Capítulo 1: una nueva vida
El mundo que conocíamos estaba lleno de luces y sombras. Ciudades que nunca dormían, risas que resonaban en bares, plazas y hogares; y una quietud que parecía eterna, hasta que desapareció. Al principio, fueron rumores: virus extraños, gente hospitalizada, disturbios en ciudades que creíamos seguras. Nadie sabía de dónde venía ni cómo detenerlo. Las noticias mostraban ataques, sangre, gritos… el caos brotaba como un río desbordado. Algunos dijeron que era un castigo. Otros que era el inicio de algo que habíamos ignorado durante demasiado tiempo. Pero nadie podía prepararse para lo que estaba por llegar. Lo que comenzó como alertas y miedo, pronto se convirtió en horror palpable. Y cuando los muertos se levantaron, los vivos descubrieron que sobrevivir no solo era luchar contra ellos, sino también contra el pánico, la traición y los secretos que siempre habían habitado en sus propias vidas. El fin había comenzado…..
Bueno, empecemos. Soy Diana Harris, tengo 25 años, y sí, soy trans. Esta soy yo. Sí, trabajaba como dama de la noche. No todos los clientes eran idiotas, pero algunos sí… y la vida, bueno, la vida no te da muchas oportunidades cuando la sociedad decide cerrarte puertas. Una madrugada, mientras estaba ahí parada, sintiendo frío, apareció Joselin, una chica de cabello rizado y sonrisa amable. Me miró y me dijo: —Nena, tienes frío. Asentí, sin palabras. Me puso su chaqueta sobre los hombros y añadió: Yo te daré trabajo. Soy dueña de un bar aquí en Brooklyn. ¿Me acompañas? Lo dudé. Al principio pensé que era una trampa. Pero algo en su mirada me hizo no temer. No me juzgaba, no me veía como alguien de TikTok ni como una loca hablando a la nada, como muchos otros. Solo me vio. Y así empezó mi nueva vida. Me llevó Joselin a su bar. Eclipse era hermoso, cálido, un refugio que se sentía como casa. De fondo sonaba Physical de Dua Lipa; la canción parecía abrazar a todos los que estábamos ahí. Nadie me juzgaba, nadie se reía de mí, nadie me miraba mal. Por primera vez entendí por qué los metaleros siempre parecen incomprendidos: encontré un lugar donde encajaba, donde podía respirar. Me senté en un banco y Joselin me dijo: —Ahorita vuelvo. Mientras esperaba, vi a un chico llamado Gustavo. Gay, cabello parcialmente rubio, tatuajes, leyendo poesía. Se veía buena persona. Me miró y dijo: —Eres nueva aquí, ¿no? Asentí. —Sí, no sabía de este bar. Bar Eclipse —dijo, con una sonrisa—. Le pregunté qué lo traía por ahí. Vengo a encontrar al amor de mi vida. Reí por dentro: —Mucha suerte, chico. En eso, la camarera me dejó una copa. —Disculpe, no ordené nada —dije. —Es cortesía de la casa —contestó ella, sonriendo. Gustavo me miró, aliviándome: —Tranquila, está limpia —y bebió de la suya. Se acercó un poco más, intentando sacarme conversación. Admito que no soy muy extrovertida, pero algo en la calma del lugar me gustó. Me dije: este será un buen lugar para regresar. Joselin regresó y me sonrió: —Nena, ven, te tengo buena noticia. Empiezas a trabajar aquí. Le sonreí, agradecida. —Muchas gracias, Joselin… pero me queda lejos donde vivo. Ella no perdió la sonrisa: —No te preocupes, puedes vivir aquí arriba. Hay departamentos —me entregó una llave. Gustavo levantó la suya y dijo: —Somos compañeras, mana y rei. Asentí, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, un lugar y unas personas me hacían sentir como en casa. La música de Dua Lipa seguía llenando el bar, y por un momento, todo parecía posible. Con el tiempo fui conociendo más amigos en Eclipse. Poco a poco me fui abriendo al mundo. Jack, un chico trans, me comprendía de inmediato, por razones que no hacía falta explicar. Ely, la pareja de Joselin, era amable y dulce, siempre con una sonrisa que calmaba cualquier miedo. Y luego estaba Lady Gaga, o su doble drag queen; cuando le pregunté si admiraba mucho a Gaga, me dijo con entusiasmo: —¡Sí! Desde niña la amo. Así, poco a poco, fui construyendo una familia. No perfecta, pero verdadera. Hasta aquel día. Era octubre. El bar estaba decorado para Halloween; luces naranjas y negras colgaban del techo, calabazas sonrientes adornaban la barra. La fecha era el 24 