Todo lo que nos queda de mundo

All Rights Reserved ©

Summary

El mundo se derrumba en cuestión de horas. Una enfermedad desconocida se expande con una rapidez brutal, transformando a las personas en criaturas sedientas de sangre. En medio del caos, Aleakai, un joven que apenas encontraba motivos para seguir viviendo, se ve obligado a luchar por su vida cuando todo lo que conoce se derrumba: su hogar, su familia, su gente. Entre recuerdos dolorosos, culpa y un deseo contradictorio de vivir o morir, Aleakai deberá enfrentarse no solo a los infectados que devoran el mundo, sino también a sus propios fantasmas. Pero el apocalipsis también guarda encuentros inesperados. Cuando Héctor cruza su camino, Aleakai descubre que incluso en el fin del mundo puede haber razones para aferrarse a la vida... aunque sobrevivir juntos sea otra batalla.

Genre
Romance
Author
Andrea
Status
Complete
Chapters
23
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

Aleakai

—Seguimos pendientes del avance de la nueva enfermedad que se está expandiendo rápidamente por toda Europa, dejando cientos de miles de muertes en apenas unas semanas. Los infectados presentan comportamientos violentos y no dudan en atacar. Los intentos para frenar esta enfermedad están…

Las malditas noticias.

Aleakai apagó la televisión con un suspiro mientras se pasaba las manos por la cara, fatigado por las imágenes que circulaban en todas las pantallas. Las noticias. Esa maldita enfermedad. Lo último que necesitaba en su vida era que un extraño virus sin nombre le jodiera sus planes de poder salir de aquel piso compartido de mala muerte en el que vivía.

—Esta casa sí que va a crear una nueva enfermedad mortal… –Comentó al aire mientras levantaba el pie de una sospechosa mancha del suelo– Que asco…

Asqueado, se puso en pie con un crujido de rodilla que le hizo maldecir sus casi treinta años en voz baja. A veces, deseaba haber heredado la fortaleza de huesos de su madre, en vez de su pelo castaño rizado.O la voluntad de su padre para hacer ejercicio y mantenerse en forma, en lugar de sus ojos marrones rasgados. Pero no le sonrió esa suerte y tenía que vivir con sus dolores de persona casi treintañera.

Las ganas de desayunar se le habían quitado con el segundo vídeo de desmembramientos pixelados de los noticieros, por lo que decidió tomar una barrita de cereales para el camino. Como todos los lunes, horribles lunes, tenía turno de mañana en el taller donde trabajaba por un sueldo miserable que le traía con la soga al cuello. A veces, de forma no irónica. Aun así, Aleakai se mostraba agradecido con su jefe, que no era el peor del mundo. Solo era un jefe más.

Antes de salir del apartamento, se limpió las gafas para poder ver con claridad la mañana de mierda que le esperaba por delante. Al menos, no había rastro de su compañero de piso, responsable de la suciedad permanente de la casa, eso le ahorraría la discusión de todos los días sobre ser menos asqueroso y todo eso.

—Las llaves, el móvil, la cartera…

Lo tenía todo, podía marcharse.

Tras cerrar la puerta de aquel pisucho al que debía de llamar hogar, la tan inesperada, como común, sensación de desolación se posó sobre sus hombros dispuesta a acompañarle todo el camino. Solía batallar con ella, pero últimamente había perdido las ganas y la fuerza. Todos los días se despertaba a la misma hora, buscaba algo comestible en la nevera, trabajaba, comía cualquier cosa precocinada del supermercado, volvía a su habitación y pasaba el resto de horas hundiéndose en la miseria.

Unos meses atrás, cuando volvió a su piso para encontrarse un vómito frente a la entrada, el cual restregó por el suelo al abrir la puerta, y posteriormente pisó, fue la gota que colmó el vaso. Malvivía en una casa que compartía con un borracho que lo único que le daba era más horas de limpieza, con un sueldo de mierda, sin un solo día de ocio. No tenía perspectivas de futuro, no sabía cómo mejorar, no tenía ayuda externa. Cada vez que pensaba en sus padres… bueno, ellos habían sido el motivo por el que había dejado sus estudios y había aceptado el primer empleo con el que pagarse su independencia. Para ser más exactos, había sido él, su padre.

