"El Primer Milagro"
"El Primer Milagro"
El sol agonizante del desierto teñía de rojo las ruinas de Al-Mudawar, una ciudad fronteriza entre los reinos del Sur (donde la arena devora huesos) y los del Oeste (donde los ríos son dioses de barro). Hacía tres lunas que la guerra comenzó, no por fe, sino por odio.
Los soldados del Oeste avanzaban con sus espadas y lanzas de metal, rezando a su Dios divino. Los del Sur, envueltos en telas húmedas, usaban, dagas y espadas curvas, que destellaban como lágrimas bajo el sol.
En medio del caos, el general Kael, del Oeste, encontró a una mujer escondida entre los escombros. Llevaba un bebé envuelto en un manto de lino blanco, demasiado limpio para aquel infierno.
—¿Qué hace una cría aquí?— gruñó Kael.
—No es mía— mintió la mujer, cuyo nombre es Mara, mirando hacia las "estatuas rotas" que rodeaban la plaza. Estatuas que, según las leyendas, una vez caminaron.
Una flecha surcó el aire y se clavó en el hombro de Kael. Antes de que pudiera maldecir, el bebé alcanzó su herida sangrante, y esta se cerró con un chasquido seco.
Los soldados que lo vieron cayeron de rodillas. Los que no, siguieron matándose entre sí.
Esa noche, mientras la ciudad ardía, Kael examinó las estatuas. En sus bases, encontró grabado:
"Cuando la sangre del cielo sane la tierra, los durmientes romperán su ayuno".
No entendió las palabras, pero el bebé, ahora dormido contra el pecho de la mujer, sonrió como si las reconociera.
Al amanecer, Kael decidió llevarlos a Relik, la capital del Oeste. No por compasión, sino porque una voz en el viento le susurró:
"Aquel niño no podrá quedarse aquí en el infierno".