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Una vez creí que el amor sería rojo ardiente
Pero es dorado
I only see daylight
Todo comienza con una mirada.
Aquello que cambia por completo tu vida y la convierte en una experiencia que puede resultar agradable o no.
Unos iris dorados con una mezcla de gris. Brillantes y expresivas. Grandes ojos brillantes de un dorado con un núcleo gris. Hermosos. Exóticos. Hipnotizantes. Diferentes.
El mundo cambio.
Todo dejo de tener sentido por un microsegundo. Fue como un borrador gigante que paso sobre su vida, borrando absolutamente todo para que el lápiz comenzará a escribir lo que ahora era importante. La gravedad que lo sostenía ahora era reemplazada por la persona delante de él; cada importancia de su vida antes de verla se tornaba tan insignificante como algo tonto e innecesario, porque lo único que importaba era la chica de brillantes ojos delante de él.
Cada latido de su corazón le pertenecía.
Cada aliento era suyo.
Cada suspiró y cada parte de él ahora eran por ella.
Su mente, su alma y su cuerpo, todo le pertenecía.
El hormigueo en sus dedos, ante la urgente necesidad de tocar su tersa piel y acariciar cada espacio, de tenerla entre sus brazos y protegerla de todo mal.
Era como un golpeteo constante a su corazón. Retumba en sus oídos y puede sentirlo en cada parte de su ser. Todo brilla. Todo mejora. Todo es... Dorado.
Dorado.
Dorado.
Hasta que vuelve a caer en la realidad.
Y entiende lo que ha pasado y peor aún, con quién.
La incredulidad lo abraza como un chapuzón en agua helada. Se queda inmóvil, mirando a la persona delante de él con completa perplejidad.
Esto tenía que estar mal.
No puede ser.
—Eh, ¿por qué esa mirada de asesino, perrito? —Su voz. Oh, maldición, su voz. Suave, un poco ronca y ligera como el sonido del viento.
Él no podía creerlo.
¿Una sanguijuela? ¿Se ha imprimado de una maldita sanguijuela?
—Eres un maldito vampiro —su voz salió estrangulada, enfadado—. ¡Se supone que debo odiarte!
—O podrías amarme —sugirió ella, con esa voz encantadora.
No parecía entender la gravedad del asunto.
¿Qué demonios haría ahora?
—Cállate. Te odio.
—Yo te odio más, que no sea competencia.
¿Por qué sonreía? ¡No debería tomarse esto con humor! Paul se sintió completamente frustrado al respecto, viendo esa sonrisa burlona.
Oh, dios.
¿Cómo podría aceptar esto con tal facilidad?