de octubre. Le pregunté a Joselin: —¿Por qué siempre las fiestas son el 30? ¿Por qué no ser originales y celebrar otro día? Ella sonrió y no respondió, pero Jack asintió: —Así sea, hermana. Yo sonreí. Todo parecía normal. En las noticias hablaban de un virus extraño; varias personas estaban hospitalizadas. Ely frunció el ceño: —Si será otro COVID-19. Yo solo supe algo de inmediato: esto no era bueno. La música de fondo seguía, las risas continuaban, pero un escalofrío recorrió mi espalda. Lo que parecía una noche más en Eclipse, estaba a punto de convertirse en el comienzo de algo mucho más oscuro. La noche era normal. Risas, copas, besos robados… lo más normal que podía pasar en Eclipse. Yo llevaba unas copas, sirviendo aquí y allá, disfrutando de la música y la luz cálida del bar. Entonces lo vi: un tipo diferente. No extraño de mala manera, solo… no parecía alguien abiertamente queer. Tal vez aún estaba en el clóset. Venía vestido con traje negro, camisa blanca, reloj caro y el cabello peinado hacia atrás. Era atractivo, sí. Me miró y me sonrió; yo le devolví la sonrisa. —Ya te vi que le hiciste ojitos al nuevo —susurró Jack a mi lado. —Nada de eso —le respondí, sonrojada—. No tiene nada de malo. Pero justo en ese instante, nuestros celulares comenzaron a sonar al unísono. Una alerta del gobierno pedía a la población regresar a sus casas. En la televisión, las imágenes eran crudas: disturbios en varias ciudades de Estados Unidos, gente atacándose entre sí, disparos al cuerpo, caos absoluto. Me recordó al intro de El Amanecer de los Muertos, el remake de Snyder. Siempre había amado las películas de zombies, pero ahora… verlo en vivo no era tan divertido. Un reportero fue atacado en pantalla; solo se veía gente corriendo, gritando, disparos que impactaban, cuerpos cayendo. —¡Idiotas! ¡A la cabeza!—grité, señalando la tele—. Jack y el tipo del traje me miraron raro, pero a mí me pareció normal. En mi cabeza, la canción de Johnny Cash, “The Man Comes Around”, comenzó a sonar como si marcara el inicio del fin. —Rusia… —susurró alguien detrás de la barra. —Otra vez los chinos —dijo otro. Nadie sabía de dónde venía todo. Y mientras el bar seguía su ritmo, algo dentro de mí supo que la noche que parecía tranquila acababa de morir. Estaba ahí parada. Una copa se me había caído al piso y sentía que temblaba. El hombre de traje se levantó y se acercó: —¿Estás bien? —Sí… estoy bien —dije, aunque mi voz temblaba. Todos los demás permanecían en silencio, un silencio pesado, como el de un cementerio. Joselin cambió el canal de la televisión; pero era lo mismo en todas partes: Australia, Londres, México… el mismo caos absoluto. Cristian —así se presentó el hombre— me llevó a un sillón y repitió: —¿Estás bien? Asentí y murmuré: —Perdón… esto me agarró por sorpresa. —Me llamo Cristian, y tú… —dijo, mirándome con cautela. —Diana —respondí, aún mirando al vacío. En las noticias, un hospital en Los Ángeles era escenario de un infierno. Un grupo de oficiales gritaba con megáfono a una mujer ensangrentada: —¡No dé un paso más y ríndase! La mujer dio un paso. En su mano la sujetaba, quizás un doctor o algo que quedaba de él. Y entonces los oficiales dispararon. Solo lograron que la mujer se moviera. —¿Por qué no muere? —decía uno. Susurré, casi sin darme cuenta: —Idiotas… a un zombie se le mata en la cabeza. Como si me hubieran escuchado, bang. Un tiro en la cabeza. La mujer cayó. Pero no hubo victoria. Más zombies salieron corriendo del hospital; el caos creció, los gritos y disparos se multiplicaban. La reportera y el camarógrafo huyeron del lugar, cámara en mano. Solo quedaban los gritos, el sonido de los disparos y la sensación de que el mundo entero se estaba desmoronando. Gustavo se llevó una mano a la boca, incapaz de procesar lo que veía. —¿Es esto real… o solo algo para asustar al mundo? —preguntó Gaga, incrédula. Jack estaba alterado: —En serio… ¿es en serio? ¡Este es el fin del mundo! Como en 28 días después, o El Amanecer de los Muertos, o alguna película de Romero… esto es el fin. Me acerqué a él: —Calma, Jack… calma. Se sentó en el sillón, respirando agitadamente. —Tienes razón, Diana… solo es