MACEDONIA [MinJoong]

Summary

La extraña maldición que pesa sobre MinGi de Macedonia desde hace 2.000 años le ha condenado a pasar la eternidad atrapado en un libro hasta que algún humano le invoque para satisfacer sus deseos. Esclavo sexual, al fin y al cabo, MinGi ha tenido mucho tiempo para perfeccionar sus habilidades y es capaz de hacer realidad las fantasías más secretas de cualquiera para proporcionarle un placer inimaginable. Pero cuando MinGi es convocado para ser amante de Kim HongJoong durante un mes, descubre en él al hombre capaz de hacer realidad un sueño oculto: un amor que llene el vacío de su corazón y, quizá, sea capaz de poner fin a la maldición. ¿Puede un esclavo sexual encontrar el amor verdadero? -ADAPTACIÓN de la obra original de Sherrilyn Kenyon (Un Amante de Ensueño) -Esta OBRA NO ES de MI AUTORÍA. -Ciertas COSAS fueron MODIFICADAS por la adaptación (nombres, acciones, escenas, etc) -Historia ERÓTICA +18.

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18+

Capítulo 1

—Amigo, necesitas que te echen un buen polvo.

Kim HongJoong, se estremeció al escuchar el grito de WooYoung en mitad del pequeño Café de Nueva Orleans, donde se encontraban apurando los restos del almuerzo, consistente en judías rojas con arroz. Desafortunadamente para él, la voz de su amigo poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso en mitad de un huracán.

Y que en esta ocasión, fue seguido de un repentino silencio en el atestado local.

Al echar un vistazo a las mesas cercanas, HongJoong percibió que los clientes dejaban de hablar, y se giraban para observarlos con mucho más interés del que a él le gustaría.

«¡Jesús! ¿Aprenderá alguna vez WooYoung a hablar en voz baja? O peor aún, ¿qué será lo próximo que haga, quitarse la ropa y bailar desnudo sobre las mesas?»

Otra vez.

Por enésima vez desde que se conocieron, Kim deseaba que Jung WooYoung pudiese sentirse avergonzado. Pero su extravagante amigo no conocía el significado de dicha palabra.

Se tapó la cara con las manos e hizo lo que pudo por ignorar a los curiosos mirones. Un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una urgencia aún mayor de darle una buena patada a WooYoung, lo consumían.

—¿Por qué no hablas un poquito más alto, Woo? —murmuró—. Supongo que los hombres de Canadá no habrán podido escucharte.

—Oh, no lo sé —dijo el guapísimo camarero moreno al detenerse junto a su mesa—. Seguramente se dirigen hacia aquí mientras hablamos.

Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de Kim ante la diabólica sonrisa que le dedicó el camarero, obviamente en edad de acudir a la universidad.

—¿Puedo ofrecerles algo más, chicos? —preguntó, y después miró directamente a HongJoong—. O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por usted, joven?

«¿Qué tal una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para golpear a Woo?»

—Creo que ya hemos acabado —contestó Kim con las mejillas ardiendo. Definitivamente, mataría a Woo por esto—. Sólo necesitamos la cuenta.

—Muy bien, entonces —dijo sacando la nota, y escribiendo algo en la parte superior del papel. La colocó justo delante de HongJoong—. Puede hacerme una llamadita si necesita cualquier cosa.

Una vez el camarero se marchó, HongJoong se dio cuenta de que había anotado su nombre y su teléfono en la parte superior del papel.

Woo le echó un vistazo y soltó una carcajada.

—Espera y verás —le dijo Kim, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba el importe de la mitad de la cuenta con su celular—. Me las pagarás.

WooYoung ignoró la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su cartera.

—Sí, sí. Eso lo dices ahora. Si yo estuviese en tu lugar, marcaría ese número. Es monísimo el chico.

—Jovencísimo —corrigió Kim—. Y creo que voy a pasar. Lo último que necesito es que me encierren por corrupción de menores.

Jung paseó la mirada por el preciso lugar donde el camarero esperaba, con una cadera apoyada en la barra.

—Sí, pero don “Soy Igualito a Brad Pitt”, que está ahí enfrente, bien lo merece. Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…

—Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar San por saber que su hombre se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a un chico.

