Customize readability
Aa

Phobos

Summary

Cuando un adolescente mutante llamado Isaías Del Castillo despierta un poder capaz de manipular el miedo mismo, su vida se convierte en una cacería a nivel global. Perseguido por el gobierno y observado con recelo por los X-Men, Isaías es tanto un peligro como una promesa. Su alter ego —una entidad hambrienta que se alimenta del terror ajeno— amenaza con devorarlo desde adentro, mientras fuerzas cósmicas como Mephisto y Nightmare ya lo ven como un posible heredero de su trono en el caos. Entre la desconfianza de aliados, la obsesión de enemigos y un mundo que lo teme, Isaías deberá decidir si es víctima… o el nuevo depredador de la era mutante. El miedo es su don. Y su condena.

Genre
Action
Author
Zelrech69
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

PHOBOS: Orígenes

El Día Que Todos Dejaron de Gritar .


No era un mal día.

La lluvia caía como si el cielo no tuviera prisa. Isaías caminaba con los audífonos puestos, el volumen lo bastante bajo para escuchar su entorno, lo bastante alto para ignorarlo. Pasaba frente al mural del barrio —uno de esos con alas de ángel pintadas para que te tomaras una foto si eras suficientemente ingenuo.

Él nunca se tomó una.

Tenía 16 años.

Tenía miedo casi todos los días.

Pero lo sabía esconder muy bien.


---

El tiroteo comenzó en el pasillo C.

Dos estudiantes, cargados con armas robadas, entraron al edificio por una puerta que nunca cerraba bien. No hubo aviso. No hubo gritos, al principio. Solo pasos rápidos y metálicos.

Isaías estaba en la biblioteca. Cuatro mesas atrás. La esquina con las luces parpadeantes. Ahí, donde se sentaba para que nadie lo viera leer novelas de terror.

Entonces escuchó el primer disparo.

Luego el segundo.

Y luego, el grito de alguien que conocía: Andrés, el de biología.


---

El mundo se volvió lento.

Las luces se apagaron y volvieron.

La bibliotecaria gritó. Los estudiantes corrieron.

Isaías... no pudo moverse.

Era como si su cuerpo estuviera clavado al suelo, como si su pecho estuviera atado con alambre de espino invisible. Quería correr, pero una sensación crecía dentro de él. No era miedo como el que sentía usualmente. Era algo diferente. Algo hambriento.


---


Los pasos se acercaban.

El aire se volvía más denso.

Y entonces —algo dentro de él susurró.


“Dámelo.”


Isaías parpadeó.

Las sombras en la habitación se estiraron como uñas.

Las lágrimas de los estudiantes parecían evaporarse.

Y los disparos… dejaron de sonar.


No porque se detuvieran.

Porque todos dejaron de escucharlos.


Isaías se alzó lentamente.

Su cuerpo temblaba, pero no de miedo. Su piel estaba fría. Sus ojos brillaban con un resplandor pálido, como si algo estuviera mirando desde dentro. Las paredes temblaron. Los libros comenzaron a volar desde los estantes.


Y entonces él habló, pero no con su voz.


“¿Sienten eso?”

“Eso es el miedo tratando de salir.”


Los tiradores entraron. Se detuvieron.

Y en un segundo, uno de ellos gritó como si su alma ardiera.

Empezó a arrancarse la ropa, a rasguñar su piel, como si algo lo quemara por dentro.

El otro cayó de rodillas, llorando como un niño. Suplicaba. Pedía perdón.

Nadie entendía qué estaba ocurriendo. Ni siquiera Isaías.

Las luces parpadeaban como si el edificio tuviera miedo de ver.

Las sombras en el techo comenzaron a formar figuras que no existían.

Los estudiantes salieron corriendo.

Él se quedó ahí. Solo. Con los dos cuerpos retorciéndose.

Y la voz dentro de él volvió a hablar:


“Ahora me conocen.”


---

Veinte minutos después, llegaron los SWAT.

Pero no encontraron armas activas. Solo dos chicos completamente rotos, gritando cosas incoherentes sobre sus peores pesadillas.

