y no puedo permitirlo. Mimi lo miró con una mezcla de desconcierto y ternura. Él no sonreía. Pero sus palabras la habían conmovido.
—Jungkook…
—No necesito que me ames, Mimi. Pero si alguna vez llegas a sentirte segura a mi lado… entonces sabré que hice bien.
Esa noche durmieron abrazados. No hubo pasión. No hubo lágrimas. Solo una calma extraña, pesada como el concreto, pero acogedora como una cuna bien tejida.
Los días pasaron. Mimi se convirtió en una figura modelo para las esposas jóvenes. Se la mostraba en panfletos oficiales, preparando el desayuno, arreglando flores, caminando junto a Jungkook en el parque familiar, con una discreta sonrisa en el rostro.
“Silencio es estabilidad. Estabilidad es amor.” —decía uno de los lemas más repetidos.
Una tarde, en una inspección rutinaria, una inspectora del Departamento de Afectividad Matrimonial la entrevistó en la cocina.
—¿Se siente amada, señora Jeon?
Mimi pensó en Taehyung. En el río. En esa palabra dicha con fuego. Luego pensó en Jungkook. En sus silencios. En su forma cuidadosa de acercarse.
—Sí —respondió ella, con la voz clara—. Me siento protegida. Y eso es mejor.
La inspectora asintió, complacida. Marcó un visto bueno en su tableta y se retiró.
Mimi continuó cortando verduras. Escuchó a lo lejos la puerta abrirse. Jungkook llegaba. Puntual. Silencioso. Constante.
Y ella, por primera vez, se giró y lo saludó primero.
—Bienvenido a casa, esposo.
Él no respondió de inmediato. Solo se acercó, y puso su mano con delicadeza sobre su espalda.
Y en ese gesto, Mimi creyó —por fin— que el amor no era como en los libros prohibidos. Era esto: una jaula sin barrotes. Una canción sin música. Pero con un ritmo que ya era suyo.
…
Mimi caminaba lentamente por el jardín central del complejo residencial. Sus pasos eran cortos, decorosos. Llevaba un vestido color crema que dejaba ver con orgullo su vientre redondo de siete meses. Sonreía con suavidad a cada persona que pasaba.
—Buenos días, señora Jeon. Qué radiante se ve hoy.
—Gracias —decía ella, con voz cantarina, casi infantil—. El doctor dice que el bebé está creciendo fuerte y sano. ¡Como su padre!
Era querida en el vecindario. No por su inteligencia ni por su conversación, sino por su obediencia. Por ser una prueba viviente de que el sistema funcionaba. En casa, hablaba sola a veces, acariciando su barriga:
—Vamos a ser una familia feliz, ¿verdad? Papá trabaja mucho para cuidarnos. Mamá cocina rico. Tú solo tienes que crecer, mi amor.
Jungkook la trataba con una calma casi reverente. Le compraba libros de cuentos. Le instaló un sistema de aromaterapia. Le hablaba al bebé por las noches con voz baja, narrándole historias del mundo estable que lo esperaba. Un día, mientras organizaba sus pañales tejidos y sus vestidos minúsculos, Mimi recibió una notificación en su panel de seguridad:
ALERTA DE PRESENCIA NO AUTORIZADA - ZONA C6
Las alarmas no se activaron. Eso solo ocurría si el intruso era peligroso. Este caso parecía… personal. Mimi fue al ventanal. En la distancia, entre las sombras del huerto comunitario, estaba él. Taehyung. Más delgado, más sucio, con la ropa desgastada y los ojos igual de llenos. Ella parpadeó varias veces. Sintió una punzada, como una punzada de vida. Pero luego recordó lo que debía hacer. Levantó la mano. No para saludar. Para despedirse. Sonrió con ternura fingida. Y cerró las cortinas.
Esa noche, mientras Jungkook masajeaba sus pies con manos firmes y silenciosas, Mimi le dijo:
—Hoy me sentí muy feliz. Vi a una mariposa posarse sobre la cuna. ¿Sabes lo que eso significa?
—¿Qué significa?
