Apex Club

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Summary

Muerte, mentiras y secretos. El Apex Club no acepta solicitudes. Te elige. Elena Carter, reportera en busca de respuestas de un crimen que a nadie le importa, recibe una invitación que no puede rechazar. Dentro, descubrirá que el poder tiene un precio: lealtad absoluta, silencio eterno... y sangre. Mientras los miembros compiten por influencia, y los líderes ocultan crímenes bajo discursos éticos, Elena deberá decidir si se convierte en depredadora... o en presa. ¿Hasta dónde llegarías por la verdad? Thriller ético y psicológico. Capítulos nuevos cada viernes.

Genre
Mystery
Author
Ynad Bond
Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
16+

El inicio de la cacería

La noche a mediados de abril era cálida, con pocas nubes y extrañamente silenciosa. Aparentaba una falsa sensación de tranquilidad. Escondido entre las rocas, un pequeño roedor, conocido como Tuza del desierto, permanecía estático, con la mirada atenta, siempre nerviosa en caso de algún depredador. Sus orejas lo detectaron primero, después sus enormes ojos negro, una sombra enorme se aproximaba y se dirigía en su dirección. No tuvo opción más que huir a toda velocidad y esconderse en un agujero en la arena. Una silueta humana pasó justo a su lado, era una de muchas. El roedor parpadeó desde la seguridad de un escondite en el suelo, sin perder de vista la posible amenaza. Era una mujer, su nombre era Marta. El roedor la vio alejarse, sin saber que ella no era un depredador, Marta ni siquiera sabía de la existencia de la tuza del desierto, es más, odiaba a los roedores y si hubiera visto a la pequeña tuza, hubiera salido huyendo. La joven mujer llevaba días con la intención de encontrar una nueva vida, odiaba el desierto, a los animales, y aquellos que se aprovechaban de ella. Su único objetivo, al igual que el muchos, era cruzar sana y salva aquel despiadado infierno desértico. Después, buscaría un lugar donde vivir, tratar de aprender lo básico del idioma y, al final, encontrar un buen empleo que le permitiera mandar un par de dólares a su familia en Oaxaca. Su mente divagó ante tal escenario, con la esperanza de una vida mejor, por eso no se dio cuenta del cadáver de uno de sus compañeros a su lado. El haberlo notado le hubiera permitido huir y permanecer con vida. Un zumbido metálico atravesó su corazón y cayó al suelo. Se levantó una pequeña nube de polvo al caer su cuerpo a la arena, ni siquiera se dio cuenta de que había muerto.


Tardaron tres días en encontrar su cadáver. Fue gracias a unos biólogos que documentaban la fauna salvaje, investigadores de tuzas, que localizaron su cuerpo junto con el de varias personas más, todas con impactos de balas de alto calibre. Las autoridades tardaron un día más en llegar. Después de todo, el lugar era casi inaccesible y se trataban de inmigrantes, nadie se preocupaba por ellos.

—Nunca creí que enviarían a alguien del FBI aquí —Malcolm Smith era un oficial veterano que gustaba de mascar tabaco a todo momento.

La agente del FBI había dejado su vehículo, un Plymouth Barracuda del 70 guinda con franjas color coral, estacionado cerca de la escena del crimen y avanzó hacia los cadáveres con paso decisivo. Su cabello oscuro, lacio y corte medio, caía con precisión sobre sus hombros. Era joven, delgada, con una mandíbula firme. Apretó sus labios al ver los cuerpos y de manera instintiva, acomodó su cabello negro en una coleta.

—No debería sorprenderse, oficial —Elena Carter se quitó los lentes oscuros, se acomodó las mangas de su camisa color lila pálido y se agachó para revisar los cadáveres—. Un asesinato es un asesinato y es deber del FBI encontrar al o los culpables.

—Sí, bueno. Lo usual es que ustedes solo se aparecen para casos “más importantes”.

Elena se levantó de inmediato y encaró a Smith, quien no paraba de limpiarse el sudor de su obeso cuerpo.

—¿Importantes? ¿A qué se refiere? ¿Solo por ser migrantes no son importantes? —La mirada de la chica estaba llena de furia, parecía dispuesta a golpearlo. Respiró de manera profunda y se tranquilizó—. Toda vida es importante… oficial.

Smith, nervioso, dio unos pasos hacia atrás.

—Yo… lo siento.

Carter dio la vuelta y volvió a colocarse sus lentes.

