No, no soy humano Día cero

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Summary

Nunca abras la puerta a un desconocido. Mira con atención sus manos... sus ojos... sus dientes. Nunca reveles que estás solo. Observa sus dedos con cuidado. Y, sobre todo, jamás permitas que crucen el umbral de tu casa. Porque, una vez dentro... ya no habrá salida."

Genre
Horror
Author
Yeffry17_
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1- El comienzo

Se le llamó La Llamarada. El evento que marcó el inicio del fin. Nadie imaginó que el apocalipsis vendría del sol, del mismo astro que nos da vida.

Una tormenta solar desató un caos sin precedentes: el mundo quedó sumido en tinieblas y, al mismo tiempo, en un calor insoportable. Salir durante el día se volvió un suicidio. Miles murieron quemados por la furia del sol. Día tras día, la temperatura subía y con ella, la desesperación. La Tierra se convirtió en un horno infernal, un lugar del que la humanidad no podía escapar. La única opción era refugiarse, esconderse y no permitir que ni un rayo de sol te tocara.

El orden social colapsó. Los supermercados fueron saqueados en cuestión de horas tras decretarse el estado de emergencia. Las calles se llenaron de gente armada, dispuesta a todo por sobrevivir. Los que no consiguieron suficiente comida murieron de hambre. Los que no encontraron refugio... desaparecieron. Asesinados por criaturas que emergieron de las profundidades de la tierra. Seres con apariencia humana, pero que eran todo lo contrario. Se les llamó Los Visitantes.

A simple vista parecían normales, pero había detalles que delataban su verdadera naturaleza: sus ojos, de un rojo opaco; sus dientes afilados; uñas largas y huesudas; y una piel tan blanca que parecía translúcida, más pálida que el papel. Nadie sabía de dónde venían, ni qué querían. Solo que traían muerte.

El miedo se apoderó de todos. Las noticias transmitían con horror cada nueva atrocidad. La única certeza: todo era culpa del sol.

El gobierno, tal como se conocía, dejó de existir. El presidente y su familia fueron víctimas de un visitante. Un video transmitido en vivo mostraba a un extraño entrando a la Casa Blanca, eliminando a varios guardias con una crueldad aterradora. Detrás de él, surgieron más de esos seres de las profundidades. La transmisión terminó en una interrupción súbita, dejando solo silencio y oscuridad.

Las fuerzas militares intentaron detener la masacre, pero los informes solo hablaban de derrotas. No hay arma que parezca eficaz contra ellos. Lo único que parece mantenerlos alejados es la compañía. Por extraño que parezca, los visitantes no entran a casas donde hay más de una persona. Pero, ¿cómo saber quién es quién cuando todos parecen humanos?

Además de Los Visitantes, la llamarada misma es una amenaza letal. Salir durante el día es una condena segura. El sol quema con tal intensidad que nadie sobrevive al primer contacto.

Las comunicaciones telefónicas han caído. Solo un canal de televisión permanece activo, la última ventana al mundo real.

Los hospitales solo atienden a los ricos y al personal militar. Las casas ahora son fortalezas, refugios improvisados. Hay quienes arriesgan la vida en la noche para buscar ayuda o suministros, pero cada salida puede ser la última.

Han pasado dos semanas desde que todo comenzó. Patrick y su familia viven aislados en su granja, sin visitas, sin noticias que no sean las de la televisión. La única excepción fue la primera noche en que los visitantes hicieron su aparición.

Patrick, Ruth y su hija Emma cenaban en silencio cuando, de repente, se escucharon disparos a lo lejos, provenientes de la granja vecina. Patrick se acercó sigilosamente a la ventana que daba hacia esa dirección. Emma, con la cena aún en la boca, lo vio tomar el rifle de la pared. Era la primera vez que lo veía con un arma.

Lo que vio heló su sangre: un hombre alto, delgado, vestido con un impecable traje negro, parado en la entrada de la granja vecina. Su rostro era una máscara de perversión, sus ojos brillaban con un rojo intenso. En sus manos alargadas sostenía la cabeza decapitada del señor Arthur, el vecino anciano. A sus pies, el cuerpo sin cabeza del hombre, aún aferrando un revólver.

