La Rueda de Hamster

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Summary

En la tienda de mascotas Reino Animal, todo parecía transcurrir con normalidad… hasta que la dueña introdujo unas misteriosas ruedas para hámsters. Lo que comenzó como un simple juego de ejercicio, pronto desató algo insospechado: las especies que usaban las ruedas —ratas, ratones, erizos, hurones y, sobre todo, los hámsters— comenzaron a evolucionar. En cuestión de generaciones, ya no eran solo animales domesticados: ahora construyen ciudades, establecen gobiernos y repiten los mismos vicios de la sociedad humana. Nuestra historia sigue a Girasol y Piggy, dos hámsters que crecieron juntos como mejores amigos. En un mundo regido por la codicia, las apariencias y una doble moral que ha olvidado sus raíces, ellos buscarán conservar su esencia. ¿Podrán mantenerse fieles a sí mismos o acabarán siendo una pieza más del engranaje hipócrita que los rodea? Descúbrelo tú mismo en esta fábula moderna sobre la ambición, la identidad y la memoria.

Genre
Drama
Author
mariela
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 Petalo

Había una vez un grupo de hámsters.

Vivían en un amplio recinto de madera y acrílico, cubierto de aserrín y pequeños pedazos de papel periódico que ellos mismos desgarraban con entusiasmo. Algunos eran grandes y redondos, otros pequeños y veloces. Los había cafés, grises, blancos, moteados, incluso uno o dos con tonos dorados que parecían brillar bajo la lámpara cálida del local. Pero todos, sin excepción, tenían algo especial que los hacía únicos.

Algunos tenían un pelaje sedoso que parecía flotar con el aire. Otros destacaban por su rapidez, por su habilidad para excavar, por su voz chillona o su ternura peculiar. Cada uno se expresaba a su manera, y el recinto entero vibraba con una energía juguetona y viva.

Durante el día, los hámsters corrían, excavaban, trepaban pequeñas rampas improvisadas y construían madrigueras acorde a sus gustos. Algunos preferían dormir al aire libre, acurrucados bajo la luz filtrada que entraba por las rendijas de la tapa. Otros cavaban profundo, creando verdaderos laberintos subterráneos, tan elaborados que incluso algunos compañeros se perdían al intentar visitarlos. Pero todos, cada uno a su manera, eran felices. Había discusiones ocasionales, por supuesto, pero el equilibrio se restauraba con facilidad. La vida era sencilla. Tranquila. Orgánica.

Hasta que un día, todo cambió.

La vendedora, una mujer de bata blanca y manos rápidas, trajo muchas ruedas de plástico brillante y las colocó en cada rincón del recinto. Ruedas azules, rojas, verdes y lilas, perfectamente nuevas, con una pequeña ranura al centro de su eje. No era algo normal. Las ruedas, hasta entonces, solo se veían cuando un hámster era comprado y colocado en una jaula individual. Así que su repentina aparición confundió a muchos.

—¿Es día de adopciones? —preguntó uno de los mayores.

—¿Vendrán humanos por nosotros? —susurró una pequeña.

Pero nadie fue llevado ese día. Ni el siguiente. Ni la semana entera. Las ruedas, inusuales y llamativas, simplemente permanecieron ahí. Interrumpiendo caminos, bloqueando túneles, tomando el espacio donde antes jugaban y construían. Algunos hámsters intentaron seguir con su vida habitual, pero ya no era lo mismo. El recinto se había vuelto estrecho, caótico. Las ruedas, silenciosas y desafiantes, parecían observarlos.

Fue entonces que Pétalo, el más ingenioso de todos, decidió probar una.

Subió con cautela, sintiendo cómo el plástico crujía bajo sus patitas. Al principio no entendió qué hacer. La rueda se movía si él caminaba, pero no parecía conducir a ningún lado. Daba vueltas y vueltas, pero el mundo alrededor no cambiaba. Justo cuando se cansaba y pensaba en bajarse, algo inusual sucedió.

Con un leve clic, del centro de la rueda cayó una semilla de girasol.

Pétalo la tomó entre sus pequeñas garras y la olió. Era distinta. Más pesada. Más brillante. Y cuando la mordió, un sabor dulce y profundo le llenó la boca, como si cada fibra de su cuerpo despertara. Aquello no era una semilla común. Era, sin duda, la mejor que había probado en su vida.

Con renovada energía, subió de nuevo y siguió corriendo. La rueda, obediente, le entregó otra semilla. Y otra. Y otra. Cada una igual de deliciosa que la anterior. Pétalo no entendía cómo funcionaba, pero no le importaba. Había descubierto algo maravilloso.

Los otros hámsters, intrigados, se acercaron.

—¿Por qué corres tanto, Pétalo? —preguntó una.

—¿No te cansas? —cuestionó otro.

Pétalo, con generosidad, les dio una semilla a cada uno. Al probarla, sus ojos se agrandaron, sus bigotes temblaron, y un silencio reverente se apoderó del grupo. Pronto, uno por uno, fueron subiendo a las ruedas cercanas.

Y entonces ocurrió lo inevitable: más semillas comenzaron a caer.

Los hámsters, maravillados, corrían sin parar. Algunos competían por ver quién obtenía más. Otros intentaban copiar el estilo de Pétalo, creyendo que quizás eso desbloquearía mejores semillas. Las madrigueras quedaron vacías, los túneles abandonados, y la mayoría de los juegos que antes les daban alegría fueron olvidados.

Pasaron los días. Las semanas. Los meses.

Y con el tiempo, nuevas generaciones de hámsters nacieron en ese mundo lleno de ruedas. Para ellos, no existía otra forma de vida.

Ya no se hablaba de madrigueras profundas ni de juegos bajo el aserrín. Desde pequeños, se les enseñaba a correr. Se les decía que solo los más veloces tendrían una rueda propia. Que las semillas no eran un regalo, sino una meta. Que correr era su propósito.

Y aunque más ruedas habían sido colocadas con el tiempo, la población crecía más rápido que los recursos. Las ruedas eran ahora disputadas, y muchas veces había tres o más hámsters tratando de correr en la misma. Las semillas, al caer, eran divididas. A veces se peleaban por ellas. A veces, simplemente no había suficientes.

Solo Pétalo y unos pocos de los primeros en correr aún conservaban su propia rueda. Los demás tenían que compartir, competir, ceder. Algunos hámsters jamás habían probado una semilla entera en su vida. Solo migajas. Solo el eco de lo que alguna vez fue.

Así, los hámsters crecían, corrían, y se desgastaban.

Corrían por su familia, decían. Corrían para ser útiles. Corrían para sentirse valiosos. Pero cada vez que se bajaban, sus patas temblaban, sus espaldas dolían, y su espíritu se sentía un poco más vacío.

En silencio, algunos recordaban los cuentos antiguos que hablaban de madrigueras profundas, de la alegría de excavar, del juego libre entre papel y aserrín. Pero a nadie le gustaba hablar mucho de eso. Parecía cosa de locos. O de vagos.

Y sin embargo, a veces, justo antes de dormir, en medio del zumbido incesante de las ruedas, uno o dos hámsters se atrevían a mirar el cielo del recinto, soñando con la posibilidad de una vida distinta.