—Que todo está en su lugar.
Jungkook asintió. No dijo nada. Solo la observó con esa mirada distante que ella ya había aprendido a traducir como afecto.
Semanas después, Mimi fue presentada en el Congreso Familiar como “Esposa del Mes”. Subió al escenario con su pancita visible, rodeada de cámaras, aplausos y flashes. Su voz era suave, clara, ensayada:
—Estoy agradecida con el sistema. Me ha dado un propósito, un esposo correcto, y pronto, un hijo fuerte. No necesito nada más. Soy feliz siendo útil.
Recibió un ramo de flores y un pin dorado con la letra M, símbolo de Maternidad. Esa noche, en la pantalla de vigilancia, apareció una última imagen: un rostro triste, escondido entre las sombras, con los labios apenas moviéndose. “Perdón.”
Pero Mimi ya no entendía ese idioma.
Ella hablaba el lenguaje del orden. Del deber. De las esposas buenas. Y se durmió con una sonrisa.
...
El día llegó como todos los días en la ciudad de las esposas: nublado, con aire reciclado y notificaciones suaves a las 06:00 a.m. en punto.
Mimi despertó con una punzada en el vientre. No fue suave. Fue como si algo dentro de ella quisiera salir a gritos, como si su cuerpo —domesticado, entrenado, vigilado— de pronto recordara que es animal. El sistema lo detectó antes que ella.
“CONTRACCIÓN NIVEL 3 DETECTADA. ACTIVANDO PROTOCOLO DE NACIMIENTO DOMÉSTICO.”
Jungkook se levantó con calma. Llamó al equipo. En diez minutos, la casa se llenó de técnicos de nacimiento, asistentes emocionales, cámaras del Ministerio de Natalidad, y una enfermera con guantes blancos que sonreía de forma robótica. Mimi estaba recostada en la cama. Ya no podía pensar. Sudaba. Gritaba. El dolor era real. No como en los videos de preparación que le habían puesto en bucle durante seis meses. El verdadero dolor era desobediente. Era rojo.
—Señora Jeon, por favor, controle su volumen —le susurró una de las asistentes—. Está siendo transmitido en la red de formación prenatal.
Ella trató de asentir. Pero otro espasmo la hizo retorcerse. Jungkook estaba junto a ella. Le sostenía la mano, sin apretar. Su rostro era serio, casi inexpresivo.
—Estás haciéndolo bien —dijo con su voz baja—. Eres fuerte. Estás cumpliendo tu propósito.
Mimi quería llorar. No de tristeza. Ni de alegría. Solo… llorar, como una válvula que se abre sin permiso. Pero no lo hizo. Las esposas modelo no lloran. Entonces llegó el momento. El grito fue inevitable. Desgarrador. Primitivo. Rompió el silencio de la sala esterilizada como una sirena. Algunas cámaras se apagaron. Otras continuaron grabando. La enfermera frunció los labios. El bebé salió.
Pequeño. Viscoso. Con los pulmones llenos de aire y el mundo lleno de normas.
—Varón —dijo el médico jefe—. Peso ideal. Nivel genético óptimo.
Lo envolvieron en una manta blanca con bordes dorados. Se lo ofrecieron a Mimi para que lo mirara. No lo podía sostener aún. Estaba temblando.
—¿Cómo se llamará? —preguntaron.
Mimi miró a Jungkook. Él ya tenía la respuesta.
—Se llamará Jihoon. Nombre aprobado por el Comité Lingüístico y el Registro de Integridad Familiar.
Mimi repitió el nombre en su mente. Jihoon… Jihoon… Jihoon…
Lo vio por fin. Tenía los ojos cerrados, el ceño fruncido, la boca abierta.
—Es… hermoso —susurró.
Una semana después, Mimi fue visitada por una delegación del Ministerio.
—Queremos usar su parto como modelo de obediencia, señora Jeon. Su autocontrol fue ejemplar. Incluso el momento emocional se interpretó como símbolo de entrega maternal.
—Gracias —respondió ella, con una sonrisa vacía pero firme.
