No estas solo
El olor a óxido, sangre seca y humedad flotaba como una nube pesada en el aire inmóvil. No había ventanas. Solo paredes frías de metal, una cubeta sucia en un rincón, y yo, tirado en el medio de esta habitación.
Había perdido la noción del tiempo, no sabía si era de noche o de día, pero de algo estoy seguro: en cuanto se abriera esa puerta, ella marcaria nuevas cicatrices en mi cuerpo con el látigo, me arrancaría las uñas con las pinzas y me romperá los huesos de mi cuerpo con el martillo, una y otra vez, hasta que se aburriera de mis gritos... como siempre.
El chirrido de la puerta abriéndose no tardó en escucharse, hizo que mi cuerpo comenzara a temblar. Pero esta vez, sentía algo diferente.
—¿Qué es esto? —dijo una voz femenina, joven y sorprendida.
Traté de girar la cabeza, pero los músculos no me respondieron. Solo pude entreabrir los ojos.
Una figura se acercó: botas finas, vestido claro… y ojos llenos de horror.
—¡Está vivo! — exclamó la chica—. ¿Cómo pudieron hacerle esto? ¡A un niño como tú!
Intenté hablar suplicando ayuda, pero ni siquiera las palabras salían de mis labios secos y agrietados.
—Tranquilo… —susurró la voz mientras sus manos suaves me tocaban—. Todo estará bien. Ya no estás solo.
Sus manos no dudaron en acariciar mi cara, aunque estubiera cubierto de sangre vieja.
Ordenó a los sirvientes que me llevaran a su habitación. Nadie se atrevió a cuestionarla, pero en sus caras se notaba la incomodidad y el disgusto.
Ella, aunque me miraba con horror, tenía una expresión distinta a las demás. Como si hubiese encontrado algo frágil en un mundo hecho de piedra.
Esa noche, me llevó a su habitación. al salir, por fin, después de tanto tiempo encerrado, sentí la brisa nocturna acariciar mi cuerpo delgado y maltratado.
—No me importa que digan que estoy loca —murmuró mientras me ayudaba a sentarme en una tina de madera—. No voy a dejar que alguien inocente muera de esta forma tan cruel.
La miré por primera vez con claridad. Sus ojos eran distintos. No solo por su color avellana, sino por la forma en que brillaban: sin lástima, sin miedo. Solo una firmeza suave.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Tardé unos segundos en responder. Aunque, lo intenté, hablar con claridad era casi imposible. mi voz apenas salía, ronca y rota.
—...No recuerdo mi nombre.
Ella no parpadeó. Solo mojó un paño y comenzó a limpiar mi rostro con cuidado.
—Entonces te daré uno. Hasta que recuerdes el tuyo.