Capítulo 1
“La guerra es Dios”.
El Juez Holden,
Meridiano de sangre.
1
Cuando llegó, el vehículo estaba en llamas.
En el cielo, el sol ruge y la arena se respira. Le corre el sudor de la frente. El calor esgrime una sonrisa maliciosa ante la humanidad. Sacó la botella de agua de su mochila y le dio un trago corto. Debía ahorrarla. También localizó entre las entrañas de su mochila una manzana; le quedaban cuatro ahora. Podrían pudrirse si no las comía a tiempo. El viento arde en sus mejillas. Cada paso le recuerda el deseo de muerte.
Tres buitres orbitan sobre el aura de Dante. A pesar del agua, siente que su saliva se extingue. Tenía un arma de fuego guardada en su pantalón, una semiautomática de diez tiros, parecida a la M1911, pero en negro. Un disparo y los buitres se esparcirían para buscar una presa que ya no se mueva. Municiones. Debe guardarlas.
Recuerda las palabras del taxista.
Una lágrima quiere emigrar de su ojo. Se resiste. Líquidos. El cuerpo los tira rápido.
–Volveré, mamá – le dijo al desierto. Su lengua era ceniza.
Entonces lo vio.
Humo; ascendía al cielo como un monstruo buscando algo que devorar. Se acercó, muy despacio. Otro puñetazo de calor. Mantuvo su distancia. La lengua del fuego casi lo rozaba. Un vehículo ardía. Las llamas regían todo el automóvil danzando ante su canto sordo y ardiente. Lo contempló un minuto. El fuego se movía como una bandera, como si el inferno reclamara más territorio del que ya tenía este maldito desierto olvidado por Dios.
Adentro, cuatro personas perdían su existencia... en silencio, sin moverse.
–Claro – dijo para sí.
Luego, siguió caminando.
Todavía era capaz de oler el humo, ese humo que le dijeron que olería. El sol todavía era una corona sobre las sienes y perturbaba la vista al alzar la cabeza. Bien sabido era que la frontera de Aurelia era la perdición estancada en un punto del tiempo de la raza humana, como si de otra dimensión se tratara. Apenas sonaban a leyendas que en sus dieciséis años de vida ni siquiera deberían tener peso. Pero el fuego tiene otros planes…
Revisó su arma. Estaba cargada.
Sacó su cruz de bolsillo con extremidades puntiagudas. La acarició.
Se despidió de su madre hace apenas seis días, después de que el ejército destruyera su pelotón y exigiera cabezas. Debía escapar antes que llegaran a ellas.
–Ahora quedas a la voluntad de Dios, hijo. Suerte – declaró su madre antes de besarle la frente y mandarlo lejos, rogando que las leyendas oscuras de la frontera solamente fueran para cimentar el imaginario colectivo.
Coleccionaba noches como un juego de cartas en las cuales pasó en vela, cediendo su pudor a hoteles de un dólar y hostales con más cucarachas que huéspedes en el suelo. Se acomodaba en el colchón, esperando que su columna cediera, y apenas podía verse así mismo atravesando arenas inmisericordes, cómplices del desierto y el aliento del diablo manando como una miasma agresiva y viva.
La voluntad de Dios, dijo su madre. Ojalá creyera en alguno.
Dejó de rezar desde los trece años, entendió la situación de su país desde los catorce, como todos en GRULA.
Sancionó sus pensamientos un instante. Debía tenerlos claros. Lástima que estuvieran tan empañados de miseria como su cuerpo de sudor. Su sudadera negra estaba empapada, pegándose a su esbelto cuerpo obtenido en las guerrillas de Aurelia. Dio otro sorbo al agua; comenzaba a calentarse, pero todavía quedaba suficiente como para día y medio en la botella, si es que el desierto no lo obligaba a devorarla en una sola deglución.
Caminaba más despacio. Comenzaban a dolerle los pies. Los dedos le ardían. Estaba seguro que habían comenzado a despellejarse. Si se quitara los tenis, los calcetines los tendría cundidos de sangre.
Seis días. Sólo seis días.
Un año. Como guerrillero duró un año. Quería morirse.
El taxi tenía aire acondicionado. El cristal de la ventanilla manchaba de grises amorfos la realidad cabalgando ahí afuera, como una brocha. El taxista era gordo, de cabello sin pigmento corregido por la edad y una barba albina de tres días. El espejo retrovisor mezclaba las miradas de ambos.
–¿Eres de aquí, hijo? – le preguntó el taxista con una voz hostigada de años de nicotina.
–Sí lo soy – respondió Dante aludiendo a la ventanilla, sosteniendo su mejilla con los nudillos derechos. Ahí afuera, el mundo no se detenía.
–¿Cómo te llamas?
–Dante. Puede llamarme “Dan”.
–¿A qué vas al norte, Dan?
–Prefiero no decirlo.
El taxista soltó una risa.
–¿A quién crees que engañas, muchacho? Las personas que van a esa dirección sólo buscan hacer una cosa… y termina siendo lo último que harán en sus vidas.
–Supongo que mi vida será corta, entonces.
–No digas eso. ¿Qué edad tienes? ¿Diecisiete, dieciocho?
–Tengo dieciséis.
–¡Dios mío, muchacho! Tienes toda la vida por delante y de verdad vas a desperdiciar tu juventud así.
–Ese es problema mío.
El taxista lo siguió contemplando por el retrovisor. Dante seguía sin mirarlo.
–Sí, muchacho, entiendo. ¿Qué hace un anciano que ni siquiera conoces cuestionándote? Sólo lo comento porque es triste. Muchachos más jóvenes que tú han muerto en esa maldita frontera. Pero supongo que cuando voltean a ver cómo está este maldito país, prefieren arriesgarse.
–Usted lo ha dicho.
–Según un informe que leía hace meses, nueve de cada diez inmigrantes mueren al cruzar a Nazarenos por la frontera en medio del desierto.
–Supongo que tendré que ser el número diez.
–Se dice fácil, muchacho… pero… no sé, es una situación que me duele. Yo tengo un hijo de tu edad. En dos meses cumple diecisiete. Me dolería verlo en tu lugar.
–El dolor fortalece. Aprovéchelo.
Finalmente llegó.
Un enrejado protegía la frontera que daba a Nazarenos. Metal oxidado y sucio. Los rombos formados por las rejas estaban unidos, sin fisuras. Podría pensar en convertirse en araña y escalar, así como también podría pensar que no estaban los alambres de púas electrificados sobre su cabeza.
Comenzó a caminar a lado del enrejado; pronto encontraría una grieta. Siempre las había. Porque siempre había migrantes.
A veinte metros de él, se erigía El Bastardo.
Dante caminó hasta él. Lo contempló. La mitad solamente. La mayoría lo tiene Nazarenos. El puente sentenciado a permanecer en obra negra para siempre.
Cuatro cuerpos estaban colgados desde él.
Dante no creía en Dios, pero apretó su cruz muy fuerte.
El puente era de un color gris opaco, con pilares cilíndricos y exponiendo el hormigón dentro de ellos, como una herida abierta con hueso salido. Ductos aislantes anaranjados sobresalían como cabezas de palmera, incluso algunos vehículos quedaron abandonados debajo de la estructura moribunda de lo que pudo ser. Ahora es un retrete gigante. Los vagabundos dejan sus mojones tambaleantes debajo de la estructura principal y barnizan de orina cada mañana los pilares.
El olor envilece al de los cadáveres… sobre todo si son aurelios
Siguió caminando en línea recta junto al enrejado. Encontró el alambre cortado, un agujero lo suficientemente grande. Luego entró.