Todas aquellas circunstancias, además de otras que no iba a tener el desagradable placer de recordar, fueron las que le llevaron a presionar la cuchilla de la navaja contra su muñeca. Había decidido que había sido suficiente. Todo. No quería preocuparse por nada, ni pensar, no quería vivir y no quería esperar a que las cosas mejoraran.

Aleakai no era creyente, pero se planteó la idea en el momento en el que el mensaje de su jefe, proponiéndole un aumento de sueldo, llegó justo cuando iba a realizar el primer corte. A pesar de su falta de motivación y su deseo por dejar de sufrir, era una persona optimista por naturaleza, así que se tomó aquel mensaje como una señal. Y dejó la navaja.

Y fruto de aquellos meses de su nueva “vida”, o de su no-suicidio, eran los ahorros que guardaba celosamente tras los libros de su estantería, dentro de una biblia, donde sabía que su compañero de piso nunca miraría. Solo necesitaba un poco de tiempo más y podría permitirse cambiar de casa, tener su propio espacio. Quizás ascender en el trabajo. En definitiva, aprovechar la segunda oportunidad que se había dado a sí mismo.

Aunque había decidido permanecer con vida e intentar una mejora, aquello no significaba que su mente agotada fuese a cambiar de un día para otro. Esa era la razón por la que el sentimiento de miseria siempre le abordaba al cerrar la puerta de su apartamento.

Solo un poco más…

—Buenos días, muchacho. ¿Vas al trabajo?

La señora María. Del 1ºA. Tenía sesenta y tres años, dos hijas y tres nietos, y en los últimos meses parecía que había adoptado a Aleakai también. Era una señora amable, tozuda como ella sola, pero que había contribuido a la mejora de su salud con sus platos calientes y su comida casera. Sabía que él nunca lo aceptaría, o querría pagar por ello, por ese motivo siempre le decía que le sobraba la comida y se la daba porque le daba pena tirarla. Ella era el motivo por el que el armarito de la cocina, que rezumaba grasa por mucho que lo limpiase, estaba a rebosar de recipientes de plástico.

—Buenos días, abuela María –Aquel apodo había sido impuesto bajo amenazas. No soportaba que le llamasen señora– Sí, tengo turno de mañana. ¿Cómo se encuentra hoy?

—Ay, muchacho, como siempre. La edad no perdona a una. Tengo los huesos… Oh, mi espalda… Y la artritis. Pero tengo salud, aunque con dolores. ¿Cómo estás tú, muchacho? –La abuela María sabía su nombre, pero jamás lo supo pronunciar bien, por eso le llamaba muchacho. ¿Alkai? ¿Alaki? Ay, muchacho, que nombre tan difícil tienes.– Aun no entiendo como un niño tan bueno como tú puede vivir con ese niño borracho. Tienes que estar pasándolo tan mal… Tienes que buscarte una buena mujer y salir de ese piso. Disfrutar de la vida.

Disfrutar de la vida… Si ella supiera.

—Estoy en ello, abuela María.

La presión que sentía sobre sus hombros, incitándole a ceder a sus pensamientos más negativos, siempre se aliviaba un poco cuando hablaba con la mujer. No había conocido a sus abuelas, pero sentía que María era lo más cercano que tenía a una.

—Y ten cuidado por ahí. ¿Has visto las noticias? Es terrible… todas esas muertes –María se santiguó, dando un beso a la cruz de su rosario–. El mundo está loco. ¿Qué va a ser de nosotros? Esas enfermedades raras… Que Dios nos asista, muchacho.

—No diga esas cosas, abuela María. Suena como si se hubiese desatado el apocalipsis.