Isaías estaba fuera, empapado por la lluvia, caminando descalzo.


Nadie lo había visto salir.

Nadie se atrevía a preguntarle qué ocurrió.

Solo alguien lo observaba desde un auto negro a distancia:

Una mujer rubia, de blanco, con ojos como diamantes.

Emma Frost.




Algo Dentro de Mí Sigue Despierto


El departamento olía a cloro.

Su madre lo había limpiado todo como si fuera una escena del crimen.


Isaías se sentó en el borde del sillón, aún empapado por la lluvia, sin atreverse a hablar.

Su padre lo observaba desde el umbral de la cocina. El televisor estaba encendido, pero nadie lo veía. Las noticias hablaban de los tiradores. De cómo algo desconocido los había detenido.

No mencionaban nombres. Aún no. Pero sus padres sabían. Lo vieron en sus ojos.


“¿Qué hiciste, Isaías?”

Su madre hablaba bajito, sin acusarlo… pero sin abrazarlo.

“¿Qué hiciste?”


Él solo podía responder:


“No lo sé.”

Su padre, siempre duro, le lanzó una mirada imposible de sostener.


“Ya no eres tú.”

“Mi hijo no hace esas cosas.”

“Mi hijo no da miedo.”

Isaías tragó saliva.

Pero en el fondo, algo sonrió.

“Ellos sienten lo que eres. Tú también lo sentiste, ¿no?”

“Ese calor en el pecho. Esa grieta en el aire. El silencio después del grito.”


Él sacudió la cabeza.

Se levantó, sin saber a dónde ir.

Su madre no lo detuvo.

Su padre no preguntó.

La puerta se cerró sin fuerza, como si la casa lo exhalara para siempre.

La calle estaba húmeda.

Las sirenas sonaban a lo lejos.

Isaías caminó hasta que sus pies dolieron. Pasó por la estación abandonada, bajó por el túnel de servicio. Nadie iba ahí. Ese era el punto.

Se sentó en la oscuridad, abrazando sus rodillas.

Trató de recordar con claridad qué había pasado.

Pero los recuerdos eran como sueños febriles: libros volando, sombras retorciéndose, alguien llorando sangre.


Y esa voz.

La voz.


“Yo no fui quien disparó.”

“Yo fui quien los hizo mirar lo que realmente temían.”

“Y sobrevivieron. Eso es casi noble, ¿no crees?”


Isaías apretó los dientes.


“¿Qué eres?”

“¿Qué me estás haciendo?”

“Soy tú. Lo que pasa es que ahora te escuchas por primera vez.”


Se llevó las manos a la cabeza.

Las luces del túnel parpadearon aunque no había electricidad.

El aire se volvió espeso.

Isaías sintió algo en su nuca, como si alguien invisible respirara sobre él.

Cuando volvió, no habían llamado a la policía.

Tampoco a un médico.

Ni siquiera a un sacerdote.

Llamaron a la tía Luisa, que creía en limpias con huevo y decía que el diablo se escondía en los hijos con ojos tristes.

Isaías entró sin hacer ruido.

Su madre ni lo miró. Estaba en la cocina, partiendo limones con una fuerza que los hacía sangrar.

Su padre lo esperaba en la sala, de pie, con los brazos cruzados.


“Siéntate.”

Isaías no se sentó.


“¿Dónde estabas?”

“Caminando.”

“¿Con quién?”

“Con nadie.”

“¿Estás usando algo?”

“No.”

“¿Estás poseído?”


Silencio.

El aire se volvió más frío.

Su madre salió con un vaso de agua y una rama de ruda.


“Tómate esto.”

“¿Para qué?”

“Para que se te salga lo que sea que tengas adentro.”


Isaías lo tomó. No lo bebió.


“No es eso,” dijo.

“No estoy poseído. No fue un demonio. Fui yo. Fui yo… pero no sé cómo.”

“¡No!” gritó su madre.

“Tú no fuiste. Eso no fuiste tú. ¡Eso no puede ser tú!”