De la casa salían gritos desgarradores de una mujer. El extraño, con una sonrisa macabra, entró sin prisa. Luego, un silencio mortal. Patrick miró a su esposa, con miedo, pero sin decir palabra, para no alarmar a Emma, quien los observaba con terror.

En ese instante, la realidad se impuso: las advertencias del reportero en la televisión eran ciertas. Las extrañas figuras que tocaban puertas para matar a quienes les abrieran no eran leyendas. Juraron no abrir nunca a nadie, y mucho menos a alguien como ese hombre del traje negro.

Más tarde, esa misma noche, Patrick estaba con Emma en su habitación, tratando de calmarla y ayudarla a dormir. A la niña le encantaban las historias de terror y misterio, aunque a Patrick no le gustaba contar esas historias. Sin embargo, había una que le contó su abuela y decidió compartirla con Emma, pues parecía tranquilizarla, alejarla del horror que afuera los consumía.

-Cuando era niño, mi abuela me contaba que llegaría un tiempo muy oscuro para la humanidad -comenzó Patrick, con voz baja-. Un tiempo en que la oscuridad reinaría, el caos se desataría y las enfermedades serían más comunes. Que el mal, liberado de sus cadenas, recorrería el mundo para atormentarlo antes del fin.

Emma lo escuchaba con atención, con los ojos abiertos como platos.

-Ella decía que esos seres irían casa por casa, tocando puertas -continuó-. Vestidos como humanos, pero demonios en realidad. Y al tocar preguntarían: "¿Quién vive aquí?" Y si alguien respondía, "Nadie, solo nosotros", sería el fin para ellos.

La niña cayó en un sueño profundo. Patrick la miró, le dio un beso en la frente y susurró:

-Buenas noches, hijita. Dulces sueños.

Apagó la luz y se dirigió a su cuarto, donde su esposa lo esperaba sentada en la cama, con una expresión que mezclaba preocupación y reproche.

-¿Por qué le sigues contando esas historias horribles? -preguntó-. Con todo lo que pasa allá afuera, ¿no crees que es demasiado?

Patrick se sentó a su lado, asegurándose de cerrar la puerta para que Emma no escuchara.

-Emma es fuerte. Esas historias la calman, le permiten olvidar por un momento esta pesadilla. Solo quiero que mi hija no tenga miedo de los monstruos. Que para ella solo sean cuentos -dijo con voz cansada.

Ruth guardó silencio, mirando al vacío. Desde hacía días no se tocaban, ni siquiera un beso antes de dormir. El miedo les había robado hasta el consuelo más básico. Temían lo que podría entrar mientras ellos dormían... alguien como un visitante.

Así, en esa oscuridad opresiva, compartieron la noche en silencio, atentos a cada pequeño ruido que rompiera la quietud, con la esperanza de que no fuera la última.

Patrick despertó de golpe al escuchar los golpes frenéticos en la puerta. El estruendo lo sacó del sueño como un latigazo, y Ruth también se incorporó sobresaltada, tan bruscamente que casi derribó la lámpara de la mesita de noche. Por un instante, se miraron en silencio, sus ojos reflejando un mismo terror. El ruido volvió a retumbar en la casa: un golpeteo desesperado, repetitivo, como si al otro lado alguien suplicara por entrar, como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.

Ruth negó con la cabeza, temblando, implorándole en silencio que no se moviera. Pero Patrick, con la mandíbula apretada y la decisión clavada en los huesos, tomó la escopeta que siempre guardaba junto a la cama. El frío metálico del arma le dio una falsa sensación de control. Sin decir palabra, abrió la puerta del cuarto.

El pasillo se extendía frente a él, angosto, devorado por sombras que parecían más densas de lo normal. A la izquierda, el baño; más adelante, la cocina; al fondo, la sala y luego la antesala que conducía a la entrada principal. Caminó con pasos medidos, cada crujido del piso resonando como un grito en aquel silencio cargado de tensión. Al pasar frente al cuarto de su hija, empujó suavemente la puerta: la niña seguía durmiendo profundamente. Aquello le pareció extraño... ¿cómo podía no escuchar los golpes que estremecían la casa? El sueño de los exhaustos, pensó, pero la idea no lo tranquilizó.

