Capítulo 1: Bajo el hechizo equivocado
El amanecer siempre me encontraba antes de que yo lo buscara. No es que me gustara madrugar —en realidad habría preferido quedarme enredada en las sábanas hasta que el sol se cansara de insistir—, pero alguien tenía que abrir la boticaria antes de que el pueblo empezara a quejarse por la falta de ungüentos y tés. Y ese alguien… era yo.
Me incorporé con un suspiro y el cabello hecho un nido de cuervo; una de mis trenzas nocturnas se había soltado y ahora tenía un mechón rebelde cayendo sobre la nariz. La primera batalla del día.
Mi cuarto ocupaba el piso más alto de la torre —o como le gustaba decir a la gente del pueblo: “la madriguera de la brujita torpe”—. Desde ahí podía ver el telón de casas de piedra, techos de teja y callejones que se perdían en la plaza. El reino de Lysvarren despertaba despacio, envuelto en ese olor a pan recién horneado que, confieso, me hacía más fuerte que cualquier hechizo.
Mi torre… bueno, decir que era “mía” era un halago. El yeso de las paredes estaba un poco roto, el techo tenía una grieta que cantaba cuando llovía, y las escaleras de caracol crujían como si protestaran por cada paso. Pero la quería. Allí guardaba mis libros, mis frascos y… mi dignidad, o lo que quedaba de ella.
Me puse la bata de trabajo —que me quedaba un poco grande, como si quisiera tragarme entera— y, por supuesto, mi gorro de bruja, enorme y caído hacia un lado. Más que intimidar, parecía que estaba a punto de taparme los ojos. Intenté acomodarlo… y terminé tirando un frasco vacío al suelo.
—Perfecto, Lyressa… empezamos fuerte —murmuré, agachándome para recogerlo.
La boticaria estaba justo al pie de la torre, y para abrirla necesitaba el arma más poderosa: el desayuno. Así que, como todas las mañanas, bajé a la panadería de al lado. La campanilla de la puerta sonó y el aroma me golpeó como un hechizo de felicidad: masa dulce, miel, mantequilla tibia.
Mientras esperaba mi turno, repasé mentalmente la lista de pedidos del día. Un pedido grande de tintura de valeriana, dos frascos de sirope para la tos, y algún ungüento para el dolor de rodilla de la señora Harlwen… que juraba que era reuma, pero yo sospechaba que era excusa para que le diera conversación.
Y, aunque lo intentaba disimular, mi corazón latía con ese impulso tonto: demostrar que no era solo “la bruja torpe de la torre”, sino alguien capaz de… bueno, de algo grande. Aunque, conociéndome, probablemente eso “grande” empezara con un derrame de tinta o una explosión accidental.
Con el pan aún tibio en mi bolso, tomé el camino hacia la academia. Las calles empedradas estaban ya medio llenas: aprendices que corrían para no llegar tarde, mercaderes voceando frutas y hierbas, y un par de músicos callejeros afinando sus instrumentos. El viento de la mañana me revolvía el cabello, y por alguna razón siempre lograba doblar la punta de mi gorro hacia atrás, como si saludara por su cuenta.
La clase de los martes era mi favorita, aunque solo la tengo una vez por semana: invocaciones. Nada de pociones o tediosas listas de ingredientes, sino círculos, símbolos y palabras que podían traer a este plano cosas… y personas… de lugares que pocos habían visto.
El aula olía a papel viejo y cera derretida. Los pupitres eran de madera oscura, cada uno con sus propias marcas de grabados y quemaduras de hechizos fallidos. Me senté en mi lugar habitual, a mitad de la fila izquierda, sacando mi cuaderno y mi pluma como si fueran armas.
La puerta se abrió y Maelyra Veyndral entró con esa elegancia que parecía robarle un segundo de aire a la sala. Túnica azul profundo, cabello negro trenzado y recogido, y un bastón de madera clara que más que apoyarla parecía marcar cada paso. Sus ojos ámbar repasaron a los presentes como si pudiera leer cada uno de nuestros pensamientos… y disfrutara un poco de hacerlo.
—Buenos días, encantos —dijo con esa media sonrisa que siempre hacía que uno se preguntara si estaba elogiándonos… o burlándose. Se acercó a la pizarra y, con un movimiento preciso, trazó un círculo que brilló en dorado. —Hoy repasaremos las bases de los círculos mayores de invocación. Y antes de que pregunten, no, no vamos a traer príncipes exiliados ni demonios atractivos… todavía.
Algunos se rieron; otros, como yo, fingimos estar demasiado ocupados con la pluma para sonrojarnos.
