Sin tu permiso.

All Rights Reserved ©

Summary

Dos familias rusas con décadas de tensiones sellan una alianza mediante un matrimonio estratégico: Ekaterina, la hija alfa Dragunova, se unirá con Lev, el omega Antonov. Ambos odian la idea. Ella no quiere cargar con un omega que considera débil. Él no desea ser "entregado" como moneda de cambio. Sin embargo, tras el matrimonio, lo que comienza como frialdad y rechazo mutuo se convierte lentamente en interés, respeto, deseo y, eventualmente, amor. Pero el camino es largo. Habrá celos, rut, celo inducido, traiciones internas, secretos familiares oscuros, intentos de separación, y un juego de poder que pondrá a prueba su vínculo. Durante su luna de miel, los padres de Lev inducen artificialmente su primer celo, esperando manipular a la pareja. Pero Ekaterina, aún con su frialdad, no lo abandona. Lo toma. Lo reclama. Lo calma. Lo ata a ella.

Genre
Erotica
Author
Yukito~
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 – El brindis del pacto.

Capítulo 1 – El brindis del pacto.

La nieve caía con lentitud sobre los ventanales de cristal blindado del salón de mármol blanco. Un silencio elegante, tenso y perfectamente calculado reinaba sobre la larga mesa de roble negro donde las dos familias más poderosas de Rusia se encontraban reunidas.

Por un lado, la familia Dragunov, figuras imponentes vestidos con negro impecable, joyas discretas pero costosas, ojos afilados como cuchillas. En la cabecera, como un trono en forma de silla, Ekaterina Dragunova permanecía en silencio. Su postura recta, el cruce de piernas firme y su mirada fija en el vaso vacío frente a ella dejaban claro que no estaba allí por elección. Su madre, una alfa aún más fría que ella, le había ordenado obedecer. Como siempre.

En el otro extremo de la mesa, la familia Antonov irradiaba otra clase de poder. No eran agresivos; eran elegantes. Un dominio calculado, ejecutado con sonrisas suaves y amenazas veladas. Lev Antonov, el hijo menor, estaba sentado a la izquierda de su padre. El omega llevaba un traje gris perla perfectamente ajustado, cabello castaño claro peinado con precisión, y una expresión inexpresiva que rozaba el desprecio. No desvió la mirada hacia Ekaterina ni una sola vez.

No necesitaba verla para saber lo que era: una alfa más con aires de superioridad. Una Dragunov.

—Estamos aquí para firmar el futuro —dijo el padre de Ekaterina, rompiendo el silencio—. Y sellar con él el fin de cualquier sospecha o tensión entre nuestros linajes.

—El futuro siempre ha sido una inversión a largo plazo —respondió el padre de Lev, con una sonrisa gélida—. Y nuestra inversión será sólida.

Un leve gesto de su mano y un asistente colocó sobre la mesa dos cajas negras. Una contenía el contrato matrimonial, ya con firmas preliminares. La otra, dos copas de cristal cortado, ya servidas con vino rojo intenso.

—Cuando los herederos beban juntos, la unión será oficial ante nuestras casas —anunció una mujer Dragunov de voz cortante.

Lev soltó una risita irónica. Ekaterina levantó la ceja.

—¿Brindar como sello de una transacción? Qué tradicional —murmuró el omega, sin siquiera molestarse en disimular su sarcasmo.

—Preferirías que fuera una jaula dorada, Lev Antonov? —respondió Ekaterina por primera vez, sin girar la cabeza hacia él.

Lev ladeó el rostro, sus ojos color gris claro fijos en ella por fin. Su belleza era indiscutible: cabellos azabache recogidos en un peinado de gala, pómulos altos, labios delgados, y una expresión de absoluta indiferencia.

—Una jaula aún permite espacio para pensar. —Sonrió con frialdad—. Esto, en cambio, es una fusión corporativa con carne de por medio.

Ekaterina apretó la mandíbula. Sus ojos se encontraron por un instante, chocando como hielo contra fuego.

Los presentes no dijeron nada. Sabían que la tensión era natural. Esperada. Incluso deseada. El resentimiento crearía raíces… y el amor, si algún día brotaba, sería fruto de ese rencor transformado.

—Lev —dijo su padre con voz firme—. Toma la copa.

Él obedeció sin protestar, pero lo hizo con la lentitud de quien firma su sentencia.

—Ekaterina —indicó su madre.

La alfa tomó la copa sin vacilar. Sus dedos estaban tan firmes como su expresión.

—A la alianza —dijeron en coro los ancianos de ambas familias.

Lev y Ekaterina alzaron las copas… y se miraron a los ojos por última vez como dos extraños.

El cristal tintineó suavemente.

Bebieron.

El sabor era fuerte, afrutado… pero con una nota amarga que ni el vino más fino podía disfrazar: el sabor del compromiso sin elección.

Al terminar, ambos dejaron las copas en la mesa. Ekaterina se levantó. Su padre asintió.

—Desde este día, Ekaterina Dragunova y Lev Antonov están unidos por contrato, por deber… y por el honor de sus familias.

Un leve aplauso siguió. Corto. Medido. Obligado.

Lev bajó la mirada. Las palabras no lo tocaban. Él no creía en el honor cuando se usaba como collar. Ni en los votos pronunciados con los labios cerrados por el orgullo.

Pero no podía escapar.

Y ella tampoco.


Más tarde, cuando la reunión había terminado y la recepción estaba en marcha, Lev salió al enorme balcón del segundo piso, abotonándose su abrigo contra el frío. Desde ahí, la nieve caía con gracia sobre los jardines iluminados por lámparas doradas. Un mundo perfecto. Una mentira hermosa.

Sintió pasos tras él, pero no se giró.

—¿Escapando ya de tu nuevo destino? —preguntó Ekaterina con voz baja.

—Solo observando la prisión desde sus torres —respondió Lev.

Ella se detuvo a su lado. El silencio volvió a caer entre ellos, denso como la nieve.

—No tienes que gustarme —dijo Ekaterina sin mirarlo—. Ni fingirlo. Pero no me entorpezcas. Este matrimonio existe para un fin. Y yo cumplo mis deberes.

—¿Y ese deber incluye llevar a la cama a un omega como yo? —preguntó él, girando su rostro con lentitud hacia ella—. ¿O solo a firmar papeles y sonreír ante las cámaras?

Ekaterina no respondió de inmediato. Su mirada era impenetrable.

—Solo te digo esto una vez, Lev Antonov —susurró ella—: no soy como los alfas que conoces. No busco amor. Ni ternura. Solo resultados.

—Perfecto. —Sonrió Lev con una frialdad que ocultaba su creciente ansiedad—. Yo tampoco estoy en busca de una esposa. Prefiero que no me toquen. Así que no te esfuerces.

Por un instante, algo se tensó en la mandíbula de la alfa. Pero no dijo nada más. Se giró y se marchó, dejando tras de sí un aroma tenue a menta helada y metal.

Lev respiró hondo. En el frío de la noche, su corazón latía con fuerza. No por atracción. No aún.

Pero sabía algo con certeza: esa mujer lo destruiría… o lo salvaría. Y él aún no sabía cuál de las dos prefería.


Continuará en el Capítulo 2 – “La noche de los muros fríos”, donde se mostrará la llegada de Lev a la mansión Dragunov, su instalación en una habitación separada y los primeros roces domésticos entre ambos.