Finalmente, decidió moverse, metiendo las llaves del piso en el bolsillo de su pantalón y comenzó a bajar los primeros escalones hacia el portal del bloque.

—Ojalá tuvieses razón, muchacho. Ojalá solo sonara como el apocalipsis.

Tras despedirse de la señora, terminó de bajar la escalera, saliendo por la puerta del bloque, que llevaba años abierta, pues alguien se había estrellado con el coche contra ella y jamás se arregló. Abiertas como las puertas de un hotel, pensó mientras comprobaba que no hubiese nada en el buzón y salía finalmente a la calle.

No supo decir exactamente qué fue lo que lo provocó, pero un escalofrío recorrió el cuerpo de Aleakai de una forma brutal. Por un momento, pensó que se había chocado con uno de los cables pelados que colgaban de la fachada de aquel bloque medio derruido, pero no era así. Había… algo en el ambiente, no sabía explicarlo. El silencio, quizás, no estaba seguro.

María y sus exageraciones… Estoy sugestionado.

Valoraba lo suficiente poco su vida como para no preocuparse de enfermedades potencialmente mortales. Le molestaba, sí. Casi había conseguido el dinero para mudarse, pero, siendo realistas, él no trataba con nadie que pudiese estar infectado. No recordaba la última vez que había pillado algún virus, ¿cuál era la probabilidad de que se infectara justamente de aquel?

El camino hacia el trabajo seguía siendo tan monótono como de costumbre. Se cruzó con la gente que iba y venía todos los días, al igual que él. Se aseguró de no pisar las líneas blancas del paso de peatones cuando tuvo que cruzar al otro lado de la calle. Nada estaba fuera de lo normal. El mismo tráfico, quizás un poco mayor, las mismas personas, el mismo ambiente… Como cada mañana. Lo que sí se salía de la normalidad era la inmensa cola de coches que esperaban entrar al taller. Llevaba años trabajando allí y jamás había visto aquella cantidad de trabajo acumulado.

—Vaya, ¿todo el mundo ha elegido coger las vacaciones la misma semana? –Preguntó a su jefe nada más entrar, dejó la chaqueta a un lado y se puso los guantes para comenzar a trabajar– ¿Por dónde empiezo?

—Ale, menos mal. El día de hoy me va a volver loco. He abierto hace cinco minutos y ya había más de diez coches esperando. La gente se está volviendo loca por el virus ese. ¿Has visto las noticias? La gente se está yendo.

De nuevo, las jodidas noticias.

—Bueno, lo único que se gana poniendo la televisión por la mañana es querer pegarse un tiro, ¿no es así? Ahora es ese virus, o lo que sea, pero antes era la inflación, la guerra, la hambruna, el cambio climático, el ascenso de los partidos ultras… –El teléfono de Aleakai sonó, así que lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón para poder leer el mensaje– Ya sabes, para acompañar el café, una buena dosis diaria de miedo y paranoia.

Al leer la notificación de su teléfono, no pudo evitar soltar una pequeña risa. Era su amigo, Elliot, se habían conocido en la universidad y habían sido inseparables hasta que tuvo que dejar la carrera y ponerse a trabajar. Quería quedar con él para comer. Y el cabrón había elegido el día que más trabajo tenía por delante. Y que se desataba el apocalipsis, también había que tenerlo en cuenta. Tecleó una disculpa y una promesa de quedar a la siguiente semana, después guardó el teléfono y se puso a trabajar.

La mañana iba transcurriendo con toda la calma que podía tener un día hasta arriba de trabajo. Fue sobre las doce y media de aquel martes cuando se empezaron a escuchar las sirenas y la velocidad de las patrullas y ambulancias. En el taller hubo un momento de silencio antes de que alguien murmurase un “quizás ha habido un accidente en la carretera”. Sin embargo, una sensación asfixiante se instaló entre aquellas cuatro paredes. Veinte minutos más tarde, uno de los trabajadores se puso en pie de un salto, caminó hacia la televisión que solían encender en los descansos para despejarse y la encendió para mostrar la terrible realidad de la que estaban totalmente ajenos.

