El color de lo nefasto.

All Rights Reserved ©

Summary

¿Qué pasaría cuando la sociedad decae y vuelve a su época más oscura, sumida por el caos y la desesperación?, ¿Tener un topo que revele los secretos de la sociedad haría que todo fuese mejor verdad?, entonces, ¿por qué el mundo se sumió en la desesperación al saber la verdad? Preferimos vivir ignorantes pero libres.

Genre
Mystery
Author
Kalleatu
Status
Complete
Chapters
59
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bajo cero

Un nuevo y radiante día había llegado, con los rayos del sol entrando por la ventana indicando que el sol se encontraba su punto más alto. Es así como sus ojos comenzaron a abrirse. Este llevaba sus manos hacia una mesa que había cerca suya en donde agarró unos lentes los cuales se puso. Una vez así este se bajaba de la cama introduciendo sus pies en aquellas suaves pantuflas. Después de todo, el clima últimamente se encontraba bastante helado. El hombre bajaba dejándole un beso en la frente a la mujer que estaba junto a él. Después de hacer eso, este terminaba por abandonar la habitación en donde se encontraba hasta llegar a la sala. Caminó por los pasillos y llegó a la cocina en donde puso a hacer el café en una cafetera. Mientras eso sucedía, dejaba unos panes en la tostadora y aprovechaba para irse a la ducha.

Sus prendas cayeron y entraba en la ducha en donde el agua comenzó a caer repasando todo su cuerpo al desnudo, caía al suelo generando un ambiente bastante húmedo y relajante. Minutos después abandonó el lugar. Su mujer ya despierta se encontraba preparando el resto del desayuno. Este llegó a la mesa con una camiseta blanca y corbata, agarraba la tostada con algo de mantequilla y comenzaba a comer, estirando su dedo para tomar el control y con este encender la televisión. Pasaba los canales hasta que terminaba en el que llamaba su atención y usualmente era el único que veía, el de las noticias. Curiosamente no estaba siendo un día tranquilo como de costumbre en la ciudad.

—Los actos vandálicos y los brotes de racismo han aumentado de forma alarmante en cada rincón de la ciudad. Las estadísticas del último trimestre son demoledoras: las agresiones basadas en el color de piel, el odio hacia el pensamiento ajeno o el simple vandalismo se han vuelto tan cotidianos que la población vive sumergida en un miedo constante. Existe el temor latente de que, en cualquier momento, alguien irrumpa en la calidez de un hogar para arremeter contra la familia; una angustia que se intensifica al ver que las fuerzas del orden están tan desbordadas que apenas pueden mantener un simulacro de seguridad. El gobierno ya baraja seriamente la posibilidad de desplegar a sus tropas de élite en la línea de defensa urbana.

—Cielos, ¿qué es lo que le ha pasado a este lugar? —suspiró la mujer con una mezcla de nostalgia y amargura—. Era tan hermosa hace tiempo... Mira, no quiero sonar como una mala persona, pero resulta evidente que nuestra ciudad y nuestras vidas se han arruinado por culpa de esa gente negra.

—Lo sé, cariño —respondió James, esbozando una sonrisa—. Por desgracia, no hay mucho que podamos hacer, salvo esperar que no se nos cruce ninguno de esos estúpidos monos en el camino. En fin, ya es hora de marcharme; nos vemos por la noche.

—¡Mucha suerte y ve con cuidado!

James asintió. Tras recibir el último beso de su prometida, abandonó el hogar. Subió a su coche sin vacilar, encendió el motor y comenzó a conducir hacia su trabajo, sumergiéndose en el flujo del tráfico. El trayecto transcurría con tranquilidad, amenizado por una música ambiental que llenaba el vacío del habitáculo, hasta que el repentino timbre rompió la calma. James estiró la mano, pulsó la pantalla y, de inmediato, una voz masculina inundó el vehículo.

─¡Mi hermano James! ¿¡Cómo te va!? ─Hablaba la voz emocionada en el coche.

─Te veo demasiado emocionado para que sea un día de trabajo, ¿qué sucedió, la de ventas por fin se fijó en ti? —respondió James en un tono sarcástico.

