Joyas del pasado
En la penumbra de la habitación de Alastor, aquél demonio se encontraba en su sofá, a lado suyo una pequeña mesa de noche con un gramafono reproduciendo una canción: Can't help falling in love with you, tal vez no era su estilo de música, tal vez no era algo que escucharía en público; pero en la soledad de su habitación personalizada la escuchaba constantemente, repitiendola múltiples veces perdiéndose en los recuerdos de su vida como humano.
En los recuerdos con ella.
En aquella mesa de noche, se encontraba una caja negra. Pequeña. No sabía cómo, si Dios fue piadoso con él, si tuvo suerte, de todas las pertenencias que llevaba el día de su muerte la única que bajó con él fue aquella caja que contenía su anillo de bodas, jamás se lo ponía, no por vergüenza, no por su estatus. Solo quería mantenerlo a salvo, mantener a salvo el único recuerdo que tenía de su esposa.
Se preguntaba cómo estaría ahora.
Tomó la caja, sacando aquél aro pequeño, su símbolo del amor y compromiso que tuvo con la única mujer que jamás lo discriminó, aún por la época en la que ambos vivieron. Una sonrisa tan dulce que cada día hacía que sus días fueran mejores, un cabello que brillaba como el sol y unos ojos azulados más bellos que el cielo mismo; su ropa, siempre consistiendo en tonos rosados.
Gracias a ella entendió totalmente la frase “nunca estás completamente vestido sin una sonrisa”. Esa belleza sureña alegraba sus días, colmandolo de charlas, risas y halagos.
Jamás se había enamorado, ni en vida o muerte. Solo su corazón le pertenecía a aquella joven, y entendía porque se logró enamorar de ella. No fue por su riqueza, aunque en un inicio la buscaba por eso, fue por su personalidad. Era mimada, demasiado, pero tenía una personalidad tan generosa y amable hasta con personas con un menor estatus socioeconómico; una verdadera belleza.
Sacó el anillo de la caja. Aún brillaba con un fulgor silencioso, el único recuerdo de lo que ni siquiera el infierno había podido arrebatarle.
Un golpe en su puerta lo sobresaltó. La música dejó de reproducirse, y el anillo fue guardado nuevamente, siendo dejado de regreso en aquél lugar seguro. Se levantó, acomodando su saco antes de abrir la puerta. La mismísima princesa del infierno y aquél… afeminado amigo. Sin siquiera un permiso, entraron en su alcoba. Charlie estaba hablando con él, no prestaba realmente atención, su vista estaba enfocada en el arácnido. Estaba siendo demasiado curioso.
Un tic en su ojo se hizo presente. No podía hacerle nada frente a la princesa.
Finalmente Angel Dust encontró aquella cajita y, como una forma más para invadir su privacidad, la abrió. Habló en el tono más fuerte que pudo, dirigiendo la atención de Charlie al lugar de aquella voz, que Alastor consideraba, chillona.
—¡Oh! Al, no sabía que tenías una joya escondida.
Charlie, curiosa, se acercó. Un anillo. Pero no era uno cualquiera, estaba demasiado limpio, demasiado cuidado para ser un simple recuerdo.
El silencio que cayó fue tan denso que hasta el gramófono parecía contener el aliento. El demonio de la radio quedó de pie, inmóvil, con la sonrisa clavada, pero sus ojos mostraban que ya estaba planeando mil formas de cómo acabar con Angel Dust.
—Parece que la curiosidad es un vicio difícil de controlar —dijo con una voz suave, demasiado suave. Caminaba hacía Angel Dust, sus pasos generando un eco ante el silencio de la habitación.
—Yo… Alastor, no es para tanto, ¿no? Solo era un anillo —Tragó saliva. Cerró la caja, ocultando nuevamente el anillo, de una forma temblorosa y torpe.
“Solo era un anillo”, esa frase pudo haberlo condenado.
Charlie abrió la boca, quería decir algo, ¿pero qué podía decir? Invadieron su espacio personal, quería calmar a Alastor, disculparse mil veces con él. No le dió tiempo, Alastor, con un movimiento elegante y seco, arrebató la caja de las manos del demonio arácnido, guardándola en su bolsillo. Su sonrisa se amplió más, mostrando las costuras de sus labios que siempre lo forzaban a demostrar una sonrisa.