El apocalipsis.

—Los primeros casos de la enfermedad que asola Europa, y ahora el mundo, han aparecido en el norte de España alrededor de las doce de la noche… Los afectados comienzan a contarse por millares. Los hospitales están colapsados…

—Pon la televisión local –La voz de otro empleado llenó el silencio que se había asentado entre ellos– Quizás aquí no ha llegado aún.

La pantalla tardó unos largos diez segundos en cambiar, como si de aquella forma se pudiese retrasar lo evidente. Aleakai no supo que fue lo que le golpeó primero, si las imágenes sangrientas sin censurar, el titular de “La epidemia ha llegado al pueblo” o el hecho de que la emisión se cortó unos minutos después.

Sin señal.

Las comunicaciones estaban fallando. Como en las películas.

Estaba paralizado. No podía creer que realmente aquello fuese real. La alerta de emergencia en los teléfonos le acabó por confirmar que sí era real.

Y, curiosamente, lo primero que le vino a la cabeza fueron sus padres. Mierda.

—Jefe, tengo que irme. Necesito comprobar que mis padres están bien.

Su idea fue tomada por el resto de empleados, hasta que finalmente el taller quedó vacío. El silencio pesaba como una losa de mármol y no pudo evitar reír ante el pensamiento que le vino a la cabeza. Una losa de mármol, como una tumba.

—Ale, toma –Atrapó al vuelo las llaves que su jefe le lanzó–. Puedes coger uno de los coches. Ve a buscar a tu familia. Y cuídate.

Se le formó un nudo en la garganta. Había estado trabajando sin descanso en aquel taller por casi nada de dinero, pero aquel hombre había cuidado de él casi como un hermano mayor. Juntos habían superado crisis y problemas. Podría haber renunciado muchas veces, nunca sabría por qué no lo hizo, pero siempre se mantuvo fiel a él. Y aquellas palabras sonaban a despedida.

—Lo haré. Cuídate tú también. Nos vemos mañana, jefe.

La triste sonrisa del hombre para el que había estado trabajando durante años le dejó claro lo que más temía. No iba a haber un mañana.

—Hasta mañana, Aleakai.

Solo hay una cosa más peligrosa que una enfermedad desconocida con altísima mortalidad. La histeria y el pánico colectivo.

En solo unas horas, las calles se habían convertido en un infierno. La gente corría de un lado a otro. Los coches conducían sin ningún tipo de preocupación. Los comercios estaban siendo asaltados ante la falta de personal, que había huido, y el que se había quedado estaba contribuyendo al robo. La desesperación se adueñó del pueblo con más rapidez de la que había previsto. Y era aterrador.

Aleakai se abrió paso por las calles, tenía que esquivar a las personas que le empujaban y a los coches que no le importaban atropellarle. Los gritos llenaron poco después y, por un momento, el movimiento frenético de la calle se paró en seco.

Los gritos. La sangre. Un infectado.

En el suelo, indefensa, se encontraba una chica de unos veintitantos años. Su cabello rubio estaba cubierto de sangre, de su sangre. Sobre ella, un señor de unos cuarenta años le mordía el cuello, le arrancaba la carne, la masticaba y dejaba que se desangrase. Era atroz.

No podía respirar. No se podía mover.

Los gritos regresaron y la gente que antes caminaba con prisa, ahora corría. Si antes pensaba que la calle era caótica, ahora era un infierno. Un infierno que no hizo más que empeorar cuando la chica que yacía muerta en el suelo comenzó a convulsionar, poco después se encontraba en pie con la boca abierta y los ojos inyectados en sangre, infectada. Viva, pero muerta. Así se expande… Los mordiscos…

El cuerpo de Aleakai se puso en marcha como su le hubiesen dado un latigazo. Tenía que salir de allí. Se puso a correr, sin darse cuenta se había unido a la masa de pánico, intentó esquivar a la gente que se cruzaba, aunque no pudo evitar chocar con más de una persona. Necesitaba salir de las calles principales, tenía que llevar más allá, a la casa de sus padres. Comprobar que estuviesen bien.