─Jajá, para nada, pero no tardará en hacerlo, estoy emocionado porque mañana por fin van a dar la nueva presidencia y van a quitar a ese maldito anciano que nos jodió todo el gobierno y puso a esa gente blanca a arruinar todo, menos tu, James, tú eres un buen amigo blanco. —afirmó la voz.

─Si es cierto... Olvidé por completo que hoy van a cambiar de presidente; bueno, tengo que seguir conduciendo ¿Te parece si hablamos en la oficina?

Al decir eso James bajaba su dedo colgando la llamada y así continuaba conduciendo, el camino desde el principio era tranquilo hasta que este tenía que pasar por una zona algo menos de este estilo, la zona estaba oscura, con algunas ventanas al igual que faroles rotos como si hubiesen sido reventados a palazos, se podía ver el miedo en los demás conductores quienes estaban por ahí, que se hizo más grande justo cuando el semáforo cambiaba a rojo, a escasos centímetros de poder cruzar y salir de ese maldito ambiente tan tétrico, aun así este tuvo que frenar en seco, miraba hacia los lados y todo parecía estar correcto hasta que de la nada un fuerte ruido a su derecha hizo que este diera un brinco.

La curiosidad lo venció, obligándolo a girar el rostro hacia la ventanilla. Fue entonces cuando su sangre se heló: había una figura pegada al cristal, un hombre de tez oscura cuyo rostro, tétrico y deformado por la presión contra el vidrio, lo observaba fijamente. James sintió un vuelco en el corazón y, en un acto reflejo, rogó a todos los dioses haber activado el seguro de las puertas a tiempo. Intentó mantener una fachada de sonrisa, pero la traición de sus propias manos, que temblaban violentamente sobre el volante, delataba el pánico que lo recorría. El desconocido comenzó a respirar con una agitación animal, empañando el cristal.

—Blan... quito... jajaja.

James se quedó paralizado. La forma tan drástica y cargada de una intención indescifrable con la que aquel hombre pronunció esas palabras lo dejó sin aliento. Al observar de cerca aquellos labios gruesos y esos ojos nublados, perdidos en una locura que parecía ajena a este mundo, James estuvo a punto de perder los estribos y arrancar sin mirar. Por fortuna, el semáforo cambió a verde en el momento preciso; sin dudarlo un segundo, hundió el pie en el acelerador, huyendo desesperadamente de aquella zona.

No fue hasta que aparcó frente a su edificio que sus pulmones recuperaron un ritmo normal. Al entrar en la oficina, el alivio lo inundó como una marea cálida. Se sintió dichoso de pisar aquel suelo conocido, un refugio de orden frente al caos del exterior. Conforme avanzaba hacia su puesto, los saludos cordiales de sus colegas empezaron a llover: James no era un empleado cualquiera, era un hombre respetado y querido en aquel entorno profesional.

─Buenos días, James —pasó saludando uno de sus compañeros.

─Excelente mañana, James —saludaba otra de sus compañeras pasando enfrente suya.

─SI...Buenos dias.

James sonreía justo antes de dar un paso hacia adelante hasta entrar en la oficina. Una vez dentro fue hacia su computadora en donde pasaría seguramente todo el día. Era un trabajo aburrido, pero ciertamente la paga era buena y eso se podía notar en su persona. Con ese coche, al igual que con su ropa bien mantenida y de calidad, trabajaba de forma tranquila hasta que después de muchas horas el momento de salida por fín aterrizó. Todos comenzaban a despedirse entre sí. James acababa apagaba su computador justo antes de levantarse, afirmar su portafolios y ver su reloj.

Ya era algo tarde, pero el hecho de ir en coche le hacía sentir más seguro. El único problema era la caminata larga y oscura que tenía que dar por el estacionamiento para llegar a su vehículo. Diáblos, estaba frío, pero lo peor era esa sensación, sentía como si alguien estuviera siguiéndole en todo momento, quería ver, pero el miedo de que fuese verdad hizo que no pudiera. Por fortuna llegó a su coche, sacó su llave y cuando estaba por meterla fue detenido por una mano con las uñas largas; de igual forma, un fuerte aroma desagradable hizo que dejara salir una arcada. James se daba la vuelta encontrándose con un vagabundo de barba frondósa.