Jung resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.

—No me lo estoy comiendo. Lo estoy evaluando para ti. Después de todo, era de tu vida sexual de lo que hablábamos.

—Bueno, mi vida sexual es sensacional y no le interesa a la gente que nos rodea. —Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se encaminó hacia la puerta.

—No te enfades —le dijo WooYoung mientras salía tras su amigo a la calle, atestada de turistas y de los clientes habituales de los establecimientos de Jackson Square.

Las notas de jazz de un solitario saxofón se escuchaban por encima de la cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles; una oleada de calor típico de Louisiana las recibió al salir a la calle. Intentado no hacer caso del aire, tan espeso que dificultaba la respiración, HongJoong se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes, dispuestos a lo largo de la valla de hierro que rodeaba Jackson Square.

—Sabes que es cierto —le dijo Woo una vez lo alcanzó—. Quiero decir, ¡Dios mío, Kim! ¿Cuánto hace? ¿Dos años?

—Cuatro —contestó él con aire ausente—. ¿Pero a quién le interesa llevar la cuenta?

—¿Cuatro años sin tener relaciones sexuales? —repitió WooYoung incrédulo.

Varios mirones se detuvieron, curiosos, para observar alternativamente al par de amigos.

Ajeno —como era habitual en él— a la atención que despertaban, WooYoung continuó sin detenerse.

—No me digas que tú has olvidado que estamos en plena Era de la Electrónica. O sea, vamos a ver, ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto tiempo sin echar un polvo?

Kim acabó de tragarse el trozo de queso y le dedicó a su amigo una desagradable y furiosa mirada. ¿Es que la intención de Jung era la de gritar a todo pulmón, en plena Vieux Carre, sus asuntos personales a todo humano y caballo que pasara por la zona?

—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado de una etiqueta con advertencias y unas pilas.

WooYoung soltó un bufido.

—Sí, claro, oyéndote hablar se diría que la mayoría de los hombres deberían venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, macho-man, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y poseo la habilidad de decir la verdad a un hombre sobre su pene, sin previo aviso.

HongJoong soltó una carcajada. Había soltado en innumerables ocasiones, ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar los hombres—. Ah, ya lo entiendo, Doctor Amor —dijo WooYoung imitando la voz de la doctora Ruth—. Usted se limita a sentarse y escuchar cómo sus pacientes le largan todos los detalles íntimos de sus encuentros sexuales, mientras usted vive como un miembro vitalicio del “Club de las Bragas de Teflón”. —bajando la voz, WooYoung añadió:— No puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones, nada haya conseguido revolucionar tus hormonas.

Kim le lanzó una mirada divertida.

—Bueno, a ver, soy un sexólogo. No me beneficiaría mucho que mis pacientes se dedicaran a hacerme experimentar la petit mort mientras echan fuera todos sus problemas. En serio, Woo, perdería el título.

—Pues no entiendo cómo puedes aconsejarles, cuando ni siquiera te acercas a un hombre.

Haciendo una mueca, HongJoong comenzó a caminar hacia el lado opuesto de la plaza, justo frente a la Oficina de Información Turística, donde WooYoung había instalado su puestecillo para echar las cartas y leer las líneas de las manos. Cuando llegó al tenderete —una mesa cubierta con una faldilla de color morado intenso—, suspiró.

—Sabes que no me importaría quedar con un hombre que se mereciera que me echara colonia. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente que prefiero sentarme en el sofá y ver las reposiciones de Hee Haw.

WooYoung le dedicó una expresión irritada.

—¿Qué tenía de malo Minho?

—Mal aliento.

—¿Y Hyunjin?

—Le encantaba hurgarse en la nariz. Especialmente durante la cena.

—¿Changbin?

Kim miró a WooYoung y éste alzó las manos.

—Vale, quizás tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero es que todos necesitamos distraernos con algo.

Kim lo miró furioso.

—Eh, Monsieur WooYoung, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Miriam desde el puestecillo situado justo al lado del suyo, en el que vendía objetos de loza y dibujos, hechos por ella.