Esa noche, mientras Jihoon dormía, Mimi se acercó a la cuna. Lo miró. Se miró las manos. Las cicatrices del parto aún dolían. El cuerpo aún se adaptaba.
—Tú vas a tener una vida mejor, ¿sí? Vas a ser fuerte. Vas a ser él en la casa. No te va a doler como a mí. No vas a dudar.
Se quedó allí un rato. En silencio. Mirando. Respirando.
Y por un segundo, el recuerdo de Taehyung la atravesó. Pero fue como un susurro lejano. Como un sueño viejo. Uno que ya no era suyo.
Mimi apagó la luz. Se acostó al lado de su esposo. Y durmió profundamente, sin recordar nada.
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Jihoon tenía cuatro años. Aprendía rápido. Repetía las frases del programa educativo con voz firme, igual que su padre. Sabía que los hombres daban órdenes y las mujeres obedecían con alegría. Decía cosas como:
—Mamá, no hables cuando papá habla.
Y Mimi sonreía, lo acariciaba y decía:
—Muy bien, mi amor. Qué niño tan inteligente.
En la superficie, todo estaba bien.Pero algo había cambiado.
Mimi comenzó a contarle cuentos por las noches. Cuentos que no estaban aprobados. Que no estaban en la base de datos oficial. Cuentos que recordaba vagamente de algún libro viejo de la biblioteca de su madre. Sobre zorros con corazón de oro, sobre mujeres que se convertían en árboles, sobre niños que escapaban volando por la ventana.
—¿Y yo puedo volar, mamá? —preguntó Jihoon una noche.
—Claro que sí, si cierras los ojos.
—¿Y tú puedes volar?
Mimi se quedó callada un instante.
—No, cariño. Mamá ya tiene raíces.
Un día, Jungkook llegó más temprano de lo habitual. La casa estaba limpia, la comida servida, Jihoon jugando con sus bloques.Pero algo lo molestó. Una vecina —otra esposa— le había contado que había visto a Mimi hablando con el joven repartidor. Que se había reído. Que se había tocado el cabello. Que había demorado en cerrar la puerta.
Cuando entró, Jungkook no saludó. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—¿Quién fue el repartidor hoy?
Mimi lo miró desde la cocina.
—Un chico nuevo. Se llama Hoseok. Fue muy amable, y—
—¿Y tú por qué te reías con él?
Ella parpadeó.
—Solo fue un gesto de cortesía. Nada irrespetuoso.
—¿Te arreglaste para él?
—¿Qué?
—Llevabas los labios pintados. Yo no te lo pedí.
—Fue solo… es costumbre. Me gusta verme bien para ti.
Jungkook se acercó. Lento. Firme. La sujetó del brazo.
—No mientas, Jimin. No te enseñaron eso. ¿Acaso quieres que piensen que no tengo control sobre ti? ¿Quieres parecer una zorra coqueta, como esas mujeres defectuosas?
Ella tragó saliva. No lloró. No podía.Jihoon los miraba desde el rincón del salón.
—Papá… ¿mamá es una zorra?
El silencio fue brutal.Jungkook soltó el brazo de Mimi de inmediato. Respiró hondo. Se giró hacia el niño.
—No, hijo. Mamá solo cometió un error. Todos los humanos cometen errores. Pero los corregimos. ¿Verdad, Mimi?
Ella asintió. Sin voz.
—Perdón, esposo. Me comporté mal.
—Está bien. Pero que no se repita. No quiero volver a ver ese color en tus labios si no lo he aprobado. ¿Entendido?
—Sí.
Esa noche, Jihoon no pidió cuentos. Solo preguntó:
—Mamá, ¿los zorros malos tienen mamá también?
Y Mimi, con la voz suave, le respondió: —Todos los zorros fueron buenos alguna vez.
En los días siguientes, Mimi volvió a su rutina. Más obediente. Más silenciosa. Pero con algo nuevo:Cada vez que Jihoon preguntaba, “¿por qué?”, ella no decía “porque así debe ser”. Decía: —Porque alguien decidió que fuera así. Pero no siempre fue igual. Grietas pequeñas. Sutiles. Invisibles para el sistema. Pero reales.