—Si me disculpa, oficial, me gustaría estar sola para hacer mi trabajo.

—Sí, no hay problema agente —Smith avanzó con torpeza entre las rocas y la para regresar a su patrulla, una Chevrolet Silverado blanco con negro. Detestaba este clima y escupió con desdén antes de ingresar a ella.

—Muy bien, Carter —sacó su celular del bolsillo—, lo hiciste otra vez. Ahora apúrate.

Fotografió los cuerpos y los alrededores. Levantó su mirada hacia el horizonte y vio un pequeño reflejo en el suelo. Caminó hacia él por varios minutos y descubrió que se trataba de un enorme casquillo de bala, un casquillo del tamaño de su mano.


—¿Encontró lo que buscaba, agente Carter? —El oficial Smith continuaba su lucha contra el sudor de la frente.

—Así es, oficial —dijo Elena con un rostro inexpresivo—, hay muchas irregularidades en este caso.

—Me lo imaginaba —Smith levantó la mirada hacia el horizonte y con su mano izquierda formo una sombra para proteger sus ojos—, es raro que envíen a dos de ustedes a esta clase de escena del crimen.

Carter se paralizó, trató de disimular el miedo para que Smith no se percatara.

—¿Dos?

—Sí, el oficial Kent acaba de llegar.

En ese momento, apareció un Ford Taurus de color gris, se estacionó de golpe, rodeado de una nube de polvo amarilla y descendió con calma un joven agente de traje negro y lentes oscuro, alto y bien peinado.

—No he tenido el placer, “agente Carter” —le extendió su mano para saludarla al mismo tiempo se quitaba los lentes, revelando unos claros ojos azules que parecían no expresar emoción alguna y una sonrisa discreta, simple educación, nada real.

—Esto es muy irregular —dijo ella, sin corresponder el saludo, al contrario, se cruzó de brazos y buscó con la mirada su Plymouth Barracuda. Sin darse cuenta que otra vez apretaba sus labios.

—Lo mismo digo… “oficial”—Kent guardó sus lentes en el interior de su saco, sin dejar de fingir su sonrisa.

El oficial Smith miraba extrañado la escena, no entendía por qué el ambiente se puso tan tenso.

—Permítame un momento, “agente Kent”, la oficina desea comunicarse conmigo —Carter sacó su celular.

—Me temo, señorita Carter, que tendrá que acompañarme.

Kent se acercó a ella, dispuesto a tomarla del brazo, cuando el flash del celular brilló con tal fuerza que lo cegó por unos instantes. Elena aprovechó el momento y huyó directo hacia su auto, lo arrancó y se marchó tan rápido como pudo.

—¿Qué pasó aquí? —Preguntó anonadado Smith, mientras se rascaba la nuca.

—El inicio de una agradable cacería —por primera vez, la sonrisa de Kent llegó hasta sus ojos y murmuró para sí mismo—. Nos volveremos a ver, señorita Carter.


Elena conducía a toda velocidad por el desierto, sacó su brazo izquierdo por la ventana y comenzó a agitarlo en señal de victoria.

—¡¡¡Yaju!!!—El Plymouth Barracuda derrapó por un segundo, los papeles desordenados en el asiento del copiloto cayeron al piso, y Elena retomó el control al estar bastante lejos de los agentes— ¡Eres imparable, Elena! ¡Lo he vuelto a hacer!

Su sonrisa denotaba su satisfacción. “Seguro mi jefe estará muy impresionado”, pensó, mientras conducía directo al atardecer y dejaba atrás una leve cortina de polvo antes de integrarse a la autopista.


—¿Acaso estás loca, Carter?

Elena Carter se encontraba en las oficinas del diario “The Frontier”, donde los reporteros, fotógrafos y correctores se movían por todos lados en medio de un extraño caos muy bien organizado. Elena dejó las fotografías que había tomado de la escena del crimen justo en el escritorio de la oficina de su editor, encima de papeles y viejos periódicos. Su editor, Walter Greaves, un hombre calvo, de lentes con múltiples reparaciones caseras y con una camisa beige manchada, cerró la puerta, aplacando un poco el ruido del personal y el olor a tinta.

—Hice mi trabajo.

—Y otra vez usaste esa maldita identificación del FBI —Greaves sacudió las manos encima de sus desgastados pantalones oscuros, se dio la vuelta, abrió la ventana de su oficina y sacó la cabeza. La vista era terrible, un callejón lleno de grafitis, y el olor era peor, pero por alguna extraña razón, siempre lo relajaba—. ¿Estas consciente de lo que te ocurrirá cuando te atrapen?

