Capítulo 1: Una pena terrible, el protagonista muere por un meteorito

—¿Sabes? Cuando todo te va mal, siempre puede empeorar. Como cuando te levantas tarde, desayunas y, para colmo, el plato se rompe... —un hombre tumbado en una nube se quejaba con un tono melancólico, a medio camino entre la rabia y la tristeza.
—Pero luego intentas ir a la universidad a tiempo y, en el camino, pierdes cinco dólares porque no guardaste bien el dinero en el bolsillo. ¡Dios, en serio da coraje cuando pasa eso! —añadió, cubriéndose la cara con las manos, avergonzado por semejante desgracia.
—¿Y todo para qué? Para que cuando por fin llegues a la única clase del día, ese profesor que te cae mal mande un mensaje de texto a un compañero que nunca habla con nadie, diciendo que no vendrá porque está enfermo.
El hombre, todavía tirado sobre aquella nube, se retorcía de frustración al recordar.
—¡Ah, y en el camino de regreso me cayó un meteorito! Pero eso no importa... lo que de verdad me arruinó el día fue ese maldito profesor. ¡Qué huevada!
Terminó su narración con total indiferencia al hecho de haber muerto bajo un meteorito, como si lo peor fuera la clase cancelada. La situación, digna de un gag cómico, solo podía provocar risa en su interlocutor.
—Jajajaja, sí que tienes mala suerte, Eduardo —rió el oyente, un ser vestido completamente de blanco, con una larga barba. Su rostro era indescriptible, pues aquel era Dios mismo, hablando con uno de sus tantos hijos mientras cumplía sus labores divinas.
—No te rías de mí, Dios. En serio, no pensé morir así, ¡y menos después del día tan malo que tuve! —reclamó Eduardo, secándose las lágrimas.
—Jajajaja, perdón, hijo mío —respondió Dios de manera casual, creando una taza y llenándola con un té rojizo de aspecto perfecto, que entregó al joven de no más de veinte años.
—Gracias... —dijo Eduardo al recibirla. Dio un sorbo y quedó sin palabras. El sabor era indescriptible: equilibrado, a buena temperatura y con un aroma exquisito. Lo irónico era que al universitario ni siquiera le gustaba el té, pero lo aceptó solo porque se lo ofrecía Dios.
—Bueno, muchacho —dijo el Creador—. Como moriste de una forma tan absurda y me hiciste reír bastante, ¿Qué opinas de renacer en otro mundo? Quiero seguir viendo tus peripecias.
Dios creó entonces unas hojas de papel que mostraban información de distintos mundos.
—Mientras no tenga que ir a la escuela, todo bien... aunque, ya que estamos, ¿me darías uno de esos sistemas que usan los chinos en sus historias para que el protagonista “evolucione”? —preguntó Eduardo, con tono despectivo hacia las típicas novelas de sistemas.
—Jajajaja, está bien. Pero será un sistema tramposo, ya me entiendes —contestó Dios, con un brillo burlón en su voz. Eduardo sospechó que no sería la gran cosa, aunque tampoco creía que Dios lo enviara a morir... ya estando muerto.
—Perfecto. Y como ya debes imaginar, mándame al mundo de One Piece. Quiero ver qué tan bien me va allí —pidió Eduardo con una sonrisa.
Dios, sin sorprenderse, levantó el pulgar y, tras un chasquido, el alma del joven desapareció del plano celestial.
—Veamos cuánto resistes, mocoso... —susurró Dios, acariciándose la barba antes de volver a su trono para observar el espectáculo.
Mundo de One Piece
South Blue, Isla Tambor
Un hombre de 28 años abrió los ojos. Sus muñecas, recién cortadas por él mismo en un intento de suicidio, volvían a la normalidad. Había regresado a la vida de manera misteriosa.
—Mmm... así que este es mi cuerpo —murmuró.