La mañana había comenzado como todas las demás. Desayuno a las siete, uniforme limpio para Jihoon, los zapatos de Jungkook lustrados. Mimi cumplía cada tarea con precisión, sonrisas suaves y voz dulce. Era eficiente. Era obediente.
Pero esa mañana, al recoger la ropa, Mimi encontró un papel en el bolsillo del pantalón de su hijo. Era un dibujo. Tres figuras: un niño, una mujer con alas, y un hombre con los ojos rojos.
—¿Qué es esto, amor? —preguntó Mimi mientras lo vestía.
Jihoon respondió con naturalidad:
—La mujer vuela para irse. El hombre la quiere atrapar, pero ella no tiene miedo. Porque tiene alas.
Mimi sonrió, un poco incómoda. ¿Dónde había escuchado eso? ¿Se lo había contado ella? ¿O lo había soñado?
Cuando Jungkook llegó en la noche, cansado y tenso, no quiso sopa. Mimi la había preparado como a él le gustaba, pero ese día no quería sopa. La dejó sobre la mesa y fue directo a la habitación.Mimi entró tras él, inquieta. De pie, con las manos entrelazadas:
—¿Está todo bien?
—No. ¿Qué es esto? —tiró sobre la cama el dibujo de Jihoon.
Mimi parpadeó.
—Es solo un dibujo. Los niños…
—¿Le hablas de huir? ¿De volar? ¿Qué estás metiéndole en la cabeza?
—¡No! Solo le cuento cuentos para dormir, y…
El golpe no fue planeado. Fue un impulso. Una reacción. Mano abierta contra la mejilla.Jihoon lo vio desde el marco de la puerta.
Mimi cayó sentada sobre la alfombra, llevándose una mano al rostro. No lloró.
—Mira lo que haces —dijo Jungkook, temblando de rabia—. ¿Ves lo que provocas? Te portas como una loca, como una ingrata. ¡Yo te doy todo! ¡Eres mi esposa!
—Lo sé… lo sé, lo siento…
—¿Qué te pasa últimamente? ¿Quieres parecerte a esas mujeres desechadas? ¿Quieres que nuestro hijo crea que las mujeres pueden elegir? ¿Es eso?
Mimi sacudió la cabeza con desesperación.
—No. Solo quiero hacerlo bien. Perdón. Perdón.
Jungkook salió de la habitación sin mirarla más. La puerta se cerró.
Jihoon seguía ahí. Mimi lo notó cuando intentó levantarse.
—Mamá… ¿por qué papá te pega si te quiere?
Mimi se quedó en silencio largo rato. Luego, con voz temblorosa, dijo:
—Porque a veces, cuando uno hace las cosas mal, hay que aprender. Mamá tiene que mejorar, eso es todo.
—¿Y si yo hago las cosas mal, tú también me vas a pegar?
Ella lo miró.
—No, amor. Jamás. Tú eres bueno. Y vales más de lo que imaginas.
Jihoon frunció el ceño.
—¿Y tú no vales?
Ella tragó saliva. No supo qué responder.
Esa noche, Mimi limpió su rostro, sirvió la sopa que nadie comió, y lavó los platos. Mientras enjabonaba, pensaba:
¿Qué hice mal? ¿Por qué no basta con obedecer? ¿Hablé de más? ¿Fui confusa? ¿No supe callar?
Sintió que merecía ese castigo.Pero otra parte muy pequeña, enterrada en lo más profundo, dudaba. No se atrevió a escuchar esa parte.
A la mañana siguiente, se vistió con su mejor delantal. Peinó a Jihoon, le besó la frente y le dijo:
—No olvides repetir lo que dice el reglamento, ¿sí?
…
Mimi observaba a su hijo jugar con bloques de madera en el tapete del salón. Ya hablaba con claridad, y preguntaba cosas que a veces la hacían temblar.
—¿Por qué tú siempre dices que sí?
—¿Cómo que digo que sí?