Unos años más joven que ellos, Miriam tenía una larga melena negra y siempre llevaba ropas que a Kim le hacían pensar que estaba delante de un hada. Su vestimenta de hoy consistía en una liviana falda blanca, que hubiese resultado obscena de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa camisa de estilo medieval.

—Sí, ya he vuelto —le contestó WooYoung mientras se arrodillaba para abrir la tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro con una de esas cadenas que se usan para las bicicletas—. ¿Algo interesante durante mi ausencia?

—Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas, y dijeron que regresarían después de comer.

—Gracias —dijo WooYoung sacando la caja de puros azul donde guardaba el dinero y las cartas de tarot —siempre envueltas en un pañuelo de seda negra—, y un delgado, pero gigantesco, libro con tapas de cuero marrón que Kim no había visto nunca.

WooYoung se dio la vuelta y se puso en pie.

—¿Tus artículos tienen los precios marcados? —preguntó a Miriam.

—Sí —le contestó mientras cogía su billetera—. Sigo diciendo que trae mala suerte; pero al menos, si alguien quiere saber lo que valen cuando no estoy, puede averiguarlo.

Una motocicleta de aspecto desastroso frenó a cierta distancia.

—¡Eh, Miriam! —gritó el conductor—. Mueve el trasero. Tengo hambre.

La chica le saludó sin hacer caso a la orden.

—No me agobies o comerás tú sólo —le contestó mientras caminaba sin prisas hacia él, y se subía a la parte trasera de la moto.

Joong movió la cabeza mientras les observaba. Miriam necesitaba que alguien le aconsejara sobre sus citas, mucho más que él. Les siguió con la mirada mientras pasaban delante del Café du Monde.

—¡Oh! Un beignet sería un estupendo postre.

—La comida no puede sustituir al sexo —le dijo WooYoung mientras colocaba las cartas y el libro sobre la mesa—. ¿No es eso lo que siempre dices…?

—De acuerdo, el punto es tuyo. Pero, Woo, en serio, ¿a qué viene este repentino interés en mi vida sexual? Mejor dicho, en mi falta de ella.

Jung cogió el libro.

—A que tengo una idea.

El escalofrío que sintió ante las palabras de WooYoung le llegó hasta los huesos, y eso que el calor era agobiante. Y Kim no se asustaba fácilmente. Bueno, a no ser que su amigo estuviera involucrado con una de sus ideas típicas de “mamá gallina”.

—¿No será otra sesión de espiritismo?

—No, esto es mejor.

En su interior, HongJoong se encogió y comenzó a preguntarse qué sería de su vida en esos momentos si hubiese tenido un compañero de habitación normal el primer año en Tulane , en lugar de WooYoung Quiero Ser Un Gitano Travieso Jung. De algo estaba seguro: no estaría discutiendo de su vida sexual en medio de una calle llena de gente.

En ese momento, se fijó en lo diferentes que eran. Él soportaba el húmedo calor con una camisa polo de mangas cortas color crema, de Ralph Lauren, y unos vaqueros. En contraste, WooYoung llevaba pantalón negro con una camisa blanca de mangas largas desabotonada que apenas le cubría el torso. Un pañuelo de seda negra, con motas semejantes a las de un leopardo en la cabeza que se estaba colocando en esos precisos momentos. Y el atuendo se completaba con un collar de plata, con pequeñas formas de luna llena, que colgaban prácticamente hasta su abdomen. Sin mencionar el chalequillo negro que se había colocado encima.

La gente siempre había reparado en sus diferencias físicas, pero Kim sabía que WooYoung escondía una mente astuta y una gran inseguridad bajo su «exótico» atuendo. Por dentro, se parecían mucho más de lo que cualquiera podía imaginar. Excepto en la extraña creencia que Woo había desarrollado por el ocultismo, y en su insaciable apetito sexual.

Acercándose a él, Jung dejó el libro en las manos —poco dispuestas a cogerlo— de HongJoong y comenzó a pasar hojas. Se las arregló para no dejarlo caer, y para no poner los ojos en blanco por la exasperación que la invadía.

—Encontré esto el otro día, en esa vieja librería que hay junto al Museo de Cera. Estaba

cubierto por una montaña de polvo; intentaba encontrar un libro sobre psicometría cuando de repente vi éste, ¡Voilà! —dijo señalando triunfalmente a la página.