Se trataba de Kurgan, un pirata con recompensa de 10 millones de berries. No destacaba por su fuerza, sino por la gran flota que había comandado: seis barcos y unos 120 hombres. Era respetado en el South Blue... hasta que una tormenta anormal lo despojó de todo. Perdió a su tripulación, a cuatro barcos y a casi todas sus riquezas, quedándole apenas dos navíos dañados y unos 30 millones de berries.
Aunque esa suma era considerable, para alguien ya perseguido por la Marina resultaba insuficiente para desaparecer. Solo le quedaban dos opciones: entregarse e intentar ser aceptado como marino (algo improbable por su debilidad y que terminaría en Impel Down), o quitarse la vida... cosa que había elegido.
Pero ese destino ya no le pertenecía: otro alma habitaba su cuerpo.
—Bueno, parece que este tipo era como un Don Krieg del South Blue... pero que lo perdió todo en una tormenta y se suicidó —resumió Eduardo, ahora en el cuerpo del pirata.
Se levantó, se dirigió a una cabaña cercana y encontró un gran espejo. Observó su nueva apariencia: un hombre de unos dos metros, cabello rubio corto, ojos verde claro y varias cicatrices en el rostro. Su cuerpo era delgado, pero con músculos trabajados por años en el mar.
—Parece que Kurgan era alguien con fuerza normal... me pregunto qué mejoras me dará el sistema.
Ding Dong.
Un sonido resonó en su mente. Frente a él apareció una ventana con su primera misión:
“Llega al Archipiélago Sabaody sin usar una Fruta del Diablo y con tu tripulación pirata intacta.”
Eduardo, ahora Kurgan, quedó paralizado.
—¿Estás de broma? ¡Eso es casi imposible!
Llegar a Sabaody ya era un logro para pocos piratas, pero hacerlo sin poderes y manteniendo a toda la tripulación era absurdo.
—¿No puedes darme otra misión? —preguntó.
El sistema respondió con un meme: “No flaco, imposible”, antes de volver a mostrar la misión.

Eduardo apretó los dientes, furioso. Sabía que en el manga y el anime muchos piratas “sin poderes” llegaban hasta Sabaody, pero era más un recurso narrativo que otra cosa. La mayoría caía rápido para hacer lucir a los protagonistas.
—¡Ok, ok! ¿Y si armo mi tripulación estando allá? —intentó negociar.
El sistema respondió con un enorme Bugs Bunny diciendo "NO”, mientras la misión brillaba aún más en su pantalla.

—...Estás de joda conmigo —gruñó Eduardo.
Kurgan simplemente se resignó y aceptó lo que debía hacer.
Revisó los cofres del tesoro que había dejado el antiguo Kurgan y contó unos 30 millones de berries. Una suma respetable, aunque insuficiente para ocultarse de la Marina. Lo mejor sería invertir en reparar los dos barcos, conseguir un arma decente, mandar a hacer una armadura de calidad y adquirir tanto armas de fuego como de contacto.
—Definitivamente iré por una lanza... es más fácil de aprender que una espada y me da más rango —murmuró, anotando en un cuaderno la lista de lo que compraría.
La única ventaja real que tenía ahora eran los fondos heredados de aquel cuerpo.
Tras decidirse, Kurgan se levantó y fue hasta el astillero del pueblo cercano. Allí gastó 10 millones en reparar sus dos barcos. En un principio pensaba arreglar solo uno, pero, al ser un pirata sin Fruta del Diablo, lo más lógico era depender de una abundante tripulación.
Después se dirigió a la herrería local. El herrero, temeroso de tratar con un pirata, terminó vendiéndole una lanza mediana, pero rechazó el trabajo de fabricar una armadura. Kurgan se marchó furioso.
—¡Maldito gordo de mierda! Me hubieras aceptado el trabajo... —refunfuñaba mientras caminaba con la lanza al hombro hacia otra herrería.
Tras una hora de trayecto llegó a un taller pequeño, en lo alto de una montaña. El dueño, un anciano de rostro hosco, lo miró de arriba a abajo.
—Buenas. Quiero una armadura a medida, señor —dijo Kurgan, calmado.
