Capitulo 1 - Adán y Eva, pero con sazón
Dios creó al hombre primero.
Eso ya lo sabemos.
Y aunque lo pinten como un acto divino,
yo siempre pensé que fue una prueba.
Porque Adán, solo en el Edén,
era como un plátano sin freír:
verde, sin sabor,
y con la cáscara puesta.
Caminaba por el paraíso sin saber qué hacer,
con esa cara de hombre que espera instrucciones pero no las pide.
Le pusieron árboles, flores, ríos limpios...
y aun así se aburría.
Entonces Dios, cansado de ver a su primera creación sin propósito y sin plan, decidió hacerle compañía.
Y nació Eva.
La primera mujer.
Y quizás, la última que entró al mundo sin deuda ni trauma.
Eva vino con silencio en los labios y fuego en la mirada.
Aprendió a caminar entre los árboles
como si ya supiera que un día tendría que escapar de algo.
Y por un tiempo, todo fue armonía.
Hasta que la serpiente,
ese animal alargado como chisme viejo,
empezó a hablar.
Porque en toda historia donde hay paz,
siempre aparece una lengua con tiempo libre.
La serpiente no ofrecía veneno,
ofrecía duda.
Le dijo a Eva que si comía la fruta,
sería como Dios.
Y Eva, que no era tonta ni pasiva,
pensó:
"¿Y por qué no?"
La mordió con la misma decisión con la que una mujer se corta el pelo cuando ya no quiere explicarse.
Y le pasó un pedazo a Adán.
Y Adán, como quien acepta sin preguntar, se lo comió.
No por maldad,
sino por costumbre.
Y ahí...
todo cambió.
Sintieron vergüenza.
No por el pecado,
sino porque por primera vez se vieron completos.
Y nadie está listo para verse sin ropa ni excusas.
Dios apareció,
no con rayos ni fuego,
sino con preguntas:
—"¿Qué hicieron?"
Y Adán,
en lugar de asumir,
culpó a Eva.
Y en ese momento,
nació la tradición milenaria del hombre que se lava las manos con agua que no es suya.
Fueron expulsados.
Con hojas mal puestas,
con miedo,
y con una historia que siempre la culparía a ella.
Pero si me preguntas a mí,
la culpa no fue de Eva,
ni de Adán,
ni de la fruta.
Fue de Dios,
que puso el árbol en el centro y se fue a caminar.
Porque hasta en el paraíso,
la tentación entra por la puerta que alguien deja entreabierta.
En fin...
Así empezó el mundo:
con una mordida,
una mentira,
y un hombre que se lavó las manos antes que Pilato.