—A todo. Cuando papi dice algo. Tú solo dices que sí.
Ella sonrió.
Esa noche, en la cama, Jungkook estaba diferente. Tenía la mirada encendida, el cuerpo tenso. No hablaba. Solo la tocaba con firmeza, casi con rabia, como si quisiera marcarla.
—¿Qué te pasa? —preguntó Mimi en voz baja, cuando él besaba su cuello con más fuerza de la acostumbrada.
—Estás muy suave hoy —murmuró él—. Como si no pensaras en nada. Como si fueras solo mía. Eso me gusta.
Ella no dijo nada. Cerró los ojos y dejó que él la tomara.No fue violento, pero tampoco fue amoroso.
Fue posesivo. Como quien reafirma su territorio.
Cuando todo terminó, él la abrazó por detrás. Tenía la voz más blanda, como si esa intensidad hubiera desaparecido.
—No hables con extraños en el jardín. Algunos hombres no entienden que ya estás ocupada.
Ella no preguntó a quién se refería. Solo asintió. Pero en su mente apareció una figura lejana. Taehyung. El único hombre que la había mirado como si pudiera elegir algo más.
Días después, mientras compraba frutas en el mercado designado para esposas modelo, lo vio.
Taehyung.
Cambiado, pero no tanto. Con una chaqueta vieja y una cicatriz en el pómulo izquierdo. Pasó caminando junto a ella y deslizó algo en su canasta. Un papel.Mimi no gritó. No miró alrededor. No hizo nada.
Siguió comprando como si nada.
En casa, dentro del baño, abrió el papel con manos temblorosas. “¿Todavía sabes quién eres?”
Lo leyó varias veces. Luego lo quemó en el lavamanos. Jungkook la encontró en la cocina, demasiado callada.
—¿Dónde estuviste tanto?
—En el mercado. Se tardaron en pesarme las peras.
—¿Había hombres?
Ella tardó en responder.
—No me fijé.
Él la tomó del brazo. Con fuerza.
—¿Te estás haciendo la lista? ¿Crees que puedes mentirme?
Mimi no supo qué decir. Nunca lo había visto así.
Él la empujó contra la pared. No fuerte, pero lo suficiente para hacerla sentir atrapada.
—Mírame. Tú eres mía. Yo soy quien te salvó. Yo soy quien te mantiene viva. Sin mí no eres nada.
Ella tragó saliva. Sintió una punzada en el pecho.
—¿Me escuchaste?
—Sí…
—Dilo.
—Soy tuya.
Él soltó su brazo, respirando agitado. Después la abrazó. Como si no hubiera pasado nada.
—No me hagas enojar.
Esa noche, su hijo se acercó mientras ella doblaba la ropa.
—Mami… ¿Papi es bueno?
Ella lo miró. Se le cayó una camiseta pequeña de las manos.
—Claro que sí, mi amor. Es el mejor.
—¿Y tú también eres buena?
Mimi lo abrazó fuerte. Demasiado fuerte.
—Lo intento, cariño. Mamá lo intenta mucho.
En su mente, aquella pregunta del papel aún ardía.
“¿Todavía sabes quién eres?”
Era mediodía cuando Mimi se desvió del camino habitual hacia el centro de madres. No lo planeó. Sus pies simplemente la llevaron. Una plaza vieja, medio abandonada, casi cubierta de maleza. Un banco de piedra. Una fuente seca.
Y ahí estaba él. Taehyung.
El mismo rostro. Más delgado, ojeroso. Más hombre. Pero seguía teniendo esos ojos que no se inclinaban.Ella se detuvo, temblando. Él no dijo nada. Solo abrió los brazos con lentitud, como si ella aún tuviera permiso de correr hacia ellos.
Y lo hizo.
Se abrazaron sin palabras. El olor de él… la seguridad, el peligro, todo mezclado.
—Mimi —susurró él—. Estás viva.
—No sé si lo estoy.
Se miraron. Muy de cerca.
—Tú no eras así —dijo él, tocándole la cara—. Tú eras fuego. Risa. Movimiento.
—Ahora soy un molde.