El viejo arqueó una ceja, pidiendo que le mostrara sus ideas. Kurgan abrió su cuaderno y enseñó un diseño: una armadura completa con cuchillas ocultas en las botas, cañones integrados en los brazos y pequeños escudos plegables.
—Interesante... ocho millones y tardaré tres semanas —dictó el anciano.
Kurgan aceptó sin dudar, entregando la mitad por adelantado.
Con la armadura en proceso, fue a buscar armas de fuego. No halló nada extravagante como una metralleta, pero sí un par de pistolas de chispa superiores a las comunes y un par de revólveres de buena calidad. Decidió quedarse con ellos.
Durante los días siguientes exploró bares en busca de tripulantes. La mayoría rechazaba su propuesta; muy pocos se interesaban en un capitán pirata venido a menos. Frustrado, regresó a su cabaña y decidió que lo mejor era entrenar.
Comenzó con carreras de tres horas para mejorar su resistencia, luego ejercicios de fuerza y práctica con la lanza.
—Sí, es más fácil que la espada... pero igual requiere técnica. ¡Maldita sea, esta obra está escrita por un japonés! Así que, a menos que use una katana, nunca voy a tener un “power-up” sacado del culo... —bufó, lanzando una estocada contra un blanco improvisado.
Siguió entrenando los barridos y contraataques de la lanza.
—Si mal no recuerdo, los únicos lanceros fueron Krieg, los shandianos... y esos peruanos raros que se encontró Chopper en la isla donde lo enviaron. Después casi nadie usa lanza.
Se detuvo un momento, jadeando.
—Y no, Barba Blanca no usaba lanza. ¡Era una naginata! Parecida, pero no era lo mismo. Como dije: si no es una katana, este mundo no te da un aumento de poder... —gruñó, cortando de un tajo un coco.
Con el rostro enrojecido, gritó con furia:
—¡Pero eso no importa! ¡Demostraré mi fuerza!
Sostuvo la lanza con un brazo, apuntó a un árbol y la lanzó con tal potencia que se incrustó profundamente en el tronco.
—Te daré el mejor espectáculo posible, Dios... —dijo, sonriendo mientras arrancaba la lanza del árbol, cubierto de sudor.
Pasaron un par de semanas. Kurgan entrenó como loco: ahora podía cargar fácilmente 90 kilos. En términos del mundo real era un logro impresionante, pero para los estándares de One Piece apenas significaba algo. No le importaba: también había mejorado con las armas de fuego, logrando acertar 14 de 15 disparos.
—Je, este cuerpo es bastante bueno... pero aún sigo en nivel humano base —se dijo mientras recargaba sus revólveres y los guardaba.
Lo que no sabía era que, afuera de su cabaña, un grupo de diez cazarrecompensas lo observaba.
—Perdió a los suyos en una tormenta. Es un pirata solitario, no debería costarnos mucho —dijo Rafael, un hombre de mediana edad, piel morena y un tatuaje de cadenas en el cuello.
—Jejeje, sí, tuvimos suerte de encontrar su escondite —rió Rita “la Lunática”, una mujer de cabello lila y rostro de bruja que blandía un machete.
—Está a punto de salir... —avisó Edgar, un joven de veinte años con rastas y piel oscura, encargado de vigilar.
—Bueno, vamos a por la armadura —murmuró Kurgan, saliendo de su cabaña con la lanza al hombro.
Apenas dio dos pasos, una flecha silbó en el aire. Por pura suerte giró la cabeza y la proyectil pasó rozándole la oreja, clavándose en la pared de la cabaña.
—¡Ahí está, agárrenlo! —rugió una voz.
De los arbustos y matorrales saltaron diez figuras armadas con machetes, sables, ballestas y pistolas oxidadas. Una jauría de hienas hambrientas.
Kurgan apretó los dientes.
—Tsk... idiotas.
