Chapter 1
La mañana olía a pan recién horneado y a lluvia por venir.
Lath se frotó los ojos, alejando los últimos vestigios del sueño mientras revisaba su teléfono: 5:47 a.m. Trece minutos antes de que sonara la alarma. Respiró hondo, como hacía siempre que el peso de la rutina amenazaba con aplastarlo. Fuera, la ciudad aún dormía bajo un cielo plomizo, iluminado apenas por las farolas que parpadeaban como estrellas cansadas.
Se vistió rápido—camisa blanca, jeans desgastados, zapatos con la suela casi gastada—y se detuvo frente a la pequeña fotografía pegada en la pared. Sus padres, sonrientes, congelados en un tiempo que ya no existía. Diez años, y el dolor seguía ahí, agudo como el primer día. *"Solo hay que seguir adelante"*, murmuró, como un mantra.
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La pastelería "Dulce Hogar" ya estaba abierta cuando llegó. El local era pequeño, acogedor, con vitrinas llenas de panes dorados y pasteles decorados con esmero. El aroma a mantequilla y canela lo envolvió al entrar, un contraste reconfortante con el frío de la mañana.
—¡Llegaste justo a tiempo! —Will, su mejor amigo y compañero de trabajo, le lanzó un delantal—. El pedido de la escuela llegó hace media hora. Prepárate para una mañana de locos.
Lath se ató el delantal con un nudo rápido.
—¿Tan temprano?
—Festival de primavera —explicó Will, pasándole una bandeja de conchas recién horneadas—. Necesitan cien panes para las nueve.
Así comenzó su jornada: amasando, horneando, empacando. El trabajo era mecánico, pero Lath no lo odiaba. Le gustaba el ritmo constante, la calidez del horno, la manera en que los clientes sonreían al recibir su pedido. Era algo tangible, algo bueno.
Entre bandeja y bandeja, Will no dejaba de hablar.
—Oye, ¿viste el pronóstico? —preguntó, limpiándose las manos harinosas en el delantal—. Dicen que hoy caerá una tormenta eléctrica brutal.
Lath echó un vistazo por la ventana. El cielo, antes gris, ahora tenía un tinte verdoso.
—Con suerte, habrá terminado para cuando salgamos.
Will lanzó una carcajada.
—¡Con tu suerte, te caerá un rayo en la cabeza!
Lath le lanzó una miga de pan.
—Cállate, idiota.
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Para las dos de la tarde, el cielo era una olla a presión.
Lath terminó su turno con los músculos adoloridos y las manos ligeramente temblorosas por el cansancio. Will se despidió con un gesto, prometiendo verlo al día siguiente.
—¡No te vayas a ahogar en la lluvia!
—No seré yo el que se resbale en un charco —respondió Lath, ajustándose la mochila.
El aire olía a electricidad.
Caminó rápido, esquivando charcos imaginarios, calculando mentalmente cuánto tiempo le tomaría llegar a la universidad. Tenía un examen importante, y faltar no era una opción. No con lo que le costaba mantener la beca.
Fue entonces cuando el cielo estalló.
Primero fue un relámpago, cegador, seguido de un trueno que retumbó en sus huesos. La gente a su alrededor gritó, corriendo hacia los negocios cercanos en busca de refugio. Lath apretó el paso, pero algo—una corazonada, un instinto—lo hizo mirar hacia arriba.
El rayo no cayó.
*Lo envolvió.*
Un dolor insoportable lo atravesó, como si miles de agujas de vidrio ardiente se clavaran en su piel. El mundo desapareció en un destello ámbar, y por un instante que se sintió eterno, *vio* cosas que no podían ser reales: una ciudad de cristal bajo un cielo rojo, figuras altas y delgadas observándolo desde la distancia, una voz que susurraba algo en un idioma que no conocía pero que, de algún modo, *entendía*.
*"Aelthar..."*
Luego, la oscuridad.
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—¡Lath! ¡Despierta, maldita sea!
La voz de Will sonaba lejana, distorsionada, como si llegara desde el fondo de un pozo. Lath parpadeó, tratando de aclarar su visión. El techo blanco del hospital se enfocó poco a poco, las luces fluorescentes le hacían doler los ojos.
—¿Qué...?
—¡Casi te friegas, idiota! —Will estaba pálido, con los ojos inyectados en sangre—. ¿Por qué no te quedaste en la pastelería?
Lath intentó sentarse, pero una punzada en el pecho lo detuvo.
—¿Cuánto tiempo...?
—Tres días —respondió Will, pasándose una mano por el rostro—. Los doctores no entienden cómo sobreviviste.
Lath miró sus manos, esperando encontrar quemaduras, cicatrices, *algo*. Pero no había nada. Solo piel normal, intacta.
Sin embargo...
Por un segundo, apenas un parpadeo, *vio* algo. Sus venas brillaron con un tenue resplandor ámbar, como si algo bajo su piel respondiera a un ritmo desconocido. Luego, desapareció.
—Algo... no está bien —murmuró, cerrando el puño con fuerza.
Fuera, la tormenta había pasado.
Pero algo mucho peor estaba por comenzar.
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**Fin del Capítulo 1**