Él apretó la mandíbula.
—Dime que no lo amas.
Ella no respondió. Solo bajó la mirada.
—Él te ha cortado —dijo Taehyung con amargura—. No tienes brillo.
—Él me mantiene viva. Me protege. Me dio un hijo.
—¿Y tú lo elegiste?
Un silencio.
—Lo acepté —dijo al fin.
Taehyung la besó. Fue rápido, ansioso, como una chispa que no podía encenderse. Mimi no lo detuvo. Fue solo un instante. Un beso que no debía existir.
—Tengo que irme —susurró ella—. No debí venir.
—Siempre sabrás dónde encontrarme.
En casa, Jungkook ya la esperaba. No estaba en la sala. Ni en la cocina. Estaba en el dormitorio. Oscuro. Silencioso.
—¿Te divertiste?
Ella se congeló.
—Fui a la plaza… solo por un momento.
—¿Y qué había en la plaza?
Ella quiso mentir. Pero su rostro la traicionó.
Jungkook se acercó con una calma peligrosa. El lobo antes del salto.
—¿Lo viste?
Ella no respondió.Entonces él estalló. Golpeó la pared. Una lámpara se hizo pedazos. Mimi gritó, pero él no se detuvo. La tomó del brazo y la sacudió.
—¿¡Eres una maldita zorra!? ¿¡Después de todo lo que te he dado!?
Ella cayó de rodillas. Jungkook respiraba como un animal. Sus ojos ya no eran humanos.
—Tú eras mía —gruñó—. Te hice perfecta. Te limpié. ¡Te moldeé!
—Y por eso estoy muerta por dentro —susurró Mimi, sin fuerza.
Él la miró como si esa frase lo hubiera atravesado.
—¡Tú me perteneces!
Él levantó la mano.Y no la bajó. El hijo apareció en la puerta.
—¿Papá?
Jungkook retrocedió como si lo hubieran golpeado.
Mimi se levantó, con el rostro rojo y el alma rota. Abrazó a su hijo. Lo protegió.
—Ve a tu cuarto, mi amor. Mamá está bien.
El niño no se movió.
—¿Por qué gritaban?
Jungkook salió de la habitación sin mirar atrás.
Esa noche, Mimi no durmió. En su pecho, algo despertaba. Algo que no era amor, ni miedo. Era otra cosa. Una chispa.Y no podía dejar de pensar en Taehyung. Ni en ese beso.
Ni en la mano de Jungkook suspendida en el aire.
Mimi despertó con los nudillos marcados en el brazo. No fue un golpe directo. Fue un apretón. Uno fuerte. Uno que le dejó morado.
No era la primera vez.
Recordó otra noche. Estaba embarazada aún. Jungkook se había molestado porque ella mencionó un libro que solía leer en su infancia. Uno que él no conocía. Le dijo que ese tipo de memorias eran innecesarias, inútiles. Que si quería criar a un hijo puro, debía olvidar todo lo anterior.
Ella respondió con voz temblorosa:—Pero era solo un libro…
Entonces él la empujó. Con cuidado. Pero fue un empujón.
Mimi no cayó. Pero sintió el mensaje.
No se habla del pasado.
No se desea otra cosa.
Ahora, el presente era más duro. Jungkook no la tocó esa noche. No le pidió que se quedara a su lado. Solo cerró la puerta con llave desde afuera. Y ella supo que estaba encerrada. Que era una prisionera.
El hijo dormía en la habitación vecina. Mimi lo escuchaba murmurar en sueños.
Se llevó la mano al vientre, donde alguna vez ese niño fue un latido. Y pensó: “¿Cuánto más debo fingir que esto es amor?”
Días después, la dejaron salir. Con escolta. Dos mujeres del sistema la acompañaban siempre, fingiendo amabilidad. Sonreían. No tenían nombres. Solo voces tranquilas y ojos muertos.
Pero ese día, una se distrajo. O fingió hacerlo.
Y Mimi vio a Taehyung. En la esquina. De pie.
Se acercó. Temblando.