Debería de haber cogido el maldito coche…

El camino a la casa de sus padres siempre se le había hecho largo. Recordaba cuando era un niño y salía del colegio, el autobús nunca pasaba cerca de su urbanización y siempre tenía que caminar durante media hora bajo el sol del mediodía y con la mochila cargada de libros. En aquella ocasión, no fue diferente. Conforme se alejaba del centro de la ciudad, la situación se volvía más y más horrible. Parecía que los infectados habían llegado por la carretera y habían contaminado el exterior del pueblo primero, extendiendo la enfermedad hacia el interior.

Llegar hasta la urbanización le había costado más de lo que había imaginado, pero seguía vivo. No podía decir lo mismo de los vecinos. Cruzó las enormes puertas de metal sin mucho esfuerzo, ya que alguien se la había dejado abierta, y lo primero que encontró fueron los cadáveres mutilados de los dos propietarios del 3ºC. Los conocía. Sus padres habían sido muy amigos, siempre celebraban fiestas en su casa, hasta que… hasta que dejaron de celebrarse. Sintió una profunda pena por aquellas muertes, siempre habían sido muy buenos con él.

De forma inconsciente, se llevó una mano a la boca y nariz, el olor de la sangre amenazaba con hacerle vomitar. La escena en sí era bastante grotesca. Pasó con mucho cuidado por el lado de los cuerpos, mantuvo la mayor distancia que pudo. Aun no estaba seguro de cómo funcionaba aquella enfermedad, ¿y si empezaban a convulsionar y se levantaban? Era mejor tener cuidado.

Atravesó el patio hasta llegar a escalera principal, subiendo a toda velocidad, intentaba ignorar las manchas de sangre y los ruidos que se escuchaban en el interior de las casas. Tenía que terminar de subir, comprobar que estaba todo bien.

Al llegar a la puerta de su antiguo hogar, una punzada de ansiedad amenazó con hacerle llorar. Llevaba meses sin ver a su madre, había estado muy ocupado. De su padre no quería hablar. La última vez que había estado en aquel piso había sido… No lo recordaba, pero hacía años. Aquel lugar había dejado de ser su hogar desde que su padre perdió la cabeza, tenía el recuerdo grabado en la mente, por desgracia.

—¿Qué quieres comer hoy, Aleakai? –La voz de su madre le llegó desde el pasillo– ¿Quieres ensalada para acompañar?

—¡Sí!

Un Aleakai de diez años salió corriendo de la habitación hacia la cocina. Su madre le había regalado un avión de juguete por su cumpleaños y era lo único con lo que jugaba. Le encantaba ese avión. Se imaginaba pilotándolo, o simplemente viajando en él, yendo a otros lugares. Conociendo mundo.

—Lávate las manos y pon la mesa. La comida está lista.

Guardó su avión de juguete y se dirigió hacia el baño para poder lavarse las manos, tal y como su madre le había pedido. Cogió la toalla para secarse el agua que goteaba de sus dedos. Fue entonces cuando escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse. Aquello era raro. Nadie había llamado al timbre.

Salió al pasillo. Su padre estaba en la puerta, maletín en mano. La situación no era normal, lo sentía. Quizás su pequeño ser de apenas una década de existencia no podía comprender la gravedad del asunto. No podía entender el mundo de los adultos, pero podía sentirlo. Sabía que su padre debía de estar trabajando, pero estaba allí.

—¿Raúl? ¿Qué haces tan temprano en casa?

No hubo respuesta. Solo silencio.