Avanzó un poco más y, de reojo, vio el reflejo de algo en la ventana que daba hacia el patio. Se giró lentamente. Y allí estaba.

En medio de la oscuridad, de pie frente al jardín, se erguía una figura. No era un hombre común. Era más alto que cualquiera que Patrick hubiera visto jamás. La piel, blanquísima, parecía brillar bajo la débil luz nocturna, casi translúcida, antinatural. Su cabeza rapada mostraba mechones de cabello desordenados que colgaban a pedazos, y en su rostro... una sonrisa. Una mueca macabra que exhibía dientes increíblemente blancos, casi perfectos, como si lo único humano en aquella cosa fuese su dentadura. No se movía. No respiraba. Solo estaba allí, inmóvil, mirándolo.

De pronto, los golpes en la puerta sonaron de nuevo, más intensos, más urgentes, como si fueran a derribarla. Patrick dio un respingo y giró la cabeza hacia la antesala. Al volver a mirar por la ventana, el extraño había desaparecido. El vacío del patio lo heló hasta los huesos.

Con la escopeta firmemente sujeta, avanzó hasta la entrada. El aire parecía más pesado con cada paso; sentía que la casa entera contenía la respiración. Se inclinó, apoyando el ojo en la rendija de la puerta.

Al otro lado, una joven. No tendría más de diecinueve años. Golpeaba con desesperación, la mirada desorbitada, como si algo la persiguiera en la oscuridad. Sus ojos corrían de un lado a otro, aterrados. Llevaba un bolso negro colgado del hombro, su cabello corto y oscuro pegado a la cara por el sudor. Era delgada, frágil, y su maquillaje corrido formaba surcos oscuros por sus mejillas, como cicatrices de lágrimas interminables.

Patrick apretó los dientes. No sabía si abrir la puerta... o si lo que había visto afuera la estaba obligando a llamar.

Los golpes contra la puerta resonaban en la oscuridad de la casa, secos, desesperados, como si alguien arañara el límite entre la vida y la muerte. Afuera, el viento arrastraba un murmullo frío y distante, mezclado con los gemidos inhumanos que rondaban en la noche.

-¡Por favor, déjame entrar! -suplicó una voz quebrada al otro lado-. ¡Por lo que más quieras, sé que estás viéndome, sé que estás ahí! Te escuché acercarte... ¡por favor!

Patrick, con la respiración contenida, apretó el arma contra su pecho y respondió con dureza:

-¿Por qué estás aquí? ¿Por qué has venido a mi puerta? ¿Quién eres... y por qué demonios debería abrirte?

Hubo un silencio breve, solo roto por el golpeteo de uñas temblorosas contra la madera. Finalmente, la voz contestó, temblorosa, casi rota:

-Me llamo Valerie... vengo de otro refugio. Tuve que salir, no porque quisiera, sino porque me obligaron. ¡Por favor! No dejes que muera aquí fuera. Esas cosas... están por todas partes. Matan, desgarran, hacen cosas horribles... No me dejes morir así.

Patrick tragó saliva. El sudor frío le corría por la frente. Su familia estaba en la sala, acurrucada, escuchando cada palabra. Con un hilo de voz, firme pero tenso, advirtió:

-Tengo a mi familia aquí dentro. No puedo ponerlos en peligro... Si te dejo entrar y resultas ser una de esas cosas, te volaré la cabeza sin dudar. ¿Me entiendes?

El silencio volvió a apoderarse del pasillo, hasta que la muchacha respondió de inmediato, atropellada, desesperada:

-¡Mira! Si dudas de que soy humana... escuché en la radio que una señal clara para distinguirlos está en los dientes... y en las uñas. ¡Mira mis dientes!

Se inclinó hacia la rendija de la puerta y mostró una dentadura amarillenta, con imperfecciones humanas, demasiado reales para ser fingidas.

-¿Ves? -dijo con un suspiro entrecortado-. No son perfectos... no soy una de esas cosas. Y mira mis uñas, ¿ves? No tienen esa suciedad negra debajo...