Kim miró el dibujo y se quedó con la boca abierta.

Jamás había visto algo parecido.

El hombre del dibujo era fascinante, y la pintura estaba realizada con asombroso detalle. Si no fuese por las marcas dejadas en la página al haber sido impresa, se diría que se trataba de una fotografía actual de alguna antigua estatua griega.

No, se corrigió asimismo: de un dios griego. Estaba claro que ningún mortal podía jamás tener esa pinta tan fantástica.

Gloriosamente desnudo, el tipo exudaba poder, autoridad y una aplastante y salvaje sexualidad. Aunque su pose pareciera ser casual, daba la sensación de estar contemplando un depredador listo para ponerse en acción en cualquier momento.

Las venas se le marcaban en aquel cuerpo perfecto que prometía poseer una fuerza inigualable, diseñada específicamente para proporcionar placer a cualquiera.

Con la boca seca, Kim observó los músculos, que tenían las proporciones adecuadas para su altura y su peso. Contempló la profunda hendedura que separaba los duros pectorales y bajó hasta el estómago —esculpido con forma de tableta de chocolate—, que suplicaba ser acariciado por una mano.

Y entonces llegó al ombligo.

Y después a…

Bueno, no se les había ocurrido tapar aquello con una hoja de parra. ¿Y por qué deberían haberlo hecho? ¿Quién, en su sano juicio, iba a querer ocultar unos atributos masculinos tan estupendos? Y siguiendo con aquella línea de pensamiento, ¿quién necesitaría un consolador con pilas teniendo aquello en su casa?

Se humedeció los labios y volvió a la cara. Mientras contemplaba los afilados y apuestos contornos del rostro, y los labios —con una diabólica sonrisa apenas esbozada, a HongJoong le asaltó la imagen de una ligera brisa agitando esos

marrones mechones, aclarados por el sol. Y de aquellos penetrantes ojos de color marrón claro, mientras alzaba una lanza sobre la cabeza, y gritaba.

El sofocante aire que le rodeaba se estremeció ligeramente de forma repentina, y le acarició las partes de su cuerpo expuestas a la brisa. Casi podía escuchar el profundo timbre de la voz del tipo, y sentir cómo aquellos musculosos brazos lo envolvían y lo atraían hacia un pecho duro como una roca, mientras su cálido aliento le rozaba la oreja.

Percibía unas manos fuertes y expertas que vagaban por su cuerpo, y le proporcionaban un deleite exquisito, mientras buscaban sus más recónditos lugares.

Un escalofrío le recorrió la espalda y el cuerpo comenzó a palpitarle en zonas donde nunca había pensado que aquello pudiese ocurrir. Sentía un dolor fiero y exigente que jamás había experimentado.

Parpadeó y volvió a mirar a WooYoung, para ver si también él se había visto afectado del mismo modo. Pero si así era, no daba señales de ello. Debía estar alucinando. ¡Exacto! Las especias de las judías le habían llegado al cerebro y lo

habían convertido en papilla.

—¿Qué opinas de él? —le preguntó WooYoung, mirándolo por fin a los ojos.

HongJoong se encogió de hombros, en un esfuerzo por olvidar la hoguera que abrasaba su cuerpo. Pero sus ojos volvieron a demorarse en las perfectas formas del hombre.

—Se parece a un paciente que tuvo cita ayer.

Bueno, no era exactamente cierto… El chico que había estado en su consulta era medianamente atractivo, pero nada que ver con el hombre del dibujo. ¡Jamás había visto algo así en toda su vida!

—¿De verdad? —los ojos de Jung adquirieron un matiz oscuro que pronosticaba el comienzo de su sermón sobre las oportunidades de conseguir una cita y la intervención del destino.

—Sí —dijo cortando a WooYoung antes de que pudiese comenzar a hablar—. Me dijo que era una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre.

WooYoung abrió la boca, mudo de asombro. Cogió el libro, quitándoselo a HongJoong de las manos, y lo cerró con fuerza mientras lo miraba furioso.

—Siempre conoces a las personas más extrañas —Kim alzó una ceja—. Ni se te ocurra decirlo —dijo Woo mientras ocupaba su sitio habitual tras la mesa. Colocó el libro a su lado—. Te lo advierto; esto —dijo, dando dos golpecitos al libro— es lo que estás buscando.

