Pangea
El doctor Clive se acomodó los anteojos mientras devoraba uno de los tantos libros que conformaban su biblioteca, completamente absorto en su contenido. Desde la más temprana edad había sentido una gran fascinación por Pangea, el supercontinente que se había creado y separado millones de años atrás de que el primer homínido existiera. Era su obsesión, lo que lo atrajo a una carrera tan peculiar como la suya: la geología.
La cantidad de horas invertidas en el tema era imposible de contar, y su motivación, lejos de apagarse con la edad, nunca dejó de crecer. Escribió múltiples ensayos, dio conferencias, participó en numerosas expediciones e incluso llegó a recibir premios por su aporte en el área. Sin embargo, no lo hacía por fama ni dinero. Su objetivo siempre fue obtener tanto conocimiento como pudiera y desentrañar los misterios de esa época del mundo en la que nada era igual al presente.
Aun así, le frustraba que casi nadie sintiera su misma curiosidad. Que las personas alrededor, incluyendo las de su círculo cercano, dieran por sentado los orígenes del planeta que habitaban y trataran la obra de su vida como algo aburrido e irrelevante. A tal punto, que la idea de mantener para sí mismo lo que descubriera empezaba a hacerse presente y cobrar peso en él.
Al fin y al cabo, quizá la historia de Pangea estuviera destinada a permanecer olvidada debajo de los cimientos que anteriormente la habían conformado.
—Suficiente, George. Es hora de ir a dormir —dijo para sí mismo, cerrando el ejemplar y dejándolo sobre la mesa que tenía al lado del sofá—. De nada vale tanto esfuerzo si va a terminar siendo parte de un documento en tu computadora —añadió, poniéndose de pie.
En ese instante, algo similar a un canto primario invadió sus timpanos y recorrió sus huesos, generándole un sentimiento imposible de describir. Aunque, si tuviera que expresarlo con palabras, el geólogo habría dicho que era una melodía que suplicaba no ser olvidada. Que, a pesar de no estar tan presente como en el pasado, se negaba a desaparecer en la nada.
Un olor a tierra mojada, restos de animales y vegetación salvaje no tardaron en unirse a esto, seguidos por un leve zumbido que no tardó en mutar a lo que podría haberse clasificado como un terremoto. No obstante, el doctor Clive sabía a la perfección cómo identificar uno, y era muy distinto a lo que estaba experimentando. No se trataba simplemente de placas tectónicas desplazándose. Podría jurar que era algo similar a los latidos de un planeta agonizante.
Latidos que evocaban imágenes de volcanes en erupción, cordilleras tomando forma, tormentas eléctricas y extinciones masivas. Algo que sí pertenecía a este mundo, pero de una etapa tan antigua, que ni siquiera la criatura viva más longeva había conocido.
El canto continuó retumbando en el ambiente durante minutos que se hicieron eternos, las sacudidas del suelo tiraron unas cuantas estanterías, y el aroma primigenio del supercontinente se mantuvo presente en sus fosas nasales.
Fue entonces cuando, para alivio de George, aquella extraña experiencia se detuvo en seco. Las sensaciones que lo invadían terminaron dejándolo en paz, el pavimento debajo de él volvió a quedarse quieto y la melodía se calló, como si alguien la hubiese apagado de golpe.
—¿Qué fue eso? —balbuceó desconcertado. Aunque, muy en el fondo, sabía la respuesta a su interrogante.
El tiempo avanzaba inexorable para todos, y nuestro planeta no era la excepción. Sin embargo, aún millones de años después de su fragmentación, Pangea se rehusaba a desaparecer por completo. Y el geólogo, tras aquel encuentro, supo que el trabajo de su vida no había sido en vano. Que sus incontables horas dedicadas al tema tenían propósito, y que allá donde fuera, el canto primigenio del supercontinente lo acompañaría. Esperando las condiciones perfectas para resurgir.
Fin.