Su padre dejó caer el maletín al suelo, lo que provocó un estruendo que le hizo casi saltar en el sitio. Aleakai siguió con la mirada cada movimiento de su padre. Primero caminó hasta el armario donde guardaban la cristalera y sacó un vaso elegante que solo usaban para servir bebidas de mayores que él no podía tomar. Vaso en mano, se dirigió a la cocina, pasó junto a su madre sin decir ni una palabra y se agachó para abrir la puerta del congelador, sacó un cubito de hielo redondo y lo metió dentro del cristal. El tintineo del vaso llenó la habitación mientras caminaba hacia el mueble del salón, lo abrió y sacó una botella de un licor de color anaranjado, después se llenó medio vaso.

El silencio continuó. Raúl dejó la botella sobre la mesa y se sentó en el sofá. Le dio un largo trago al líquido antes de hablar.

—Me han echado del trabajo.

Entendía el concepto del trabajo como lo entendía cualquier niño de diez años. Sabía que era importante, sabía que era algo que hacían todos los padres, todos los adultos, y que él tendría que hacer a su debido tiempo. Sin embargo, no entendía la gravedad de las palabras de su padre. Busca otro trabajo, era lo que su pequeña mente pensaba. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Si no tienes algo, búscalo. Su padre era un adulto, los adultos lo podían hacer todo, ¿no?

—¿Qué…?

La angustia en la voz de su madre le puso los pelos de punta. Si su madre, que siempre tenía la solución para todo, que nunca tenía miedo, que siempre sabía cómo consolarle, estaba asustada… ¿Qué significaba aquella situación?

—¡Qué me han despedido! ¿¡Estás sorda!?

El estallido del cristal, el primero de muchos, contra la pared le hizo encogerse sobre sí mismo y dar un paso atrás. Apretaba el avión de juguete contra su pecho con tanta fuerza que podría haberlo roto o haberse atravesado con él. Quizás, tenía la esperanza de entrar dentro y volar muy lejos. Salir de aquel sitio, llevarse a sus padres, empezar de nuevo, volver atrás en aquella mañana.

Ante él, la figura de su padre era un borrón por las lágrimas que amenazaban con caer por sus mejillas. Podía distinguir el movimiento de su cuerpo, estaba discutiendo. Le pitaban los oídos, pero podía notar que estaba gritando.

Desde aquel día, su padre solo tenía dos volúmenes posibles, el silencio y el grito.

Con el paso del tiempo, que podía contar por el número de botellas que tiraba al contenedor del vidrio, la presencia de su padre se convirtió en una pesadilla. Aprendió a jugar en silencio, a comer sin hacer ruido, a usar el baño con la mayor rapidez posible, a no pedir de más, a no llevar amigos a casa, a ver la televisión sin volumen…

A veces, cuando estaban comiendo, alzaba la mirada para ver al hombre al que había querido tanto, quizás aun lo hacía, y no reconocía a su padre en él. Su padre había sido un héroe, un modelo. Ahora solo era una presencia que ahogaba la casa. Pronto aprendió a echarse colonia antes de ir a clase para camuflar el olor a tabaco y alcohol.

Aquella mañana, antes de que su padre volviese sin trabajo, había sido la última vez que había hablado con él. La última vez que le había dado un abrazo. Si lo hubiese sabido, quizás le habría abrazado más fuerte, quién sabe. Si hubiese sabido que las cosas cambiarían tan rápido, quizás, de alguna manera, hubiese podido hacer algo. Retrasar el momento o pedir más cariño que no volvería a tener. Pero solo era un niño de diez años que jugaba con su avión de juguete y soñaba con viajar. Nadie está preparado para que un ser querido cambie, menos un niño de diez años.

Esa mañana, nada le había preparado para enfrentarse a la perdida de amor de su padre. Uno nunca espera que sus padres dejen de quererlos. Quizás por eso nunca entendió el cambio.

Seguía sin entenderlo.

El recuerdo de aquel día seguía atormentándole cada vez que se paraba frente a la puerta de sus padres. Volvía a ser ese Aleakai de diez años.