“¿Y si sí lo soy?”

La ruda cayó al piso.

Su padre avanzó un paso, lento, como si caminara sobre cristales.


“Isaías… no digas eso. No repitas eso. Escúchame: no hables de esto con nadie. ¿Me oyes? Nadie. No en la escuela. No a tus amigos. No a nadie.”

“¿Y si me preguntan?”

“Diles que no recuerdas nada. Que te escondiste. Que te desmayaste. Lo que sea.”

"¿Y ustedes qué van a decir?”

“Que estamos buscando ayuda.”

“¿Ayuda para qué? ¿Para sacarme el miedo? ¿Para matarme lo suficiente como para que vuelva a ser quien era?”


Silencio.

Su madre sollozaba con los dientes apretados.

Su padre miraba el suelo, como si su hijo se hubiera convertido en una grieta en la loseta.

Isaías quiso gritar.

Quiso pedir un abrazo.

Quiso saber por qué dolía tanto no ser odiado, sino temido.

Pero no dijo nada.

Solo subió a su cuarto.

Empacó una mochila.

Un cuaderno, ropa, el libro que estaba leyendo esa semana.

Y se fue.



La Gente Brilla de Miedo


Isaías ya no dormía en casa.

Iba por ropa. Comía lo que su madre dejaba sobre la mesa como si se tratara de un ritual silencioso: plato cubierto, nota sin firma. Nadie lo miraba. Nadie lo tocaba.

Era como un fantasma que aún pagaba renta con su ausencia.

El resto del tiempo lo pasaba en las calles.

En parques.

En estaciones abandonadas.

En el vagón oxidado del tren número 4 que ya no funcionaba.

En los techos del vecindario, donde el viento hablaba y nadie hacía preguntas.

Todo empezó con un hombre en la estación de la 149.

Isaías lo vio gritarle a su sombra. Lo insultaba. Lo amenazaba. Parecía drogado, pero no era eso.

El hombre tenía un color.

Una especie de azul sucio, como tinta mojada, que flotaba a su alrededor como vapor.

Y en ese momento Isaías supo —sin pensarlo, sin razonarlo— que ese hombre le tenía pánico a estar solo.

No porque lo supiera.

Porque lo sentía.

Porque podía oler su miedo.

Como una mezcla entre hierro y cables quemados.

Desde entonces, todos tenían color.

Los niños: verde tenue, miedo al abandono.

Los hombres en los trajes del metro: amarillo eléctrico, miedo a perder el control.

Las parejas: rosa apagado, miedo a ser olvidados.

Los policías: rojo parpadeante, miedo a ser atacados primero.

Era como ver un segundo mundo.

Una pintura que siempre había estado ahí, debajo del barniz.

Isaías no entendía cómo lo sabía.

Pero su respiración se alteraba cuando los colores eran intensos.

Y podía saber con exactitud qué hacer para romper a alguien.

En la vitrina de una tienda apagada, los televisores mostraban noticias:

“En otras noticias, las tensiones mutantes vuelven a estallar tras los eventos en Westchester, cuando un grupo de protestantes destruyó un mural de la difunta Jean Grey.”

“Un portavoz de S.H.I.E.L.D. niega que los acuerdos de Sokovia estén interfiriendo en la educación de los mutantes adolescentes, mientras aún se discute quién tomara el manto de Capitán América.”

“El equipo de Tony Stark presenta un nuevo brazo robótico para veteranos… y evita responder sobre el paradero de ciertos jóvenes con habilidades especiales.”


Isaías no entendía todo lo que pasaba.

Solo sabía una cosa: los héroes no venían a ayudar a gente como él.

Los mutantes eran otra cosa.

Los mutantes daban miedo.

Y ahora él podía verlo en las miradas.

En la forma en que lo observaban cuando pasaba por una tienda.

En cómo los guardias de seguridad fingían hablar por radio cuando él entraba.

En los colores que brillaban más intensos cuando lo miraban a los ojos.