un ataque de ansiedad. Los sufro desde niño. Tranquilo… todo saldrá bien. Lo abracé. Cristian nos miraba serio, su expresión tensa. Y entonces algo ocurrió. Una tipa stripper, de esas que los heteros suelen lanzar dinero, apareció de repente. Gaga la vio y exclamó: —¡Oh Dios mío, está sangrando! ¿Amiga, estás bien? —No te acerques —le advertí. Otro chico del bar también se acercó demasiado. La stripper lo volteó y le mordió el cuello, antes de lanzarse contra Gaga, desgarrando su vestido. —¡Perra! —gritó Gaga, rápida—. ¡Es de colección! Gaga le clavó el tacón en un ojo. La stripper seguía viva… o muerta, era imposible decirlo. En ese instante, un disparo: Cristian, Glock 9 mm en mano, disparó a la stripper. Todos se echaron al piso. —¡Vamos! No hay tiempo —dijo Cristian—. Estas cosas llegaron aquí. Un grito resonó en la entrada. No era un ladrón. Cristian sacó su identificación del FBI: —Ahora pueden confiar en mí. Todos comenzaron a trabar puertas y ventanas, tratando de impedir que los muertos entraran. Pero no fue suficiente: una mano rompió una ventana, arrastrando a una chica hacia afuera. Otros chicos fueron mordidos en el brazo. —¡Vamos! —gritó Joselin—. ¡Cuidado con los mordiscos! El fin del mundo había llegado. Tomé el bate que colgaba en el mostrador. La camarera tenía una escopeta, preparada por si algún ladrón intentaba entrar. Los zombies golpeaban las puertas y ventanas; era solo cuestión de tiempo antes de que los mordidos se infectaran. Y eso pasó. Un chico de cabello largo que habían mordido se tiró al suelo, convulsionando, escupiendo sangre por los ojos y la boca. Su novio gritaba: —¡Andrés! ¿Estás bien, amor? —¡Aléjate de ahí, amiga! —dijo Gaga, señalando la escena. Gustavo se acercó con decisión: Tengo que acabar con él rápido. ¡No! Por favor, no le hagan nada… es lo único que tengo —lloraba el chico. El tipo en el piso se levantó. Su novio se acercó, intentando calmarlo: —Amor, ¿estás bien? Pero el infectado lo mordió en la cara. Sus gritos de horror hicieron que me estremeciera. La camarera apuntó y disparó a la cabeza de ambos. ¡Tenemos que trabar las ventanas ya! —gritó. Cristian tomó el control: —Los mordidos se infectan en dos minutos. Los llevaremos a la parte de atrás. Uno de los presentes preguntó, temblando: Oficial… ¿dónde están sus amigos? Cristian le puso una mano en el hombro: Pronto… amigos… pronto estarán aquí. El bar estaba en silencio, salvo por los golpes, gritos y disparos. La tensión era insoportable, y cada segundo podía ser el último. Afuera, todo era un caos. Vidrios rompiéndose, gruñidos, pasos apresurados, coches chocando, explosiones que retumbaban en la distancia. —¡Tenemos que salir de aquí lo antes posible! —dijo Gaga, su voz firme pero temblorosa. Otro chico insistió: —Ni loca nos vamos… los amigos del oficial vendrán. —¿De verdad crees que vendrán? —dijo Gustavo, mirando la televisión—. Es un maldito virus de zombies, hay caos en todo el mundo. Mira, en Washington, soldados disparan a cualquiera que se acerque a los reporteros. Es el éxodo… es el fin.—¿Y de dónde salió este maldito virus? —pregunto un reportero. —No lo sabemos —respondió alguien de la TV—. Antes tardaba hasta cuatro horas en mostrar síntomas, ahora en dos minutos. Los primeros signos parecen gripe normal, luego sangrado por ojos y boca, convulsiones… y después… el sujeto se levanta con rabia asesina, muerde, arranca miembros, hace cosas atroces. Un tipo del noticiero continuó, serio: —En una funeraria, los cuerpos se levantaron y causaron un caos. Este virus levanta muertos; no solo infecta personas vivas. Además, tiene un detalle particular: el iris se vuelve rojo. Lo llamamos virus R785, por su forma de rabia o ira. —No podemos quedarnos aquí —dije yo, con el corazón latiendo como un tambor. Gustavo y Gaga asintieron. —Tenemos que salir por otro lado —dijo Cristian, con la calma que solo alguien con sangre fría puede mantener—. ¿Por dónde?El bar estaba en silencio, como un cementerio, mientras afuera el mundo ardía. Cada segundo contaba. Cada movimiento podía ser el último. Y aunque la oscuridad del caos nos rodeaba, sabíamos que debíamos actuar… o morir intentándolo.