—Buenas noches, joven. No tengo nada que llevarme a la boca... ¿Podría darme algo? Se lo agradecería con toda mi alma —rogaba el hombre, entrelazando sus dedos en un gesto de súplica desesperada.

—Yo... no tengo nada, lo siento. Aún no me han pagado y...-

—¡Dame de comer, maldita perra blanca privilegiada!

Sin darle tiempo a reaccionar, el desconocido empujó a James con una fuerza bruta que lo mandó directo al asfalto. El pánico le inyectó una dosis de adrenalina; se incorporó como pudo y se lanzó al interior de su coche, cerrando la puerta en el último segundo. Introdujo la llave con manos temblorosas y la giró con desesperación, pero el motor solo emitió un quejido agónico. «Maldita sea, ¿justo ahora tienes que fallar?», se recriminó en silencio mientras forcejeaba con el contacto. Afuera, el vagabundo ya rodeaba el vehículo, aferrando la manija y sacudiendo la puerta con una violencia que amenazaba con arrancarla.

Justo cuando el motor tosió y cobró vida, un estruendo seco hizo añicos el silencio: el hombre había estrellado un palo contra una de las ventanas, proyectando una lluvia de cristales sobre el asiento del copiloto. James hundió el acelerador a fondo, escapando por milagro. Buscando un refugio sonoro, encendió la radio, pero en lugar de la melodía relajante que esperaba, una voz de alerta máxima invadió el habitáculo con urgencia:

—¡Atención a toda la población! Si se encuentra en la vía pública, regrese de inmediato a su hogar. Si está lejos de casa, busque refugio en el hotel más cercano; las entradas serán gratuitas para quienes lo necesiten. Repito: despejen las calles, busquen refugio lo más rápido posible.

Mientras James esquivaba obstáculos, el eco de la ciudad se volvía un campo de batalla sonoro. Por un lado, se oían los gritos cargados de resentimiento: «¡Maldita gente blanca!», y por el otro, la respuesta de odio que fracturaba el aire: «¡Malditos negros!». La ciudad que conocía se estaba desmoronando ante sus ojos.

La radio se cortó de golpe, y en ese instante supo que el apocalipsis había comenzado de la peor forma posible. James conducía tan rápido como se atrevía, con el miedo extendiéndose por todo su cuerpo como un veneno que le tensaba los músculos y le nublaba el juicio; por momentos, incluso temía perder el control y estrellarse, pero aferrarse al pensamiento de volver a casa con su mujer era lo único que lograba sostenerlo. Sus ojos iban de un lado a otro, incapaces de fijarse en un solo punto: las llamas devoraban el cielo, mezclándose con columnas de humo que ascendían desde coches destrozados y edificios en ruinas. Todo aquello era un espectáculo profundamente perturbador. De fondo, el estruendo de los disparos se mezclaba con los gritos desesperados de las personas intentando abrirse paso entre el caos para sobrevivir un minuto más.

Los cadáveres se acumulaban por doquier; no solo los que ya yacían inertes sobre el asfalto, sino también aquellos que seguían cayendo, uno tras otro, mientras la sangre se extendía en manchas irregulares. Entre la confusión, figuras encapuchadas se abalanzaban sobre los ciudadanos que intentaban huir, atacándolos sin piedad. James apretó el volante con más fuerza, sintiendo cómo sus manos temblaban, cómo el sudor le resbalaba por la frente, cómo su respiración se volvía cada vez más irregular. No podía permitirse detenerse, no podía permitirse pensar. En su mente solo había una orden, repetida como un mantra desesperado: conduce, no te detengas, sigue adelante.

El trayecto se le hizo eterno, una sucesión de segundos que pesaban como horas, pero finalmente logró llegar a su hogar. No le importaba el estado del coche, ni los golpes, ni los posibles daños; todo eso era insignificante frente a una única necesidad que lo consumía por dentro: ver a su esposa, asegurarse de que estaba bien, de que seguía ahí. Frenó de golpe, salió del vehículo casi sin apagarlo y corrió hacia la puerta con el corazón latiéndole con una violencia que le dolía en el pecho. Al abrir, el silencio lo recibió como una bofetada.