Un día, se cruzó con un tipo que le empujó el hombro.

Un idiota. Más alto. Más fuerte. Gritón. El tipo que huele a desinfectante barato y ego inflamado.

Isaías ya había aprendido que ese tipo de gente no escuchaba razones.

Y entonces, sin tocarlo, sin decir una palabra… lo miró.

El tipo se detuvo.

El aire se volvió espeso.

El color alrededor de él —un naranja oxidado— se expandió como una mancha.

Y en cuestión de segundos, el hombre dio un paso atrás. Y otro.

Y luego se fue.

No por miedo a Isaías.

Por miedo a sí mismo.


“Lo ves, ¿no?”

“La gente no necesita que los toques.”

“Solo tienes que mostrarles su reflejo.”

“Esto no está bien…”

“No quiero hacer esto.”

“Mentira. Lo querías cuando te golpeaban en la escuela.”

“Lo querías cuando nadie te creyó.”

“Lo quieres cada vez que tu madre no te mira.”

Isaías apretó los ojos.

El color a su alrededor se intensificó.

Todo tenía un matiz, como si la realidad se hubiera teñido con tinta emocional.




Olor a Miedo en la Cocina



Isaías volvió al departamento después de tres días.

No porque quisiera.

Sino porque llovía.

Porque tenía hambre.

Porque en el fondo de sí mismo, todavía quería que su madre lo abrazara sin miedo.

Solo eso.

El pasillo del edificio olía a sopa vieja y pintura húmeda.

Pero cuando metió la llave, el olor cambió.

No era físico.

No era el tipo de olor que podías describir con palabras.

Era el olor del miedo.

Denso. Agrio. Frío como metal oxidado.

Y venía de la cocina.

Donde sus padres susurraban como si el silencio fuera un refugio.

Él no entró de golpe. Caminó lento.

Sus pasos eran suaves, pero los colores lo delataban:

Su madre brillaba en azul plomo —ese miedo viscoso al daño que no se ve venir.

Su padre era rojo sordo, como un tambor de guerra apagado. Miedo a la pérdida de control. Miedo a perder a su hijo. Miedo a no poder enfrentarlo si algo salía mal.


Y cuando cruzó el umbral, ellos se callaron.


Lo vieron.

Él los vio.

Y olió su miedo como si hubiera sangre fresca en la mesa.


“Isaías, ¿ya comiste?”

La voz de su madre temblaba detrás de una sonrisa rota.


“Sí,” mintió.


“¿Cómo… cómo estás?”


“¿De verdad quieres saber?”


Silencio.

Su padre bebió agua que no necesitaba.


“A veces siento que no soy yo,” dijo Isaías.

“Que hay algo más… pero que también soy yo. Y no sé cómo… callarlo.”


“Podemos buscar ayuda…”

“Una iglesia, un doctor, un… especialista…”


“¿Un exorcismo?”

“¿O prefieren que no lo diga en voz alta?”

“¿Preferirían que no existiera?”


Su madre tragó saliva.

Su padre lo miró por primera vez directo a los ojos.


Y ahí fue cuando lo sintió.

Esa grieta. Ese segundo en el que sabes que algo se rompió para siempre.


“Tienen miedo de mí.”


Ni siquiera lo dijo como reproche.

Lo dijo como quien abre una carta y lee lo que ya sabía.


“Huelen a miedo. Lo puedo ver. Lo puedo oler. Lo puedo saborear.”

“Y no saben cuánto duele que mi propia casa me huela como un monstruo.”


“Isaías—”

“No. Está bien.”


Isaías tomó una chaqueta.

Una libreta.

Una barra de granola.

Su mochila seguía junto a la puerta. Como si nunca la hubieran deshecho.


“No voy a volver. No porque me echen. Porque ya no soy bienvenido. Porque no quiero que vivan con miedo.”

“Yo puedo con el mío.”

“Pero no quiero cargar con el suyo también.”


Su madre lloraba sin moverse.

Su padre apretó los puños, pero no dijo nada.


Isaías se puso la capucha.