—Tae…
Él la miró con una mezcla de ternura y terror.
—¿Qué te hicieron?
—Estoy bien —mintió. Las manos le sudaban.
—Mimi, dime la verdad. ¿Te hizo daño? Ella tragó saliva. —Jungkook ya no es el mismo. —¿Y tú? Ella lo miró. Quiso decir “Sálvame”. Pero solo dijo:
—Estoy siendo perfecta. Él la abrazó. Otra vez. Solo un segundo. Solo un parpadeo de libertad. Entonces un zumbido vibró en su muñeca: el rastreador. Y supo que ya era tarde.
Esa noche, Jungkook la esperaba de pie. No gritó. No la golpeó.
Peor. —¿Te encontraste con él? Mimi bajó la cabeza. —Fue un accidente. Él la tomó del rostro con ambas manos. Parecía ternura. —Sabes que no puedo permitir eso, ¿verdad? Ella asintió. Entonces vino el golpe. No al rostro. No donde se viera. En las costillas. Preciso. Calculado. Ella cayó al suelo, sin aire. —No vuelvas a ponerme en esa posición —susurró él—. No vuelvas a hacerme esto.
Horas después, con el cuerpo adolorido, Mimi intentaba dormir junto a su hijo. Él la abrazó por la cintura.
—Mami, ¿por qué lloras cuando crees que no miro? Ella no respondió. —¿Papá te hace daño? —Papá… me quiere mucho. A veces solo… se enoja. El niño calló un instante. Luego murmuró: —¿Y si yo también me enojo un día?
El corazón de Mimi se quebró en silencio.
Ahora ya no eran solo recuerdos. Eran advertencias.…
“La porcelana no llora” Desde el reencuentro en el mercado, Mimi no volvió a ver a Taehyung. El recuerdo se convirtió en un eco que no quería escuchar, pero que volvía cada vez que el viento movía las cortinas o el niño se dormía demasiado rápido. En el sistema, los recuerdos eran traiciones si no se alineaban con la estabilidad. Así que los reprimió. Uno por uno. Como quien clava las uñas en la palma para no gritar.
Cada mañana, Mimi se levantaba antes que el sol. Se cepillaba el cabello, preparaba la comida del día, organizaba la ropa del niño, revisaba los horarios de vacunación, educación, conducta. El comité vecinal pasaba reporte cada semana. Nada podía fallar. Si el niño contestaba mal en clase, Jungkook lo sabría. Si Mimi dudaba al firmar el registro de conducta, él lo leería en sus ojos.
Una noche, mientras ella doblaba la ropa, Jungkook la observó desde la puerta. Llevaba una camisa gris y el rostro imperturbable. Se acercó lentamente. —He leído el informe del niño —dijo. Su voz era un susurro disciplinado—. Dicen que preguntó sobre el libre albedrío.
Mimi sintió que la sangre se le helaba.
—Es solo un niño curioso —respondió, sin dejar de doblar—. Lo corregí.
Jungkook se sentó en la silla frente a ella. La miró largo rato, como si buscara una falla microscópica. Como si pudiera oler el recuerdo de Taehyung aún adherido a su piel.
—Quiero que dejes de ir al mercado. Todo lo que necesites, lo pido yo. Ella asintió.
—Y tú... —su tono bajó aún más—. No vuelvas a sonreírle a nadie.
No dijo “otro hombre”. No hacía falta. Jungkook sabía. Siempre sabía. Mimi tragó saliva y siguió doblando.