La primera oleada vino en grupo de tres, confiados en que la ventaja numérica bastaba. El pirata cargó hacia ellos como un toro: levantó la lanza y la azotó de costado, partiéndole varias costillas al primero y lanzándolo contra un árbol con un crujido sordo. El segundo intentó clavarle un machete, pero Kurgan giró sobre su propio eje y le atravesó el abdomen con la punta metálica. El hombre escupió sangre y cayó de rodillas.
—¡Bastardo! —gritó el tercero, levantando su sable.
Kurgan ya tenía el revólver en la mano. Dos disparos secos reventaron el pecho del atacante, que cayó de espaldas entre espasmos.
El olor a pólvora impregnó el aire.
—¡No se frenen, ataquen todos a la vez! —bramó Rafael, el líder tatuado.
Cinco más cargaron de golpe. Dos con lanzas improvisadas, otros tres con espadas. Kurgan retrocedió un paso, giró su lanza como un molino y desvió las estocadas. Una de las puntas enemigas pasó a centímetros de su cara; respondió clavando su lanza en la clavícula del portador, que soltó un alarido y cayó.
El segundo recibió un balazo en la frente antes siquiera de acercarse.
Los otros tres lo rodearon. Uno trató de rebanarle la pierna, pero Kurgan bloqueó con el mango de la lanza y le hundió la rodilla con una patada. Aprovechó el desequilibrio y lo remató hundiéndole la hoja en el estómago.
El siguiente lo atacó de frente. Chispas saltaron cuando el sable chocó contra el hierro de la lanza. Kurgan empujó con fuerza, giró el cañón de su revólver y disparó en seco a quemarropa. El hombre cayó convulsionando, con el pecho perforado.
El último de ese grupo alcanzó a rozarle el brazo con una estocada. Kurgan gruñó de dolor, pero no se detuvo: giró la lanza en un arco amplio y le partió la mandíbula de un golpe brutal.
La sangre manchaba el suelo, y en apenas un minuto siete cazarrecompensas yacían muertos o agonizantes.
—Je... parece que perdimos a muchos —dijo Rafael, saliendo de entre los árboles con el rostro sombrío.
Kurgan lo miró sin pestañear y apretó el gatillo. La bala entró por su ojo derecho y salió por la nuca, apagando cualquier última palabra.
De los arbustos surgió Rita “la Lunática”, con el machete en alto y una sonrisa torcida.
—¡Voy a cortarte en pedazos, pirata de mierda!
Corrió hacia él, pero Kurgan ya la esperaba. Dio un paso al frente y hundió la lanza directamente en su cuello. Rita soltó un chillido ahogado, escupiendo sangre mientras sus ojos se apagaban. El pirata retiró el arma y la mujer cayó como un saco vacío.
Solo quedaba Edgar, el joven vigía. Pálido como la cal, dejó caer su arco y huyó despavorido entre los matorrales.
Kurgan lo dejó ir. No por piedad, sino porque estaba cansado de matar.
Respiraba agitado, el cuerpo cubierto de sudor y manchas de sangre. Miró alrededor: el patio de su refugio estaba hecho un campo de cadáveres.
—Carajo... me ensuciaron el patio —murmuró, limpiándose la frente.
Con calma, registró los cuerpos. Reunió unas cuantas miles de berries, cuchillos oxidados y un par de botellas de ron barato. Después, cavó una fosa común y arrojó allí los cuerpos. No era por respeto, sino para evitar la peste.
—Supongo que ya no podré vivir aquí... —dijo, encendiendo una antorcha.
Arrojó la llama sobre la cabaña, que crujió en llamas hasta derrumbarse. Con todo recogido, se marchó rumbo a su segundo refugio.
Un par de días después, ya con la sangre seca en sus recuerdos, llegó a la herrería en la montaña para recoger su armadura: una obra pesada y macabra, con trampas, cuchillas y el diseño exacto que había pedido. Ahora estaba listo para enfrentar lo que viniera.
—Aquí está, señor. Tiene los cañones secretos y hasta le agregué unas rodilleras con picos para golpear. Dime algo, pirata... ¿me vas a matar ahora por esto? —preguntó el anciano herrero, observando con atención cómo Kurgan se ajustaba la armadura recién terminada.