La casa estaba vacía.

—¡¿Cariño?! ¡¿Dónde estás?!

No hubo respuesta. Solo el eco de su propia voz rebotando contra las paredes. Recorrió los pasillos a toda prisa, abriendo puertas, buscando alguna señal, cualquier indicio de que ella estuviera allí. Subió las escaleras casi tropezando, con el corazón desbocado y una presión insoportable oprimiéndole el pecho. Entonces la vio: la puerta de la habitación cerrada. Se detuvo frente a ella, respirando con dificultad, con una mezcla de miedo y esperanza desgarrándole el alma.

—¡Amor, soy yo! ¡Ábreme, ábreme!

La puerta se abrió al fin, dejando ver a su esposa completamente presa del pánico: sus manos temblaban sin control y las lágrimas le caían sin descanso por el rostro. James sintió cómo algo dentro de él se quebraba y, al mismo tiempo, se recomponía al verla con vida. Sin pensarlo, se lanzó hacia ella y la abrazó con una fuerza casi desesperada. La estrechó contra su pecho, cerrando los ojos, dejando que por un segundo todo el horror de afuera desapareciera.

Primero fueron las pisadas. Leves al principio, casi imperceptibles, pero creciendo con cada segundo, cada vez más cercanas, más pesadas, más inevitables. Luego, sin darles tiempo a reaccionar, varias figuras encapuchadas irrumpieron en la vivienda, armadas con palos, varillas y palancas que brillaban tenuemente bajo la luz. El aire cambió de golpe, volviéndose denso, irrespirable. James y su esposa se separaron apenas, levantando las manos en un acto instintivo de rendición, intentando comunicar sin palabras que podían llevarse todo, absolutamente todo, que no opondrían resistencia.

Y, en efecto, comenzaron a hacerlo.

Los encapuchados se dispersaron por la casa, abriendo cajones, revolviendo pertenencias, tirando objetos al suelo con violencia. Pero pronto quedó claro que no estaban allí solo por lo material.

Todo ocurrió en un segundo que se sintió eterno.

Uno de ellos avanzó hacia la mujer, sujetando con firmeza la palanca. No hubo advertencia, no hubo duda. Con un movimiento seco y brutal, descargó el golpe hacia abajo. El sonido fue sordo, definitivo. El cuerpo de ella se desplomó al instante, sin siquiera tener tiempo de reaccionar. La sangre le salpicó el rostro, cálida, real, imposible de ignorar, y el dolor lo atravesó como un rayo. Sus ojos se llenaron de lágrimas casi de inmediato, su expresión deformándose entre incredulidad y horror. Llevó sus manos a la cabeza, aferrándose al cabello con desesperación.

Se lanzó hacia ella, arrodillándose, levantando su cuerpo inerte entre sus brazos. La sacudió, la llamó, le suplicó, como si su voz pudiera traerla de vuelta, como si negarse a aceptarlo fuera suficiente para cambiar lo ocurrido.

—¡NO, MI NIÑA, MI PRECIOSA! ¿¡Por qué, por qué!?

Pero no hubo respuesta. Solo el peso muerto de su cuerpo y el silencio que lo consumía todo. Con el pecho desgarrado y la respiración rota, James alzó la mirada, y fue entonces cuando lo vio.

El hombre frente a él llevó una mano a su máscara y se la retiró lentamente, revelando su rostro.

Era el mismo.

El mismo hombre que había visto antes, el mismo del semáforo.

—¡AHHHHHAAH!

El grito de James rasgó el aire, expandiéndose más allá de las paredes de la casa, extendiéndose por la calle, por los alrededores, como un eco de puro sufrimiento. No era solo miedo a morir, no era solo el terror de una muerte injusta y brutal; era el dolor insoportable de haber sobrevivido lo suficiente para ver morir a la persona que más amaba frente a sus propios ojos, sin poder hacer nada.

Y entonces, todo terminó.

El encapuchado no dudó. Levantó la palanca una vez más y, con un golpe seco, selló su destino. La vida de James se apagó en ese instante, cayendo junto al cuerpo de su esposa.