—Fuera.
No levantó la voz, no hizo falta. La habitación entera pareció oscurecerse con esa palabra.
Charlie dudó, mirando a su amigo con un dejo de preocupación, pero el aura que envolvía a Alastor en ese instante era tan opresiva que ni siquiera ella quiso desafiarlo. Tomó del brazo a Angel y lo arrastró hacia la puerta.
Antes de que esta se cerrara de golpe detrás de ellos, su voz se escuchó por última vez, tan calmada como cruel:
—Si vuelves a entrometerte, si vuelves a tocar lo que no te pertenece, te arrancaré cada una de tus patas, una por una.
El clic del seguro cerrándose fue la sentencia final.
El silencio volvió a la habitación, pero no a su mente. Una cruel y burlona ironía. La princesa que acababa de irrumpir su privacidad compartía el nombre de la mujer que más amó —después de su madre—: Charlotte. Ambas con personalidades enérgicas, que siempre veían lo mejor de los seres más detestables y, con más ironía, ambas eran de tez blanca y de un cabello rubio. Una, la reina de su corazón; la otra, la princesa del infierno. Siempre que escuchaba la voz de Charlie, siempre que interactuaba con ella, era cómo abrir una herida en su corazón, una coincidencia tan absurda, tan cruel, una burla del destino. La herida de que le falló a Lottie, el recuerdo de que se prometió ser mejor persona por ella y simplemente fracasó.
Quizá por eso había regresado después de siete años, decidido a ayudarla: no era solo la princesa del Infierno, era otra “Charlotte” que necesitaba su cuidado y, de algún modo, su protección.
El anillo fue sacado nuevamente, asegurándose de que no estuviera sucio o dañado. Aún así, decidió dirigirse a su tocador, volviendo a lavarlo una vez más, para mantener el brillo del objeto. Mientras lo hacía, tarareaba una canción, una de las canciones favoritas de su esposa, I’m Just Wild About Harry, oh, cómo amaba poner esa canción durante sus programas de radio para hacerla feliz. Sabía cómo se sentía la dama con la que decidió pasar el resto de su vida cómo humano, y siempre esa canción era parte de su lista mientras tomaba unos pocos recesos antes de volver al aire.
Al terminar, decidió mantener el anillo en reposo para que finalizara de secarse. Eventualmente lo volvería a echar en donde correspondía.
Y jamás permitiría que ningún otro pecador imprudente volviera a ingresar. Juró, para sus adentros, que si volvía a ver a Angel Dust cerca de su habitación, lo mataría y lo haría pasar un verdadero infierno.
Su momento había sido interrumpido, ¿qué podía hacer para despejar su mente durante al menos un tiempo? ¿Tal vez leer? Recuerda una novela que su esposa le contó y convenció —obligó— a leer. Era demasiado extraña, la idea de una princesa besando a un sapo era… Repugnante.
Él jamás supo el transfondo de la historia de su amiga y cómo logró quedarse con un príncipe, pero siempre supo que la mujer que amaba quería casarse con él, pero por su amiga sacrificó el deseo de ser una princesa, y no estaba decepcionada, estaba feliz, orgullosa.
Su princesa, Charlotte LaBouff, era definitivamente una belleza de persona. Entendía porque él mismo se enamoró de aquella señorita, pero ¿ella? Él no tenía el mejor estatus, y tampoco era rico, no la podía volver una verdadera princesa, no oficialmente cómo Naveen hubiera podido hacer si se casaba con ella, ¿por qué ella estuvo dispuesta a estar con él? Casarse.
¿Lo odiaría cuando descubra todos los crímenes que cometió? ¿Lo odiaría al descubrir que Alastor es un caníbal? Solo sabe que ella lamentó mucho su muerte, un disparo en la cabeza. Se sintió culpable, Lottie siempre fue una mujer sensible, si no hubiera cometido aquellos crímenes seguiría con ella, pero era un instinto, cómo un animal, no podía evitar crear aquél caos, y no es que eligiera a cualquiera, tomaba a criminales, a personas realmente malas para matar y devorar.