Joong miró fijamente a su amigo mientras pensaba en lo absolutamente convincente que parecía Monsieur WooYoung —autoproclamado Señor de la Luna—, sentado tras sus cartas de tarot, con aquella mesa morada, y el misterioso libro bajo las manos. En ese momento, casi podía creer que Woo era en realidad un esotérico gitano.

Si creyera en esas cosas.

—Vale —dijo Kim dándose por vencido—. Deja de hablar con rodeos y dime qué tienen que ver ese libro y ese dibujo con mi vida sexual.

El rostro de Jung adoptó una expresión bastante seria.

—El tipo que te he enseñado… MinGi… es un esclavo sexual griego que está obligado a cumplir los deseos de aquel que le invoque, y a adorarlo.

HongJoong se rio con ganas. Sabía que estaba siendo muy maleducado, pero no pudo evitarlo. ¿Cómo demonios iba creer WooYoung, un licenciado en historia antigua y en física, premiado con la beca Rhodes, y con un doctorado en filosofía, en algo tan ridículo, aun con todas sus excentricidades?—. No te rías. Lo digo en serio.

—Ya lo sé, eso es lo que me hace gracia —se aclaró la garganta y se serenó—. Vale, ¿qué tengo que hacer? ¿Quitarme la ropa y bailar desnudo en Pontchartrain a medianoche? —un leve intento de sonrisa curvó sus labios, sin importarle que los ojos de Jung se oscurecieran a modo de aviso—. Tienes razón, me encargaré de conseguir una buena sesión de sexo, pero no creo que sea con un espléndido esclavo sexual griego.

El libro se cayó de la mesa.

WooYoung dio un grito, se levantó de un salto y tiró la silla.

Kim jadeó.

—Lo empujaste con el codo, ¿verdad? —WooYoung negó con la cabeza muy despacio; tenía los ojos abiertos como platos—. Confiésalo, Jung WooYoung.

—No fui yo —dijo con una expresión mortalmente seria—. Creo que lo ofendiste.

Moviendo la cabeza ante aquella necedad, Kim sacó sus llaves del bolsillo de su pantalón. Bien, estupendo, esto se parecía a la época de la facultad, cuando WooYoung le habló de usar una Ouija, y lo amañó todo para que le dijese que se iba a casar con un dios griego cuando cumpliera los treinta años, y que iba a tener seis hijos con él.

Hasta el día de hoy, Jung se negaba a admitir que había sido él quién dirigiera el puntero.

Y, en este preciso momento, hacía demasiado calor bajo el implacable sol de agosto como para discutir.

—Mira, necesito regresar al despacho. Tengo una cita a las dos en punto y no quiero coger un atasco —le dijo mientras se ponía las Ray-Ban—. ¿Vendrás entonces esta noche?

—No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el vino.

—Bien, te veo a las ocho. —E hizo una larga pausa para añadir:— Dile a San que hola y que gracias por dejarte visitarme por mi cumpleaños.

WooYoung le observó alejarse y sonrió.

—Espera a ver tu regalo —susurró, y recogió el libro del suelo. Pasó la mano por la suave tapa de cuero repujado, y quitó unas motas de polvo.

Volvió a abrirlo y observó de nuevo el maravilloso dibujo; aquellos ojos habían sido dibujados con tinta negra, y aun así, daban la impresión de ser de un profundo marrón claro. Por una sola vez su hechizo iba a funcionar. Estaba seguro—. Te gustará HongJoong, MinGi —murmuró dirigiéndose al hombre mientras recorría con los dedos su cuerpo perfecto—. Pero debo advertirte algo: acabaría con la paciencia de un santo. Y traspasar sus defensas va a resultar más duro que abrir una brecha en la muralla de Troya. No obstante, si alguien puede ayudarlo, ese eres tú.

Sintió que el libro desprendía una súbita oleada de calor bajo su mano, y supo instintivamente que era la forma que MinGi elegía para darle la razón.

