Capítulo 1
☕ Capítulo 1: El ritual de Pacita
Pacita se despertaba antes que el sol. No porque tuviera prisa, sino porque su cuerpo, ese que ya crujía al moverse, aún conocía el horario de los que aprendieron a vivir con poco, pero siempre listos a compartirlo todo.
Se sentó al borde de su cama, acarició la mantita tejida que cubría sus rodillas y le murmuró a Paquita, su tortuga de concha despintada:
—Hoy va a ser un día bueno, vas a ver.
Paquita, como siempre, no respondió. Pero la siguió sin protestar mientras Pacita se levantaba con sus pasitos lentos, calzaba sus chancletas viejas —las de florecita bordada— y abría las cortinas para dejar pasar la primera luz del día.
El patio olía a tierra húmeda. Un par de gallinas cruzaban por ahí como si también tuvieran tareas pendientes. Pacita tomó su escoba y barrió el corredor con la dedicación de quien entiende que limpiar un espacio es también preparar el alma.
Después, fue directo a las fotos.
Cuatro marcos en la pared, todos bien limpios, todos algo desteñidos. Los hijos.
La gordita, con su sonrisa seria. La negrita, con sus ojos timidos. El peludito, que jamás se peinó. Y el colochito, el más pequeño, siempre enredado en sus propios cabellos y ocurrencias.
—Hoy me acordé de tus apodos, mirá vos… pero no de sus nombres —susurró mientras les pasaba el trapito—. Pero no se preocupen, sigo sabiendo de qué les gustaba el pan y con qué cara me pedían más atol.
Terminó el altar doméstico con una flor de papel que colocó frente a cada uno. Les dio una bendición con la mirada, como si todavía tuvieran que salir para la escuela o el trabajo. Luego, se dirigió a la cocina.
Sacó su vieja olla de peltre y puso a hervir el agua con café molido, canela y un poquitito de clavo. No era café de lujo, pero sabía a hogar. Mientras burbujeaba el aroma, Pacita amasaba las tortitas de yuca y preparaba empanadas de leche para freír más tarde.
—Hoy va atol de maíz nuevo, Paquita —anunció—. Que hay penas que se derriten mejor con dulcito caliente.
Alistó la mesita de madera y colocó su mantel de cuadritos. Puso cinco tazas, una por posible visitante. Y una más aparte: la suya, la taza rota, con una grieta visible que cruzaba desde el borde hasta la mitad.
Muchos le preguntaban por qué no la tiraba.
—Porque aunque esté quebrada, todavía guarda lo que calienta el pecho —decía siempre, mientras la levantaba con orgullo.
Finalmente, colgó el cartel de cartón sobre la verja de la entrada, escrito a mano con marcador rojo:
“Te cambio un café por una historia.”
Y así, con el café tibio en la olla, los antojitos cubiertos con un pañito, y Paquita ya dormida en su rincón, Pacita se sentó a esperar.
No sabía quién vendría ese día.
Pero sabía que vendría alguien.
Porque siempre hay alguien que necesita un cafecito…
…y una oreja de abuela para vaciarse el alma.