—Recuerden: la precisión es la diferencia entre un aliado y un desastre —continuó, dejando la tiza sobre la mesa—. Y sí, Morwen, eso también incluye no volcar el tintero en el círculo.
—¡Fue una sola vez! —protesté, sintiendo las mejillas arder mientras la clase soltaba unas risas ahogadas.
Maelyra arqueó una ceja, satisfecha. —Una vez… que recordaremos para siempre.
La lección siguió, y tomé apuntes con fervor, llenando los márgenes con flechas, notas y pequeños dibujos de símbolos. Aunque intentaba concentrarme, esa chispa de picardía en su voz siempre me dejaba un poco alerta… como si en cualquier momento fuera a lanzar un comentario que me desarmara frente a todos.
Cuando la campana sonó, comencé a guardar mis cosas. Estaba metiendo los últimos pergaminos en mi bolso cuando escuché esa voz melosa y envenenada que podía reconocer a metros.
—Oh, Morwen… —Serenya, con su cabello rojo impecable y sonrisa afilada, se inclinó sobre mi pupitre—. ¿Seguro que tomas la clase de invocaciones? Juraría que estabas en la de trucos para principiantes.
Me mordí la lengua y guardé silencio, pero ella siguió, arrastrando cada palabra como si fueran gotas de miel que escondían vinagre.
—Tal vez algún día logres invocar algo más que un ratón… aunque no me imagino qué ser poderoso se dignaría a escucharte.
Algo dentro de mí hizo “clic”.
—Pues ya verás, Serenya… —me levanté, sintiendo la cara arder—. Voy a invocar al ser más poderoso que este reino haya visto jamás.
Su risa fue como una campanilla rota. Se dio media vuelta para irse, pero al pasar junto a mí… su tacón pisó el borde de mi bata. El tirón me hizo perder el equilibrio y casi besar el suelo frente a medio salón.
La escuché reírse mientras se alejaba, y ahí, entre la vergüenza y la rabia, tomé una decisión: no iba a dejar sus palabras sin respuesta.
No recuerdo en qué momento exacto dejé de sentir la vergüenza y la cambié por una especie de calor en el pecho. Lo único que tenía claro mientras salía de la academia era que no podía dejar que Serenya se saliera con la suya otra vez.
Subí los escalones de mi torre a paso rápido y fui directa a mi escritorio. Allí, cubierto por una tela de terciopelo morado, me esperaba mi grimorio de invocación. Era pesado, con las tapas de cuero agrietadas y un olor a polvo viejo que me hacía estornudar cada vez que lo abría… pero también era lo más parecido a un mapa hacia lo imposible.
Pasé las páginas hasta encontrar los círculos mayores, y mis ojos se detuvieron en los diagramas que prometían traer criaturas capaces de cambiar la historia: un dragón anciano de escamas negras… un archidemomio envuelto en fuego y sombra. Mi corazón latía tan fuerte que casi podía escucharlo sobre el crujir del papel.
—Será caro… —murmuré para mí misma—. Pero valdrá la pena.
Guardé unas monedas de cobre y plata en mi bolso y salí de nuevo. El mercado estaba en pleno bullicio: tenderos gritando precios, el olor mezclado de especias y cuero nuevo, y el tacto frío de las botellas de cristal que fui comprando una a una. Polvo de cuarzo, sal negra, hojas secas de belthir una planta de color blanco y pétalos puntiagudos, tiza azul… todo lo que el grimorio marcaba con un símbolo de advertencia.
Cada compra era un pequeño golpe en mi bolsa y un recordatorio de que estaba gastando todo lo que tenía para la semana. Pero con cada frasco y cada saquito que guardaba, sentía que me acercaba más a demostrar que no era solo “la bruja torpe de la torre”.
Con las manos llenas de bolsas y frascos, emprendí el regreso. Mi torre se alzaba al final de la calle como un dedo acusador… o quizá como una promesa. Esa noche, iba a demostrarle a Serenya —y a cualquiera que dudara de mí— que Lyressa Morwen podía invocar algo digno de leyendas.
Subí al último piso de la torre con las bolsas y frascos tintineando como si anunciaran mi plan a todo el reino. El espacio estaba despejado para el círculo de invocación, y el grimorio, abierto sobre el atril, me esperaba como un cómplice silencioso.
Tiza en mano, me arrodillé para trazar las líneas iniciales, concentrada en que nada se torciera. Olvidé cerrar la ventana. Una ráfaga violenta irrumpió, arrancó páginas del grimorio y las hizo girar como aves negras. Una de ellas cayó al suelo con un golpe seco que me hizo saltar; el viento también empujó mi gorro hacia abajo, cubriéndome los ojos.