Patrick apretó los labios, indeciso. El murmullo de los monstruos afuera se intensificó, como si se acercaran. Con un movimiento brusco, giró el pestillo y abrió apenas lo suficiente. Valerie entró de golpe, casi cayendo al suelo, jadeando. Patrick cerró la puerta tras ella con violencia, sellando otra vez el débil muro que los separaba del infierno de afuera.

La sala estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz temblorosa de una lámpara de queroseno. El silencio era pesado, roto solo por el crujir de la madera y la respiración entrecortada de todos. El aire olía a encierro y a miedo.

-Gracias... -dijo la joven con voz quebrada, mirando a Patrick, que aún la apuntaba con la escopeta. Sus manos temblaban, su rostro estaba pálido y la suciedad de su ropa evidenciaba horas de huida-. Me has salvado la vida... llevo más de dos horas corriendo sin parar. Estoy cansada. Vi cosas horribles, terribles... nada de esto está bien... -su mirada se perdió en el suelo, como si reviviera cada imagen en su cabeza.

Ruth, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto a su hija, no pudo contenerse. Su voz sonó tensa, casi un grito contenido:

-¡La dejaste entrar, Patrick! ¡Nos has puesto en peligro! ¡Ni siquiera sabemos quién es... o si es una de esas malditas cosas!

Patrick no respondió de inmediato. Avanzó un paso, presionando con firmeza el cañón de la escopeta contra la frente de la muchacha. Sus ojos estaban fijos en los de ella, oscuros y decididos.

-Te lo advierto -dijo con voz grave, cargada de amenaza-. Si eres una de esas cosas, si haces el más mínimo intento de atacar a mi esposa o a mi hija... o si tan siquiera sospecho que no eres humana... te juro que te mataré aquí mismo.

La chica levantó lentamente el rostro, incorporándose un poco, con el miedo reflejado en sus ojos, pero también con una chispa de dignidad.

-No lo haré... ya se lo dije: no soy una de ellos. Vengo de otro refugio... solo necesito descansar unas horas y beber un poco de agua. Si fuera uno de ellos, todos aquí ya estarían muertos.

Patrick no bajó el arma enseguida. Su respiración era pesada, cargada de dudas y rabia contenida. Finalmente, con un gesto brusco, apartó la escopeta, aunque su voz siguió siendo cortante:

-¿Por qué viniste aquí? Entre tantas casas... ¿por qué elegiste esta?

La joven lo miró incrédula, como si la pregunta no tuviera sentido.

-Porque es la única casa a kilómetros... créame, corrí al menos dos horas. La otra vivienda cercana... -hizo una pausa, tragando saliva como si le costara seguir hablando-. Allí encontré una masacre. Una familia entera muerta. Las puertas destrozadas... imagino que eran sus vecinos. No me quedaba otra opción más que venir aquí.

Patrick guardó silencio. Su mandíbula se tensó mientras bajaba la mirada por un instante.

-Sí... -dijo al fin, con un tono cargado de pesar-. Eran nuestros vecinos.

Volvió a alzar la vista y la observó con dureza, como un juez dictando sentencia:

-Puedes quedarte esta noche. Pero en cuanto recuperes fuerzas, te largas. Dormirás en el sofá. Y escucha bien... -dio un paso hacia ella, volviendo a señalarla con un dedo rígido-. Si haces algo extraño... lo que sea... estás muerta.

La tensión en la sala era sofocante. Ruth apretaba la mano de su hija, tratando de ocultar el temblor en sus dedos. Patrick finalmente bajó el arma y, sin mirar atrás, indicó con la cabeza que lo siguieran.

Antes de dormir, Ruth y él tomaron una decisión: su hija no pasaría la noche sola en su cuarto. La llevaron con ellos y cerraron la puerta con llave. Por precaución, arrastraron el pesado tocador y lo encajaron contra la entrada. El mueble crujió bajo el esfuerzo, sellando la puerta como una última barrera.

La familia se acostó, pero nadie conciliaba el sueño. Afuera, el silencio era tan espeso que parecía esconder algo... algo que los observaba desde la oscuridad.