Esa noche, él no la tocó. Ni con violencia ni con ternura. Pero ella sabía que estaba acumulando algo. Jungkook era como el sistema: castigaba cuando ya habías olvidado por qué. A la mañana siguiente, el niño, sentado a la mesa con el cuaderno de deberes, preguntó: —¿Mami, por qué ya no ríes como antes? Mimi se detuvo. —¿Antes? —Sí. Cuando yo estaba en tu panza, tú reías más. ¿Te hizo daño que yo naciera? Ella lo miró. La grieta tembló. —Nunca digas eso, mi amor. Tú me salvaste. Y en cierto modo era verdad. El niño le daba propósito. El problema era que ese propósito venía con barrotes invisibles. --- Pasaron semanas. Una noche, Jungkook llegó más tarde que de costumbre. Había tensión en su forma de caminar. Llevaba el cuello de la camisa manchado de sudor. Mimi supo que algo estaba por estallar. Se puso de pie de inmediato, lista para calmarlo. —¿Dónde estuviste esta tarde? —preguntó él, sin saludo previo. —Aquí. Cocinando. Enseñando las vocales al niño. —Mentira —espetó, y arrojó sobre la mesa una fotografía. Era una imagen en blanco y negro, de una cámara de vigilancia. Taehyung y Mimi. El momento exacto en el mercado. Mimi se quedó helada. —No lo vi. No hablé con él. —¿Me tomas por idiota? Y fue entonces. La mano de Jungkook no se levantó como una amenaza, fue directa, seca, exacta. Ella cayó al suelo con un golpe sordo. El niño gritó. Mimi lo miró desde el piso, con la mejilla ardiendo, y sonrió. —Todo está bien, amor. No pasa nada. Mamá fue descuidada. Jungkook se quedó mirándola con la respiración agitada. Como si esperara que ella protestara. Pero Mimi no lo hizo. Se levantó, acarició al niño, limpió la sangre de su labio y siguió cocinando. Esa noche, cuando estuvo sola, escribió en una hoja oculta entre las paredes del armario: “Hoy recordé por qué ya no soy persona. Pero sé que hubo un antes. No lo digo. No lo mostraré. Mi hijo no merece una madre rota. Pero por dentro, sigo oyendo su voz. La de Taehyung. Y aunque no lo vea más, sé que una parte mía sigue viva allá afuera.” Cerró el papel. Lo guardó. Mañana sería otra vez la madre perfecta. Pero por hoy, se permitió una grieta más.
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Epílogo: Carta en voz baja
Zona Neutral, Año 2071
Mi nombre ya no importa. Aquí todos me conocen por mi trabajo, por mis ideas, por la vida que decidí construir. Pero muy pocos saben de dónde vengo. Muy pocos conocen la historia de mi madre.
Yo la recuerdo como una mujer silenciosa. No porque no supiera hablar, sino porque el mundo le enseñó que su voz no tenía valor. Y, aun así, me enseñó a leer, a pensar, a cuestionar. A soñar con algo más que obediencia y miedo.
Ella fue madre antes de ser persona.
Nunca la vi romperse. Solo la vi ceder. Pero ahora entiendo que incluso ceder puede ser un acto de resistencia cuando no tienes otra opción. Me lo mostró con cada comida servida, con cada caricia sin palabras, con cada noche en la que esperó a que yo durmiera para llorar a solas, aunque yo fingiera no escucharla.
Ella creyó que me salvaba a costa de sí misma. Y tal vez tenía razón. Nunca la vi correr, pero me empujó a mí a hacerlo.
Nunca la vi pelear, pero me enseñó dónde estaban las injusticias. Nunca la vi libre, pero me enseñó a abrir la puerta.
Ahora trabajo por cambiar el sistema que la quebró. Lo hago cada día, sin ruido, con pasos firmes. Y en cada decisión, está ella. En cada verdad que digo, está su voz que nunca se escuchó. En cada injusticia que denuncio, está el golpe que ella no esquivó.
Mamá, si todavía estás viva, si tus ojos aún se abren cada mañana… quiero que sepas que te vi. Que no pasaste desapercibida. Que tu sacrificio no fue en vano.
Y si ya no estás... entonces espero que el viento lleve esta carta a algún rincón donde puedas descansar. Tú no fuiste un símbolo.
Fuiste mi universo. Y yo nací de tus grietas, no de tus cadenas. Gracias por quedarte, incluso cuando nadie te lo pidió. Gracias por ser fuerte, incluso cuando no podías. Gracias por enseñarme a irme, cuando tú no pudiste hacerlo.
Ahora es mi turno. Y yo sí voy a cambiarlo todo.
—Tu hijo.