—Sabes que hago lo necesario para reportar las noticias.

El editor cerró los ojos, se quitó los lentes por un instante y los talló con sus dedos mientras daba vueltas en círculos alrededor de Elena.

—El riesgo vale la pena al tratarse de una nota grande —Greaves caminó hacia su escritorio y tomó las fotografías con furia y las restregó en la cara de la joven reportera—. ¡Esto no es importante!

—¡Están asesinando migrantes en toda la frontera! —Le arrebató las fotos y las señaló con su otra mano— ¡Claro que es importante!

—¡A nadie le importa! —El editor golpeó su escritorio—. Arriesgas demasiado por notas que no valen la pena.

—¡Ellos valen la pena! Su historia merece ser contada.

—No si algún día te atrapan con esa identificación falsa o peor aún, te matan —Greaves tomó de nuevo las fotos y el reportaje impreso que le había dejado la chica, intentó leerlo, pero no estaba concentrado y las letras solo bailaban frente a él.

Carter se pasó la mano por la frente hasta llegar a la nuca, controlaba su irritación lo mejor que podía.

—Bueno… pero sí va a publicar la historia. ¿Verdad?

—Aún no lo sé— el editor se rascó su nariz con preocupación—. Supongo que no tengo opción. ¿Verdad?

Carter entrecerró los ojos, apretó tanto sus labios como los puños, y se dio vuelta; sin embargo, antes de salir de la oficina, metió una de sus manos al bolsillo, justo donde estaba el casquillo que encontró en el desierto. Consideró mostrárselo a su editor, no obstante, declinó la idea y prefirió azotar la puerta al salir de la oficina.


—Bogart, ¿Estás seguro de eso?

Preguntó Elena al hombrecillo delgado de cabello largo y descuidado frente a ella que revisaba el casquillo que ella había encontrado. Ahora se encontraba sentada justo en el sótano lleno de cubetas y botes cerrados del restaurante de comida mexicana, frente al diario “The Frontier”. La joven reportera acostumbraba ir allí, no por la calidad de la comida, sino porque su informante de confianza, el joven Bogart Carrete, trabajaba allí.

—Seguro, es un calibre 50 BMG —tomó una lupa y se dedicó a inspeccionarlo a detalle sobre su vieja mesa de madera—. Es munición exclusiva del ejército, usada para rifles de francotirador. ¿Dónde lo encontraste?

—En medio de una escena del crimen.

Bogart se paralizó y por poco tira el casquillo al suelo.

—Mataron a decenas de personas y esa es la única pista que tengo para hallar a los culpables.

—Déjaselo a las autoridades, eres una reportera, y una no muy importante.

—¡Oye! —La chica se cruzó de brazos.

—Es la verdad. Dedícate a reportar las noticias, no a hacerlas.

Elena se apartó de la mesa y se puso de pie, apartando las bolsas de verduras para no chocar con ellas.

—Nadie quiere investigarlos —dijo Elena con tristeza, mientras recogía una papa del suelo—. No es remotamente normal que haya tantos cadáveres, y mucho menos, munición como esta.

Bogart observó por última vez el casquillo.

—Son pocos los que trabajan este tipo de munición sin llamar la atención —le devolvió el objeto metálico—, no es fácil encontrar de este tipo.

—Agradezco tu ayuda, Bogart.

La joven reportera recibió una hoja con tres nombres anotados y algunas indicaciones.

—Te suplico que tengas cuidado —dijo Bogart—. No quiero verte en el titular de las noticias.

Ella sonrió llena de confianza.

—Cuando me veas en el titular, será porque recibí un Pulitzer.


Elena estacionó su Plymouth Barracuda cerca del muelle, era la dirección indicada por Bogart para investigar al primer traficante de armas, un tal “Bruce Harper”, un hombre de unos 50 años, sin un solo cabello en su cabeza, ni siquiera en las cejas, de aspecto cruel y con varias arrugas. Elena caminó un poco por la abandonada zona. Solo se escuchaba el romper de las olas y el chirrido de las gaviotas, con un olor a aceite viejo y pescado. Entonces se detuvo frente a una enorme bodega descuidada, de unos dos pisos y parchada en su exterior con placas metálicas. La reportera se acercó con cuidado, evitó resbalar con los charcos de aceite. y al llegar a la puerta oxidada roja, se encontró con un gran candado con cadenas. Buscó en su bolsillo unas viejas ganzúas mientras sonreía para sí misma y pensaba que esto no la iba a detener. Con sus ganzúas y gracias a la experiencia, fue capaz de abrir el seguro en un par de segundos.