Tragó saliva mientras sacaba las llaves de la puerta. Aquello era una estupidez, pero siempre llevaba las llaves de la casa de sus padres junto a las del piso que estaba alquilando. Una parte, quizás tonta o inocente, de él, siempre había esperado que su hogar volviese a ser lo que era. Seguía esperando.

Sabía que debía de abrir la puerta, pero no podía. Se encontraba frente a una especie de puerta de Schrödinger. Por lo que había visto, sus padres podían estar tan vivos como muertos, pero hasta que no abriese la puerta, no lo comprobaría. No quería hacerlo, pero sabía que debía.

—Joder… Aleakai… –Se maldijo a sí mismo– Abre la maldita puerta.

Un ruido. Las escaleras.

Alzó rápidamente la miraba hacia el piso superior. Allí, en pie, una figura ensangrentada que abría y cerraba la boca con un horrible sonido, le observaba. Los segundos se le hicieron eternos. Sintió que miraba a aquella criatura durante horas. El rugido de aquel no-muerto le puso los pelos de punta, venía a por él. Aquella criatura bajó la escalera a toda velocidad, los escalones de dos en dos, quería matarle.

Buscó a toda prisa la llave de la puerta, la acercó a la cerradura, pero no encajaba. No entraba. Rezó para que sus padres no hubiesen cambiado la cerradura. La criatura estaba a solo unos escalones de él. Podía oler la sangre.

Clic. Abierta.

De un empujón, abrió la puerta para después cerrar de un portazo. Pudo notar el golpe de la criatura contra la madera. Los golpes de aquella bestia contra la puerta se coordinaban con el traqueteo furioso de su corazón. Iba a echarla abajo. Su instinto actuó con rapidez, sujetó el mueble donde sus padres solían dejar el correo y lo empujó hasta bloquear la entrada. Nunca había podido mover aquel mueble solo y, sin embargo, ahora no le pesaba nada. Iba a tener razón todo aquello sobre que el instinto de supervivencia aumenta las habilidades del ser humano.

Por unos momentos, lo único que podía escuchar era el ritmo frenético de su corazón. Aquello había estado cerca. Muy cerca.

Le costó unos segundos calmarse, más de unos segundos. Quizás había pasado horas de pie frente a la puerta y ni siquiera lo había notado. La única certeza que tenía de que había pasado bastante tiempo era que los golpes a la puerta habían cesado.

En el preciso momento en el que volvió en sí y entendió que se encontraba a salvo, por ahora, fue cuando notó el olor. Metálico. A sangre. Se le formó un nudo en la garganta. Necesitaba pensar, mantener la calma, aquel olor podía venir del otro lado de la puerta.

Splash.

Había pisado algo húmedo. Un pequeño charco. Necesitó de todo su valor para poder dirigir la mirada hacia el suelo, rezó porque no fuese nada, porque la mancha roja que ahora empapaba sus zapatillas no fuese sangre, al menos, no de sus padres. Sabía que tenía que moverse, hacer algo, pero no podía.

Por favor…

Tragó el nudo que sentía que le oprimía la garganta y dio un nuevo paso hacia atrás, se adentró en la sala de estar de espaldas. Era un movimiento imprudente, lo sabía, pero no tenía el coraje para girarse.

Mantuvo la miraba en el suelo, en la mancha de sangre que cada vez se hacía más grande. Tras unos pasos más, se encontraba en la sala de estar, pero no podía levantar la mirada. Le temblaban las manos. El olor a sangre era espantoso. Se sentía mareado. Le dolía la cabeza de apretar los dientes, de intentar contactar con cualquier entidad divina que le pudiese escuchar y le concediese su deseo. Que estén bien, por favor… Comenzó a alzar la mirada con tal lentitud que casi parecía que no levantaba la cabeza. Ojalá no lo hubiese hecho. Frente a él, entre la mesita del café y el sofá, el cuerpo de su madre yacía completamente desfigurado. Habían apuñalado su cuerpo tantas veces que era imposible contarlas.

