BAJO SU CONTROL

Summary

Jimin nunca debió aceptar ese trabajo. Era solo una pasantía en la firma privada Black Aurora, una empresa de élite envuelta en secretos y lujos que olían a poder. Su jefe: Jeon Jungkook, joven CEO, implacable, seductor, intocable. Lo que comenzó como un cruce de miradas silenciosas y roces innecesarios, pronto se convirtió en un juego peligroso. Jungkook no seguía las reglas, y Jimin... tampoco quiso seguir resistiéndose. Pero el deseo tiene un precio, y en la oficina más alta del edificio, todo se paga con piel.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

La orden de las 8

El reloj marcaba exactamente las 8:00 p. m. cuando Jimin volvió a revisar el correo. El último en irse. El único al que aún no le habían aprobado ni una semana libre.

—Sr. Jeon desea verle. Ahora.

La voz de la secretaria fue seca. Precisa. Como un disparo.

Jimin tragó saliva. Su cuerpo ya sabía qué venía, incluso antes que su mente. Jungkook no mandaba a llamar a nadie después del horario... salvo a él.

Entró.

Oficina en penumbra. Persianas cerradas. Whisky en la mesa. Jungkook, de pie, con ese maldito traje de lino oscuro y los guantes de cuero que nunca se quitaba cuando estaba con él.

—De rodillas —ordenó, sin mirarle.

Jimin obedeció. No era sumisión. Era necesidad.

El CEO se inclinó, lo tomó del mentón con una sola mano enguantada, como si evaluara una joya que le pertenecía. Y entonces, sus labios rozaron apenas su frente, luego bajaron con lentitud... hasta rozar su oreja.

—Te ves tenso, pasante. ¿Has olvidado a quién sirves?

Jimin cerró los ojos. Su cuerpo ya no le pertenecía. Solo podía suplicar que lo tocara, que lo destruyera, que lo volviera a construir a su manera.

Y Jungkook lo sabía.

—Hoy no hablarás, Jimin. Solo gemirás.


El sonido del cinturón deslizándose fue lo único que interrumpió el silencio. No hubo preguntas, ni miradas. Solo la orden silenciosa del cuero entre los dedos enguantados.

—Levanta la vista —susurró Jungkook.

Jimin obedeció. Su cuello fue sostenido con firmeza mientras su mirada era atrapada por la del CEO, detrás de unas gafas oscuras que no dejaban ver los ojos, pero sí el deseo que emanaba de su aura.

Jungkook se inclinó. Su boca rozó los labios de Jimin con una lentitud exasperante, sin besarlo. Apenas una provocación.

—¿Recuerdas lo que dije anoche?

Jimin asintió, con la respiración contenida.

—Dilo.

—Que... —la voz le tembló—. Que me romperías hoy.

Jungkook sonrió apenas, ladeando el rostro como si saboreara su rendición.

—Bien.

Se puso de pie. Caminó lento hacia el sillón negro de cuero al fondo de la oficina. Se sentó con las piernas separadas y extendió una mano enguantada.

—Ven aquí. Sobre mis piernas.

Jimin se incorporó con lentitud. Sus piernas temblaban de anticipación. Caminó hasta él, se colocó sobre su regazo y sintió la dureza inmediata de su entrepierna presionando contra la suya.

El beso llegó entonces, salvaje, sucio, como si Jungkook quisiera arrancarle la respiración. Su mano se enredó en su nuca mientras la otra ya bajaba, por debajo del pantalón.

—No llevas ropa interior. Obediente.

—Como tú lo ordenaste —murmuró Jimin, con los labios húmedos.

Jungkook lo giró con fuerza, haciéndolo quedar de espaldas sobre su regazo, el cuerpo encorvado hacia el escritorio. Le bajó el pantalón sin ceremonia y luego dejó caer la palma enguantada sobre una de sus nalgas. El sonido seco del golpe se mezcló con un gemido contenido.

—Cada marca será mía —gruñó Jungkook contra su oído—. No saldrás de aquí sin saber a quién perteneces.

Y empezó.

Una, dos, tres palmadas medidas. No eran castigos. Eran avisos. Promesas. Y Jimin se rendía a cada una como si le doliera y lo amara al mismo tiempo.

Jungkook se quitó los guantes entonces. Los tiró sobre el escritorio. Y con sus manos desnudas bajó hasta acariciar la parte más sensible de Jimin, haciendo que su cuerpo temblara.

—Dime qué eres para mí.

—Tuyo... solo tuyo... —jadeó el menor, apenas sosteniéndose.

El CEO lo penetró con dos dedos sin más preámbulo, conocedor de cada gesto, cada debilidad. Preparándolo mientras su propia erección exigía ser liberada.

—Y aun así —susurró, mordiéndole el cuello—, vas a suplicarme por más.

Jimin gimió fuerte, sin pudor. La tensión, la necesidad, el fuego entre sus piernas... todo lo consumía.

—Jungkook... por favor... hazlo ya.

El sonido de la cremallera bajando fue la única respuesta.

Y cuando lo sintió entrar, duro, lento, profundo... Jimin supo que ya no tenía control de nada. Que si moría esa noche, moriría feliz.

—Así —jadeó Jungkook—. Cada noche, cada maldito gemido... es solo para mí.

Y lo tomó.

Lo tomó como si lo poseyera desde el alma hasta la piel. Con ritmo calculado al principio, luego más salvaje. Golpes de cadera que chocaban con su cuerpo con un eco húmedo y rítmico. El escritorio temblaba. Jimin lloraba y gemía de placer, perdido en una dimensión sin tiempo, donde solo existía él... y Jungkook dentro de él.

—Mírame cuando te vengas.

Jimin giró el rostro, con los ojos nublados de lágrimas y lujuria. Y cuando Jungkook le tocó al ritmo de sus embestidas, no pudo más.

Su cuerpo se tensó, los dedos se clavaron en la madera... y se vino con un grito ahogado.

—Tan hermoso cuando te rompes... —susurró Jungkook, alcanzando su propio clímax segundos después, enterrado hasta el fondo.

Ambos quedaron jadeando. Fundidos. Sudorosos. Con la habitación oliendo a sexo, a poder, a algo más oscuro.

—Mañana a la misma hora —dijo Jungkook, con voz grave—. Y sin ropa interior.

Jimin no respondió. Solo asintió, con los ojos bajos y la piel marcada.

Ya no era suyo.

Nunca más volvería a serlo.