—Pan comido, incluso creo que mejoré mi tiempo —sonrió de forma pícara mientras abría la puerta—. Espero que el resto no sea tan difícil.

El lugar estaba oscuro, vacío. Cada paso que daba emitía un fuerte eco. ¿Bogart se equivocó? Él nunca lo hacía. El aroma a diésel la mareaba y por un instante, todo quedó en silencio, casi como una trampa. Elena se apresuró para regresar sobre sus pasos, sin embargo, un par de manos la sujetaron con fuerza, le pusieron una bolsa oscura en la cabeza y unas esposas en las muñecas. La cargaron con un fuerte abrazo que lastimaba su abdomen. Intentó escapar, dar patadas, gritar, por desgracia, sus atacantes eran más fuertes que ella y la metieron dentro de un vehículo que arrancó de inmediato.

—Señorita Carter —escuchó una voz ronca a su lado, no era otro que Bruce Harper—, no debería de estar aquí.

—Lo siento, Bruce —dijo ella con dificultad, identificando el modus operandi de su captor—, no quiero problemas, solo busco información.

El vehículo se movía a gran velocidad y las curvas las tomaba de forma peligrosa. Elena solo podía sentir la inercia, la molestia de la bolsa contra su piel, la dificultad para respirar, el metal de las esposas hiriendo sus muñecas y el miedo de estar totalmente a merced de sus captores.

—Nadie busca problemas y todos deseamos saber cosas —la joven reportera escuchó el encendedor de aquel hombre, como chupaba un cigarrillo y exhalaba el humo—. ¿Por qué debería hacer una excepción contigo?

—Porque no estoy tras de ti, Bruce —como pudo, escondió el miedo que sentía y con gran esfuerzo sacó del bolsillo de su pantalón el casquillo—. Busco a los que usaron esto.

Pudo sentir como Bruce Harper le quitaba el casquillo de la mano.

—Calibre 50 BMG. Munición para francotiradores.

—Exacto, alguien es el responsable de asesinar gente inocente con esas armas.

—Todos los días muere gente inocente, querida —Elena escuchó un arma cortar cartucho—, ayer fueron ellos, mañana seré yo, y hoy vas a ser tú.

Elena sintió el cañón del arma en su frente a través de la bolsa.

—¡Espera! No tienes que hacer esto.

—No malinterpretes esto. Son gente muy peligrosa. Considera esto como un favor, es más piadoso que cualquier cosa que ellos podrían hacerte.

—¡Puedo ofrecerte dinero!

—Esto no es monetario, esto es más grande que tú y yo juntos. Algunas cosas deben de quedarse ocultas.

En ese momento, se escuchó el chirriar de neumáticos, una fuerte explosión, vidrios que volaban en todas direcciones. El vehículo donde viajaban frenó de golpe, no, estaba volando. Alguien los había chocado. Elena sintió que flotaba, cosas chocaban contra ella, hasta que aterrizo sobre el techo del vehículo. Se encontraban de cabeza.

—¡FBI! —Escuchó una voz en la calle— ¡No se muevan!

—Esos malditos —vociferó Bruce— ¡Liquídenlos!

En pocos segundos comenzó el tiroteo. Elena se contorsionó lo suficiente para pasar sus muñecas por debajo de sus piernas hasta poder moverlas con un poco más de libertad. Se quitó la capucha de la cabeza y pudo ver a Bruce sostener un enorme revolver Rhino 357 que usó para disparar contra los agentes del FBI.

—¿Cómo nos encontraron? —Preguntó uno de sus hombres, que estaba detrás de Elena.

—Eso no importa ahora, solo asegúrate de que no te atrapen— Harper disparó en seis ocasiones antes de agotar la munición—. Sabes lo que ellos te harían si te atreves a hablar.

Bruce quitó el tambor de su arma y cayeron al piso todos los casquillos. Buscó en su bolsillo, pero solo encontró una bala, la colocó en el interior del arma y cerró el revolver.

—Le dije, señorita Carter. Que esto era más grande que usted ­—apuntó el revolver justo hacia ella, solo le quedaba una bala —. Y también más grande que yo —cambió de objetivo, puso el arma en su mentón, y jaló del gatillo.