Se llevó la mano a la boca para contener el quejido que quería escapar de él. Un dolor insoportable le había atravesado el pecho. No podía respirar. Sus ojos no tardaron en llenarse de lágrimas que salpicaban el cristal de sus gafas cada vez que parpadeaba. Un sonido salió de su garganta, a medio camino entre un sollozo y un quejido. Ni siquiera podía llorar la muerte de su madre, si quería seguir con vida en las próximas horas.

Su cuerpo colapsó a los pocos segundos, cayó de rodillas al suelo, era incapaz de mantenerse en pie. Lloró silenciosamente. Sus pulmones ardían, al igual que su garganta. Su llanto era una piedra incandescente que no podía tragar.

Se lamentó mentalmente mientras sus lágrimas seguían cayendo. Debería haberle llamado más. Debería de haberle visitado más. Debería de haber ido a comer. Debería… Debería… Debería… Ya no podía hacer nada. Su madre estaba muerta, ya no habría más oportunidades. Se acabó. Se le antojaba curiosa la forma en la que siempre se piensa que habrá más oportunidades, más días, más momentos… hasta que un día, no hay más.

—Lo siento… –Su voz completamente rota– Lo siento mucho…

Le temblaban las manos. Temblaba por completo. Consiguió limpiarse las lágrimas que le nublaban la visión, pero no paró en volver a mirar el cuerpo de su madre. Necesitaba encontrar a su padre, si es que seguía allí.

Ponerse en pie nunca le había costado tanto, incluso el común crujido de su rodilla le resultaba especialmente doloroso, como si hubiese envejecido treinta años de golpe. Una rápida mirada a la sala de estar y la cocina le confirmó que su padre, o su cuerpo, no se encontraba allí. Caminó hacia el pasillo de las habitaciones, el suelo estaba lleno de huellas sangrientas que paraban frente a la habitación matrimonial.

Sabía lo que se iba a encontrar antes incluso de abrir la puerta.

Allí, en mitad de la habitación, se encontraba el cuerpo de su padre. Colgaba por el cuello de una soga atada a la viga del techo. No pudo evitar soltar una risa cargada de dolor al pensar en lo mucho que le había gustado colgar decoración en aquellas vigas. Aquello no incluía a su padre, claro estaba.

Bajo el cuerpo del hombre que le había engendrado había una nota manchada de sangre. Se acercó para poder recogerla y leerla.

Para mi hijo Aleakai:

No podemos vivir en un mundo así. Demasiado dolor. Demasiada muerte.

No puedo dejar que ella viva eso. No puedo vivir eso.

No sé si sigues vivo. Espero que hayas tomado la misma decisión que yo.

Espero que no nos encuentres. Si lo haces, hice lo que debía.

Adiós.

Dejó la nota sobre la cama de nuevo. Sus padres estaban muertos. Una parte de él lo esperaba. Su padre siempre había sido inestable, aquella situación se veía venir. Cuando era un niño y sus padres peleaban, nunca podía conciliar el sueño porque la sensación de que su padre iba a perder completamente la cabeza e iba a matarlos siempre estaba presente. A veces, se quedaba dormido pensando en cómo podía montar una barricada para sobrevivir a su padre y proteger a su madre. Quizás no era la mejor forma de irse a dormir para un niño de diez años.

Tampoco había escrito un “te quiero”, solo un adiós. Aquello le dejo un sabor amargo en la boca. No esperaba tener la confirmación de que su padre no le quería a través de una nota de suicidio. Todos los miedos del pequeño Aleakai se habían convertido en realidad, aquellos miedos que habían comenzado a raíz del despido. Su padre había perdido la cabeza, había matado a su madre, se había suicidado y había confirmado que no le quería.

En aquella casa, yacía no solo sus progenitores, sino cualquier esperanza de que todo saliese bien, de que hubiese un buen final en su vida. De poder recuperar a su familia.

Todo estaba muerto.