—¡Por todos los cielos! —me quejé, quitándomelo a manotazos.
Corrí a cerrar la ventana, sin notar que el grimorio había quedado abierto en otra sección. Volví al atril y, aunque me parecieron extraños los símbolos, más complejos y con trazos que no recordaba, asumí que era una variación avanzada y continué.
Dispuse la sal negra, el polvo de cuarzo y las hojas secas siguiendo el nuevo patrón. Las velas se encendieron solas, y el aire se volvió espeso. Empecé a recitar las palabras y sentí una presión quemante dibujar un símbolo oscuro en el dorso de mi mano.
El círculo brilló con violencia. El suelo vibró. La primera figura emergió como un golpe de calor: piel tostada, músculos tensos como un resorte, cuernos curvados hacia atrás y alas oscuras con cicatrices que parecían contar guerras enteras. Sus ojos ámbar me atravesaron, y una sonrisa ladeada dejó ver colmillos afilados.
Una luz dorada inundó la sala antes de que pudiera reaccionar. El segundo apareció alto y esbelto, alas blancas que rozaban el techo, cabello plateado cayendo como un río de luz. Su mirada dorada me envolvió con una calma solemne… y un juicio silencioso.
El aire se volvió más frío cuando una tercera figura cruzó el círculo: túnica oscura bordada en runas, bastón en mano, ojos grises tan profundos que parecían leerme el alma. Caminó con la seguridad de alguien que siempre sabe más de lo que dice.
Finalmente, una sombra ancha bloqueó la luz: hombros amplios, porte macizo, y una presencia tan densa que hizo crujir el suelo bajo sus botas.
El círculo tembló, las líneas se agrietaron como cristal roto, y una bruma espesa se derramó hacia afuera. La explosión me lanzó contra el suelo, y antes de que pudiera moverme, sentí un peso abrumador sobre mí… y cuatro voces distintas, graves, cálidas, burlonas y frías, resonaron a la vez.
La bruma aún no se disipaba cuando me di cuenta de que algo, o más bien alguien, me estaba aplastando. Bueno… cuatro algos.
Abrí un ojo y lo primero que vi fueron músculos. Muchos músculos. Muy cerca. Demasiado cerca. Levanté un poco la cabeza y me encontré con una sonrisa ladeada y un par de colmillos brillando.
—Vaya, brujita… —dijo una voz grave y descarada—. Si querías compañía, bastaba con pedirla.
Antes de que pudiera responder, una sombra se inclinó sobre mí: alas blancas como la nieve, rostro perfecto, mirada que parecía bendecir y regañar al mismo tiempo.
—Invocadora —dijo con tono solemne—, estás herida.
Invocadora. La palabra me dio un escalofrío… o quizá fue la forma en que su voz retumbó tan cerca de mi oído.
Entonces, una tercera figura se agachó a mi lado. Ojos grises, tan cerca que pude ver mi propio reflejo en ellos. —El círculo colapsó —murmuró, como si fuera un dato fascinante y no el motivo de que tuviera a un demonio, un ángel y… lo que fuera este… encima de mí.
Y por si fuera poco, una mano grande y áspera me levantó con un solo movimiento. Me encontré cara a cara con un hombre de hombros tan anchos que mi campo de visión se llenó de él.
En ese instante, mi cerebro decidió que era buen momento para apreciar el panorama: alas, músculos, ojos intensos, sonrisas peligrosas… y yo, en medio, con la respiración acelerada. Soy una mujer con gusto de mujer… y esto es un problema.
Me incorporé un poco, aún con las rodillas flojas, y los miré como quien despierta de un sueño raro. —…¿Bienvenidos? —dije, no con el tono orgulloso de quien ha logrado una gran hazaña, sino con la confusión total de alguien que no tiene idea de por qué cuatro hombres imponentes acaban de aparecer en su salón.
Los cuatro se miraron entre sí. —¿Así es como saludas a tus invocados? —rió el de los cuernos cortos, ladeando la sonrisa.
—Podría enseñarte modales… —añadió el de alas blancas, tan solemne que casi me dio ganas de disculparme por existir.
—O podríamos empezar con preguntas más urgentes —intervino el de túnica oscura—. Como por qué llevas en la mano un sello de vínculo que no reconozco.
El otro hombre con hombros anchos y lo que parecía una cicatriz en su mentón solo miraba a todas partes, como si midiera cada cosa, pero no decía nada
Miré mi mano y vi la marca negra ardiendo suavemente en el dorso. Tragué saliva. —Oh…
Genial, Lyressa. Has invocado ilegalmente a cuatro hombres peligrosamente guapos… y ni siquiera tienes té para ofrecerles.