Kurgan flexionó los brazos, probó las cuchillas ocultas en las botas y activó los cañones en los antebrazos. El sonido metálico resonó en el taller como un rugido mecánico. La armadura estaba perfectamente equilibrada, pesada pero no torpe, diseñada para intimidar tanto como para resistir.
—No. Solo mato a quienes vienen por mi vida —contestó con firmeza—. Además, hizo un trabajo excelente, señor.
Con un gesto de satisfacción, le entregó la otra mitad del pago, sumando un millón de berries extra como propina.
—Ufff... qué bueno entonces —suspiró el anciano, agradecido. Aflojó la presión sobre el gatillo del pequeño trabuco oculto bajo la mesa. Posiblemente no habría hecho gran cosa contra un pirata blindado, pero al menos habría servido para herirlo.
Kurgan le dio una última reverencia breve y salió del taller, el sol reflejándose en los metales oscuros de su nueva armadura.
Reclutando a la tripulación
Con el cuerpo protegido y el ánimo renovado, se dirigió a los bares de la isla. Sabía que al día siguiente sus barcos estarían listos; lo único que faltaba era lo más importante: gente.
Su plan era simple: invitar rondas de bebida, levantar la voz y anunciar que estaba formando una nueva tripulación pirata. Los bares, repletos de despojos humanos que la vida había golpeado demasiado, eran el lugar perfecto para buscar desesperados.
Y el plan funcionó.
Kurgan pasó toda la noche recorriendo cantinas, con la lanza apoyada en el hombro y la armadura reluciendo bajo las luces de aceite. Cada vez que pedía silencio y gritaba que buscaba gente para hacerse a la mar, varios rostros levantaban la cabeza con una chispa de esperanza.
Algunos se unieron sin dudar:
Un ex guardaespaldas venido a menos, experto en boxeo, con los nudillos destrozados pero la mirada firme.
Un ex grumete de la Marina, abandonado en esa isla tras golpear a un recluta noble.
Una cartógrafa caída en desgracia, que se ganaba la vida dibujando mapas falsos, pero cuyo conocimiento de navegación era real.
Y un grupo de hombres y mujeres pobres, algunos al borde del suicidio, otros con hambre de una segunda oportunidad.
En pocas horas reunió 39 personas. Gente rota, sí, pero dispuesta a seguir a alguien que parecía tener un plan.
Kurgan los organizó en dos grupos, uno en cada barco. Nombró a un líder para el segundo navío, les compró armas, ropa decente, medicinas y suficiente comida para zarpar. La inversión fue enorme, pero la reacción de la tripulación lo sorprendió: muchos se arrodillaron, jurando lealtad a aquel pirata blindado que les había devuelto una chispa de esperanza.
—No me importa quiénes fueron antes. A partir de hoy, serán mis nakamas. Y si quieren sobrevivir en este mar, tendrán que endurecerse tanto como yo —declaró Kurgan, su voz amplificada por el casco metálico de la armadura.
Los nuevos reclutas gritaron un “¡Sí, capitán!” que retumbó por todo el puerto.
La mañana siguiente, los barcos reparados se mecían en el muelle, recién pintados y con provisiones listas. En lo alto de los mástiles ondeaba una bandera nueva: una calavera con los huesos recubiertos de placas metálicas y una lanza atravesando la espalda.
Era la enseña de los Piratas Blindados.
Kurgan, o mejor dicho Eduardo en el cuerpo de Kurgan, los observó con los brazos cruzados. No sabía cuánto tiempo durarían, ni si podrían llegar algún día al Archipiélago Sabaody, pero al menos ya no estaba solo.
—Este es el primer paso... —murmuró, mirando la bandera agitarse al viento.
Con dudas sobre el haki, el rokushiki y todo lo que no podía aprender sin un maestro, pero con determinación de hierro, Eduardo se embarcó en la travesía.
Los cañones retumbaron al despedirse de la isla. El viaje de los Piratas Blindados había comenzado.