HongJoong pensaba que estaba loco a causa de sus creencias, pero siendo el séptimo hijo de un séptimo hijo, y con la sangre gitana que corría por sus venas, WooYoung sabía que había ciertas cosas en la vida que desafiaban cualquier explicación. Ciertas corrientes de energía misteriosa que pasaban desapercibidas, esperando que alguien las canalizara.

Y esa noche habría luna llena.

Devolvió el libro a la seguridad del carrito de la compra y lo cerró con llave. Estaba seguro que había sido cosa del destino que el libro llegara hasta él. Había sentido su llamada tan pronto como se acercó a la estantería donde yacía, puesto que llevaba dos años felizmente casado, supo que no estaba destinado a él. Lo usaba para llegar donde lo necesitaban.

Hasta HongJoong.

Su sonrisa se ensanchó. ¿Cómo sería tener a este increíblemente apuesto esclavo sexual griego a tu disposición y disponer de él durante todo un mes? Sí. Éste era, definitivamente, un regalo de cumpleaños que HongJoong recordaría durante el resto de su vida.

Unas horas más tarde, Kim suspiró al abrir la puerta de su dúplex y poner el pie en el suelo encerado del vestíbulo. Dejó el montón de cartas que llevaba en la mano sobre la antigua mesa de alas abatibles, que decoraba el rincón adyacente a la escalera, y cerró la puerta tras él, echando el pestillo. Las llaves fueron a parar al lado de la correspondencia. Mientras se quitaba a tirones los zapatos negros, el silencio le golpeó los oídos y se le formó un nudo en la garganta. Todas las noches la misma rutina tranquila: entrar a un hogar vacío, clasificar el correo, leer un libro, llamar a Woo, comprobar el contestador e irse a la cama. WooYoung tenía razón, la vida de Kim era una aburrida y escueta investigación sobre la monotonía. A los veintinueve años, HongJoong estaba muy cansado de su vida. ¡Demonios! Incluso Hyunjin—el incansable buscador de tesoros nasales— comenzaba a parecer atractivo. Bueno, quizás Hyunjin no. Y menos su nariz, pero seguro que había alguien ahí afuera, en algún lugar, que no era un cretino.

¿O no?

Mientras subía las escaleras, decidió que vivir de forma independiente no era tan espantoso. Al menos, tenía mucho tiempo para dedicar a sus entretenimientos favoritos. O también podría buscar nuevos pasatiempos, pensaba mientras caminaba por el pasillo que llevaba a su dormitorio. Algún día, encontraría un entretenimiento divertido.

Cruzó la habitación y no tardó nada en cambiarse de ropa. Acababa de echar la ropa al cesto cuando sonó el timbre. Bajó de nuevo las escaleras para dejar pasar a WooYoung. Tan pronto como abrió la puerta, su amigo le soltó enojado:

—No irás a ponerte eso esta noche, ¿verdad?

Kim echó un vistazo a los vaqueros llenos de agujeros y después se fijó en su enorme camiseta de manga corta.

—¿Desde cuándo te preocupa mi aspecto? —Y entonces lo vio; en la enorme cesta de mimbre que WooYoung utilizaba para llevar las compras—. ¡Uf! No. Ese libro otra vez, no.

Con una expresión ligeramente irritada, Jung le contestó:

—¿Sabes cuál es tu problema, Kim?

HongJoong miró al techo, rogando a los cielos un poco de ayuda. Desafortunadamente, no la escucharon.

—¿Cuál? ¿Que no me trastorna la luz de la luna y que no arrojo mi gordo y pecoso cuerpo sobre cualquier hombre que conozco?

—Que no tienes ni idea de lo encantador que eres en realidad.

Mientras Kim se quedaba allí plantado, mudo de asombro ante el poco frecuente comentario, WooYoung llevó el libro a la salita de estar y lo colocó sobre la mesita de café. Sacó el vino de la cesta y se dirigió a la cocina. Joong no se molestó en seguirlo. Había encargado una pizza antes de salir del trabajo, y sabía que WooYoung estaría buscando unas copas.

Empujado por un resorte invisible, Kim se acercó a la mesita donde estaba el libro. Espontáneamente, extendió la mano y tocó la suave cubierta de cuero. Podría jurar que había sentido una caricia en la mejilla.

Qué ridiculez.

«No crees en esta basura.»

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