Capítulo 1
Ira, un hombre mayor que nunca tuvo hijos, se sentaba en las tardes en un banco afuera de su casa. Veía a las personas pasar y asentía la cabeza cada que lo saludaban. Su semblante siempre fue serio y robusto, su cara tenía cicatrices que deformaban su extremo izquierdo junto a una enorme quemadura y sus manos estaban llenas de callos.
Varios niños lo apodaban el General Malo, diciendo que alguien así debió de ser bastante malo como para merecer ese daño. Aparte de que iba todos los días al burdel, muchos especularon que ese hombre solo pensaba con su cabeza de abajo.
Pocos pensaban bien de él, cuando de la noche a la mañana comenzó a cuidar a un bebé de tez pálida, ojos brillantes y sonrisa alegre todo el pueblo pensó que lo había secuestrado. Sin embargo, cuando fue creciendo con el tiempo comenzaron a sospechar que había sido un hijo que tuvo con alguna cortesana. Ese niño era Jules, un pequeño lleno de energía que amaba ayudar a el viejo Ira y no paraba revolotear a su alrededor llamando: “padre esto”, “padre aquello”.
Al tener a ese pájaro a su alrededor, pareció suavizarlo de a poco y de vez en cuando se podía ver una sonrisa proveniente de él.
Pasaron los años y el pequeño se transformó en un joven, de al parecer inmunidad a las feromonas de tanto que estuvo expuestas a estas al estar todo el tiempo en un burdel.
Como su padre siempre debía ir a reparar alguna cosa que se rompió, preparar medicinas, inciensos y cualquier otra cosa para mantenerlo ocupado, él la pasaba en la habitación de Lázaro, su mejor amigo y nieto de la Madame de la Casa del Rosal, el burdel donde se encontraban en esos momentos y Perry, un huérfano Beta que vive de lo que roba en las calles y es hijo de una cortesana que se suicidó.
Los tres estaban en lo suyo, Jules estaba leyendo un libro de política prohibido mientras sus amigos estaban jugando al ajedrez, era la tercera vez que Perry perdía.
—Mierda, ¿Cómo puedes ser tan bueno si recién ayer lo compraron de la India? —se levantó de su silla y fue a sentarse en la cama, rindiéndose por completo.
—Soy aprendiz de la Princesa Bianca, es obvio que soy bueno en todo —dijo con su tono arrogante de siempre.
—Por lo menos yo sí tengo sentido de la orientación —ese pequeño comentario hizo que comenzara un pleito.
Jules soltó una pequeña risa al ver a Perry molesto por la situación, esa clase de peleas eran bastante comunes entre ellos y algunas veces terminaban tomándose de los pelos, teniendo de Bianca o Ira separarlos antes de que la Madame los viera, si no los perseguiría con su bastón hasta dejarle morado algún ojo.
Lázaro fue entrenado como una cortesana, sabía leer, tocar varios instrumentos, bailar, cantar, escribir, leer y tenía un amplio conocimiento en diversas artes, algunas veces instruía a las pequeñas omegas que eran adquiridas para luego ser él quien decida el futuro de ellas: si se prostituían o solo vendían su arte. Pero no todo es quedarse en la Casa del Rosal, algunas veces debía salir con Perry sin Jules a hacer ciertos “encargos”, después de acabarlos terminaba con que Lázaro invitaba a los tres a comer sus comidas favoritas por su paga.
Jules temía que ese tipo de misiones que sus mejores amigos hacían pudiera ser peligroso, ya que la mayoría de las veces ambos llegaban con un semblante casado o con la mirada apagada.
Su padre siempre le dijo que no debía preocuparse por ellos, ya que según Ira esos trabajos los hacían de manera perfecta ya que aprendieron de él.
Sin embargo no podía evitar suspirar de la preocupación que les causaba cada que se iban por días y debía quedarse encerrado en su habitación o salir a ayudar a su padre con harapos y la cara manchada de carbón.
Ese día no fue diferente: Bianca tocó la puerta, haciendo que Lázaro y Perry se calmaran al instante y se sentaran en sus sillas, pensando que era la Madame Cora para ver si estaban armando alboroto.
—Necesito que me suplantes hoy en la clase de música avanzada — dijo la mujer, apoyándose en el marco de la puerta. Cruzó sus brazos y se miró en el espejo del tocador de su aprendiz. Agarró sus senos y los acomodó de modo que se vean “apetitosos” para esos Alfas que se miran en el tamaño de estos —. Nuestros espías dijeron que venía un cliente de suma importancia. Si necesito tu ayuda puedo hacer que Perry te llame.
Con un chasquido, hizo que ambos se tuvieran que ir, despidiéndose de Jules con una mano.
—Me llevaré a tus amigos —anunció Bianca, con una sonrisa —. Luego te los devolveré.
Él ya estaba acostumbrado a que los llamara al venir un importante cliente, utilizaba a Lazaro como su suplente en clases y a Perry como su guardaespaldas. Después de todo los tres ya estaban cerca de cumplir sus dieciocho, ambos ya se veían como adultos y se marcaba su subgénero con una gran notoriedad. Jules era el único que seguía pareciendo un niño y medía un metro sesenta, con rasgos juveniles y un largo cabello como la tinta, este era atado de formas extravagantes por los pequeños Omegas que adquirían en la Casa del Rosal.
No pasaron muchos minutos hasta que tocaron de vuelta la puerta del cuarto de Lázaro.
—¿Quién es? —preguntó Jules, aún en una silla con su libro.
No hubo respuesta, así que fue a abrir la puerta.
Allí se encontraba Ira: su cabello plateado recientemente cortado, sus ojos caídos con arrugas a sus costados y su frente con notorias líneas demostraban lo demacrado que estaba.
—Padre —dijo, abrazándolo con alegría —, pensé que te demorarías, ¿el trabajo fue ligero?
Ira no le contestó, en cambio lo tomó en sus brazos, cargándolo como si fuera un bebé y entró en la habitación, saliendo de un salto por la ventana abierta. Sin entender la situación, Jules sólo podía mantenerse callado, agarrado con fuerza de su papá para evitar caerse de los tantos saltos que daba.
Saltó por los tejados tan rápido que se terminó mareando y vomitó sobre su ropa, sin embargo eso no detuvo el paso de su padre y siguió hasta estar en su casa.
—Recoge tus cosas —dijo, lanzando algunas bolsas a la mesa —. Lo justo y necesario.
Dicho eso, se colocó una capa y abrió la puerta trasera de la humilde casa que vivían.
—Volveré a primera hora en la mañana, en la noche escóndete debajo de la cama y no importa lo que oigas. ¡No salgas! —dicho eso, salió como una ráfaga de viento, dejando atónito a Jules.
¿Qué había pasado en esos pocos segundos?