Y al cruzar la puerta, el olor del miedo se desvaneció.

Ya no estaba cerca de ellos.


Caminó sin rumbo.

Dejó el celular en una alcantarilla.

No pensaba ir a la escuela.

No pensaba dormir bajo techo.

No pensaba volver.


“Ahora sí. Por fin. Estamos solos.”

La voz de su otro yo era suave, casi afectuosa.

“Y tú sabes lo que dicen… El miedo florece mejor cuando no tiene a dónde huir.”


Isaías caminó hasta que sus piernas dejaron de doler.

Hasta que el hambre se confundió con rabia.

Hasta que ya no supo si lloraba por dentro o solo le ardían los ojos.


Se detuvo bajo un puente olvidado, donde las paredes estaban cubiertas de grafitis y promesas incumplidas.

La lluvia caía sin apuro.

El agua lo empapó, pero ya no le importaba.

Nada le importaba.


Y entonces gritó.


“¡¿Estás feliz ahora?!”

“¡¿Eso querías, no? Que los alejara! ¡Que me quedara solo!”


El eco no respondió.

Pero la voz sí.


“No los alejaste. Ellos ya estaban lejos. Solo lo aceptaste.”


Isaías apretó los puños, temblando.


“¡Me robaste todo!”

“Mi casa. Mis padres. La escuela. ¡Lo poco que tenía de normal!”


“¿Normal?”

La voz rió.

No burlona. Dolida. Como si la palabra fuera una mentira infantil.

“Nunca fuimos normales.”


“¡Yo lo era! ¡Antes de ti!”


“No.”

“Antes de mí solo estabas dormido.”

“Yo no aparecí de la nada, Isaías. Yo siempre estuve aquí.”


“¡No es cierto! ¡Tú me estás usando!”


“No. Tú me soltaste.”

“Yo soy tú… como tú eres yo.”

“La diferencia es que ahora puedes verme. Olerme. Escucharme.”

“Y aunque te rompas mil veces, yo voy a seguir aquí, esperándote en cada grieta.”


Isaías cayó de rodillas en el lodo.

Sus uñas se hundieron en el concreto húmedo.

El mundo olía a electricidad estática.

A miedo contenido.

A soledad cruda.


Y en medio del silencio, una lágrima caliente le recorrió la mejilla.

No por lo que perdió.

Sino por lo que empezaba a aceptar.


“No quiero ser esto…”

“No quiero dar miedo.”


“Entonces deja de correr de él.”

“El miedo también puede proteger. También puede advertir. También puede amar.”


Isaías se abrazó a sí mismo.

Cerró los ojos.

Y por un instante…

Escuchó su propio corazón latiendo al ritmo del miedo.








Let Zelrech69 know what you thought about this chapter!
Love this

2

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

1

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

author

eh?

9 months

Further Recommendations

Charly's Weihnachten

T.M: Ich kann es gar nicht anders sagen also ich liebe diese Geschichte einfach. Sie hat für mich einfach alles was es braucht. Sie hat mich einfach mitgenommen auf eine echt schöne Reise. Danke❤️

Read Now
Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Read Now
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Read Now
TEXT BUDDIES

Cersi: I loved this book and couldn't get enough You ate with no crumbs ✨

Read Now
Fashion victime du PDG

Fèmi: C'est trop bien

Read Now
The Orc's Pet

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Read Now
Ruthless Lord

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Read Now
His Forsaken Fate

monica: Ho trovato questo libro interessante dal punto dl vista della storia,l'autore ha cercato di dare un messaggio ben preciso.Il perdono si deve conquistare ,ma bisogna avere ancora più coraggio per darlo.L'ortografia è un pó da correggere,lo stile di scrittura è acerbo,ma penso che ci sia molto potenzi...

Read Now
We Only Fake It on the Weekends

user-h8xy7ykmDc: La novela me encanto, es justo lo que m3 gusta, trama sin enredos, ligera, fluye rápido y todos los capítulos son claros y continuos y gano el amor al final. Mi final favorito!!!

Read Now